Opinión
Yo fui gorda y tuve una casa. Ahora ya no sé dónde ir

Llevo meses intentando entender por qué no soy capaz de tirar una prenda que ya no me vale. He acabado sospechando que no tiene nada que ver con la ropa.
Ropa tendida
Ropa tendida en una azotea. Adrián Tarín Sanz
13 ago 2026 06:00

En mi armario hay una prenda que no me vale.

No es lo que estás pensando. No la guardo para cuando adelgace: me viene grande. Es de cuando yo era otra, de cuando ocupaba otro sitio en las fotos. Llevo un par de años sin ponérmela y sin poder tirarla.

Ahí empieza todo esto, aunque he tardado bastante en verlo.

No voy a contar por qué cambió mi cuerpo. No es asunto de nadie y, además, cada vez que lo cuento la conversación se va detrás de eso y ya no vuelve. Lo único que importa es lo que vino después: que en algún momento dejé de saber dónde ponerme.

Lo que echo de menos no es que me llamen gorda. Es el sitio donde podía contar cualquiera de estas cosas sin empezar por explicarme

Hace unos meses, en una cena, una mujer a la que acababa de conocer se rió de otra que pasaba por la calle. Después me miró, esperando que me riera con ella.

No dijo nada de mí. Ese era el problema.

No contesté.

Casi todo el mundo guarda la ropa al revés que yo. Una talla menos, al fondo del armario, para el verano que viene o para la boda del año que viene. Eso lo entiendo perfectamente, porque también lo hice: es una manera muy eficaz de partir el tiempo en dos. Un ahora provisional y un después verdadero, y todo lo bueno esperando allí. El viaje, la foto, la piscina, el sexo con la luz encendida.

Lo que no entiendo es lo mío. Yo guardo la de antes.

Y hace meses que le doy vueltas a una pregunta que no consigo dejar bien puesta. Algo así como: qué haces cuando vuelves a un sitio que ayudaste a levantar y de repente no sabes si todavía es tu sitio.

Escrita así suena razonable. A las tres de la mañana suena a otra cosa: a quedarse en la puerta un segundo de más, calculando.

La primera casa

Antes de la escuela y antes de la consulta médica hay una mesa.

Cualquiera que haya escuchado a mujeres gordas contar su infancia conoce la escena. Se repite hasta el aburrimiento. Alguien de la familia nos hizo saber, muy pronto, que nuestro cuerpo era un problema. A veces con una frase. A veces con un plato distinto. A veces solo con una mirada al pasar.

Y casi siempre lo dijo una mujer. La madre, la abuela, la tía, la vecina

Durante años yo contaba esto con rabia. Me salía solo.

La escritora francesa Gabrielle Deydier lo resolvió hace casi diez años con cuatro palabras: no se nace gorda. Se llega a serlo. Y se llega, casi siempre, desde dentro de casa.


Hay que decir enseguida lo que eso no significa, porque el malentendido está servido y me da miedo dejarlo abierto. No significa que la familia invente la gordofobia. Significa lo contrario, y me costó bastante entenderlo. Si esto aparece ya en la cocina, en el regazo, en la primera frase cariñosa, es porque la gordofobia está tan metida en todas partes que no necesita esperar a la escuela. La familia no la inventa: solo mide hasta dónde ha calado.

Y la madre que mide a la hija fue medida antes por la suya. Solo repiten patrones. A esas mujeres se les encargó vigilar los cuerpos de todas. Y luego se les pasó la factura.

Creo que ahí está lo primero que muchas aprendimos sobre tener un sitio: que el de la mesa venía con una condición pegada. Que había una versión de ti que sería querida sin reservas, y que no eras tú, por lo menos no así.

Si esa fue nuestra primera casa, no me extraña nada que después busquemos otra.

El cuerpo se va antes que la memoria

Esto es lo que peor sé explicar, así que voy despacio.

Un cuerpo puede cambiar en dos años. La memoria de ese cuerpo, no.

Esa niña que aprendió a la salida del colegio que estorbaba sigue ahí a los cincuenta. Aunque ya no quede casi nada del cuerpo que la delataba. El gesto de mirar si la silla tiene brazos antes de sentarte no se te quita porque ahora quepas. Lo que aprendiste a esquivar, a disimular, a ver venir —la mirada en la piscina, la frase en la cena de Navidad, la báscula de la consulta— se queda dentro. Y sigue funcionando por su cuenta, sin pedirte permiso.

Los cuerpos se quedan con lo que les hicieron. Y también con lo que hicieron ellos.

Dentro de quince años ninguna de nosotras tendrá el cuerpo que tiene hoy. Y aun así seguimos repartiendo sitios como si el cuerpo fuera un carné con foto

Por eso me pone tan nerviosa el formato ese de las dos fotos, el antes y el después. Lo que hace no es celebrar un cuerpo: es liquidar el otro. El del “antes” pasa a ser un error, una etapa que no debió existir, algo por lo que hay que pedir perdón hacia atrás. Y con él se va todo lo que ese cuerpo vivió: los años, la gente que quiso, lo que aprendió, lo que supo antes que nadie.

Y aquí es donde se me tuerce. Porque si el cuerpo se va y la memoria se queda, ¿de qué lado cuento yo?

No, así tampoco. Suena a repartir carnés y no va de eso.

A ver si lo digo mejor. Sigo llevando dentro todo lo que me hicieron, y lo llevo bastante sola: nadie que me mire hoy adivinaría que está ahí. Pero ya no lo llevo en la piel. Y es en la piel donde se reparte lo que duele de verdad.

Hay algo que hasta ahora no había sabido decir. Y es lo que en realidad me trae hasta aquí. Lo que echo de menos no es que me llamen gorda. Es el sitio donde podía contar cualquiera de estas cosas sin empezar por explicarme. Donde decías “la báscula” y nadie te pedía contexto.

No sé cómo se llama eso. No me convence ninguna de las palabras que se me ocurren.

Lo que no se puede diluir

Y justo cuando me estoy poniendo blandita conmigo misma, hay algo que me obliga a frenar. Lo digo entero y sin adornos, porque es lo que sostiene todo lo demás.

Que un cuerpo cambie no significa que todos los cuerpos vivan lo mismo.

Caber o no caber en el asiento del avión no es una metáfora. Que en la consulta te miren la analítica o te miren la báscula no es una sensación. Encontrar tu talla, o no encontrarla, o encontrarla solo en internet y pagando más, no es un estado de ánimo.

El cuerpo que ahora cabe en la silla es el mío. Eso también hay que decirlo.

Yo guardo el recuerdo. Otras siguen pagando el precio, todos los días, en el trabajo, en el médico, en la calle. La memoria duele. El presente cuesta dinero, salud y tiempo de vida. No es lo mismo y no voy a fingir que lo sea.

Lo que no sé es qué se hace con eso.

Ningún cuerpo aprueba el examen

Porque, mientras discutimos quién es de dónde, los cuerpos no se quedan quietos. Engordan y adelgazan. Enferman. Envejecen. Transicionan. Se medican. Se rompen y se recomponen distintos. Dentro de quince años ninguna de nosotras tendrá el cuerpo que tiene hoy. Y aun así seguimos repartiendo sitios como si el cuerpo fuera un carné con foto.

Y luego está el asunto de los fármacos para adelgazar, que no sé bien cómo contar sin que suene a sermón.

Lara Martín Vicario y Maria Castellví Lloveras acaban de publicar un estudio en la revista Fat Studies sobre cómo se habla de ellos en España. Lo que encontraron es que la delgadez sigue siendo obligatoria, pero además tiene que ser merecida. Adelgazar con un pinchazo se lee como hacer trampa.


Me quedé un rato con eso. Al final el mensaje siempre parece el mismo: si eres gorda, mal. Si adelgazas por tu cuenta, por fin has hecho lo que debías. Si adelgazas con ayuda, resulta que has hecho trampa.

No es que esto sea incoherente. Es que no está montado para que ganes.

Y conozco de sobra el gesto de mirar de reojo a quien se pincha, porque lo he visto y porque alguna vez lo he pensado. No me toca. A esa consulta se llega casi siempre empujada: por el médico, por la familia, por veinte años de oír lo mismo en todas partes. De ahí no se sale a ninguna parte: cambias de sitio dentro de lo mismo, y encima con una dependencia que hay que sostener sin fecha de caducidad.

Con palabras que no son mías

Llevo todo el rato pensando con herramientas prestadas y quiero decir de quién son.

La palabra gordofobia no salió de una facultad ni de un hospital ni de un periódico. Salió de mujeres gordas que se organizaron, se escucharon y decidieron nombrar lo que les pasaba. El privilegio delgado, la violencia estética, la culpa como pedagogía, la idea de que el cuerpo gordo no es un problema médico sino un cuerpo al que le han asignado un problema. Todo eso lo hicieron ellas. En fanzines, en pódcast grabados con el móvil, en asambleas, en talleres de diez euros, en hilos escritos de madrugada después de currar.

Esa es la casa de la que hablo. La segunda. A esa se llega tarde, con treinta o con cuarenta años, y con la sensación de llevar toda la vida equivocándote sola.

Y lo que pasó allí no fue que me dieran una etiqueta. Fue que aquello de los ocho años dejó de ser algo mío y pasó a ser algo que nos habían hecho. Es difícil explicar lo que eso descoloca. Llevas décadas creyendo que el problema eres tú, y una tarde, entre desconocidas, resulta que no. Ahí empezó a cerrarse algo. Despacio. Ni de lejos del todo.

Y hacen cosas difíciles. En 2022, activistas de varios países cogieron el 4 de marzo —hasta entonces Día Mundial de la Obesidad— y lo convirtieron en Día Mundial contra la Gordofobia. El manifiesto lo firmaron más de ciento ochenta personas y colectivos. No pidieron permiso a nadie. Cogieron el día y lo giraron.

Y funciona. Este mes de octubre, en Barcelona, hay dos citas seguidas. Los días 2 y 3, un Seminario de Innovación en Atención Primaria dedicado íntegramente a la gordofobia: lo organizan médicas y enfermeras de familia junto a activistas antigordofobia, y lo dicen tal cual, quieren aprender a trabajar sin poner el peso en el centro. Una semana después, los días 9 y 10, la Lleialtat Santsenca acoge las IV Jornades contra la Grassofòbia i la Violència Estètica vers les Dones i les Dissidències de Gènere. Las impulsa la cooperativa Trama y se celebran cada año desde 2023.

La atención primaria se sienta a aprender de un movimiento al que lleva décadas patologizando. Eso no es una anécdota simpática: es la medida exacta del trabajo que han hecho esas mujeres.

La casa que aguanta no es la que exige un cuerpo quieto. Es la que rompe la cadena y deja de transmitir la condición

Por eso esto solo se puede preguntar aquí dentro. Y por eso me cuesta tanto preguntarlo. No estoy discutiendo un sitio en una foto. Estoy hablando del único lugar donde aquello empezó a dejar de doler.

Y ahora tengo que decir algo que me da bastante apuro.

Puede que esta duda sea solo mía. Ojalá lo sea. Nadie me ha dicho nunca que no vuelva. Es más: sospecho que si mañana llamo a esa puerta me abren y me hacen sitio. Lo que me ha pasado es más pequeño y más raro. Un día me di cuenta de que ya no sé si esa casa es también para alguien como yo. Nadie me lo dijo. Me lo dije yo sola, y no consigo quitármelo.

Y justo por eso me parece que hay algo aquí que merece pensarse.

Esto no viene de un portazo.

Viene de no saber.

Y lo que no sabemos también se puede pensar entre varias, que para eso sirve tener una casa.

Así que dejo la pregunta encima de la mesa, y la dejo sin respuesta porque no la tengo.

¿Qué hacemos con las que ya no vivimos en un cuerpo que se lee como gordo, pero seguimos cargando con todo lo que aquello nos dejó dentro? La vergüenza aprendida. Los reflejos. El cálculo antes de entrar en un sitio. La forma de sentarte. El miedo. La manera de mirar el mundo que te enseñó aquella violencia y que no se va porque cambien las tallas.

¿Cómo se acompaña eso? ¿Se acompaña?

No lo sé. De verdad que no lo sé.

Y si alguna de las mujeres que organizan lo de octubre llega hasta aquí, me gustaría muchísimo que no lo leyera como un reproche, porque no lo es. Los movimientos que cambian las cosas también crecen cuando alguien se atreve a plantear algo que todavía no estaba en el orden del día. Esto es solo eso. Puede incluso que ni siquiera sea una buena pregunta.

Pero me da que no soy la única. Y si no soy la única, entonces esta conversación tendría que existir en algún sitio.

Creo que la pregunta estaba mal hecha

Llevo todo el artículo preguntando si todavía puedo entrar.

Y escribiéndolo me he dado cuenta de que esa pregunta hace algo feo. Le pide a la que cambió que se explique. Que traiga papeles. Que demuestre. Deja tranquila a la casa y deja sola a la persona en la puerta.

No es eso. Aunque un poco sí es eso, y sería más limpio decir que no.

Lo que pasa es que yo no vengo a reclamar nada. Vengo porque desde los ocho años mi cuerpo dejo de ser mío, y en esa casa (aunque llegué tan tarde…) me ayudaron y empecé a arreglarlo y aún no había terminado.

Pero de ahí no se saca ningún derecho, y no quiero que lo parezca. Así que la pregunta va al revés, o eso creo hoy. No es de quién es esta casa. Es de qué la hemos hecho. Porque si la hemos hecho de cuerpo, se nos cae: el cuerpo es justo lo único que sabemos seguro que se va a mover. Todas, sin excepción, vamos a llegar algún día a la puerta a preguntar en voz baja si podemos seguir estando. Por vejez. Por enfermedad. Por un cuerpo que dejó de responder al nombre con el que entramos.

No tengo la respuesta. Tengo una sospecha, y la digo sabiendo que puedo estar equivocándome.

La casa que aguanta no es la que exige un cuerpo quieto. Es la que rompe la cadena y deja de transmitir la condición. La que no dice te quiero para cuando. La que ha entendido que el sitio no se gana con la báscula, ni con la salud, ni aguantando el tipo, ni prometiendo arreglarse. Pedir cualquiera de esas cosas es la cadena otra vez, con otra ropa.

Escribo esto y suena muy bien. Luego abro el armario y la prenda sigue ahí, grande, doblada, esperando a alguien que ya no vive aquí, pero creo solo se ha ido de vacaciones. Porque siempre vuelve.

No la he tirado. Creo que no voy a tirarla.

Y no es por acordarme de quién fui. Es que todavía me hace falta, y eso es lo que no sé explicarle a nadie.

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