Leer como acto de rebeldía: la red clandestina de jóvenes que desafiaron la censura franquista

Durante la dictadura, miles de ejemplares vetados cruzaron las fronteras en secreto hasta llegar a una generación dispuesta a arriesgarlo todo por acceder a “ideas prohibidas”.
Librería española en el barrio latino de París en 1975
Librería española en el barrio latino de París en 1975. Imagen cortesía de Isabelo Herreros.
5 feb 2026 06:00

Hubo un tiempo en que comprar ciertos libros implicaba asumir el riesgo de perder la libertad. No se pagaban con dinero, sino con consecuencias. Bajo la dictadura, leer determinadas obras podía situarte al margen de la ley, especialmente entre jóvenes que encontraban en esas páginas la ansiada emancipación intelectual. Hoy, mientras la lectura pierde prestigio en el debate público y parte de la juventud se identifica con posiciones conservadoras, cuesta imaginar que antes la rebeldía se encontraba entre los libros.

José Esteban abrió su librería en 1970, cuando tenía 33 años y una década de experiencia moviéndose por los márgenes del mercado editorial. Conocía de memoria las librerías de Madrid donde aún era posible encontrar títulos vetados y, ya al frente de su propio local, empezó a tratar con distribuidores que ofrecían obras prohibidas.

Esteban visitaba París con frecuencia en busca de libros vetados. Partía desde Atocha y tardaba un día entero en llegar. El joven formaba parte del PCE, pero aquellas travesías desbordaban la consigna y el carnet. En la capital francesa le aguardaban la librería Española o Ruedo Ibérico, fundadas por exiliados y destino habitual de quien buscara libros prohibidos en España. “Íbamos con ganas de libertad, de leer a Neruda, a César Vallejo, Alberti… Muchos poetas estaban prohibidos. Incluso Cela con La colmena”, recuerda.

A ambos locales también acudían clientes como Isabelo Herreros, que a sus 18 años ya cruzaba la frontera por el mismo motivo. En su caso, no lo hacía por disciplina política ni compromiso clandestino. Iba solo, guiado por la lectura. En coche llegaba antes que Esteban en tren, pero aun así también se le iba el día entero en la carretera, conduciendo durante horas para regresar con los libros que buscaba.

Libros de Ruedo Ibérico
Libros de Ruedo Ibérico. Daniel Martínez

Más allá de París, en la frontera con España, las localidades de Perpiñán y Bayona se habían convertido en puntos clave del comercio de este tipo de obras. “Compraba y los colaba”, rememora Herreros. “El momento más delicado era pasar desapercibido por Irún, donde la presencia de la Guardia Civil era mayor. Desde allí hasta llegar a Toledo, donde vivía, hacía el viaje en tensión constante, aunque, por suerte, nunca me pillaron”.

A quien sí pillaron fue a Carles Vallejo. A sus 20 años ya estaba fichado por la policía franquista. Vallejo pertenecía a la Comisión Obrera de SEAT en Barcelona, el germen de Comisiones Obreras. En 1970 cuando se dirigía a la fábrica de la empresa para repartir una octavilla con un poema de Alberti le detuvieron. “¡Por una poesía! —maldice Vallejo— Estuve 20 días en manos de la Brigada Político Social bajo torturas. Llegaron a pedirme 20 años de prisión por huelga, asociación, propaganda… todo, por derechos que hoy damos por sentados, pero que debemos recordar que no nacieron por arte de magia”.

Esa situación empujó a Vallejo al exilio. Eligió París como destino y, desde la capital francesa, se dedicó a cruzar los Pirineos con publicaciones clandestinas de su sindicato, sorteando la frontera para que los papeles prohibidos regresaran a España. CCOO colaboraba con la CGT francesa, que, con su imprenta solidaria, le hacía publicaciones a coste cero y le ayudaba a transportar en secreto los paquetes hasta Perpiñán. “Allí me pasaban el lote. Iba disfrazado de excursionista y me echaba los libros a la espalda. Mis compañeros me esperaban en Puigcerdà y lo transportaban a Barcelona. Una de las publicaciones que llevé fueron los documentos fundacionales de Comisiones Obreras”, afirma Vallejo.

Unos años antes, en 1947, con apenas 18 años, el historiador Nicolás Sánchez-Albornoz se fugó del Valle de los Caídos y también tomó el camino del exilio hacia Francia. En París se reencontró con un viejo conocido que soñaba con fundar una editorial y al que ayudó a levantar el vuelo en 1961. “La intención de José Martínez, fundador de Ruedo Ibérico, era sencilla y radical: dar a la gente aquello que no podía leer. Colaboraba, además, con diferentes editoriales de España, y tenía distribuidores a los que enviaba lotes de libros que luego se repartían por todo el país”, cuenta Sánchez-Albornoz.

Nicolás Sánchez-Albornoz, en el salón de su casa
El historiador Nicolás Sánchez-Albornoz, en el salón de su casa. Daniel Martínez

Paradójicamente, una de las piezas clave de la red fue un ex guardia civil. Se llamaba Rufino Torres y conocía de primera mano a los agentes de la frontera, sus rutinas y sus debilidades. Gracias a eso podía sobornarlos y hacer pasar los lotes de libros que le enviaban. Después tomaba rumbo a Andorra para esquivar nuevos controles y, desde allí, distribuía las obras clandestinas a librerías que funcionaban como nodos, lugares donde se almacenaban antes de circular de mano en mano. “Ruedo Ibérico tendió un puente entre la España del exilio y la que seguía bajo el régimen”, resume el historiador.

Aunque no siempre era necesario un soborno, en ocasiones solo les bastaba con la ignorancia. “Los propios agentes no distinguían qué obras estaban prohibidas. Eran bastante torpes y apenas tenían cultura. Si detectaban palabras clave como comunismo o pornografía daban la voz de alarma. Pero no sabían distinguir una obra de León Felipe o de Pablo Neruda”, recuerda Sánchez-Albornoz.

En una red clandestina, tan importante como conseguir los libros era saber hacerlos desaparecer. Muchos libreros escondían los títulos prohibidos en dobles fondos, lo hacían llamar “el infierno”, o los deslizaban detrás de los volúmenes legales, a la vista de todos y, sin embargo, invisibles. Aquel oficio exigía ingenio y sangre fría. Hubo muchos expertos, pero quienes lo vivieron dicen que nadie ocultaba mejor que José Miguel García. Con apenas 17 años ya se postulaba como uno de los grandes rebeldes del mundo de las letras. En los años sesenta y setenta fue el gran vendedor en Madrid de Marx y Engels, un guardián silencioso de libros perseguidos.

Desde Barcelona hasta Latinoamérica, García recibía libros de todas partes por correo: “Cuando llegaban los paquetes; por ejemplo, 400 desde Buenos Aires, hacíamos aquí las facturas y quitábamos los títulos que no queríamos que viera el censor. Luego le dábamos unas pesetas a un empleado de Correos y le explicábamos qué debía ocultar. Él colocaba esos libros en el fondo del lote y, para la inspección, solo abría los de arriba”.

La astucia de García no le libró de reprimendas, la historia de su librería está llena de multas e incautaciones. En una ocasión por albergar mil ejemplares de El manifiesto comunista. En otra, 25.000 pesetas por tres volúmenes del psicoanalista Sigmund Freud. Una de las más excéntricas por guardar 200 pósters con la imagen del Che Guevara. “Le dije al guardia que eran 199. El otro estaba colgado en mi casa”, bromea.

García también hacía su propio contrabando. Viajaba a París en un camión cargado de cajas de naranjas y, al llegar a Francia, las vaciaba una a una: la fruta se quedaba atrás y el viaje de vuelta se llenaba de libros. Así regresaba, camuflando papel prohibido entre mercancía inocente. Pero el riesgo no terminaba ahí. Una vez los ejemplares llegaban al almacén de la librería, aún debían sobrevivir a la censura previa, controlada por el Ministerio de Información y Turismo. Desde 1963, el Boletín de Orientación Bibliográfica dictaba sentencia: qué podía venderse y qué debía desaparecer. El trapicheo no acababa en la frontera; continuaba en despachos, listados oficiales y silencios impuestos.

Vallejo no fue el único al que el régimen puso sobre el foco de la vigilancia. Dentro de España, la editorial ZYX también chocaba una y otra vez con la censura previa. Juan Serna, pacense, trabajaba para ellos para pagarse la universidad y aprendió pronto que los libros prohibidos siempre encontraban otro camino. Cuando les secuestraban una edición, la sacaban a la calle: la vendían clandestinamente en puestos del Rastro de Madrid o en tenderetes ambulantes. “Otras veces íbamos a Cataluña a venderlos”, recuerda. Con el tiempo, también allí los ficharon. “Cuando volvíamos, nos metían en la cárcel y al poco nos soltaban”. Los libros, como sus lectores, seguían circulando.

Serna también bajaba esos libros a Extremadura. Muchos acababan en la librería Ítaca de Badajoz, donde Juan Carlos Molano era cliente habitual. Pero la ruta no terminaba en la capital pacense. Molano llegó incluso a Lisboa y, tras la Revolución de los Claveles de 1974, Portugal se convirtió en una nueva vía de entrada. “Podías ir a librerías de la capital, de Évora o de Estremoz”, explica. De vuelta al pueblo, montaban un cineclub que servía de tapadera para hacer circular los libros.

Con la muerte de Franco llegó la democracia y, con ella, la poesía. Esteban, Vallejo, García, Serna e incluso Rufino empezaron a respirar de otra manera. Hoy, Nicolás Sánchez-Albornoz, a punto de cumplir cien años, reflexiona sobre cómo la información está por todas partes, pero se ha perdido el impulso por buscarla: “Antes se ocultaba y había hambre de saber. El país ha cambiado. Cuesta entender que muchos jóvenes vean en la ultraderecha un referente, cuando antes leer un libro podía ser un acto de rebeldía”, sentencia.

Crímenes del franquismo
“Ha habido una tolerancia tremenda hacia el franquismo”
Historiador y primer director del Instituto Cervantes, Nicolás Sánchez-Albornoz protagonizó en 1948 una fuga del Valle de los Caídos, donde hacía trabajos forzados como preso político. 
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