Ni tres ni cuatro: 5G

Hay que imaginar otra forma de ser crítico/as con la imposición de la realidad del capital y su necesaria innovación tecnológica


publicado
2018-08-16 11:07:00

Somos una sociedad maltrecha por un infantilismo feroz que nos lleva, como a las criaturas, a quererlo todo de manera inmediata, sin pararnos a pensar en las consecuencias que esto acarrea tanto para nuestro entorno como para nuestras vidas. Estamos dispuestas a pagar unos costes tremendos, muchas veces sin tener capacidad de evaluarlos, y lo hacemos con una ligereza sorprendente. El rápido avance tecnológico alimenta esa sed de inmediatez y de progreso, sin que quede muy claro hacia dónde nos llevan las continuas “mejoras” y sus las consecuencias, ni el precio a pagar por ellas.

Uno de los vectores más evidentes de la aceleración es la capacidad tecnológica para transmitir cada vez más datos a mayor distancia y en menos tiempo. En esta carrera, ahora nos encontramos frente a la implementación del 5G, que ofrecerá velocidades de conexión cien veces más rápidas que las actuales, lo que permitirá descargas de datos tan rápidas que mejorarán ostensiblemente la capacidad de ver a través de la red cualquier cosa en directo y el consumo de contenidos audiovisuales. Además, todo irá tan rápido que se podrá hasta conducir un coche u operar a un paciente “a distancia”. Coches que van solos y cirujanos operando de apendicitis desde un lejano lugar con una preciosa puesta de sol… Más personas y objetos electrónicos podrán estar "conectados a la red al mismo tiempo, sin interrupciones de señal y a una velocidad elevada". Es lo que los expertos llaman el Internet de las cosas. Todo lo que se nos ocurra —ordenadores, consolas de videojuegos, teléfonos, electrodomésticos, vehículos, relojes, semáforos, etc— podrán estar conectados y transmitir datos constantemente. El futuro ya está aquí y nos va a pillar sin acabar de hacer las maletas.

Las mejoras son, por tanto evidentes. Pero, ¿y los costes? El primero, evidente, es la obsolescencia de todos los aparatos sin capacidad de conexión o con una capacidad de conexión más lenta. Toneladas de aparatos tecnológicos, que hasta ahora cumplían su función, tendrán que ser sustituidas por toneladas de nuevos objetos. No es necesario hablar del coste económico de todo ello (más consumo, y por lo tanto más necesidad de trabajo), ni de su coste ecológico, ni de su coste social tremendamente desigualitario a nivel global —quién produce todos esos aparatos y en qué condiciones— . Llevamos siglos con lo mismo: el desarrollo del refinamiento estético y del consumo entre las clases medias y altas occidentales en la modernidad habría sido impensable sin la producción esclavista en las colonias. Hoy, más de lo mismo, pero con diferentes distribuciones de la desigualdad. 

Sin embargo, a nivel social, la única opción crítica que tiene cierto éxito es la que cuestiona la tecnología apelando al miedo y al control, a los posibles riesgos para la salud de las nuevas tecnologías y a la incapacidad de control que tenemos sobre el desarrollo tecnológico. El único movimiento en contra del 5G habla de los efectos perniciosos para la salud de las antenas —una larga historia que comenzó con la desconfianza a la radio, pasando por el wifi y las antenas para móviles—. Una desconfianza que, cuando no tiene evidencias demostrables —como es el caso de la radiación electromagnética— se agarra al principio de prudencia, y sobre todo al miedo. Al legítimo miedo que nos da vivir en este mundo gobernado por el capital y la búsqueda del beneficio. Pero, en definitiva, al miedo, a la ansiedad que despierta en nosotros y nosotras la pérdida del control sobre nuestras vidas.

Sin embargo, parece conveniente hacer un par de operaciones críticas:

La primera es analizar el miedo y la necesidad de control como dos de los pilares de la vida social actual y también del capitalismo. Las cámaras que plagan nuestras calles y comercios, la necesidad de crear entornos securitarios —que no seguros— parte de la misma ansiedad que reproducimos cuando vamos al supermercado y revisamos las calorías de cada producto y si tiene o no aceite de palma. La realidad nos es ajena, nos produce miedo, y queremos controlar sus efectos sobre nosotros y nosotras, es natural. El mundo se puede hundir, pero en mi estómago que no entren grasas trans ni elementos difíciles de digerir —según la moda del momento—.

La segunda sería intentar imaginar otra forma de ser críticos y críticas con la imposición de la realidad del capital y su necesaria innovación tecnológica. No desde el miedo, ni desde el individualismo, ni desde la necesidad de control, sino desde algo más sencillo y con menos sombras. Imaginar cómo conectar con cierto sentido común, no propio de la izquierda ni de los progresismos, sino de esta sociedad general y ambivalente, que cuestiona este continuo devenir de objetos que pueblan nuestras vidas y nos ofrecen colmar nuestros vacíos. Cómo conectar con algo general, humano, que nos permita cierta distancia con este mundo implacable que nos exige cambiar de móvil cada dos años.

El 5G —y aquí viene la noticia bomba— no nos hará más felices. Tendrá muchos elementos perniciosos y alguno positivo, pero seguiremos teniendo mucha desorientación. Querremos mandar vídeos por streaming en altísima calidad, y al mismo tiempo que no pongan antenas junto a nuestras casas. Nos quejaremos de los atascos metidos en nuestros coches. Y comeremos quinoa ecológica producida en el altiplano andino mientras nos sensibilizamos un ratito por el calentamiento global. Lo seguiremos queriendo todo.

Sobre este blog
Este espacio pretende dar cabida a la reflexión y al análisis en torno a los derechos sociales y laborales, desde la perspectiva de la precariedad que va invadiendo todas las esferas de nuestras vidas. La espiral, con sus dos sentidos. Por un lado el que nos hunde, desde la precariedad y el paro hacia la exclusión. Por otro lado, el inverso, el cual, desde el rescate, la creación de redes y los logros parciales nos puede llevar a una dinámica ascendente. Nuestro espacio geográfico natural es Nafarroa, lugar desde el que queremos mirar al resto del planeta de forma global.
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