Laura Ortiz: “La propiedad privada es el sentido común más sagrado del mundo capitalista”

La escritora colombiana Laura Ortiz recuerda el levantamiento de mujeres anarquistas contra sus caseros en Argentina en 1907 en una novela coral en la que hasta la casa tiene voz propia y que une una profunda investigación sobre el tema con una escritura muy poética.
La escritora colombiana Laura Ortiz
La escritora colombiana Laura Ortiz. Foto cortesía de la editorial Barrett.

A comienzos del siglo XX, más concretamente en 1907, en Buenos Aires (Argentina) ocurrió una revolución cuya reivindicación sigue muy vigente hoy en día. En esa fecha y ciudad, un grupo de mujeres anarquistas se enfrentaron a sus caseros por la subida abusiva del alquiler de sus viviendas. Conocida como la Huelga de las Escobas, su idea era barrer la inmundicia del mundo capitalista y conseguir una máxima que en la actualidad seguimos repitiendo: que no haya gente sin casas ni casas sin gente. Un levantamiento que la escritora Laura Ortiz (Colombia, 1986) ha utilizado como temática de fondo para escribir Indócil (Barrett, 2025), novela coral en la que hasta la casa tiene voz propia y que une una profunda investigación sobre el tema con una escritura muy poética.

La obra parte de la insurrección de mujeres en 1907 contra los alquileres abusivos en Buenos Aires. ¿Cómo surgió ese levantamiento?
En esos años, en Argentina, hubo un proyecto racial que se basaba en blanquear el país. Para ello, abrieron las fronteras para traer europeos. Tenían la fantasía de llenarse de ingleses, alemanes, etc, es decir, blancos de primera clase. Pero en vez de eso, acudieron italianos y españoles con ideas anarquistas, grandes oleadas de migrantes que no tenían dónde vivir. Como no había lugar para recibir a tantas personas, la gente terminó durmiendo en conventillos, es decir, en casas para que vivieran muchas familias hacinadas. Les intentaron subir el alquiler y su respuesta fue una huelga de inquilinos, la cual estuvo liderada por mujeres.

Un hecho que muestra que la situación que estamos atravesando a día de hoy viene de lejos.
Así es. El capitalismo nuevo se dio cuenta que podía sacar mucho dinero especulando a un nivel terrible, es decir, con la vivienda.

Los protagonistas del libro intentan romper con el discurso hegemónico sobre la propiedad y desmontar quiénes son los verdaderos ladrones.
Yo no era muy cercana a las ideas anarquistas, pero cuando me di cuenta de quiénes habían liderado la huelga, empecé a leer mucho sus teorías. De las cosas que más me sorprendieron fue el desnaturalizar la idea de la propiedad privada y poner el foco en que es una construcción social. Además, se trata de algo que determina nuestras vidas de manera muy cruel. Está tan arraigado que nos es muy difícil pensar en cómo vincularnos sin ese sentido común, repensarlo desde otro lugar. La propiedad privada es el sentido común más sagrado del mundo capitalista.

Algo que no es inherente al ser humano.
En Colombia todavía hay un montón de comunidades, obviamente atravesadas por miles de dificultades, en las que hay otra comprensión sobre ello. Yo estuve en el Pacífico colombiano, en un pueblo afro de unas 200 personas en el que la tenencia de la tierra es colectiva. Algo que cambiaba todo. Por ejemplo, al ser una zona con mucha erosión debido a la subida del nivel del mar, muchas casas podían venirse abajo. Pero las personas que allí vivían tenían una relación diferente a la que podemos tener nosotros con esa posible destrucción de sus hogares porque la tierra era comunitaria. Lo mismo con los restaurantes: si una cocinera no tenía queso, le gritaba a la competencia para que le diera. Hay otra idea de todo, tenían una entrega a otros valores.

En la novela se dan muchas asambleas y no quería que fueran ideales, pero sí delirantes. Es decir, no es que se lleguen a acuerdos rápidos, de hecho, es muy difícil incluso alcanzarlos

Este ejemplo y la historia que cuentas en el libro muestra que la mejor forma de conseguir algo es la asociación, el unir fuerzas.
Al vivir en hacinamiento se crean otra serie de relaciones, unas muy buenas o muy malas. Vivir así te obliga a negociar con el vecino, una escucha que siempre es muy larga. En general eso lo hemos perdido, pero en sectores populares de Argentina y Colombia hay más asociación porque hay más necesidad. También porque hay otra idea de lo público. En la novela se dan muchas asambleas y no quería que fueran ideales, pero sí delirantes. Es decir, no es que se lleguen a acuerdos rápidos, de hecho, es muy difícil incluso alcanzarlos. Por ello metí peleas, pero también la magia de que con lo poquito que tenían hicieran algo más grande.

Para entender todo esto mejor pones a la vivienda como una protagonista más. Aquí la casa decide quiénes son sus verdaderos dueños. ¿Por qué y cómo se te ocurrió?
Esto tiene dos respuestas. La primera es biográfica. Cuando estuve en Buenos Aires, sentí que mi casa era un condensador de muchos tiempos: a veces veía pasar a la gente que había vivido ahí en el pasado, hablaba con ella, etc. La sentía muy viva. Por otro lado, cuando empecé a leer sobre anarquismo y propiedad, me di cuenta que la manera de llevarlo al lenguaje era a través de que hablaran. Así, conseguía que dejaran de ser un instrumento y empezaran a reclamarse a sí mismas, que no fueran de nadie.

Por eso es una casa que llora, tiene ojos, boca, abre y cierra puertas a su antojo, incomoda a los caseros...
Incluso tiene una entidad de clase. Las casas cercanas se someten a la idea de patrón, pero esta no. Esta se pregunta por qué se tiene que dejar domar por el casero cuando las que le cuidan son las mujeres que viven allí.

Aparte de la casa, hay otras muchas voces. Es una obra coral en la que las protagonistas son las mujeres. Ellas son las que llevan la revolución más allá de las ideas a un nivel práctico. Algo que sucedió a principios del siglo XX.
Esto es algo que me sorprendió también a mí. Como el anarquismo cuestiona las relaciones jerárquicas, las mujeres fueron las que lideraron muchos cambios. En ese momento, por ejemplo, había dos diarios dirigidos por mujeres y en los que ellas escribían. En esos medios empezaron a cuestionar la institución del matrimonio, hablaban de métodos anticonceptivos, nociones de amor libre, de reclamar su sexualidad… Creo que tenemos unas ideas muy estereotipadas de lo histórico, pero eran unas señoras muy avanzadas. Cuando uno se mete en la historia, ve que siempre ha habido grietas que se borran.

La poesía es realmente el ejercicio anarquista de la lengua, es decir, en ella no existen jerarquías, lo que permite que se armen metáforas. La poesía, además, lo que hace es estallar el sentido de la frase, es polisémica

Todo ello narrado desde un tono y una voz muy particulares.
Por un lado, tiene una investigación muy profunda que hice desde la obsesión, de ir absorbiendo todo lo que me encontraba. Pero a la vez es un libro muy poético, por lo que las voces están torciendo la gramática y el lenguaje para darle cuerpo a ideas muy abstractas. Además, yo no sabía cómo escribirlo en español de comienzos del siglo XX rioplatense, siendo yo colombiana.

También porque la poesía es realmente el ejercicio anarquista de la lengua, es decir, en ella no existen jerarquías, lo que permite que se armen metáforas. La poesía, además, lo que hace es estallar el sentido de la frase, es polisémica. Haber hecho eso al mismo tiempo, el narrar una investigación tan profunda de manera tan poética, es algo que me gusta, que no sabía si iba a funcionar. Yo quería que fuera un libro escrito anarquistamente sobre anarquistas, de ahí la forma tan loca.

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