Jornadas de Julio: el 15M que iluminó 1854

El historiador Pablo Sánchez León ha editado ‘Las Jornadas de Julio [de 1854]’, una crónica anónima sobre el levantamiento popular de 1854 que abrió las puertas a la caída de la monarquía. El libro apunta claras analogías con la crisis del régimen de 1978.

Vicalvarada 1854
Grabado con una escena del asalto al palacio de Doña María Cristina de Borbón en 1854.

publicado
2018-08-18 06:38:00

“Debía al fin amanecer un día en el que el pueblo español, condenado al silencio por tanto tiempo, sujeto al despotismo ministerial, explotado por el monopolio, insultado por la inmoralidad y el cinismo de sus gobernantes, escandalizado por la corrupción [...], levantase indignado y cayese como una tempestad [...]. El día destinado para tan alto fin por la Providencia fue el 17 de julio de 1854”. El inicio de Las Jornadas de Julio, firmado por un misterioso ‘Un hijo del pueblo’ y editado por Postmetrópolis Editorial, crea expectación para presentar con solemnidad una revuelta cívico-popular que pasó bastante desapercibida por la historia.

Muchos historiadores interpretaron las Jornadas de Julio como un pie de página de un acontecimiento mayor, la “revolución de 1854”, que puso fin a la década moderada (1844-1854). Su episodio más conocido fue La Vicalvarada, la batalla en la que se enfrentaron las tropas sublevadas al mando del general Leopoldo O’Donnell y las gubernamentales, cerca del pueblo madrileño de Vicálvaro. Ambos bandos se declararon vencedores.

En Madrid, la ciudadanía construyó barricadas, quemó palacios, se autoorganizó en asambleas, activó juntas populares

La historia oficial, con una interpretación acotada a los partidos políticos, otorga a los liberales de Antonio Cánovas del Castillo el mérito de derrocar al Gobierno de José Luis Sartorius, que había disuelto las cámaras en diciembre de 1853 y gobernaba a golpe de decreto, vulnerando la Constitución de 1845. La historia atribuye al Manifiesto del Manzanares escrito por Cánovas una importancia superlativa. Y considera la llegada del general Espartero, el 28 de julio de 1854, el inicio del bienio progresista (1854-1856).

Las jornadas de julio (de 1854) Una crónica anónima de otro 15M en el pasado ciudadano español, con introducción de Pablo Sánchez León y epílogo de Germán Labrador, impugna la lectura oficial de la revolución de 1854. Las Jornadas de Julio de 1854 estuvieron empapadas de un profundo sentimiento contra la política representativa. En Madrid, la ciudadanía construyó barricadas, quemó palacios, se autoorganizó en asambleas, activó juntas populares. “La autoorganización popular se produce gracias a la activación de una larga memoria colectiva de crisis anteriores, que desde 1808 ha ido estableciendo unas prácticas de autodefensa y organización de base popular, con una identidad ciudadana muy desarrollada. Y muy radical en su percepción de qué es el autogobierno”, asegura Pablo Sánchez a El Salto.

Historia
Pablo Sánchez León: “En el Madrid de 1854 la protesta popular supuso todo un baño de sangre”

El historiador Pablo Sánchez León ha editado Las jornadas de Julio [de 1854] una crónica sobre un levantamiento popular en Madrid que transformó el sistema político del siglo XIX.

Al mismo tiempo, la revuelta hace saltar por los aires el establishment macropolítico y el equilibrio de los partidos. Nacen dos nuevos partidos. Por un lado, la Unión Liberal del general O’Donnell, nutrida de moderados y progresistas. Por otro, el Partido Demócrata, que llevaba en su interior un ala radical, de corte republicana. El bipartidismo se vio sobrepasado. “Las analogías formales con Podemos y Ciudadanos hoy día son claras”, matiza Pablo Sánchez León.

¿Por qué la historia no ha dado la suficiente importancia a las Jornadas de Julio, que sacudieron intensamente ciudades como Barcelona, Madrid, Sevilla, Valencia, Zaragoza o Valladolid? ¿Qué analogías y diferencias tienen la crisis de régimen que evidenciaron 1854 y 2011?

Junta norte, Junta sur

La primera chispa de las Jornadas de Julio prendió el 14 de julio, en la ciudad de Barcelona, donde la presencia en las calles de la clase obrera fue masiva. El malestar por el despotismo del clan de los Sartorius, conocidos como “los polacos”, hizo estallar la revuelta en todo el país. El 17 de julio, la reina Isabel cesó al Gobierno de Luis José Sartorius, el conde de San Luis, sustituyéndolo por el general Fernando Fernández de Córdova. Y a la salida de una corrida en la plaza de toros de Madrid —que en la época estaba al lado de la Puerta de Alcalá— se desencadenó una manifestación que temía que el cambio de gabinete fuera una salida en falso a la crisis.

La manifestación, en pocas horas, se transformó en insurrección, con una Puerta del Sol poblada de hogueras. Fueron asaltados los palacios del marqués de Salamanca y el del propio presidente del gobierno. La reina madre María Cristina de Borbón tuvo que refugiarse con sus hijos en el Palacio de Oriente. Ardieron edificios. Se liberaron a presos de la cárcel del Salader. “Todos los balcones, aún en los barrios más apartados, se iluminaban, una multitud inmensa recorría las calles yendo de barricada en barricada”, relata Un hijo del pueblo. Y Madrid era una fiesta “en que tanto y tan incesantemente repicaban las campanas, en que pululaba por todas partes una multitud delirante de alegría”.

Durante las primeras noches, brotó un nuevo clima social, una atmósfera que diluyó antagonismos políticos y colocó, codo con codo, a diferentes facciones políticas. “‘Todos somos uno’, se gritan paisanos y soldados en la Puerta del Sol en la ficción política que hizo estallar la revuelta del 54”, escribe Germán Labrador, en el texto “Todos los balcones se iluminaban”, que cierra el libro.

En medio de un Madrid en llamas nacieron dos juntas para afrontar la crisis política. La Junta de Salvación, que operaba en los alrededores del Congreso, tenía la bendición de los poderes fácticos. La Junta del Cuartel del Sur había “sido aclamada por 3.000 hombres” del distrito del barrio de Toledo. “Era diametralmente opuesta en intenciones a la Junta de Salvación: ésta estaba por la unión liberal, por la fusión, por los paliativos: aquella, la del sur, quería que la revolución siguiera adelante [...] Nació entre estas juntas un antagonismo deplorable [...]. la de Salvación tenía cierto miedo hacia la otra junta, compuesta de gente joven, ganosa de prez y fama, ardiente y entusiasta”, recoge Un hijo del pueblo.

Pablo Sánchez León destaca la importancia del juntismo en todo el siglo XIX: “Una historia contemporánea española debería incluir toda esta lógica del juntismo ciudadano-popular. Tenemos una historia contemporánea hecha desde arriba pero además, anticiudadana o, para que se entienda mejor, antiparticipación ciudadana. Y a escala más de Madrid, está claro que hay una fractura norte-sur. Separa lo que hoy es el barrio de Lavapiés y La Latina de la zona centro, y en el Madrid del siglo XIX esa zona sur alcanzó un grado de cohesión social popular y de radicalización política”.

Germán Labrador bucea en su ensayo precisamente en este elemento popular, que denomina “lo pueblo”, y lo contrapone a la política representativa: “Ese nosotros colectivo que se da en la revuelta no surge como un sujeto antropomórfico, como un pueblo representable. Por eso mi insistencia en hablar de ‘lo pueblo’ [...]. Se improvisan hospitales de sangre, se preparan armas, se construyen barricadas, se redactan textos, se canta, se come, se baila, se ama... y todo esto, la increíble complejidad de hacer que la ciudad funcione, pero que funcione de otro modo, se organiza de modo autónomo”, asegura Germán Labrador a El Salto.

Además, Labrador encuentra un sinnúmero de detalles que transforman las Jornadas de Julio en un pariente histórico del 15M: “Elementos como la búsqueda de consensos, la alegría desbordante, el enfrentamiento con las fuerzas de orden público desde la afección, desde la vulnerabilidad, la ocupación pacífica, la voluntad de encuentro, el ambiente de fiesta... nos conecta directamente con una sensibilidad muy contemporánea”.

Una de las tensiones más destacables del texto Las Jornadas de Julio es el choque entre el elemento ciudadanista y el popular. “Están en tensión muy clara en la mirada del autor, que teme la participación de los desheredados en las revueltas, e imagina el pueblo transformarse en turba, pueblo–analfabeto, pueblo-ennegrecido, pueblo–quinqui–soberano capaz de ejercer la violencia revolucionaria. Sin el miedo a ‘lo pueblo’ no puede entenderse a los políticos que se definen de izquierdas”, asegura Germán Labrador.

A pesar de las semejanzas con el 15M, existen diferencias importantes. La primera, la violencia. Además de las barricadas, la Junta del Cuartel Sur fusiló en la plaza de la Cebada a Francisco Chico, el impopular jefe de la Policía. “El 23 de julio de 1854, entre once y doce de la mañana, atravesó las calles de Madrid, desde la plazuela de los Mostenses hasta la Cebada, un singularísimo tropel de gente, que constaba al menos de 10.000 personas [...]. Muchos de ellos llevaban armas: quien un fusil, quien un chuzo, quien una escopeta, quien un trabuco, quien un sable mohoso”, escribe Un hijo del pueblo.

No hay, según Germán Labrador, “una memoria ciudadana de estos levantamientos, a pesar de su importancia histórica, a pesar de que representan un claro ejemplo de revueltas populares exitosas”

Por otro lado, el alzamiento de 1854 tuvo una consecuencia política inmediata. “El parlamento surgido de esta crisis acogió por primera vez republicanos declarados. Lo más interesante es que 1854 abrió un proceso constituyente: en los dos años siguientes se redactó una nueva Constitución”, asegura Pablo Sánchez León.

¿Hasta qué punto los episodios que desancadenó 1854 tienen una correlación con la España actual? “La movilización de 1854 se parece al 15M en que se trata de episodios de participación ciudadana que suponen un antes y un después en la trayectoria de los gobiernos representativos, al señalar los límites del sistema y desbordarlos [...]. La llamada Unión Liberal, en la práctica se dedicó en los años siguientes a apuntalar el orden de cosas establecido, permitiendo una moderación permanente de todas las políticas, la reanudación de la corrupción, del autoritarismo, de la degradación de la vida ciudadana. Por su parte, el Partido Demócrata no consiguió ganar mayorías ni desvincularse del todo de la hegemonía de los progresistas, que de manera análoga al PSOE actual, constituía una suerte de partido del régimen”, matiza Pablo Sánchez León.

Germán Labrador insiste en lo simbólico y en el profundo espíritu comunitario de aquella revuelta: “El pueblo no se manifiesta como portavoz de valores nacionales o religiosos sino como espíritu colectivo, como forma de vida comunitaria”. Además, Labrador recuerda que el trazado actual del centro de Madrid se diseñó para romper la estructura de barrios populares y calles estrechas que permitió el triunfo de los barricadistas de 1854: “Al igual que en el París de Baudelaire, como estudió Walter Benjamin, en su lugar aparecieron los escaparates y los pasajes. El capital conjura con sus mercancías los fantasmas de las revoluciones. No olvidemos que después del 15M en Sol abrió la gran tienda de Apple, hoy un espacio público mayor del centro de Madrid”.

Tras la revolución, hay que preparar su memoria. Porque no hay, según Germán Labrador, “una memoria ciudadana de estos levantamientos, a pesar de su importancia histórica, a pesar de que representan un claro ejemplo de revueltas populares exitosas”. Y en ese punto reside la importancia de la publicación de Las Jornadas de Julio. “Tenemos una muy simplona historia de la modernidad española, y una muy sesgada historia del siglo XIX. El peso de un marco narrativo heredado del propio siglo XIX, que lo reducía todo a lucha entre progresistas y conservadores, y sobre todo la larga dictadura de Franco, que vilipendiaba abiertamente el siglo XIX. Es curioso que la democracia no haya traído una relectura de las luchas políticas y sociales del siglo XIX. Es uno de los mayores baldones del régimen del 78”, concluye Pablo Sánchez León. 

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