El largo final del verano de la izquierda griega

Diez años después del referendo y la capitulación ante la troika, la izquierda griega intenta resurgir de sus cenizas pero sin un proyecto clave ni ningún liderazgo que la guíe.
Atenas atardecer
Álvaro Minguito Atardecer en Atenas.

Este verano se ha cumplido el décimo aniversario de aquel fatídico cinco de julio de 2015 cuando la ciudadanía griega plantó cara a la Troika y se negó a la firma de un tercer memorando de ajustes económicos imposibles. Desoyendo lo que decían los griegos, Alexis Tsipras, en aquel momento primer ministro del país, el primero de la izquierda en ostentar ese cargo en Europa, acató las órdenes de Bruselas.

Aquello marcó un antes y un después no solo para Syriza, el partido en el Gobierno, sino para el resto de izquierdas europeas. “La ola de esperanza generada por Syriza había sido recibida con entusiasmo por Podemos y otras fuerzas emergentes del sur europeo. El ‘Oxi’ griego se convirtió, durante unos días, en consigna internacional de resistencia frente a la austeridad. Sin embargo, el giro de 180 grados tras el referéndum actuó como señal de advertencia. Sirvió para mostrar los límites del populismo de izquierdas cuando este alcanza el poder: sin un respaldo institucional o económico suficiente, los gestos simbólicos pueden volverse contra quienes los impulsan”, explicaba hace unas semanas a El Salto Kostis Kornetis, profesor en Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid y vocal asesor del Comisionado España en Libertad 50 años.

Tsipras, que había ganado las elecciones generales en enero de aquel mismo año, no lo tuvo nada fácil durante su mandato (2015-2019): a la decepción importante por parte de la ciudadanía griega se sumaron las embestidas de las derecha y la extrema derecha, y una pobreza estructural y sistémica cuyas consecuencias resultan aún visibles en el país heleno.

Poco a poco, la formación de la ‘izquierda radical’ se fue desplazando hacia el centro, adoptó una narrativa menos progresista y se empezó a hablar de la pasokización de Syriza, una deriva hacia un lugar ideológico mucho más moderado y cercano a los socialdemócratas del PASOK.

La Grecia actual es muy distinta a la de aquel 2015, pero perviven en el país algunas dinámicas que son fruto de todo aquello. “Hay indicadores macroeconómicos que hacen pensar que estamos mejor que en 2015, y eso es cierto, pero esto también enmascara graves problemas de desigualdad y pobreza, mucho más visibles entonces. A pesar de ello, el Gobierno presenta la situación actual como una historia de éxito y ese es el relato que traslada a las instituciones europeas cuando claramente no es así”, explica a El Salto Ioannis Katsaroumpas, profesor de Derecho Laboral en la Facultad de Derecho de Sussex (Reino Unido).

Las políticas neoliberales y antimigratorias de Nueva Democracia, el partido en el Gobierno, los problemas estructurales de la economía o la privatización de infraestructuras y servicios clave para el país, además de los diferentes casos de corrupción y escándalos, han debilitado el Gobierno del actual primer ministro, Kyriakos Mitsotakis, pero no lo suficiente como para que se vea amenazado por ningún rival de peso.

Tras el abandono por parte de Tsipras de la escena política griega después del batacazo electoral en los comicios de 2023, hay la sensación en Grecia de que la izquierda va sin rumbo. Las numerosas escisiones y la falta de un proyecto político sólido por parte de los partidos que han ido naciendo hacen que el panorama, hoy por hoy, sea desolador. “Tenemos varios partidos de izquierda, pero les está costando encontrar una narrativa y una ideología con sentido”, asegura Katsaroumpas, quien considera que “hay un fracaso en términos de ideología y narrativa coherente. Y ese es precisamente uno de los problemas de la izquierda helena: la ausencia de una visión, una orientación, unos objetivos. Se trata de un espectro político que continúa lidiando con el legado de la austeridad a todos los niveles”.

Y así es: la izquierda griega tiene que hacer frente a un legado complejo y controvertido, a lo que se le suma una fragmentación y una falta de liderazgo evidentes. “No hay ninguna figura pública que inspire, como hizo Alexis Tsipras hace unos años”, sentencia. Tampoco existe en la actualidad un partido político fuerte que pueda liderar este espectro político. Algunos lo intentan desde hace tiempo, pero no terminan de conseguirlo.

Ahora, sin embargo, puede suceder algo que lo trastoque todo; un revulsivo del que hace semanas que se habla en Grecia: el posible retorno de Alexis Tsipras.

¿Vuelve?

Si bien los rumores del posible retorno de Tsipras empezaron a oírse a principios del verano, fue el pasado 5 de septiembre, en la V Cumbre Metropolitana de Tesalónica, organizada por The Economist, cuando la rumorología tomó cierto cuerpo. El ex primer ministro presentó un Plan Nacional de Recuperación en el marco de una propuesta que busca cambiar el modelo productivo y mejorar la situación económica del país. En Grecia hay de todo: quien piensa que son especulaciones sin fundamento y quien opina que el ex primer ministro ha dado las señales suficientes como para considerar su vuelta como algo real y posible.

“Tsipras está llevando a cabo algunos movimientos políticos y si vuelve, lo más probable es que forme un nuevo partido, distinto a Syriza. No será un partido de izquierda, sino más bien de centroizquierda, socialdemócrata, progresista, o como se le quiera llamar. Así que no hablamos de un resurgimiento de Syriza ni nada parecido”. Quien habla es Yorgos Siakas, profesor adjunto del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Demócrito de Tracia.

Para el analista, una posible vuelta del exmandatario reconfiguraría el panorama de la escena política griega, o al menos el de una izquierda en horas bajas. “Toda la oposición de centro izquierda se vería afectada por la reaparición de Tsipras”, augura. “Lo único que sabemos hasta hoy son dos cosas. Primero, que su hipotética formación se situaría dentro del espectro de la política progresista. Y segundo: que hoy por hoy, no hay ningún partido ni ninguna figura prominente que le pueda hacer sombra a Mitsotakis y que se pueda poner al frente de Grecia”.

Para la analista griega Anastasia Veneti, profesora asociada en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Bournemouth, hablar de un hipotético retorno de Tsipras es ciencia ficción: “Dar por sentado su regreso es bastante arriesgado. Si partimos de la base de que volverá a la política con un papel más activo, no sabemos si creará su propio partido o si volverá a Syriza para desempeñar algún tipo de cargo, lo que requeriría iniciar una serie de procedimientos dentro del partido. Dado que no sabemos qué significa este hipotético regreso, no podemos hacer suposiciones en este momento”, sostiene.

Hay, sin embargo, algo que jugaría en contra de Tsipras para regresar como el “gran salvador” de Grecia, en el caso de que esa sea su intención. “A pesar de que estamos en la segunda peor posición de toda la UE en relación a poder adquisitivo, la existencia de cárteles y oligopolios en la economía griega o el alto coste de la vida en el país, no estamos ante ninguna crisis importante que respalde este resurgimiento”, puntualiza Siakas.

Julio de 2023, el descalabro de Syriza

La reaparición del ex primer ministro griego y su posible vuelta a la escena política se produce dos años después del descalabro electoral de Syriza, en aquellos comicios que supusieron la estocada final para la formación.

En aquellas elecciones generales del 21 de mayo de 2023, Syriza, a pesar de que para muchos llegaba como segundo favorito por detrás de Nueva Democracia, no logró convencer a la población. Tsipras aseguró que si ganaba iba a  contener los precios de los alimentos mediante una reducción del IVA, iba a subir los salarios, a proteger la vivienda y a controlar el mercado. Nada de eso conquistó el corazón de los votantes. 

Ni la revelación de las escuchas ilegales a periodistas y políticos (incluso de su mismo partido) con el  software Predator, ni la tragedia de los trenes de Tempi del 28 de febrero de aquel mismo año, que costó la vida a 57 personas, le pasaron factura a Mitsotakis, como tampoco la mala gestión de los incendios forestales habituales de cada verano.

Los resultados anticiparon lo que vendría después. Como Mitsotakis quería gobernar con mayoría absoluta, convocó de nuevo elecciones para el 25 de junio del mismo año. Nueva Democracia ganó con un 40,56% de los votos. Syriza consiguió el 17,83%; el PASOK y el KKE (Partido Comunista de Grecia) se llevaron un 11,84% y un 7,69% de los votos, respectivamente. Las posiciones siguientes se las llevaron los grupos de ultraderecha: Spartiates (Espartanos), Niki (Victoria) y Ellinikí Lisi (Solución Griega).

Tras la derrota, el que fuera el primer ministro de la izquierda radical en suelo europeo, Tsipras, dejó un partido en la ruina. Después de la debacle y humillación ante el todopoderoso Mitsotakis, la formación política que antaño había funcionado como faro de las izquierdas europeas empezó a descomponerse. Tsipras hizo señalamientos: “Las fuerzas progresistas a las que solicitamos cooperación durante el período preelectoral tenían un frente casi exclusivamente contra Syriza. Y ayer a la hora de una histórica victoria electoral de la derecha, celebraron más que ND la caída de los porcentajes de nuestro partido”, dijo tras conocerse los resultados. El ex primer ministro dejó todos sus cargos y se fue de la formación, que entró en una espiral de batallas por el liderazgo que casi causó la descomposición del grupo.

Para intentar recomponerse e iniciar una nueva etapa, Syriza convocó primarias. Tras la primera ronda llegaba la sorpresa: el ex analista de Goldman Sachs Stefanos Kasselakis, un externo, un intruso —desde los 14 años y hasta aquel entonces había vivido en Estados Unidos— ganaba, contra todo pronóstico, los comicios internos. Revalidó su victoria en la segunda vuelta y se hizo con el poder en el partido. Esta victoria trajo alegrías y recelos a partes iguales: era una cara nueva y había “llegado” para reformular el partido, lejos de las dinámicas viciadas del pasado. Por otra parte, fue visto por una parte importante de la formación como un foráneo oportunista.

El goteo de bajas no se hizo esperar y algunos históricos, como Efi Achtsioglou, ex ministra de Trabajo entre 2016 y 2019 en el ejecutivo de Tsipras y una de las caras más reconocibles de la formación, abandonó el grupo. Otros fueron obligados a ello. El reinado del ‘Golden Boy’, sin embargo, fue breve: en septiembre de 2024 sufrió una moción de censura impulsada por un grupo del Comité Central descontento con el rumbo personalista que estaba tomando el partido y tuvo que salir.

Lo acontecido en los últimos años hace que, para mucha gente, Syriza haya pasado a ser un partido prácticamente irrelevante en el panorama político griego. “La reacción del partido al liderazgo de Kasselakis y cómo le trató le perjudicó. Syriza se convirtió en un producto político poco elegante”, considera Siakas. Anastasia Veneti, que no entra en considerar la validez política de Kasselakis, sí destaca su carisma y el hecho de que en poco tiempo se convirtiera en una cara reconocible, en una entidad propia, especialmente en un momento en el que la gente “se fija más en la imagen que en la esencia”. 

Tras la salida de Kasselakis y otra ronda de primarias, ahora el liderazgo del partido está en manos de Socratis Famellos, diputado por Syriza desde 2015 y viceministro de Medio Ambiente y Energía entre 2016 y 2019. El actual líder de la formación basó su campaña en la idea de “una nueva etapa”, pero lo cierto es que desde que fuera elegido, a finales de noviembre de 2024, poco se ha movido en la formación.

La pata de la que cojea Famellos tiene que ver con su ausencia de carisma político. “Se está esforzando mucho, pero no lo está consiguiendo. Desafortunadamente, no tiene ese tipo de reconocimiento entre el electorado, y lo vemos en las encuestas”, diagnostica Veneti, que lo resumen en una frase: “Famellos no es Tsipras. Si quiere competir ya no solo con Mitsotakis, sino con Konstantopoulou (Rumbo a la Libertad) o Androulakis (PASOK) tendrá que fortalecer su imagen y hacerse más reconocible, además de continuar trabajando en las costuras del partido”, debilitadas desde el descalabro de 2023 y todo lo que vino después.

Las otras izquierdas (que no son Syriza)

En el cesto de ‘la izquierda griega’, además, se encuentran hoy diferentes partidos, algunos de ellos surgidos como escisiones de Syriza, como es el caso de MEra 25, capitaneada por el ex ministro de Finanzas Yannis Varoufakis, Néa Aristerá (Nueva Izquierda) o la citada Plefsi Eleftherias (Rumbo a la Libertad).

En el espectro progresista también se encuentran los anarquistas de Antarsya —que no se presentan a comicios—, el histórico KKE (Partido Comunista de Grecia) o el recién creado partido de Stefanos Kasselakis Kínima Dimokratías (Movimiento por la Democracia).

De las escisiones de Syriza destaca Rumbo a la libertad, de la mano de Zoi Konstantopolou, que en los últimos años ha conseguido hacerle un hueco al partido que preside en el panorama político griego. Hija de figuras que destacaron en la lucha contra la dictadura de los Coroneles en el país heleno (1967-1974), Konstantopolou fue presidenta del Parlamento griego desde febrero de 2015 y hasta el verano de ese mismo año. Después de que Alexis Tsipras desoyera el aplastante 61,3% de la población griega que votó en contra de la firma de un tercer memorando, Konstantopoulou abandonó Syriza.

Desde entonces, cuando fundó su propio partido, ha ido ganando peso en la escena política griega. No el suficiente, sin embargo, como para poder enfrentarse a Mitsotakis. La de Konstantopolou es una popularidad oscilante, que va del 3% hasta el 10% en algún momento. “El problema de Konstantopolou es que dirige un partido unipersonal, no podemos hablar de una formación política con estructura y una base estable. Por eso se le considera un partido de reacción”, explica Yorgos Siakas. Una visión compartida por Anastasia Veneti, quien considera que el partido de Konstantopolou está hiperpersonalizado. “El partido es ella”.

El diagnóstico compartido por los analistas es que la población griega se arrima o no al partido en función de lo que hacen las otras formaciones, lo cual impide hablar de un patrón de intención de voto estable. “Hay un patrón de popularidad ascendente, pero no llega al 12% o al 13%. Esto claramente es una buena oportunidad para el retorno de Tsipras”, opina Siakas, que cree que en Grecia el clima es favorable a la aparición de nuevas formaciones de izquierdas.

Otra de las formaciones inicialmente interesantes originada de una escisión de Syriza y que ha ido perdiendo fuelle en los últimos años es MeRA25. Este proyecto, nacido entre 2017 y 2018 y encabezado en sus orígenes por el ex ministro de Finanzas Yanis Varoufakis, no cuenta actualmente con ningún diputado ni diputada en el Parlamento. En las últimas elecciones generales consiguió el 2,63% de los votos y no llegó al corte del 3% que se necesita para entrar en la cámara.

Por último, y aunque no pueda ser considerada una formación de izquierdas, no hay que perder de vista el ascenso del PASOK, que en las últimas elecciones europeas le ganó el segundo puesto a Syriza en Grecia. La figura de su líder, Nikos Androulakis, ha ido en ascenso y es algo que tiene que ser tomado en consideración. “El discurso que dio Androulakis en Tesalónica —en la ya mencionada V Cumbre Metropolitana— fue de los mejores que ha dado. Su liderazgo solía ser muy débil, pero eso está cambiando”, explica Veneti, que también detecta el desarrollo de un programa electoral mucho más robusto y definido. “Creo que Androulakis podría ser un rival competente para Mitsotakis, ha ganado confianza y se le ve más fuerte”. 

Algo que se preguntan los votantes de izquierda en el país es si habría, de cara a las próximas elecciones generales —previstas para julio de 2027—, la posibilidad de que todos estos grupos formasen un frente común, algo que hoy por hoy quedaría descartado. De mantener los porcentajes de votación de 2023, una coalición formada por Syriza, PASOK, KKE, Plefsi Eleftherias y MeRA25 podría arañar alrededor del 40%. “Se debería hacer. Todos estos líderes políticos deberían sentarse a pensar cómo podemos fortalecer a la izquierda en su conjunto e intentar encontrar la manera de conectar con la gente, porque creo que ese es el principal problema de los partidos de izquierda en general. Han perdido la capacidad de atender las necesidades de la población”, detecta la analista. Si bien hay más puntos de unión en todos estos grupos que de división, en política, y eso parece una premisa universal, “los intereses personales y/o los egos suelen prevalecer sobre los asuntos políticos”, sostiene. 

De todos modos, y en eso coinciden tanto Siakas como Veneti, si hay alguien que pueda unir a todas estas facciones de izquierdas, ese es Alexis Tsipras “porque es una figura muy poderosa”, destaca Veneti.

La fortaleza de Nueva Democracia

Sea como sea la hipotética vuelta de Tsipras o por mucho que fluctúe la popularidad de Zoi Konstantopoulou, o ante la efímera posibilidad de la creación de un frente de izquierdas, lo que parece evidente es que, en la actualidad, no hay un rival que pueda hacerle sombra a Mitsotakis. Ninguno de los escándalos recientes ha provocado un descalabro en la percepción por parte de la ciudadanía griega, si bien la manifestación que se celebró en febrero de 2025 para pedir justicia por las víctimas del accidente de Tempi fue de las más multitudinarias de las últimas décadas.

Desde la desaparición, 7 de octubre de 2020, del grupo neonazi Amanecer Dorado, Nueva Democracia ha sabido aprovechar el hueco dejado y recoger algunos de los votos de aquellos que antaño votaron a la formación ultra. En el corazón del partido en el Gobierno conviven ahora diferentes facciones de centro derecha y de extrema derecha, y es precisamente ahí donde reside el quid de la cuestión: la amplitud de lo que abarca este partido.

Aun así, la oferta de extrema derecha es amplia: en las últimas elecciones generales, aquellas en las que Syriza se estampó, el partido de ideología neonazi Spartiátes (Espartanos), bajo el auspicio de Ilias Kasidiaris (ex líder de Amanecer Dorado y actualmente en prisión), conseguía el 4,68% de los votos. Este no es el único partido ultra en el Parlamento, donde cohabita con Niki [Victoria], ligado a la Iglesia Ortodoxa, fundado por Dimitris Natsios, y con base en el fundamentalismo religioso, y Ellinikí Lisi (Solución Griega), que promueve los valores tradicionales religiosos y el ultranacionalismo y que está capitaneado por Kyriakos Velopoulos. 

Ioannis Katsaroumpas vaticina que, si desde ahora hasta las elecciones la extrema derecha encuentra una figura de consenso, habría posibilidades de un frente común para las generales de 2027. “Dada la prominencia de la cuestión migratoria en Grecia, creo que la extrema derecha crecerá en el país”, explica. Si eso sucede, quizás las izquierdas deban repensar la posibilidad de unirse, como ha ocurrido en otros países, como Francia o España, en algún tipo de coalición común. De momento, sin embargo, esta opción no parece estar sobre la mesa.

Veneti, Katasaroumpas y Siakas tienen previsiones diferentes acerca de hacia dónde puede dirigirse la izquierda griega. Katsaroumpas, por ejemplo, considera que no existe hoy por hoy nadie en ese espectro político político que pueda hacer frente a Mitsotakis y lo deja claro: “La principal oposición a Nueva Democracia vendrá de la derecha o la extrema derecha”, augura. Más optimista se muestra Siakas, quien está convencido de que, en el caso de que se produzca la vuelta de Tsipras, este podría convertirse en un rival fuerte. Veneti es prudente. “En un escenario como el actual, todo puede ocurrir”, concluye.

Diez años del desastre

El verano de 2015, concretamente el 5 de julio, no solo marcó un antes y un después en la izquierda griega; también lo hizo en el resto de izquierdas europeas. El 5 de julio, y a la pregunta de si querían que su Gobierno firmase un tercer memorando, el 61,3% de la población que acudió a las urnas votó que no: “oxi”, en griego.

Hartos de una austeridad impuesta por una troika que se había mostrado implacable, Grecia lo dejaba claro. El “sí” obtuvo un 38,69% de los votos. Entre el “no” y el “sí” hubo más de veinte puntos porcentuales de diferencia. El 62,5% de la población acudió a las urnas. 

Durante los meses anteriores, los acreedores habían rechazado de manera sistemática cualquier tipo de negociación con el gobierno griego. En Grecia, la población se sentía humillada por Bruselas y una UE que los miraba por encima del hombro y los amenazaba con la expulsión de la zona euro. 

Si bien Tsipras había prometido por activa y por pasiva que iba a escuchar el mandato de los griegos, llegado el momento hizo todo lo contrario: capitular ante la Troika. Acorralado por los acreedores y con algunas opciones, pero pocas, el ex mandatario de izquierda  firmó el tercer memorando y aceptó las condiciones impuestas por los dirigentes europeos y el FMI.

En Grecia, los votantes de izquierda consideraron la capitulación una traición; y el trauma continúa presente. Hay quien continúa refiriéndose a Tsipras como “prodotis”, traidor, en griego. La decepción, además, no se contuvo en las fronteras helenas, sino que impactó de lleno en el corazón de las izquierdas europeas. Syriza representaba un símbolo, y de la noche a la mañana todo aquello se derrumbó. “La capitulación de Tsipras provocó un trauma en la izquierda europea; un trauma del que no se ha recuperado”, opina Ioannis Katsaroumpas. 

En 2015 todo el mundo tenía puestos los ojos en Tsipras, quien se presentó ante Europa como una alternativa al sistema. Su cambio de postura, inesperado, dio a entender la idea de que si Syriza no lo había conseguido, nadie lo podría conseguir. Los años que han venido después y el devenir de las diferentes izquierdas griegas han estado profundamente marcados por esa decisión.

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