Líbano
El Líbano, otra vez en guerra
Bastaron apenas unos segundos para que la siniestra noticia se propagara por toda la capital. Aún no son las cuatro de la tarde de este 12 de marzo cuando, a través de la voz de su portavoz arabófono, el Ejército israelí ordena la evacuación de Bachoura. Situado en pleno corazón de Beirut, este barrio de mayoría chií, tan modesto como densamente poblado, se vacía casi al instante. La escena es de desolación: miles de personas –mujeres, niños, ancianos–, con sus escasas pertenencias en la mano, abandonan el lugar a toda prisa y buscan refugio donde pueden.
Muchos de ellos se concentran por centenares en las inmediaciones de la emblemática plaza de los Mártires. Sentada en el borde de la acera, Fatima no logra contener su rabia. Esta mujer, originaria del sur del país, abandonó su casa con su marido y sus hijos hace diez días. Desde entonces, como cientos de otros desplazados, había encontrado refugio en una escuela de Bachoura. “Estamos allí en unas condiciones muy complicadas, durmiendo sobre viejos colchones, en el suelo. A unos cientos de metros del edificio que van a bombardear. Es una historia sin fin”, se lamenta. A su lado, sus hijos se entretienen como pueden. Los minutos pasan al ritmo de las sirenas de los coches de policía y las ambulancias, que resuenan sin interrupción. En la plaza, todas las miradas están clavadas en el cielo.
De repente, una explosión. “¡Tarziyeh!” –ataque de advertencia, en árabe– exclama la multitud en un desconcertante coro. Los siguientes minutos se hacen aún más largos. El estruendo de los aviones de guerra israelíes que giran en el cielo se vuelve cada vez más insistente. Su ruido tapa incluso el de las sirenas, por estridentes que sean.
Luego, llega el momento más temido. El rugido de los reactores a plena potencia. El silbido de un misil que corta el aire. Una explosión, aterradora. Después, una nube de polvo y humo se eleva en el cielo, muy cerca. Fatima y su familia ni siquiera se inmutan, tristemente acostumbrados al concierto de los bombardeos aéreos. A su alrededor, los gritos y llantos de los aterrados niños atraviesan la plaza.
Minutos después, Hatem, otro desplazado que había encontrado refugio en Bachoura, se adelanta para ver qué ha ocurrido. Muchos lo siguen, esperando evaluar los daños. De pronto, cuando nadie lo espera, el infierno de nuevo. El zumbido de un avión. Otra vez. El silbido del misil. Después la explosión. Una segunda columna de humo y polvo surge del suelo. Se une a la primera en una danza macabra. “Creo que es mejor esperar un poco”, susurra Hatem. Poco después se emite una nueva orden de evacuación. Esta vez afecta al barrio de Zoqaq el-Blat, contiguo al de Bachoura. Las mismas escenas no tardarán en repetirse.
El regreso, o casi, de la guerra
Si bien el bombardeo de estos céntricos lugares –situados a apenas unos cientos de metros del Gran Serrallo, núcleo de la política libanesa– provoca una fuerte conmoción en el país, no es más que la punta del iceberg. Porque, desde el lanzamiento simbólico de unos pocos cohetes por parte de Hezbolá al día siguiente del asesinato del líder Ali Jameneí perpetrado por Israel y Estados Unidos, el Ejército israelí se ha desatado literalmente contra el país del cedro.
De inmediato, toda la región del sur del Líbano fue objeto de una orden de evacuación. Unos días más tarde, la orden se extendió también a los suburbios sur de Beirut. Este conjunto de barrios, conocido como Dahieh, es considerado un bastión de Hezbolá. Lo es, sin duda. Pero la realidad también dice otra cosa: aquí viven unas 700.000 personas, probablemente los habitantes más modestos de la capital, que a menudo no tienen otra alternativa.
Aquí, de hecho, vivía Ahmad, un hombre de unos cincuenta años. Exiliado ahora al norte de Beirut con su familia, confesaba, poco después del anuncio israelí, sentir una “profunda humillación”. “Tuvimos que marcharnos tras la muerte de Sayyed Nasrallah [antiguo secretario general de Hezbolá, asesinado en septiembre de 2024], para no vivir bajo las bombas. Fue una elección. Hoy todo es diferente: estamos obligados a obedecer las órdenes del enemigo. No sabemos cuándo volveremos ni qué será lo que quede de nuestras vidas”.
Con su familia, este hombre tuvo que pasar varias noches sobre colchones a lo largo de la cornisa marítima, uniéndose a los más precarios: muchos desplazados del sur del Líbano que no encontraron otra alternativa y refugiados sirios, especialmente vulnerables en el país.
Junto al mar, una veintena de ellos se refugia al pie de unos diques en desuso que ofrecen un abrigo muy exiguo. Todos son alauíes –la secta religiosa de la que procede el clan Al-Asad–. Originarios de Homs, huyeron de Siria tras las matanzas cometidas contra su minoría por parte de las milicias vinculadas al nuevo gobierno. Entre ellos, algunos muestran aún claros traumas psicológicos: una generación arrastrada de guerra en guerra.
El éxodo del sur
Más lejos, a lo largo de la playa de Ramlet el-Baida, que limita con la periferia sur, decenas de tiendas improvisadas han sido levantadas por los propios habitantes. Muchos proceden del sur del Líbano, literalmente cubierto por una alfombra de bombas desde hace diez días.
Una familia de siete personas originaria de Nabatiyeh se ha instalado aquí mientras encuentra algo mejor. Con los ojos hundidos por el cansancio, J., de 38 años, explica que abandonó su ciudad con el corazón destrozado. “Los israelíes dijeron que iban a invadir y que se quedarían. Tengo miedo de que estemos viviendo nuestra Nakba”.
Nakba –catástrofe, en árabe– es una palabra que surge con frecuencia en las conversaciones y que remite directamente al exilio forzado de cientos de miles de palestinos en 1948, durante la creación del Estado de Israel. Nunca regresaron a sus casas. Un temor alimentado por las declaraciones del ministro israelí de Defensa, Israel Katz, que afirmó que Israel se dispone a establecer una “zona tampón” y permanecer de forma duradera en el sur del Líbano.
Estos desplazados internos se cuentan por centenares frente al estadio Camille-Chamoun, situado a las puertas de Dahieh. Amir, de 70 años, espera aquí que se libere una de las tiendas improvisadas instaladas en las galerías del edificio. “Salí de casa en calcetines. Me subí al coche de unos amigos que estaban huyendo. Aquí encontré a una vecina que me dio unos zapatos que ni siquiera son de mi talla”, cuenta. Agotado tras varias noches durmiendo al aire libre, se dice desesperado por volver a ver algún día su pueblo, cerca de Tiro. Y como muchos otros, lo que más teme no es la destrucción de su casa sino la ocupación del sur del país.
Una nueva explosión, muy cercana, resuena. Nadie se sobresalta. Abdallah y Ali, sexagenarios originarios de Kounine –un pequeño pueblo situado a unos diez kilómetros de la frontera israelí–, dicen encomendarse a Dios. Vecinos que se marcharon después que ellos les han traído malas noticias: sus casas fueron destruidas poco después de su partida. Pero incluso así, pese a sus escasos recursos, no es la reconstrucción lo que más les preocupa. “Hemos vivido la ocupación israelí en varias ocasiones. Podríamos contarle durante horas lo que sufrimos. Es lo peor que nos puede pasar”. Y añaden: “Muchos libaneses están enfadados con Hezbolá por haber respondido tras el asesinato de Jameneí. No es nuestro caso. Nuestro enemigo es quien destruye nuestras ciudades y nos ocupa, no quien se resiste”.
La incierta estrategia de Hezbolá
Sin embargo, ese discurso está lejos de ser unánime entre los desplazados, incluso para los simpatizantes del Partido de Dios. La decisión de abrir un frente desde el Líbano –esta vez en apoyo a Irán– suscita numerosos interrogantes. Un resentimiento aún mayor, dado que la República Islámica no lanzó ni un solo misil cuando Hezbolá fue decapitado en 2024.
Carente de verdadero alcance estratégico y sin objetivo aparente, para muchos libaneses este gesto puramente simbólico se parece menos a una operación militar que a una luz verde para Israel. No es ningún secreto que, poco satisfecho con el avance del proceso de desarme de la milicia chií por parte del Estado libanés, el Ejército israelí había preparado meticulosamente su operación y solo esperaba la chispa adecuada para actuar.
“Siempre hemos estado del lado de la Resistencia, pero no entendemos la estrategia actual. Pagamos la pérdida de Sayyed [Hassan Nasrallah], que era un líder brillante. Ya no sabemos hacia dónde vamos ni en quién confiar. ¿Dónde estás, Naim Kassem? Que Dios te maldiga. Me has arruinado la vida”, exclama un hombre de 35 años. Poco ahorrador en insultos, asegura “decir en voz alta lo que todo el mundo piensa”. “Nosotros, los chiíes, somos apestados en nuestro propio país. Todo el mundo nos evita. Nadie quiere que estemos cerca de sus edificios por miedo a convertirse en objetivo de ataques”.
Porque, en los últimos días, los israelíes han multiplicado los ataques con drones contra apartamentos en el norte de la capital, lo que ha sembrado el terror y ha extendido la desconfianza por toda la sociedad libanesa. Estos ataques han tenido como objetivo miembros de Hezbolá y de los Guardianes de la Revolución iraní presentes en el país, pero no siempre responden a objetivos militares. De hecho, en los últimos días, varios civiles han perdido la vida en ataques indiscriminados. Ocurrió en la noche del 11 al 12 de marzo en el paseo marítimo, frente a la playa de Ramlet el-Baida, donde cientos de personas habían encontrado refugio. Dos ataques consecutivos de drones mataron a doce personas. En el suelo y a lo largo de varios metros, permanecen aún las manchas de sangre. “Aquí solo había civiles. Yo estaba a 150 metros de allí, todo el mundo gritaba. Los israelíes quieren hacernos desaparecer, quieren erradicarnos”, explica Abbas, de 50 años.
Las masacres de civiles se han multiplicado peligrosamente en los últimos días. Entre ellas, por supuesto, destaca la de Nabi Shit, en la Bekaa, donde para recuperar –oficialmente– el cuerpo de un soldado muerto hace cuarenta años, comandos israelíes fueron transportados en helicóptero durante la noche. La operación chocó con combatientes de Hezbolá y dejó 41 muertos, la inmensa mayoría civiles, algunos de ellos atacados deliberadamente para facilitar la evacuación de los soldados israelíes en tierra. La noche del 13 de marzo, doce sanitarios –médicos y enfermeros– fueron asesinados en el sur del Líbano. Un crimen de guerra. Uno más.
Tensiones internas
Si bien muchos libaneses reprochan al Partido de Dios haberlos precipitado al abismo, otros tratan de mantener la lucidez y recuerdan que la guerra israelí contra el Líbano no se detuvo tras la firma del alto el fuego del 26 de noviembre de 2024, que sin embargo era muy favorable para ellos. Los hechos, sin embargo, son evidentes: mientras Hezbolá cesó las hostilidades y aceptó retirar parte de su arsenal del sur del país, se registraron más de 12.000 violaciones israelíes del acuerdo, con un balance aterrador de más de 400 muertos y 1.000 heridos durante ese periodo. Violaciones de la soberanía libanesa y crímenes que apenas recibieron condenas de las diplomacias occidentales.
“Por supuesto que estoy enfadado con Hezbolá”, explica un joven militante de izquierda contrario al partido chií. “Pero ese no es el tema ahora. No son ellos quienes prometen ocupar indefinidamente el sur del Líbano. El agresor es quien arroja toneladas de bombas sobre nuestras ciudades y nuestros pueblos, quien viola el alto el fuego cada día. Una injusticia ante la cual el mundo ha guardado silencio y sigue guardándolo”.
No son pocos los que se preguntan cuál es el verdadero objetivo israelí en el Líbano. Algunos ven en la voluntad de Benjamin Netanyahu de acabar con Hezbolá una estrategia similar a la guerra llevada a cabo en Gaza para borrar a Hamás del mapa. Pero la historia es obstinada: la creación del Partido de Dios fue precisamente consecuencia de la ocupación israelí en los años 80. La serpiente que se muerde la cola.
A pesar de ello, las divisiones internas siguen desgarrando el país. El partido-milicia, aún poderoso pese a las duras pérdidas sufridas en la última guerra y orgánicamente vinculado a la República Islámica de Irán, juega su propia partida al margen del Estado y de cualquier consenso nacional. Viejas líneas de fractura vuelven a marcarse. Mientras muchos libaneses consideran que los combatientes de la milicia constituyen el único muro frente a las ambiciones israelíes, otros sostienen que el debilitamiento del Ejército es consecuencia directa de los bloqueos impuestos por Hezbolá durante las últimas décadas. Sin duda ambos tienen razón.
Acorralado, y como gesto de buena voluntad, el Gobierno libanés –dirigido por el primer ministro Nawaf Salam– declaró oficialmente ilegales todas las actividades militares de Hezbolá y exigió que la organización entregue sus armas al Ejército libanés. El movimiento chií respondió advirtiendo que resistirá cualquier intento de limitar sus actividades, abriendo la puerta a un posible enfrentamiento con el propio ejército. Un escenario escalofriante que el mando militar parece querer evitar a toda costa. Pero ¿a qué precio? “Mientras continúen los bombardeos y las agresiones israelíes, como ha ocurrido desde la firma del alto el fuego, será extremadamente difícil que el ejército libanés proceda al desarme de Hezbolá”, responde el politólogo Ziad Majed. Y añade: “También hay que recordar que Israel ha dicho querer transformar la periferia sur en Khan Yunis [ciudad de Gaza arrasada], aplicar allí las mismas lógicas de urbicidio y ocupar permanentemente el sur del Líbano. Esa supuesta zona tampón nos devolvería a las invasiones de 1978 y 1982, cuando Hezbolá ni siquiera existía”. Aquella ocupación se prolongó hasta el año 2000, pese a las resoluciones de Naciones Unidas de marzo de 1978 que exigían la retirada israelí de los territorios ocupados.
La ansiedad no termina ahí. Muchos libaneses temen que la guerra israelí en el Líbano sobreviva incluso a una –por ahora muy hipotética– distensión regional. Porque si Washington dirige el expediente iraní, Netanyahu conserva claramente el control de la cuestión libanesa, lo que podría conducir a una separación de ambos frentes en caso de un giro de Donald Trump. Si el régimen iraní resiste por ahora —pese a sus enormes pérdidas—, y tanto en Washington como en Tel Aviv los servicios de inteligencia coinciden en que probablemente seguirá en pie al final de esta fase, el Líbano podría enfrentarse en muy poco tiempo a una situación crítica.
Con más de 700 muertos en pocos días, entre ellos cerca de un centenar de niños, el país del cedro ya está sumido en la tragedia. Se prepara, muy a su pesar, para ver abrirse una nueva fase de ocupación por parte del ejército israelí. Y nadie parece dispuesto a oponerse: ni Irán ni Occidente. Así se escribe el drama libanés.
Irán
Irán: los ataques desde dentro
Irán
Ni rendición ni acuerdo: la guerra de Irán entra en su tercera semana sin salida a la vista
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!