Olor a madera quemada y conciencia de la pérdida: los días posteriores al mayor incendio de la historia

Los habitantes de los pueblos afectados por el mayor incendio de la historia de España han vuelto a la cotidianidad bajo un denominador común: la sensación de abandono y la dificultad para señalar responsables.
Devastación incendio Burgohondo 28-07-2026 - 3
Restos del incendio forestal de Burgohondo en el verano de 2026. David F. Sabadell
15 ago 2026 05:37

Circos ambulantes, burladeros y carteles con el programa de fiestas decoran las calles de Cebreros (Ávila), hace poco más de dos semanas acosadas por las llamas. El mayor incendio de la historia de España, iniciado en el municipio abulense de Burgohondo el pasado 22 de julio, recorrió en cinco días cerca de 50.000 hectáreas. Tras los confinamientos y los desalojos, sus habitantes recuperan la cotidianidad, con la voluntad de encontrar responsables y una sierra negra que hace imposible el olvido.

Desde el banco de piedra de la entrada de su casa Jesús Araújo observa las calles de Cebreros. Así vive las fiestas todos los años, sentado con la única compañía de su amigo de la infancia, una botella de ron y el privilegio de ver la plaza desde su pequeño mirador. Ahora, además de las terrazas y a sus pobladores, se ve algo más desde el banco de Jesús: la sierra ennegrecida en el horizonte. “Este año he venido antes, cuando me desalojaron de mi casa en El Tiemblo”, afirma Jesús a El Salto.

La Guardia Civil solicitó a todos los vecinos de El Tiemblo que se desplazaran a Cebreros tras la llegada del incendio. Allí se habilitó un pabellón, aunque Jesús tuvo la suerte de disponer de la casa de su mujer, donde está su banco. “A las ocho de la tarde apareció el fuego, a lo lejos, pero en menos de diez minutos lo tenía en la puerta de casa”, recuerda Jesús. Las llamas alcanzaban los 50 metros, este vecino no alberga una imagen similar en su recuerdo. Y eso que todavía guarda en la memoria el paisaje de hogueras que los resineros hacían en el monte y que se veía desde el pueblo en su juventud, cuando el fuego asustaba menos. “Que este incendio haya llegado tan lejos... no lo entiendo yo eso”, reflexiona Jesús.

Después del desalojo llegó el confinamiento, cuando las llamas llegaron también a Cebreros y un humo denso inundó sus calles. A Jesús se le “quedó” un viñedo. A su mujer, otro. Y todavía deben ir a comprobar el estado de la finca. Con la cerveza en la mano, el vecino de El Tiemblo dirige la mirada hacia la plaza, pero sus ojos están desenfocados. “Fue indescriptible”, dice, finalmente, acercándose la lata a la boca.

Las noticias del fuego

Lo que más impresionó a Susana fue que quienes les habían cuidado durante la noche estuvieran confinados en la tarde. Eso, y el pánico. Las llamas corrían mucho, más que las noticias. Y que los coches que, a los pocos minutos, se agolparon en la entrada de El Tiemblo. Algunos, como Susana, no esperaron el aviso de los cuerpos de seguridad para salir del municipio.

Las llamas tardaron veinte minutos en llegar desde que su hijo, que vive en el monte, le envió una foto del fuego por whatsapp. Le dijo que tenía miedo. Para algunos fue menos tiempo, Susana dice que la gente no se pone de acuerdo. Quiso resguardarlo en su casa, que está más alta y le parecía que allí no llegaría el fuego. “Las llamas eran gigantes, parecía como si salieran de las casas”, recuerda Susana.

De camino a Burgohondo por carretera, el negro y el olor a madera quemada tiñen el paisaje desde una hora antes de llegar

Ambos terminaron esa noche en el municipio de El Hoyo. Habían oído que en Cerberos había demasiada gente y que todavía llegaba el humo. “Me da pena el monte, pero lo que no puedo olvidar es el pánico en la mirada de la gente”, musita Susana. Ella y su hijo volvieron a El Tiemblo al día siguiente. Al principio en el pueblo se hablaba siempre de lo mismo. Ahora, el mayor testimonio que queda de aquellos días es el monte negro sobre el que se sostiene El Tiemblo. Para Susana, hay una tercera cosa que también fue “lo peor”: el ruido, intenso, como de lumbre.

El recorrido de los bulos

María (nombre ficticio) recuerda el silencio tras la partida del fuego de Burgohondo (Ávila), el municipio donde se originó el incendio. Durante dos días no se vieron pájaros. Solo los buitres volaban por encima de la sierra, huyendo de la reserva del Valle de Iruelas, hoy calcinada. Mientras, sobre los adoquines de Burgohondo, los rumores extendidos por vecinos y periodistas especulaban sobre el origen de la desgracia.

El presidente de la Asociación de Vecinos de Burgohondo, Javier San Román, pide precaución, todavía no se ha confirmado nada. Pero sus palabras repiten aquello en lo que los medios de comunicación parecen haberse puesto de acuerdo. Un operario, desconociendo o ignorando la prohibición de la Junta de llevar a cabo actividades de riesgo por la ola de calor, genera la primera chispa con una máquina pesada. Los vientos del noroeste y el sureste hacen recorrer al fuego, en pocas horas, los escasos siete kilómetros que separan el pueblo del municipio aledaño de Navaluenga. Cinco días después, las llamas habían calcinado un perímetro de 180 kilómetros. De camino a Burgohondo por carretera, el negro y el olor a madera quemada tiñen el paisaje desde una hora antes de llegar.

El incendio alcanzó también los grupos de whatsapp y las redes sociales de los vecinos. Desde aquel día, se repiten los insultos al responsable directo del primer chispazo. A los bomberos forestales, demandados en ocasiones en otros puntos del inabarcable incendio. Al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, por señalar en Navaluenga, cuatro días después, al cambio climático como una de las causas inexcusables de los incendios. “Mucha gente no sabe cómo encajar lo sucedido”, reflexiona Javier.

Algunos vecinos culpan al Gobierno central. Otros, al Ayuntamiento del municipio. “Estamos incidiendo en atajar los incendios, pero ahí ya es tarde”, reflexiona Javier. El presidente de la asociación demanda mayores medios en prevención, mejores condiciones laborales para el cuerpo de bomberos forestales y, sobre todo, educación ciudadana. El único consenso del municipio, afirma Javier, es la sensación de abandono, el miedo a próximos incendios y a que todo quede, como siempre, en “agua de borrajas”.

Javier recuerda que recorrió el camino inverso del fuego, desde Cebreros hasta Burgohondo, el lunes previo a aquel 22 de julio. Volvía de una consulta médica en Arenas de San Pedro. Mientras observaba los montes frondosos, se comentaban en la radio los focos de incendio existentes aquel día en otros puntos de la península. Pensó que, tarde o temprano, les tocaría. Que llevaría a su hijo a conocer el Valle de Iruelas ese mismo verano. Ahora se da cuenta de que el monte no volverá a verse como lo conocía hasta dentro de dos o tres generaciones.

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