Opinión
Leer la Revolución: pequeño compendio de algunas lecturas imprescindibles

Este domingo, día de la final del Mundial, se cumplen 90 años de la revolución obrera que derrotó al fascismo en España.
Milicias de  la cultura
La escena captura a miembros de las Milicias de la Cultura, un programa implementado a partir de 1937 para llevar libros a las trincheras y hospitales.

Este domingo, día de la final del Mundial, se cumplen 90 años de la revolución obrera que derrotó al fascismo en España. Habrá más de una jornada dedicada a recuperar la memoria histórica de esta hazaña de la clase obrera ―como las organizadas por la Organització Juvenil Socialista―, sin embargo, en el ámbito editorial este mismo impulso ha sido más bien modesto. Se han reeditado algunas publicaciones clásicas, cosa que es siempre de agradecer, pero en cambio se ha echado en falta la publicación de nuevas aproximaciones.

De todos modos, en este artículo haré un breve repaso a algunos de los libros que pueden ayudar a pensar políticamente una gesta inédita en aquella Europa atenazada por la extrema derecha fascista. Y donde el deporte no era ajeno a los tiempos de la revolución y la contrarrevolución ―baste recordar los juegos olímpicos organizados en Múnich por los nazis en 1936 y la respuesta del movimiento obrero de Barcelona con la organización de unos juegos olímpicos populares cuyos atletas se sumarían a la lucha antifascista justamente cuando el ejército y la extrema derecha trataban de llevar a cabo el golpe de estado el 18 de julio de 1936. La historia no se repite pero como ha señalado el historiador Johann Chapoutot sí que pervive en los patrones de conducta de las elites y las extremas derechas. Por lo que volver a leer la victoria del 19 de julio puede ser un relámpago vivificador en el sentido destacado por Hans Magnus Enzensberger a propósito del corto verano de la anarquía: “Leer significa aquí diferenciar, juzgar y tomar partido”.

Uno de los clásicos de lectura obligatoria para este verano lo constituye El 19 de juliol de 1936 del célebre historiador anarquista Abel Paz ―libro reeditado en catalán por Manifest―. En la obra, Paz reconstruye de forma vibrante los planes golpistas en Barcelona y el rol fundamental de la clase obrera, el movimiento vecinal y las organizaciones anarquistas ―desde la CNT hasta la FAI―, para derrotar las columnas del ejército que querían tomar la ciudad. La narración destaca porque pone encima de la mesa el componente popular en esta victoria.

El 23 de julio se imponía en Barcelona una subida del 15% de los salarios, la jornada laboral de 40 horas, la rebaja del 50% de los alquileres ―una demanda que se arrastraba desde la proclamación de la Segunda República en 1931

El papel de los estibadores y de los trabajadores fabriles haciendo sonar las sirenas al primer aviso de la salida de los soldados de los cuarteles se combina con el rol fundamental de los sectores más pobres de la clase obrera ―del Raval, de los barrios de chabolas de alrededor de Barcelona, de los gitanos del Somorrostro― tomando heroicamente el primer puesto en el lugar de combate. Un hecho que también destacó Hans Magnus Enzensberger en su El corto verano de la anarquía (Grijalbo, 1975): la decisiva lucha callejera librada en el casco antiguo de Barcelona fue protagonizada por “los porteros, los limpiabotas, los camareros y los barrenderos”. Una investigación más reciente cifrando este protagonismo, en el libro Els fets de juliol de 1936 a Barcelona (Editorial Base, 2016) el historiador Just Casas señala que casi el 68% de los muertos y casi el 70% de los heridos los pusieron los anarquistas y las organizaciones populares coordinadas con ellos.

30 mesos de col·lectivisme a Catalunya (Ariel, 1970) del escritor anarcosindicalista Albert Pérez Baró constituye otro clásico ineludible por poner sobre la mesa un estudio pionero sobre las consecuencias de este triunfo antifascista protagonizado por la clase obrera: la economía colectivizada o más comúnmente conocida como las colectivizaciones. Un resultado natural del poder obrero establecido después del 19 de julio, armas en mano, que tuvo su impacto en toda España pero especialmente en Aragón, Cataluña y el País Valenciano. Pues como afirmó Pérez Baró cuando se cumplían 50 años de los hechos, “Sin el 18 de julio no habría habido colectivizaciones”. ¿Pero cuáles fueron los logros que entrañó la revolución? Un extraordinario estudio no publicado que citaré sin permiso, espero que me perdone su autor ―J. M. C.―, señala que la oleada colectivizadora fue una respuesta de clase al fascismo que superó las victorias de la clase obrera francesa bajo el Frente Popular ―cristalizadas en los acuerdos de Matignon firmados el 14 de julio―.

El 23 de julio se imponía en Barcelona una subida del 15% de los salarios, la jornada laboral de 40 horas, la rebaja del 50% de los alquileres ―una demanda que se arrastraba desde la proclamación de la Segunda República en 1931―, la moratoria de seis meses para el pago de las hipotecas y la resolución favorable a los trabajadores de todos los juicios laborales, entre otras medidas. Además, se institucionalizó un Plan de transformación socialista del País adoptado por la Generalitat de Catalunya y formulado por el nuevo órgano de la revolución el Consejo de Economía que lo dictaminaba a la consejería oficial de economía de la Generalitat. El efecto más tangible de la transformación socialista del país, destacado por Abel Paz, “fue el fenómeno de la gratuidad” palpable en el acceso a los servicios públicos.

El periódico de la CNT, Solidaridad Obrera, estimaba el 25 de septiembre que cerca del 70% de la economía había sido colectivizada, es decir, puesta bajo control de los trabajadores y al mismo tiempo bajo una planificación sindical e institucional. Una obra creadora y original que entusiasmó al dirigente comunista y filósofo alemán Karl Korsch quien llegó a considerar el movimiento obrero de España como el mejor preparado de Europa, capaz no solo de abolir la explotación sino también de una inventiva técnica increíble, como escribía en 1939: “Leemos de industrias totalmente nuevas como la industria óptica, llamada a existir por la propia revolución” (“Collectivization in Spain”, Living Marxism, vol. IV, nº 6, abril de 1939). El documental de 2014 Economia Col·lectiva de Eulàlia Comas ilumina esta faceta tan potente de las colectivizaciones.

Revolución social 1936
Primeras jornadas sobre la economía bajo control obrero celebradas en el Palacio Nacional de Montjuïc, Barcelona, a principios de diciembre de 1936 con la asistencia de 25.000 delegados (Arxiu Nacional de Catalunya)

Semejante experiencia tendría unas jornadas de reflexión teórica y práctica, tanto a finales de 1936 como a principios de 1937, para pensar la llamada Nueva Economía. El historiador Guillem Puig ha abordado, por su parte, en su tesis doctoral La pagesia i la seva revolució (Universitat Rovira i Virgili, 2020) el colectivismo agrario rompiendo algunos tópicos sobre la cuestión al enfocar como pese a conflictos puntuales jornaleros y aparceros coincidieron en muchas más ocasiones acerca de la necesidad de colectivizar la tierra. Así, el historiador explica como la Unió de Rabassaires ―principal organización de los campesinos aparceros catalanes― se declaró en su congreso de mayo de 1936 a favor de la colectivización, eso sí en compatibilidad con la pequeña propiedad, de forma parecida al pleno de campesinos de la CNT en su congreso del 25 de septiembre. Puig señala así una apuesta convergente con un horizonte común que resultó en la realización de la reforma agraria bajo una forma más radical. Un programa común que pondría énfasis en la municipalización de la tierra y que se plasmaría en el decreto catalán de redistribución de las tierras del 25 de julio de 1937.

Más allá de las reediciones de clásicos, de las investigaciones (publicadas o no), lo cierto es que hay tres motivos más por los que volver a los idus de julio con una mirada nueva. Por un lado, es preciso una mirada feminista como la que extrae Dolors Marín en su Dones de foc (Angle Editorial, 2026) para redescubrir el papel de las militantes obreras revolucionarias así como de las conquistas feministas en la revolución obrera ―tal como ha hecho en Francia la historiadora Ludivine Bantigny en su maravilloso La Bourse ou la vie. Le Front Popolaire histoire pour ajourd’hui (La Découverte, 2026).

En segundo lugar, está por estudiar en toda profundidad la dimensión anticolonial de la revolución del 36. De nuevo, Abel Paz sentó una base más que estimulante con su La cuestión de Marruecos y la República española (Fundación Anselmo Lorenzo, 2000) donde señalaba las relaciones entre la lucha de clases en España, la resistencia rifeña y el rol fundamental para el fascismo del poder colonial ―puesto que el alzamiento fascista tuvo su eje en el Marruecos colonial y su traslado a España gracias al puente aéreo brindado por la aviación nazi. La libertad del líder rifeño, Abd-el-Krim, deportado en la francesa isla de la Reunión desde 1926, era crucial para derrotar al fascismo en opinión de líderes obreros como Buenaventura Durruti. Una cuestión ésta, por cierto, estrechamente vinculada al avance del sionismo en Palestina así como del imperialismo en general, como bien veía la prensa anarquista.

Pues al mismo tiempo que la revolución española se desataba la revolución palestina por la liberación nacional de los ingleses que habían abierto las puertas de par en par al sionismo, como estudió el célebre marxista palestino Ghassan Kanafani en su obra ahora reeditada por la editorial Boltxe: La revolución palestina de 1936-1939. Este vínculo lo destacó con acierto Solidaridad Obrera ante la insurrección palestina: “El alma de los musulmanes está en plena ebullición”, motivo por el cual apostaba por una lucha frontal contra todos los poderes coloniales: “La lucha contra el fascismo que en estas horas posee un neto carácter internacional ha de aconsejarnos que tratemos por todos nuestros medios de fomentar un sano ambiente de rebeldía en los aduares del Riff” (“El derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Por la independencia del Riff”, Solidaridad Obrera, 28 de agosto de 1936, p. 16).

Por último, hay una lectura ecologista pendiente de la revolución del 36. Simplemente me limitaré a llamar la atención sobre el hecho que para Murray Bookchin, la revolución española inauguraba un comunalismo ecológico que “poseía más elementos del comunismo sofisticado del futuro que del socialismo industrial del movimiento obrero (véase su obra Los anarquistas españoles. Los años heroicos 1868-1936, Grijalbo, 1980).

La obra de 1936 sigue tan fresca como la revolución francesa de 1789 ―de hecho, las comparaciones con una y otra revolución son recurrentes en los libros citados― sobre todo por la actualidad de sus planteamientos y la ejemplaridad de sus protagonistas guiados por una fuerza incomparable que Durruti describió en un discurso del 24 de julio: “El arma más potente de la revolución es el entusiasmo. En la revolución se triunfa cuando todo el mundo está interesado en la victoria, haciendo de ella cada uno su causa personal” (véase la impactante biografía escrita por Paz y reeditada por la Fundación Anselmo Lorenzo en 2025: Durruti en la revolución española).

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