Opinión
Todos los palos de octubre

La realidad está llamando a la puerta de calles y plazas a través de porrazos, salvas de balas de goma y carreras. En el vacío de las redes sociales, el deepfake aparece para simular lo real.
Ayuso escrache - 6
Cargas policiales durante la huelga indefinida de la educación pública madrileña. Alberto Astudillo
24 oct 2026 06:10

Arde, quema y tiene volumen. No es necesario verlo para sentirlo, a veces palpita y, como todo el mundo sabe, cambia de color, del rosa al rojo, del morado al amarillo, pasando por tonalidades de verde que se parecen más a la mugre alrededor de un baño sucio que a la pulpa de un aguacate. La poeta polaca Wisława Szymborska reflexionó sobre ello: “Nada ha cambiado. / Quizá los modales, las ceremonias y las danzas, / pero el gesto de brazos protegiendo una cabeza sigue siendo el mismo”.

Los mismos gestos de pánico, la misma mueca de dolor se ha repetido en decenas de calles y de plazas de todo el continente en las últimas semanas. Profesoras y profesores zurrados, estudiantes zurrados, militantes parando un desahucio zurrados, zurradas las personas varadas en Ceuta, manifestantes antifascistas, activistas de las acampadas, una que pasaba por allí. La realidad de lo que ha sucedido en las calles este mes de octubre no ha entrado en la campaña electoral, sino que es un descosido de golpes producidos por balas de goma, ojos a la virulé, marcas de porra, días de antiinflamatorios e impunidad policial que no cabe en las pantallas.

Pasa todos los días, pero un día cualquiera, prende algo. Y cuando pasa hay una memoria de aquellas luchas que comenzaron por algo mínimo, de andar por casa, y que transformaron el presente

Esa violencia parece señalar algo, como si se estuviera abriendo un camino. Los palos de octubre parecen dirigirse a algún punto en el que la reivindicación deja de ser una proclama vacía en Twitter, un story de Instagram. En el cruce entre el evitable ascenso de la extrema derecha y el “no hay alternativa” neoliberal entra una cuña que parece rajar por igual ambos proyectos de dominación, que son el mismo. 

Comienza por algo banal para el capital. Algo que, desandando el tiempo, quizá habrían tratado de evitar: el desahucio de una mujer de 87 años, aparentemente uno más de los que todos los días tienen lugar en Madrid. Nadie podría esperar que las jóvenes se iban a poner tan farrucas. Desandando el tiempo quizá podrían haber tapado algunos agujeros en los institutos de Saint-Denis, invertido en algún aparato de aire acondicionado, puesto algún parche. Si lo hubieran sabido. 

Es banal, pero es también estructural: no deja de pasar, una y otra vez. Cuando no es el deterioro de la sanidad es una escuela en ruinas, es el precio del transporte, son las ciudades que expulsan, los paisajes transformados por el lucro, las mujeres violadas, las personas que viven fuera de la norma asesinadas. Pasa todos los días, pero un día cualquiera, algo prende. Y cuando pasa, hay una memoria muscular que dice cómo protegerse contra un golpe, pero también una memoria de aquellas luchas que comenzaron por algo mínimo, de andar por casa, y que transformaron el presente. Quizá el ritmo de las danzas es distinto, quizá ahora se enciendan las linternas de los móviles en las manifestaciones y antes no, pero nada ha cambiado de lo importante.


En otro mundo, colindante con lo real, tiene lugar lo fake. La inteligencia artificial se ha extendido por eso que Ramón Fernández Durán llamó un día la tercera piel: una película artificial que se adhiere a nuestro cuerpo a través de los teléfonos móviles. El último hallazgo de lo fake es la suplantación digital. A través de ella, el sistema dominante puede recrear su propia realidad para dejarla, como un caballo de Troya, a escasos centímetros de nuestra piel. Nacida como expresión pornográfica, el deepfake ha llegado a la campaña para sembrar dudas sobre lo que es real y lo que no. Una mentira elaborada, tan aparente que funciona para aquellos que han decidido creer que la verdad es solo lo que más se acerca a lo que desean. Como en el porno, llegado cierto momento de trance es posible que creas que eso es una forma “de decir la verdad a la gente”, como ha defendido Borja Sémper, número tres del PP por Madrid.

La campaña electoral transcurre en el vacío interactivo de las redes sociales y los mensajes de Whatsapp. Pero la realidad se empeña en aparecer, como una cuña, allí donde los golpes duelen y donde se conquistan los derechos.

Política
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