Opinión
Poscrecimiento y libertad: ¿ser libres con menos?

coportavoz de EQUO y exeurodiputado de los Verdes/ALE
En mayo de 2023, tuvo lugar en el Parlamento Europeo la conferencia más grande, concurrida y transversal organizada hasta el momento sobre poscrecimiento¹. Fue, sin ningún lugar a duda, todo un éxito y un hito mayor para la reflexión teórica y práctica en cómo construir, dentro de los límites del planeta, prosperidad y bienestar en Europa más allá del crecimiento económico². Sin embargo, llama la atención el dato siguiente. No se dedicó ningún espacio de debate a un concepto básico y central de la batalla cultural y política de este decenio: la libertad.
Por su parte, las corrientes negacionistas y reaccionarias no han escatimado medios para hacer suya la libertad. En este marco, la ecología sea cual sea la corriente es una diana prioritaria. Según su relato, llevamos años viviendo bajo la amenaza de una “dictadura climática”, ya sea con el Pacto Verde Europeo o la Agenda 2030.
La internacional del odio patrimonializa la 'libertad': para perforar, para volver a las energías fósiles... Libertad sin limitaciones ecológicas o solidarias.
La internacional del odio responde a este supuesto “fanatismo verde” patrimonializando la “libertad”: libertad para perforar, libertad para volver a las energías fósiles, libertad para difamar a los ecologistas, o sea, libertad de sentido único, sin cortapisas ni limitaciones ecológicas y solidarias de cualquier tipo. El despertar es duro. Después de una década de hegemonía cultural climática³, la ecología y el clima ya no venden tanto. Al revés, son presentados como enemigos de la “libertad”.
Esta reacción negacionista se da mientras la crisis climática no ha remitido sino todo lo contrario⁴. Nuestro sistema económico y forma de vida actuales, basados en el crecimiento infinito de la producción y el consumo desenfrenado en un planeta definitivamente finito, siguen en un callejón sin salida. Gracias a la mejor ciencia disponible, sabemos que nos encontramos en un momento crítico a nivel socioecológico donde necesitamos más que nunca y de forma urgente mirar más allá del crecimiento para alcanzar futuros de bienestar sostenible y justo.
No basta con tener la razón científicamente, también es necesario ganar los corazones de la gente y la libertad es hoy uno de los valores más preciados de la ciudadanía.
Pero tener razón científicamente hablando no basta para convertir una idea correcta en dominante. También es necesario ganar los corazones de la gente y el imaginario colectivo. Siendo a día de hoy la libertad uno de los valores más preciados por la ciudadanía europea⁵ y ante la embestida de las extremas derechas, las corrientes del poscrecimiento necesitan entrar de lleno en la batalla conceptual y práctica en torno a la libertad. Es una condición necesaria para disputar la hegemonía cultural y política.
Para ello, necesitamos hacernos algunas preguntas básicas. Siendo un término tan sujeto a interpretación, ¿qué se entiende de forma mayoritaria exactamente por libertad a día de hoy? Pero más allá, ¿qué relación mantiene la libertad moderna con el sistema del crecimiento perpetuo? Y, sobre todo, ¿qué libertad tendría que defender el poscrecimiento?
Libertad y consumerismo, una visión minimalista
La libertad no es una constante antropológica. No era lo mismo ser libre en la Grecia Antigua de Aristóteles que ser libre en la Europa industrial de Adam Smith o en boca de Trump.
En este contexto, la libertad de elegir se convierte y confunde a menudo con la libertad individual de consumir. Esto conlleva que todo se pueda transformar potencialmente en objeto de consumo, incluso las libertades heredadas de la Ilustración como la libertad democrática, religiosa, educativa o sexual. La democracia liberal o, al menos, el uso que se hace de ella tiene cierta tendencia desde el marketing a convertir a la ciudadanía activa en clientela pasiva donde vender una idea o a un político se diferencia poco de vender un match en Tinder o un lavavajillas.
Por si fuera poco, la llegada al poder en Estados Unidos de los tecnolibertarios capitaneados por Elon Musk da una vuelta de tuerca más. La libertad individual y la eliminación de restricciones estatales, o directamente de las instituciones públicas, es el alfa y omega de su cruzada para deshacerse de cualquier barrera social y ecológica.
La libertad de elegir se confunde con la libertad de consumir en un paradigma libertario individualista que se acomoda bien a una concepción autoritaria del poder.
Pero ojo, y aunque pueda parecer paradójico, este libertarismo individualista a la vez que empresarial se acomoda muy bien con una concepción autoritaria y centralizada del poder, así como con una democracia iliberal. En este marco, como apunta Rosenfeld, “la libertad, reducida a la libertad de elección, permite mantener una apariencia de ética democrática, mientras que el sistema político se ha vuelto, en su mayor parte, autoritario”. Dicho de otro modo: liberalismo para unos pocos, autoritarismo para las mayorías.
El pacto fáustico entre libertad y crecimiento
Evidentemente, esta propuesta ideológica minimalista de la libertad, como mera capacidad consumista de elección, tiene poco o nada en cuenta las externalidades negativas socioecológicas de su modelo. Más bien en su versión más reciente y extrema, se acompaña de una retahíla de descalificativos y fake news hacia las políticas ecológicas y climáticas⁶. Pero no nos equivoquemos. No hemos llegado por casualidad estos últimos años a esta concepción reducida de la libertad. Esto tiene raíces mucho más profundas.
En efecto, para entender nuestro presente y aún más desde una visión poscrecentista, es fundamental mirar la evolución de las ideas en torno a la libertad desde una perspectiva material e histórica. Las corrientes ideológicas, filosóficas o económicas dependen de las condiciones materiales, energéticas y tecnológicas de cada época y así mismo expresan una relación con el entorno socioecológico en el que evolucionan.
A los ojos de este nuevo régimen, la abundancia deja de ser solo un mito de la Antigüedad y pasa a ser una posibilidad real al alcance del ser humano. Terminada la era de la escasez y de las limitaciones físicas, los recursos ya no parecen ser finitos y por tanto nuestros deseos ya no parecen tener límites.
A su vez, este nuevo cuerno de la abundancia abre la puerta a un nuevo concepto de libertad, concebido como autonomía individual y colectiva emancipada de toda dependencia material. De tal manera que satisfacer la abundancia y, por tanto, la libertad, se convierte en una prioridad socioeconómica y política.
Sin crecimiento no hay abundancia y sin abundancia no hay libertad, según la concepción moderna.
De forma estructural, a través de la asociación entre Estado y mercado, entre democracia y libre comercio, esto pasa por garantizar la expansión y disponibilidad permanente de nuevas fuentes de energía, materias primas y críticas, agua o tierra a nivel local y global. Sin crecimiento, no hay abundancia. Y sin abundancia, no hay libertad. Es el pacto fáustico de la libertad moderna.
Desacoplar libertad y crecimiento
Es necesario tener en cuenta la paradoja que rodea estas libertades en los últimos siglos. En el pacto fáustico descrito anteriormente, la libertad ha sido pensada como nuestra posibilidad casi teológica de emanciparnos de cualquier dependencia material, pero a la vez ha sido construida en base a un crecimiento material infinito en un planeta finito.
En pleno siglo XXI, sabemos que este sueño prometeico no es posible para la mayor parte de la población. Dicha combinación de libertad y crecimiento, aún más en una sociedad de masas, solo puede ser aprovechada de forma sostenida por unas minorías privilegiadas. Estas últimas gozan de una buena vida en sus guetos o países ultrasecurizados o sueñan con emigrar a Marte, mientras el resto lucha para sobrevivir, siendo la Tierra su único referente y horizonte.
Para no caer en escenarios ecofascistas, es fundamental desacoplar la libertad del crecimiento. Una libertad sin crecimiento no implica ausencia de placeres.
Para no caer en estos escenarios ecofascistas, es fundamental desacoplar la libertad del crecimiento. El proyecto poscrecentista de autodeterminación humana se parece a una libertad donde gozar de ella supone el menor impacto socioambiental y huella material⁷. De la misma manera que el movimiento decrecentista puso de moda el “vivir bien con menos”, podríamos usar el lema “ser libre con menos”. Al mismo tiempo, y aunque pueda parecer contraintuitivo en un principio, esta libertad de bajo impacto no tiene porqué renunciar tampoco del todo a la abundancia. Al igual que una sociedad del poscrecimiento no significa que todo tenga que decrecer, una libertad más allá del crecimiento tampoco significa que no pueda haber abundancia de placeres y actividades no productivistas.
A modo de ejemplo, en este marco de “ecologización de la libertad”, ser libre no es trabajar y ganar más para acumular más bienes materiales sino trabajar menos para tener más tiempo que permita cuidar más de su familia, de su entorno y de la democracia. Ser libre no es dedicarse (a menudo sin poder elegirlo) a cualquier actividad remunerada para elevar su estatus social sin tener en cuenta los efectos colaterales, sino poder trabajar en un oficio que dé más sentido a nuestra vida y aporte más valor ecológico y social al conjunto de la sociedad.
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