Madrid
Colectivos de personas con VIH saldrán a las calles para “romper los armarios de los seropositivos”
“Estamos hartas, pero también somos unas disfrutronas. Queremos encontrarnos para seguir bailando indiferentes ante la mirada ajena”. Con esta frase animaban esta semana los integrantes del Movimiento Marika de Madrid a tomar las calles con orgullo este domingo 30 de noviembre, víspera del día mundial contra el VIH. La jornada arrancará a las 17h en el Ministerio de Sanidad, donde tendrá lugar un pasacalles travesti que servirá como espacio de diálogo entre personas del colectivo.
Esta cita no busca visibilizar específicamente la lucha del movimiento ni pedir la desestigmatización de sus miembros, sino celebrar la comunidad VIH queer que se ha ido tejiendo con el paso de los años. “No queremos dirigirnos tanto hacia fuera sino que lo queremos hacer para nosotres, para nuestra comunidad queer. Es para encontrarnos en una amalgama de cuerpos promiscuos, yonkis y sidosos”, alegan en una publicación.
El movimiento denuncia los esfuerzos de las instituciones y la sociedad en su conjunto por tratar de disciplinar los cuerpos disidentes en lugar de aceptar la su pluralidad y las muy diversas condiciones que entraña el VIH. Parece, insisten, que la única forma de escapar del estigma social que sufren como personas seropositivas es aceptar los códigos propios de la heteronorma, sin poder vivir libremente su sexualidad.
“La estrategia de desestigmatización ha sido muy útil a la hora de exigir que dejen de usar la violencia contra nosotros, pero para dejar de recibir violencia parece que tengamos que estar obligadas a ser las sidosas buenas y perfectas: las pacientes perfectas, las que no se drogan, las que no son promiscuas, las que no pillan ITS, las monógamas, las respetables, ¿qué pasa con las que no queremos ser ni normales ni las sidosas perfectas?”. Actualmente muchas personas con VIH son sometidas a revisiones mensuales muy invasivas debido a la desconfianza que sufren por parte de los profesionales.
Consultas en las que, según cuentan a El Salto fuentes del Movimiento Marika: “Hay que dar cuenta de si estás tomando las pastillas, con cuántas personas mantienes relaciones sexuales, qué prácticas has llevado a cabo, etcétera”. Algo que perciben como evaluaciones excesivas que limitan su autogestión de la enfermedad. En este sentido, algunas de las demandas centrales del día 30 giran en torno a poder llevar vidas autónomas que no estén constantemente intervenidas por las entidades sanitarias, así como el acceso universal a la medicación sin trabas burocráticas. Pero también el fin de la discriminación laboral por motivo de contagio, decidir libremente sobre sus relaciones sexoafectivas y tener revisiones médicas más espaciadas en el tiempo.
En última instancia, pretenden ampliar el foco para poner sobre la mesa asuntos igualmente relevantes como la criminalización de las prácticas de chemsex —consumo de drogas con fines sexuales— y la persecución policial de las personas queer. En citas anteriores, el movimiento hizo énfasis asimismo en cuestiones ligadas al terreno socioeconómico como la precarización de los centros de detección de ITS, otro ejemplo más de la asfixia que viven los espacios sanitarios en la Comunidad de Madrid. El diagnóstico tardío en el Estado español es actualmente del 48,7%, según datos de la Coordinadora estatal de VIH y sida (Cesida), que confirma que un total de más de 150.000 personas tienen este virus.
Esta entidad recuerda la larga historia que ha atravesado el colectivo seropositivo desde los años de pandemia del virus, donde “la respuesta al VIH se ha constituido como un catalizador en la conquista de derechos de las minorías sexuales, de las mujeres y las niñas, de las personas excluidas, migrantes, en situación de prostitución, de las personas privadas de libertad, de las usuarias de drogas, del derecho universal a la salud y el acceso global a tratamientos”. Para las organizadoras de la manifestación, el activismo en torno al VIH en la crisis del sida en los años ochenta y noventa ha tenido muchas etapas y enfoques, aunque a su juicio en los últimos años “se ha estancado en unas premisas y discursos que nos generan ciertas incomodidades”.
Entre ellos, los activistas apelan directamente a las narrativas “felices” que proliferan en medios de comunicación, publicidad institucional, anuncios etc. donde únicamente se hace referencia a realidades “exitosas” sobre las personas que consiguen llevar una vida normal y normativa tras ser diagnosticadas. Es decir, aquellas en las que la enfermedad parece no haber dejado a penas huella. “Solo se visibilizan las narrativas positivas, es decir, esta persona con VIH que se toma religiosamente de sus pastillas, que lo lleva súper bien y que lleva una vida totalmente normal, que tiene su pareja, monógama, por supuesto”, cuenta un miembro del movimiento. Además, se privilegia los relatos “heroicos” y “valientes” de quienes se han podido recuperar acercándose al tipo de vida de las personas sanas, lo que no da cabida a aceptar contextos más complejos.
“Celebramos que el diagnóstico no sea una sentencia de muerte, sin embargo, la imagen de que ‘ahora todo va bien’ no vale a todo el mundo. ¿Y si recibir mi diagnóstico me ha generado un trauma que todavía no he superado? ¿Cómo superamos las narrativas que prácticamente nos obligan a hacernos visibles de manera heroica para poder habitar esta sociedad? ¿Qué pasa con las que seguimos en crisis?”, deslizan.
Por todo ello, insisten en que acoger narrativas contrahegemónicas en torno al VIH permite “romper los armarios de los seropositivos a los que les va mal”, es decir, de quienes no siguen el patrón de víctima perfecta del sida. Por contra, mostrar la cara poco amable o incomoda de la enfermedad valida los malestares de las que sí han atravesado y siguen atravesando circunstancias adversas debido al impacto del virus. Por ende, ese acto de visibilización real y alejado de sesgos permite expresar sin miedos tales malestares de forma comunitaria, sincera y abierta.
Una mirada crítica sobre el papel de la industria farmacéutica
Sigue vigente, asimismo, el grito en contra la mercantilización de la enfermedad que llevan a cabo todavía farmacéuticas como Gilead o ViiV Healthcare, una entidad global especializada en cura del VIH. Bajo la mirada de estas activistas, estas corporaciones obtienen año a año beneficios millonarios a costa de cronificar las enfermedades. “Parece que nos hemos resignado a vivir cronificados mientras esperamos a que llegue una solución definitiva, si es que llega. Pero por parte de las corporaciones farmacéuticas no hay ninguna intención de encontrar la cura porque no les interesa económicamente debido al alto precio actual de los medicamentos”, comentan.
Destacan el beneficio que reporta para algunas entidades las ventas de antirretrovirales para las personas seronegativas (como la terapia de preexposición o PrEP, una profilaxis que previene el contagio) y pastillas para reducir los efectos del virus en personas afectadas. En este sentido, CESIDA, también recuerda en un comunicado la inaccesibilidad de la PrEP a pesar de estar incluido dentro del sistema de salud debido a barreras estructurales. “El cuidado de la salud sexual no es un privilegio, debemos garantizar el acceso a métodos de prevención sin importar el pasaporte que tengamos o el dinero que llevemos en el bolsillo”, destacan.
A partir de ahí, desde Movimiento Marika plantean varias preguntas a modo de reflexión colectiva que permita ir más allá de las prescripciones médicas e invite a pensar críticamente sobre el consumo de medicamentos. “¿por qué tomamos las pastillas? ¿Las tomamos por unas cuestiones de salud comunitaria, de cuidarnos entre todos? ¿O las tomamos porque tenemos una serofobia interiorizada?”, deslizan en un post. El horizonte no sólo está en encontrar la cura definitiva, sino en habitar la enfermedad sin armarios ni estigmas, lejos de la hipervigilancia que todavía pesa sobre sus cuerpos disidentes que desafían la heteronorma.
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