Opinión
El hombre más rico, la vida más triste

La derrota republicana del pasado martes ha sido interpretada como el principio del fin del Trumpismo, pero conviene no dejar de reparar en lo que supone para el “muskismo”.
Elon Musk
Elon Musk. Foto de Gage Skidmore.

Correteaba por los barrios arbolados de una Pretoria que se le empezaba a quedar pequeña mientras, fuera de los muros, la ciudad ardía. La vida se peleaba piedra a piedra, hervía y se perdía en las calles que rodeaban a los enclaves blancos de Sudáfrica, pero la experiencia del joven Elon Musk era la de una ciudad amurallada y aburrida, sin alicientes para un muchacho algo raro, con pocos amigos y obsesionado con la computación.

El importante libro Muskismo, de Quinn Slobodian y Ben Tarnoff (Taurus, 2026), nos introduce así en la vida de un nerd que consume ciencia ficción y descubre los ordenadores al mismo tiempo que el régimen sudafricano incrementa la violencia contra la población negra y trata, de hecho, de perpetuarse en el tiempo a través de la máquina: “Los ordenadores desempeñaron un papel decisivo al facilitar al Gobierno el almacenamiento y el procesamiento de la información necesaria para implementar el apartheid, como el sistema de identificación llamado ‘Libro de Vida’, empleado por los ordenadores centrales de IBM para registrar la clasificación racial de todos los ciudadanos”.

Slobodian y Tarnoff cuentan que en aquella época Musk concibió un deseo que aún le acompaña: ser uno con la máquina, diseñar la última infraestructura en la que excluir lo humano del devenir de la vida, zambullirse en un superorganismo formado por unos y ceros, transformarse en cíborg para vivir eternamente.

Musk, explican, siempre creyó en el papel que pueden tener los Estados en su ideal de superación de la especie humana. El Estado biométrico que soñaron los afrikaners de la Sudáfrica de los 70 es un paso previo a la integración en un superorganismo que desean Musk y otros transhumanistas. Un anhelo que no solo obedece a un ideal, sino que les ha convertido en supermillonarios en cuanto barones de una infraestructura tecnológica que promete una utopía para las personas más poderosas del planeta.

Los anuncios tránsfobos y racistas pagados por el comité de acción de campaña de Musk no han servido para evitar que los Demócratas hayan obtenido su mejor resultado de la historia en Texas

Quizá por esa creencia en el papel de las instituciones de representación, Musk se ha convertido en el donante de todo tipo de candidatos random, invirtiendo grandes sumas de dinero en campañas y disparando popularidades y likes de sus protegidos en la red social X. Las estimaciones con respecto a las elecciones de medio mandato dicen que ha gastado casi 500 millones de dólares en campañas que han terminado en derrota: seis de los siete candidatos a senadores patrocinados por Musk han perdido sus elecciones y, en el séptimo caso aun no se han anunciado los resultados definitivos; de momento, la candidata Demócrata por Alaska supera al elegido por el dueño de X.

El batacazo ha sido especialmente sonoro en el conservador Estado de Texas, al que se trasladó Musk con todo el equipo de Tesla y Space X. Los anuncios tránsfobos y racistas pagados por el comité de acción de campaña (PAC) de Musk no han servido para evitar que los Demócratas hayan obtenido su mejor resultado de la historia en ese Estado. Más bien, el apoyo de Musk al supremacista Ken Paxton ha precipitado ese resultado.

Las elecciones de medio mandato han puesto de relieve una contestación sin precedentes contra la propia infraestructura de la IA. Y, aunque 500 millones de pérdidas en campañas políticas desastrosas es el equivalente a tener que tirar un pack de yogures caducados para un mileurista, el epílogo de esta historia es que las principales compañías de Musk, Tesla y SpaceX han perdido más de 300.000 millones de dólares en valor de mercado desde el martes.

El factor X no ha sido suficiente

Hay otra derrota, quizá la más importante. X es la infraestructura crucial de todas las que domina el hombre más rico del mundo. La confusión entre humano y ordenador ha llegado a su paroxismo en el caso de la relación de Musk con la red social. El hombre más rico del mundo tuiteó 60 veces al día durante 2024, convirtiendo al antiguo Twitter en una extensión de su cerebro, anticipando lo que había soñado en su juventud. A través de X, y de su herramienta de IA, Grok, Musk testea continuamente las propuestas de aceleración hacia un futuro menos humano; en esa aplicación ha definido el presente de los medios de comunicación, ha propulsado sus empresas mediante la especulación, y ha introducido la teoría del gran reemplazo como el motor ideológico de la extrema derecha mundial.


X, Meta o Tik Tok son los ejemplos más acabados del afán de la fusión con la máquina que define la vida de Musk. Porque no se trata tanto de la adicción, ni mucho menos de la dopamina, sino de la introducción de un principio de irrealidad en nuestras vidas o, si se quiere, algo que promete ser más real que lo real. Las redes sociales nos hacen pensar que formamos parte de un flujo, el mismo flujo en el que están las actrices, los actores, mandatarios, futbolistas y cantantes. Proporcionan una sensación efímera de participación que esconde en cambio la total subordinación. Y, aunque la infraestructura premia a la derecha, la idea de una fusión entre la persona y el avatar ha calado completamente en la izquierda. Ese es el motivo real por el que la hiperrealidad de X ha sido hasta ahora inmune a los boicots, a las propuestas de regulación y a las críticas.

Durante años ha parecido que no hay un afuera de X para el debate político, que lo que pasaba en X era el flujo dominante y que su control por parte de la extrema derecha hacía inevitable la llegada de sus representantes a los cuadros de mandos de todas las instituciones de EEUU, Latinoamérica y la Unión Europea. Y sin embargo, fuera de ese flujo, la vida está abriéndose camino. Lo saben en Sao Paulo, lo saben en París y lo saben hasta en Texas. Hasta el propio Musk sabe que su castillo de unos, ceros, chips y cables de fibra óptica no es inexpugnable. Esa es la lección que dejó para la historia el final de la Sudáfrica en la que creció.

Política
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