Una historia exprés del rojipardismo

Nikolái Trubetskoi, Ernst Niekisch y los hermanos Strasser son representantes y pioneros de lo que décadas después se ha dado en llamar “nacional-bolchevismo”, “tercera posición” o “rojipardismo”.


publicado
2018-12-08 06:00:00

Un artículo de Julio Anguita, Manolo Monereo y Héctor Ilueca publicado el pasado 5 de septiembre sobre algunas de las medidas aprobadas por la coalición entre el Movimiento 5 Estrellas (MS5) y la Liga de Salvini en Italia ha puesto en circulación en el debate político y en las redes sociales el término “rojipardismo”. En las diversas réplicas y contrarréplicas que el artículo de Anguita, Monereo e Ilueca ha generado a lo largo de estos últimos meses, el término se ha convertido en moneda de cambio, y como tal, sufrido desgaste y perdido de algún modo sus contornos.

El tipo de cruces al que el término alude son en realidad tan viejos como el propio socialismo, y ya Karl Marx y Friedrich Engels advertían en El manifiesto comunista (1848) contra el socialismo reaccionario y clerical representado por una parte de los legitimistas franceses que aspiraban a la restitución de la monarquía. Este era descrito como “una mezcla de lamento, eco del pasado y rumor sordo del porvenir” que “con el fin de atraer hacia sí al pueblo, tremolaba el saco del mendigo proletario por bandera”, aunque “en la práctica están siempre dispuestos a tomar parte en todas las violencias y represiones contra la clase obrera, y en la prosaica realidad se resignan, pese a todas las retóricas ampulosas, a recolectar también los huevos de oro y a trocar la nobleza, el amor y el honor caballerescos por el vil tráfico en lana, remolacha y aguardiente”.

Aunque las raíces de lo que se ha venido en llamar “nacional-bolchevismo” o “tercera posición” —al presentarse históricamente como una alternativa al capitalismo y el comunismo soviético— se acostumbran a atribuir a la estrategia del Partido Comunista Alemán (KPD) para atraer a los trabajadores que en la década de los años 20 del siglo pasado mostraban simpatías hacia el nacionalismo alemán, defendida célebremente por Karl Radek en su conocido discurso sobre Leo Schlageter, o, de manera más clara, al primer fascismo italiano —antes de la marcha sobre Roma, Yemelián Yaroslavski alertaba a Lenin en una carta fechada el 3 de octubre de 1922 de su habilidad para influir sobre amplios sectores de la clase obrera “impresionados por la fuerza de los fascistas”— o al “ala obrerista” del Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán (NSDAP) representada por los hermanos Gregor y Otto Strasser, lo cierto es que sus orígenes son anteriores y se encuentran en el que fuera uno de los laboratorios políticos del siglo XX, Rusia.

De las centurias negras a Smena Vekh

El siglo XIX fue, sobre todo en su último tercio, el del desarrollo de las sociedades modernas, con la aparición de la política y los primeros medios de comunicación de masas. Las nuevas formas de organización política y sindical del movimiento obrero, en alianza ocasional con otras clases y movimientos sociales, planteaban nuevos retos para el dominio de la burguesía, también en alianza ocasional con clases supervivientes del Antiguo Régimen. En efecto, resulta absurdo imaginarse a los representantes del capital financiero yendo a las barricadas a defender sus intereses, fusil al hombro, contra lo que constituye, objetivamente hablando, la mayoría de la sociedad. De ello se deriva la necesidad de dividir e instrumentalizar, por la fuerza o la ideología, a las clases trabajadoras y conseguir su adhesión al statu quo. Es con ese fin que actualmente se invierten tantos recursos en influir en su opinión en las democracias contemporáneas.

Los casos de apropiación del discurso, símbolos y hasta expresiones culturales del movimiento obrero alemán por parte del nacional-socialismo son bien conocidos. Lo es bastante menos que esta estrategia de contrarrestar la ascendencia del movimiento socialista replicando sus estructuras y vaciándolas de su principal rasgo, la autoorganización obrera, para sustituirlas por una jerarquización vertical y despótica, e integrada en otras organizaciones burguesas, se intentó ensayar ya en el Imperio ruso.

Creada en 1905, la Unión del Pueblo Ruso (UPR), de ideología monárquica, ultranacionalista y reaccionaria, llegó a contar con 300.000 miembros y un brazo paramilitar, las llamadas centurias negras, que combatía las actividades revolucionarias de socialdemócratas, social-revolucionarios y anarquistas. “La Unión del Pueblo Ruso ayudó a inventar un nuevo estilo de política de derechas que no sólo era una novedad para Rusia, sino para la mayor parte del mundo: una política de nuevo cuño orientada a las masas, los espacios públicos y la acción directa, un fascismo avant la lettre”, escribe el historiador Stephen Kotkin en su biografía sobre Stalin.

La UPR se definía como antiliberal y anticapitalista, se presentaba no como un partido, sino como un movimiento espontáneo que organizaba orgánicamente al pueblo, y tenía entre sus apoyos a sectores de la pequeña burguesía, la clase trabajadora y el lumpenproletariado.

Las publicaciones de la UPR no escondían su demagogia y su racismo, en particular su antisemitismo —“el socialismo de los tontos”, según lo calificó famosamente Karl Marx—, y difundieron, entre otros textos, Los protocolos de los sabios de Sión, la fabricación de la ojranka (policía secreta zarista) que sostenía la existencia de una conspiración secreta de los judíos para controlar el mundo y de cuyos esquemas se se siguen nutriendo las teorías de la conspiración que tanto abundan en la extrema derecha. Uno de sus líderes, Aleksandr Dubrovin, incluso acuñó el término “conspiración judeo-masónica”, que se abrió paso más tarde hasta la España de Franco a través de los círculos anticomunistas franceses.

Una de las últimas cabeceras de este movimiento fue Malenkaya Gazeta (“el pequeño diario”). Fundado en 1914 por Alekséi A. Suvorin —hijo de un conocido publicista conservador—, su estilo directo y popular, con el que quería acercarse “al pueblo llano”, y sus denuncias de la corrupción e ineptitud de las elites políticas le granjearon una considerable popularidad en Petrogrado, llegándose a imprimir 109.000 ejemplares (superando al Pravda editado por los bolcheviques).

Tras el intento de golpe de Estado del general Lavr Kornílov, el periódico intentó recuperar su popularidad perdida cambiando su definición por la de “el periódico de los socialistas sin partido”, lo que demuestra, señala Kotkin, cómo “el socialismo de alguna forma era una estructura política inevitable en el panorama político”, limitando las posibilidades de la derecha y obligándola a amoldarse al lenguaje de aquel “de forma cuasi proto-nacionalsocialista”.

Con el triunfo de la revolución socialista, este testigo lo retoman en cierto modo los rusos emigrados del grupo Smena Vekh, un heterogéneo grupo de intelectuales en Praga que abogaba por la colaboración con la nueva Rusia soviética, que, a su vez, autorizó por algún tiempo la venta de sus publicaciones en el país.

Nadie ha resumido mejor que Trotsky la posición de los smenovekhistas, escribe Boris Kagarlitsky en The Thinking Reed. El dirigente bolchevique señala que los smenovekhistas entendieron que “la salvación de Rusia descansa en el poder soviético” puesto que, “en las condiciones históricas actuales, ningún otro poder salvo el soviético es capaz de preservar la unidad y la independencia del pueblo ruso contra una invasión externa”.

El grupo no tardó en dividirse en un ala izquierda —que creía que la Rusia soviética regresaría al parlamentarismo y la liberalización económica— y otra, acaso más conocida, derecha, representada por Nikolái Ustriálov (1890-1937), que propagaba la idea de colaborar con el nuevo poder soviético sobre una base nacional y no social, esperando que el nuevo régimen evolucionase hacia posiciones nacionalistas más agresivas.

En paralelo y también en Praga se formó un grupo de estudio en torno a la idea de Eurasia que, andando el tiempo, convergería con las ideas de los primeros. A este grupo, impulsado por el lingüista Nikolái Trubetskoi —miembro asimismo de la conocida Escuela de Praga—, pertenecieron el historiador Dmitri Mirski, el filósofo Konstantin Chjeidze, el compositor Piotr Suvchinski, el geógrafo Piotr Savtsinki o el teólogo Gueorgui Florovski, que teorizó sobre el concepto de sobornost o comunidad de fieles, central en el conservadurismo ruso, planteada por los filósofos eslavófilos Ivan Kireievski y Alekséi Jomiákov. El eurasianismo como controvertida teoría histórica y concepto político sería desarrollado décadas más tarde por el historiador y antropólogo ruso Lev Gumiliov, cuyo trabajo emergería de una relativa oscuridad tras la desintegración de la Unión Soviética.

Las ideas de Ustriálov —que, además de conocer por descontado a los clásicos del conservadurismo ruso, cita sorprendentemente en uno de sus artículos a Francesc Cambó— entroncaban con el mesianismo afín a la cultura rusa y la idea de Moscú como “la Tercera Roma” que habría de liderar un cambio de era frente a la decadencia y confusión del resto de naciones.

Ustriálov, que había servido en el movimiento blanco en el departamento de prensa de Aleksandr Kolchak, defendía que el comunismo soviético era la mejor forma de devolver a Rusia su estatus de influyente potencia internacional —sin rehusar ambiciones expansionistas—, comparando este desarrollo con un rábano (“rojo” por fuera y “blanco” por dentro).

Para algunos de los seguidores de Ustriálov, el propio comunismo soviético podía considerarse una forma de sobornost así como una adaptación —en particular después que Nikolái Bujarin y Iósif Stalin lanzasen la idea del “socialismo en un solo país” en 1924— de las ideas de Konstantín Leontiev de que la ortodoxia, como uno de los pilares de la cultura rusa, servía de dique de contención del materialismo, asociado a Occidente.

Hay quien incluso sostiene que, para describir su particular ideología, Ustriálov comenzó a utilizar el término “nacional-bolchevismo”, tomado de un contemporáneo alemán con una trayectoria personal no menos zigzagueante: Ernst Niekisch.

El nacional-bolchevismo de Niekisch

Ernst Niekisch (1889-1937) debía ser, sin duda, un hombre del gusto de Ustriálov. Su historial revolucionario previo a su giro conservador es impecable: como miembro del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) fue en 1918 y 1919 presidente del Consejo Central de Obreros y Soldados de Múnich, organismo surgido a imagen y semejanza de los soviets en Rusia. Insatisfecho con las posiciones del SPD, Niekisch se pasó a la escisión izquierdista de este, el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), siendo elegido diputado. Por su participación en la breve República de Consejos de Baviera de 1919 fue encarcelado en la prisión de Niederschönefeld, donde compartió presidio entre otros con el anarquista Erich Mühsam.

Después de ser liberado, y con el retorno del USPD al SPD, Niekisch abandonó su escaño en el parlamento bávaro y se trasladó en 1923 a Berlín, donde fue elegido secretario del sindicato de trabajadores de la industria textil. En la primavera de 1923, Niekisch entró en el Círculo de Hofgeismar, formado por socialdemócratas a los que su oposición a la ocupación de la cuenca del Ruhr por las tropas francesas acercó a posiciones nacionalistas.

Fue este episodio el que llevó a Karl Radek, como quedó dicho, a intentar atraerse a los nacionalistas al KPD. El balance de esta estrategia es desigual. Por una parte, permitió a nacionalistas como Ernst Graf zu Reventlow publicar en Der Rote Fahne, el órgano de expresión del Partido Comunista Alemán, a cambio de que funcionarios comunistas participasen en mítines nacionalistas, en una cooperación que, además de no tener demasiados visos de durar, acabó siendo contraproducente para los comunistas. Por otra parte, hizo que jóvenes nacionalistas como Harro Schulze-Boysen entrasen en contacto con las ideas socialistas. Schulze-Boysen se aproximaría el socialismo, primero, y al comunismo soviético, después, para, como oficial del servicio de inteligencia del Ministerio de Aviación del Tercer Reich, integrarse en el grupo de espías llamado la ‘Orquesta Roja’ y proporcionar información clave a los servicios secretos de la URSS en la embajada de Berlín.

Los socialdemócratas del Círculo de Hofgeismar desecharon con el tiempo la lucha de clases y el internacionalismo para defender un “socialismo nacional”. Haciéndosele imposible continuar la militancia en el SPD por sus posicones nacionalistas y temiendo su expulsión, Niekisch abandonó el partido y se afilió en 1926 al Viejo Partido Socialdemócrata Alemán (ASPD), una escisión por la derecha del SPD que flirteaba abiertamente con nacionalistas y miembros del Stahlhelm (‘casco de acero’), la asociación de oficiales desmovilizados. Fue justamente en ese año cuando Niekisch comenzó la publicación mensual Widerstand (“Resistencia”), que a partir de 1928 llevó por subtítulo “revista para una política nacional-revolucionaria” y de la que fue colaborador uno de los escritores de cabecera de la revolución conservadora, Ernst Jünger.

En los ocho años en que se editó, Widerstand fue una revista pequeña, pero influyente en círculos intelectuales, que difundió la idea —compartida por otros autores nacionalistas como Arthur Moeller van der Bruck o Dietrich Eckart— de un “socialismo alemán” que se presentaba como una doble alternativa al liberalismo de cuño angloamericano y el comunismo bolchevique y que habría de culminar, en su versión mesiánica, en la proclamación de un tercer imperio alemán (Reich) cuya influencia abarcaría toda Europa y se extendería por una Rusia liberada del bolchevismo —a pesar de su fascinación hacia las estructuras y formas de organización que este había creado y que se elogiaban con frecuencia en sus publicaciones— hasta las fronteras con China.

Como es obvio, el “socialismo nacional” de Widerstand ayudó a dar forma al tosco “nacional-socialismo” del Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán (NSDAP), y el término “nacional” prontó se solapó con el de “étnico” con connotaciones claramente racistas (völkisch).

El nacional-bolchevismo de Niekisch, en definición del historiador francés Louis Dupeux, tiene una “estrategia comunista” y una “dinámica conservadora” que convertiría en su principal seña de identidad junto a los análisis sociales de trazo grueso en clave exclusivamente geopolítica. Widerstand sería prohibida en 1934, después de la noche de los cuchillos largos en la que Hitler se deshizo del ala izquierda obrerista y “socialista” del partido, representada por las SA de Ernst Röhmer y los hermanos Otto y Gregor Strasser, con la que la revista de Niekisch tanto había compartido.

El “socialismo prusiano” de Oswald Spengler fue otra de las influencias del NSDAP en sus orígenes. En sintonía con sus teorías cíciclas de la historia y determinismo geopolítico, Spengler proponía en su libro del mismo título para rescatar a Alemania de la crisis que atravesaba una “tercera vía” al “parlamentarismo británico8 y el “socialismo marxista”: un “socialismo prusiano” iliberal, antidemocrático, elitista y antirrevolucionario. En este “socialismo prusiano”, que guarda parecido con las propuestas de Niekisch y otros nacional-bolcheviques, el Estado personifica a la nación, que se subordina a él, creando un sistema en el que “todo el mundo tiene su lugar, se ordena y se obedece”. Tanto Niekisch como Spengler abjuraron después de su influencia en el NSDAP, pero el mal ya estaba hecho.

El strasserismo

Un año antes de alcanzar el poder, en 1933, Adolf Hitler había conseguido el beneplácito de los gigantes de la industria y la banca alemanas con un discurso privado en Düsseldorf en el que tranquilizó a los banqueros y “capitanes de industria” respecto a las ambiciones “socialistas” del Partido Nazi. Tras el discurso, el dinero comenzó a llegar al partido para convertirlo definitivamente en arma contra el ascenso del movimiento obrero organizado. En los primeros años en el poder, en los que Hitler buscaba consolidarse política y socialmente, el ala obrerista del NSDAP no solo se hizo superflua, sino peligrosa.

Los hermanos Gregor y Otto Strasser —procedentes de los Freikorps, las unidades paramilitares de soldados del ejército alemán desmovilizados tras la Primera Guerra Mundial, de tendencia nacionalista—, cuya corriente algunos grupos de extrema derecha actuales reivindican, pugnaban por una tendencia anticapitalista y revolucionaria del NSDAP. Esta corriente llegó a tener influencia en Berlín y el norte de Alemania, donde la organización del movimiento obrero era mayor, y acabó enfrentada al ala derecha representada por Hitler, con mayor presencia en el sur del país.

Este ala del NSDAP, que consideraba al marxismo y el capitalismo como “hijos del liberalismo”, no solo apoyaba las huelgas convocadas por los sindicatos socialdemócratas —Otto Strasser llegó incluso a escribir para el periódico del SPD, Vorwärts—, la nacionalización de la industria y la banca o la negativa a compensar a los aristócratas que habían sido expropiados tras la revolución de noviembre de 1918 —una iniciativa planteada por los comunistas a la que después se adhirieron los socialdemócratas— con el objetivo de conseguir una genuina base obrera, sino que llego a proponer la cohabitación con la Unión Soviética, en línea con la idea de Ustriálov de que esta acabaría por abandonar el bolchevismo.

En resumen, mientras Hitler defendía el corporativismo fascista, los Strasser se decantaban por un “socialismo nacional”, mientras el primero abrigaba la idea de conseguir una alianza con Inglaterra en términos raciales, los segundos defendían una alianza antioccidental con la URSS e incluso proponían apoyar las posiciones antiimperialistas de Mahatma Ghandi en la India.

Joseph Goebbels estuvo también alineado con esta corriente y, como muchos de sus miembros, estaba fascinado por las posibiliadades de una eventual cooperación con la URSS, al punto que se mostró decepcionado cuando Hitler hizo un discurso en Bamberg en 1926 en el que propuso convertir Rusia en un gigantesco territorio colonial, llegando a anotar en su diario: “Una de las mayores decepciones de mi vida, ya no creo completamente más en Hitler”.

Como nota local, mencionar que en España el fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS), Ramiro Ledesma Ramos, tuvo una evolución muy parecida a la de Niekisch o Strasser: Ledesma Ramos criticó lo que consideró una deriva burguesa de la Falange Española (FE), que también atribuía a otros partidos fascistas europeos, al punto de ser expulsado del partido, y como los Strasser, profesaba admiración tanto por la Unión Soviética de Stalin como por la CNT, de la que FE de las JONS adoptaría como es notorio sus colores y con la que fantaseaba una alianza contra la Segunda República.

Tras la mencionada noche de los cuchillos largos, en la que fue asesinado Gregor Strasser, la Alemania nazi retiró a Otto Strasser la nacionalidad en 1934 —en la misma lista figuraban destacados comunistas, como Erwin Piscator, John Heartfield, Hans Beimler o Erich Weinert—, obligándole a comenzar un periplo que comenzaría por Checoslovaquia —donde casi fue asesinado por agentes nazis—, Francia y Suiza —donde la policía impidió un nuevo atentado contra él—; desde allí escapó, con ayuda de socialdemócratas suizos, hacia Portugal pasando por la España franquista, donde contó con la ayuda de Margarita Senger, la esposa del que fuera ministro de Sanidad del Frente Popular, Juan Planelles, entonces exiliado en la URSS.

Con la ayuda de agentes británicos, Strasser consiguió llegar a Canadá, desde donde publicó material contra Hitler, aunque sin apoyo del gobierno canadiense debido a su antisemitismo, que jamás abandonó.

Strasser regresó a Alemania occidental en 1955 y dos años después intentó volver a la política fundando la Unión Social Alemana (DSU), cuyo emblema —un martillo y una espada cruzados— hoy utilizan varios grupos de extrema derecha europeos. El escaso éxito electoral lo devolvió a la actividad publicística, con la publicación de varios libros donde intentaba separar su ideologia —que a partir de 1945 pasó a denominar “solidarismo”— de la de Hitler y Mussolini. Otto Strasser falleció en 1974 en Múnich, pero su influencia perduró en círculos del posterior Partido Nacional-Demócrata (NPD) tras la caída del Muro de Berlín como método para acercarse a los jóvenes ideológicamente desorientados de la extinta República Democrática Alemana, y también más tarde en los llamados “nacionalistas autónomos” y “camaraderías libres”, así como en grupos de neofolk como Death In June.

Menos suerte tuvo Niekisch. Tras el cierre de Widerstand, mantuvo contactos con viejos nacional-bolcheviques como Karl Otto-Paetel, que se oponían como él al nacionalsocialismo de Hitler, y por los que sería condenado en 1937 a cadena perpetua por alta traición y encarcelado en la prisión de Brandemburgo-Görden. Liberado por el Ejército Rojo en 1945, Niekisch ingresó en el Partido Comunista Alemán y más tarde en el Partido Socialista Unificiado (SED), así como otras organizaciones de Alemania oriental como la Asociación Cultural para la Renovación Democrática de Alemania, e incluso llegó a obtener una plaza de profesor en la Universidad Humboldt en Berlín oriental.

Tras la insurrección de junio de 1953 en Berlín este, Niekisch renunció a todos sus cargos y, desencantado con la orientación de la RDA, se trasladó a Berlín occidental, donde residió en el barrio de Wilmersdorf, dedicándose a escribir, entre otros textos, su propia autobiografía, Erinnerungen eines deutschen Revolutionär (Memorias de un revolucionario alemán), publicadas póstumamente. Niekisch falleció en 1967 sin imaginarse que sus ideas, entonces reducidas a mera curiosidad histórica, volverían a la palestra décadas después, y desde el lugar que muchos nacional-bolcheviques alemanes anhelaban convertir en socio preferente de su país: Rusia.

3 Comentarios
#27380 16:00 8/12/2018

Los primeros en jalear al fascismo se convierten en sus víctimas. Épico.

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#27376 10:46 8/12/2018

La culpa de todo la tiene... Eduard Bernstein!

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#27372 8:56 8/12/2018

Enhorabuena, excelente artículo

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