Historia
Una historia exprés del rojipardismo (y II)

Tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial, la extrema derecha ha tardado en rearmarse. En su lento resurgir ha ido adoptando para sus propios fines ideas y discursos que provenían de la izquierda. 

Daumier Rojipardismo
Obra de Honorato Daumier, uno de los principales representantes del Realismo francés.
Barcelona

publicado
2018-12-16 06:00

Por motivos obvios, la extrema derecha europea vivió un repliegue tras la Segunda Guerra Mundial. El “mayo blanco del 68”, el revulsivo a las protestas de la izquierda extraparlamentaria de aquel año y los inmediatamente posteriores, fue el comienzo de la reformulación de la nueva extrema derecha occidental, un proceso que se extendería durante las dos décadas siguientes y en el que ésta acabaría regresando a las características formales que impulsaron al fascismo antes del conflicto —antisistema, dinámico, etcétera— y con una nueva generación de teóricos, encabezados por la nouvelle droite francesa, cuyo representante más conocido es Alain De Benoist.

Historia
Una historia exprés del rojipardismo

Nikolái Trubetskoi, Ernst Niekisch y los hermanos Strasser son representantes y pioneros de lo que décadas después se ha dado en llamar “nacional-bolchevismo”, “tercera posición” o “rojipardismo”.

Esta nueva derecha no tenía muchos problemas en admitir públicamente su interés por la obra de Antonio Gramsci, cuyas estrategias —la conquista de la hegemonía cultural, sobre todo, presentada con el término de “metapolítica”, menos revelador de sus orígenes marxistas— y conceptos fueron cínica y convenientemente puestos cabeza abajo, desplazando la vieja terminología fascista por otra de nuevo cuño, como el término “etnopluralismo”, donde “pluralismo”, un término con unas connotacions positivas, esconde en realidad un proyecto basado en la separación de las naciones y comunidades en base a criterios étnicos para evitar así las dinámicas de intercambio y asimilación.

Este tipo de operaciones permitió a algunos grupos mantener buenas relaciones e incluso buscar vías de cooperación con organizaciones de nacionalistas afroamericanos como la Nación del Islam (NOI) de Elijah Muhammad, el nacionalismo árabe e incluso en los últimos años con las corrientes más ultraortodoxas del sionismo. El propio De Benoist —de quien se dice que llegó a afirmar en 1982 que era “mejor llevar el casco de un soldado del Ejército Rojo que vivir de una dieta a base de hamburguesas en Brooklyn”— hizo en el pasado declaraciones favorables al Partido Comunista Francés (PCF) o Los Verdes, de quienes decía apreciar su antiimperialismo y agenda ecológica respectivamente.

En EE UU otra figura más desconocida, pero más influyente, sentó las bases de esta agenda. Francis Parker Yockey fue, si no el autor, sí por lo menos quien más contribuyó a la difusión del término “rojipardismo” (red-brown alliance) ahora tan en boga. Yockey nació en 1917 en Chicago en el seno de una familia de padres anglófilos que lo educaron en el aprecio por la alta cultura europea. Como en el caso de otros autores mencionados en la primera parte de este artículo, Yockey flirteó en su juventud con el marxismo, pero pronto se interesó por autores de la revolución conservadora alemana como el filósofo Oswald Spengler, el jurista Carl Schmitt o el geógrafo Klaus Haushofer —quien acuñó el término Lebensraum (espacio vital), posteriormente utilizado por los nazis para justificar su guerra de exterminio contra la URSS—.

Estos autores fueron la antesala a sus abierta simpatías con el nacionalsocialismo alemán, el fascismo italiano e incluso el nacional-catolicismo apadrinado por Francisco Franco. Durante este período Yockey cooperó con varias organizaciones fascistas estadounidenses como los camisas plateadas o la Liga Germano-Americana. Aunque estas organizaciones desaparecieron con la entrada de EE UU en la Segunda Guerra Mundial, Yockey —cuyas ideas le convertían en un strasserista a ojos del resto de nazis estadounidenses— mantuvo tras el conflicto su colaboración con formaciones de esa misma ideología, como el Partido para el Renacimiento Nacional (NRP).

A pesar de su orientación política, Yockey consiguió ser contratado como parte del equipo legal de EE UU en los juicios de Núremberg en Alemania y fue enviado a Europa, aunque fue rápidamente expulsado del equipo en noviembre de 1946. Dos años después escribió en Irlanda un libro poco conocido fuera de algunos círculos de la extrema derecha, pero cuya influencia es considerable: Imperium: la filosofía de la historia y la política.

Una de las principales aportaciones de Yockey fue —y de ahí su interés para la nueva extrema derecha europea— la introducción de una perspectiva paneuropea, aunque bajo liderazgo alemán

Con el pseudónimo de Ulrick Varange, sin notas y bajo la evidente influencia de Spengler, Yockey redactó un volumen de más de 650 páginas en el que condensó su ideología, donde se encuentran los lugares habituales de este espacio político: el rechazo al materialismo, el racionalismo, el liberalismo, la sociedad de consumo y la democracia parlamentaria, el antisemitismo más o menos encubierto y una supuesta decadencia de Occidente que únicamente un enérgico movimiento reaccionario puede revertir.

Una de las principales aportaciones de Yockey fue —y de ahí su interés para la nueva extrema derecha europea— la introducción de una perspectiva paneuropea, aunque bajo liderazgo alemán, que le llevó a fundar el Frente de Liberación Europeo (ELF) el mismo año en que se publicó Imperium con antiguos partidarios del movimiento fascista británico de Oswald Mosley. Esta minúscula formación publicó un diario, Frontfighter, que canalizaba las ideas de Yockey, especialmente las conspiraciones de tinte antisemita.

El paneuropeísmo de Yockey, con su llamada a preservar “los vínculos históricos y culturales que existen entre nuestras respectivas naciones” y construir “patrias monoétnicas” para conservar “la raza, la cultura y las tradiciones de todos los pueblos europeos”, podría servir mutatis mutandis como base para justificar ideológicamente el giro “europeísta” de los partidos de la nueva derecha europea reunidos en torno al grupo Europa de las Naciones y la Libertad (ENF) —del que forman parte la Agrupación Nacional (RN) de Marine Le Pen, el FPÖ austríaco o la Liga de Salvini, entre otros— si, como pronostican algunos sondeos, se convierte en la tercera fuerza en el Parlamento Europeo tras las próximas elecciones europeas de 2019.

Yockey posiblemente nunca leyó a Ustriálov, pero llegó a su misma conclusión: que la URSS se desprendería de su carcasa comunista y acabaría retornando a la senda del nacionalismo

Yockey posiblemente nunca leyó a Ustriálov, pero llegó a su misma conclusión: que la URSS se desprendería de su carcasa comunista y acabaría retornando a la senda del nacionalismo. El autor de Imperium, que elogiaba —seguramente por su educación y evidentemente desde una posición conservadora— los esfuerzos de la política cultural soviética por preservar las expresiones de cultura popular y cultura clásica en Rusia y Europa oriental, así como sus aspectos militares y jerárquicos y su manera de estructurar la sociedad civil en organizaciones estatales, interpretó desde una óptica antisemita los juicios en Praga —de los que fue testimonio presencial en 1952— contra trece funcionarios del Partido Comunista de Checoslovaquia acusados de titoístas, ya que once de ellos eran de origen judío.

En la misma línea interpretó la expulsión de Lazar Kaganovich del Presidium de la URSS en 1957 o el apoyo del Kremlin al nacionalismo árabe liderado por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, con quien Yockey se llegó a reunir en El Cairo en 1953 y para quien llegó a trabajar redactando para el Ministerio de Información egipcio propaganda antisionista. En esta década Yockey comenzó a defender la idea de una alianza rojiparda de la extrema derecha occidental con la URSS e incluso con las luchas anticoloniales y antiimperialistas del Tercer Mundo con el fin de acelerar la caída de la hegemonía estadounidense y todo lo que asociaba a la misma: liberalismo, cosmopolitismo, democracia, etcétera. Además de su experiencia en Egipto, Yockey estuvo en Cuba tras la revolución de 1959 y hay quien rumorea que visitó República Democrática Alemana y la propia Unión Soviética.

Las ideas de Yockey no fueron especialmente populares en su momento, cuando la extrema derecha occidental era fuertemente anticomunista y defendía alianzas tácticas con Washington

Las ideas de Yockey no fueron especialmente populares en su momento, cuando la extrema derecha occidental era fuertemente anticomunista y defendía alianzas tácticas con Washington y las dictaduras bajo su esfera de influencia contra la expansión de la influencia soviética. El papel de militantes de extrema derecha en la red Gladio es elocuente en este sentido. La propuesta de Yockey de una alianza con comunistas y antiimperialistas contra EE UU era vista en el mejor de los casos como una excentricidad, pero lo más seguro es que fuese contemplada como una ofensa hacia el chovinismo del que hacían gala los partidos de extrema derecha occidentales, incluso si compartían la idea de Yockey de que EE UU había abandonado la cultura occidental en favor del cosmopolitismo y estaba gobernada por una conspiración judía.

Francis Yockey se suicidió tomando una cápsula de cianuro en 1960 una celda en EE UU después de haber sido detenido por el FBI en Oakland (California) por posesión de pasaportes falsos, descubiertos en su maleta en una inspección rutinaria en el aeropuerto tras llegar de un viaje desde el extranjero. Su paso en la historia de la extrema derecha fue discreta, pero su huella profunda. Su camarada belga en el ELF, Jean-François Thiriart —quien por motivos similares a Yockey elogiaba la Rumanía de Ceaușescu o la China de Mao— difundió su ideario a través de la organización Jeune Europe —en la que participó, entre otros, Renato Curcio, posteriormente miembro de las Brigadas Rojas—, alcanzando no sólo a De Benoist, sino más allá.

El Frente Nacional (NF) en Reino Unido llegó a pregonar en su periódico a finales de los ochenta una alianza con la Libia de Gaddafi, el Irán de Jomeini y la Nación del Islam estadounidense bajo la dirección Louis Farrakah para acelerar “una tercera vía” al capitalismo de cuño estadounidense y el comunismo soviético y, como siempre, contra el Estado de Israel. Pero cabe sospechar que a Yockey le hubiera gustado especialmente saber que sus ideas experimentarían un renacimiento en el lugar que más idealizó, pero en condiciones muy diferentes a las de los años en que vivió, y en el que, de hecho, comenzó toda esta historia.

El Partido Nacional-Bolchevique y el eurasianismo de Duguin

La prensa ha sido generosa con Aleksandr Duguin (Moscú, 1962), concediéndole una importancia que no tiene y regalándole coloristas remoquetes como “el Rasputín del Kremlin” que él mismo se encarga de cultivar, incluso con su propia imagen, dejándose crecer una larga barba monacal. La realidad, como acostumbra a ocurrir, es mucho más prosaica. Hijo de un coronel de la GRU —los servicios de inteligencia del ejército soviético—, las lecturas de Duguin en su juventud incluyen a los habituales del género, como Ernst Niekisch, el fascista italiano con inclinación por el esoterismo Julius Evola o el tradicionalista René Guenon, entre otros autores de la revolución conservadora. Estas lecturas llevaron a Duguin a integrarse en su juventud en el círculo de Yuri Mamleev, también conocido como Círculo Yuzhnisky por ser la dirección del piso de Mamleev en Moscú.

Yuri Mamleev (1931-2015), que en 1974 emigró a Estados Unidos iniciando un periplo que le llevó más tarde a Francia y que llegó a ser miembro de los clubes PEN de EE UU, Francia y Rusia, es hoy un oscuro autor, pero sentó uno de los pilares del Tradicionalismo (con mayúsculas) ruso con el círculo que lleva su nombre y libros como Sudvá bytiya (El destino del ser), publicado en 1997, cimentaron ese rol. De este círculo también fueron miembros el escritor y ocultista Evgueni Golovin (1938-2010), el periodista Ígor Dudinski (1947) y Gueydar Dzhemal (1947-2016), quien más tarde se convertiría en uno de los filósofos referenciales del islam político en la Federación Rusa, defendiendo, en línea con la corriente política que ocupa este artículo, la idea de una alianza antiimperialista entre el mundo islámico y la Ortodoxia rusa de la que después también se haría eco Duguin.

En la época en que se formó el pequeño círculo de Mamleev comenzaban a formarse en la URSS los embriones de las primeras organizaciones de ultraderecha al amparo de determinadas asociaciones cuyo objetivo putativo era el estudio de la historia rusa —el caso más conocido es el de Pamyat (‘memoria’, en ruso)—, y que atrajaeron no solamente a intelectuales marginales, sino también a cuadros de la administración pública y del ejército de tendencias eslavófilas que habían comenzado a expresarse ya durante el mandato de Leonid Brézhnev. El círculo de Mamleev duró hasta los años noventa, y dentro del mismo, en la pulsión conspirativa que caracteriza a estos grupos, se formó otro grupo, más pequeño, liderado por Golovin, llamado ‘Orden negra SS’, cuyo nombre no deja lugar a dudas de la ideología que profesaba, y al que perteneció Duguin.

El caos político y social y la desorientación política que siguieron a la desintegración de la URSS fue campo abonado para el PNB

Con la desintegración de la Unión Soviética en los noventa, Duguin pudo sacudirse de encima las últimas cortapisas a su actividad filosófica y política, y, tras conocer al escritor Eduard Limonov, recién regresado de su exilio parisino —en el que flirteó como es sabido con el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen—, fundar el Partido Nacional-Bolchevique (PNB), inspirándose, desde el nombre mismo, en las ideas de Ustriálov filtradas por toda la historia posterior recogida someramente en la primera parte de este artículo. El caos político y social y la desorientación política que siguieron a la desintegración de la URSS fue campo abonado para el PNB, que sirviéndose de una estética punk —su bandera substitía la esvástica de la nazi por una hoz y martillo, su órgano de expresión tenía por nombre Limonka (un juego de palabras con el nom de plume de Limónov y un modelo de granada soviética), y en las manifestaciones se coreaban consignas como “¡Stalin, Beria, Gulag!” o “¡Rusia lo es todo! ¡Todo lo demás no es nada!”— atrajo a jóvenes y artistas como el cantante del grupo punk siberiano Grazhdánskaya Oborona, Yegor Letov, el compositor y artista Serguéi Kuriojin, o, más tarde, al escritor Zajar Prilepin o al periodista opositor Oleg Kashin, que colaboró desde el año 2003 al 2005 con Limonka. Sus militantes pasaron a ser conocidos por el acrónimo nazbol.

Las acciones de protesta de los militantes del PNB contra oficinas de la administración o personalidades destacadas de la ‘Nueva Rusia’ llevaron a muchos de ellos a la cárcel, incluyendo al propio Limónov, que cumplió una pena de dos años en la prisión de Lefórtovo, entre 2001 y 2003, por posesión ilegal de armas y pertenencia a organización armada. A pesar de que su discurso ocultaba más bien poco, el PNB consiguió posicionarse como un partido bisagra de la oposición —primero a Borís Yeltsin y después a Vladímir Putin— al punto que dos partidos liberales, Solidaridad, de Gary Kaspárov, y la Unión Popular-Democrática, de Mijaíl Kasiánov, formaron una coalición con el PNB de Limónov llamada Otra Rusia, que duró desde 2006 hasta el año 2010. Otra Rusia también mantuvo contactos con el Frente de Izquierdas, cuyo coordinador general, Serguéi Událtsov, participó en 1999 en una coalición electoral con Limónov llamada Bloque Estalinista-Rusia Obrera-Por la URSS junto con Stanislav Terejov, presidente de la organización nacionalista rusa Unión de oficiales.

Duguin rompió con el PNB en 1998. Según la versión de Limónov, Duguin abandonó el partido “porque cuatro nacional-bolcheviques le robaron 248 rublos”

Duguin rompió con el PNB en 1998. Según la versión de Limónov, Duguin abandonó el partido “porque cuatro nacional-bolcheviques le robaron 248 rublos”. Según la versión de Duguin, por las alianzas que el PNB había tejido con liberales occidentalistas para derribar a Putin, lo que consideró una traición a la ideología original del PNB, y por la indisciplina de muchos de los jóvenes militantes —a los que no logró convertir en “soldados políticos”, otro de los conceptos que Duguin ayudó a reintroducir en el vocabulario de la nueva derecha—. Entre ambas cabría añadir el ego del propio Duguin, a quien otras figuras del PNB, mucho más mediáticas, hacían sombra. Sea como fuere, Duguin encabezó la primera escisión del PNB, a la que siguieron otras, siendo la más famosa el Movimiento Eurasianista, fundado en 2001 como Partido Eurasianista, y que organizó con otro ex-nazbol, Valeri Korovin.

Del legado contracultural —para sorpresa de muchos, el conservador Duguin estuvo casado con la escritora Evguenia Debrianskaya, una activista LGTB que después pasó a militar en el Partido Libertarianista de Rusia— y la cercanía con el esoterismo, este movimiento utiliza se apropia del llamado “símbolo del caos” (también llamado “flechas del caos”) diseñado por Michael Moorcock, sobreimpreso sobre un mapa de Rusia o del continente europeo.

Hábil comercial de sí mismo, Duguin fue ascendiendo en la escala intelectual, pasando de columnista en diarios como Zavtra de Aleksandr Projánov —cuya ideología repite la misma mezcla de nacionalismo y pseudocomunismo— a profesor en la Universidad Nacional Euroasiática Lev Gumiliov en Astaná, conferenciante en Serbia, Turquía o EE UU hasta recibir un puesto en la Facultad de Sociología de la Universidad Estatal de Moscú (MGU) en 2008. En 2014 se decidió no renovarle el contrato por sus declaraciones en apoyo a los secesionistas prorrusos en el este de Ucrania, en las que llegó a afirmar que la única manera de lidiar con los ucranianos era matándolos (una petición pidiendo su despido llegó a sumar 10.000 adhesiones).

En 2016 y 2017 Duguin fue redactor jefe de Tsargrad, un medio financiado por el empresario Konstantín Maloféyev, de conocidas simpatías conservadoras y ortodoxas, que también mantuvo durante años a flote el think tank de Duguin, Katehon, nombre de resonancias bíblicas. Katehon contó con ediciones en varios idiomas, incluyendo el español, y en él se reproducían con frecuencia, sin permiso, artículos de páginas izquierdistas siguiendo los principios ideológicos del movimiento. Maloféyev y Duguin posteriormente rompieron y este último creó Geopolitica.ru.

Actualmente Duguin mantiene su actividad como autor, conferenciante y polemista internacional. A lo largo de su carrera Duguin ha mantenido contactos con determinadas figuras políticas, desde el secretario general del Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF), Guennadi Ziugánov, hasta el actual responsable de los servicios secretos (SVR), Serguéi Narishkin, asesorando a ambos, así como miembros de la administración y el ejército. Es célebre la repercusión que, según recogieron en su momento los medios, tuvo su Fundación de la geopolítica (1997), del que se ha dicho que se ha utilizado como libro de referencia en la Academia Militar del Ejeŕcito Ruso y circula entre los arquitectos de la política exterior del Kremlin.

Duguin no es un pensador original, habla de un Occidente en decadencia que habría de ser rescatado por una reacción conservadora

¿Cuáles son las ideas principales de Duguin? De sus libros puede decirse lo mismo que Brecht escribió de Mi Lucha en La novela de los tuis al resumirlo como una compilación de “cincuenta y tres mil solecismos”. Su estilo es pedante y las contradicciones internas, frecuentes, pero todo se resuelve presuntamente en base a cuestiones tácticas, metafísicas y al sincretismo, como, por otra parte, siempre ha resuelto rápidamente los problemas el fascismo en sus obras teóricas. Duguin no es un pensador original, pero cataliza todo el legado anteriormente expuesto en este artículo: parte de la explicación histórica en término de civilizaciones de los teóricos de la revolución conservadora, la idea del Tradicionalismo de Guénon de un Occidente en decadencia que habría de ser rescatado por una reacción conservadora apoyada desde otros puntos del mundo en los que las ideas occidentales no se han abierto paso con fuerza todavía, la de Ustriálov de la URSS como carcasa que habría dejar paso a un nacionalismo ruso, y el antiliberalismo de la nueva derecha de posguerra que abre la puerta a alianzas tácticas con luchas anticoloniales y determinadas corrientes del islam político —siempre desde el “etnopluralismo”— hasta dibujar un continente indoeuropeo bajo la égida espiritual de Rusia. Esta síntesis Duguin la vende como una novedosa Cuarta teoría política —tiene un libro con ese nombre— que supera dialécticamente, en su categorización, a las tres anteriores: el liberalismo, el comunismo (que rechaza por materialista) y el nacionalsocialismo y el fascismo (que rechaza por su supremacismo racial).

Coda: el uso inflacionario del término “rojipardismo”

La mayoría de los autores presentados en este artículo proceden de la extrema derecha y sus estrategias tenían, y tienen, la clara intención de cooptar a determinados sectores de la izquierda política y lo que hoy se conoce como movimientos sociales, como prueban también los intentos de infiltración en Los Verdes alemanes en sus inicios que explica Jutta Ditfurth en su libro sobre el partido ecologista, Krieg, Atom, Armut. Was sie reden, was sie tun: Die Grünen (Rotbuch, 2011), el “nacional-anarquismo” después o más recientemente los “autónomos nacionalistas”. Tan preocupante como “la tentación rojiparda” puede sin embargo ser el uso inflacionario del término, que con frecuencia ha sido utilizado como una derivación de la vieja teoría de la herradura (”los extremos se tocan”), principalmente por el centro-izquierda liberal, con el fin de disciplinar y desacreditar a otras corrientes políticas, en particular en materia de política internacional, aunque no sólo.

Por ejemplo, Ian Traynor utilizaba ya el término inglés en un artículo del año 2006 publicado en The Guardian para manchar la reputación de quienes se opusieron a la agresión militar de la OTAN a Yugoslavia en 1999 o la intervención anglo-estadounidense en Irak en 2003. Después de las elecciones parlamentarias de enero de 2015 en Grecia, el gobierno de coalición entre Syriza y Anel también fue acusado de “rojipardo”, como se lamentaba en su momento el economista griego Costas Lapavitsas. El término se presta por lo tanto demasiado fácilmente a convertirse en arma arrojadiza en polémicas periodísticas, como demuestra la querencia que profesan algunos columnistas de derechas por el mismo, para quienes vale por igual contra Hugo Chávez que contra Ada Colau.

En Alemania este debate es recurrente desde hace unos años. En una entrevista con el medio NachDenkSeiten, el politólogo Rudolph Bauer criticaba la puesta en circulación de este término en momentos puntuales como una “vieja estrategia” basada en la “desposesión semántica” en la que “criticar al capitalismo equivale a ser antisemita” o “ser pacifista equivale a ser amigo de Putin”. En el término alemán Querfront se subsumen indistintamente a opositores a la OTAN, “supremacistas, populistas, anticapitalistas, anti-americanos, xenófobos, homófobos, antiliberales, euroescépticos, críticos con la globalización, antidemócratas y teóricos de la conspiración”, supuestos y reales. En este revoltijo al final “los hechos no desempeñan ningún papel, y lo mismo los argumentos y el análisis”.

Para Bauer, el objetivo último de esta estrategia es “legitimar como ‘democrático’ y ‘liberal’ un estilo de debate político” que, en el fondo, no habiendo ningún intercambio de ideas genuino, no lo es, en el cual “la derecha se encuentra cómoda”, y que en última instancia conduce a “desacreditar progresivamente a la izquierda”. Además, sirve para forzar disputas internas en el movimiento general de la izquierda, “dividirla en campos enfrentados, paralizarla políticamente”. Se trata, continúa Bauer, de un mecanismo similar a cuando se generaliza y cataloga las manifestaciones contra el TTIP como “antiamericanas”, la crítica a la Unión Europea como “nacionalista” o la ocupación israelí en Palestina como “antisemita”.

La etiqueta tiene como fin sustituir el debate razonado por una suerte de conocimiento en forma de comprimido que no hace falta interrogar, sólo consumir, sin preguntarse quién hace la afirmación, con qué argumentos y con qué objetivos. En 1993 el término de “alianza rojiparda” fue utilizado en Rusia por la prensa occidental —la rusa habló de “comunofascismo”— para describir la oposición de comunistas y nacionalistas en el Congreso de los Diputados del Pueblo al programa de choque neoliberal y la intención del entonces presidente, Borís Yeltsin, de aprobar una constitución a medida que otorgase al jefe de Estado amplios poderes ejecutivos con los que superar el bloqueo parlamentario. El desenlace de aquella crisis constitucional fue la disolución del parlamento a cañonazos en octubre ordenada por el Kremlin y el resto, como se dice, es historia.

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