Galicia
Xabier P. Igrexas (BNG): “El único ámbito en el que Vigo avanza es en la propaganda y en la persecución de quien discrepa”
La ciudad más grande de Galicia parece irreconocible estos días. Algunas de sus zonas más transitadas muestran una presencia policial y militar de la que no hay registro en la historia reciente. Los pabellones públicos albergan camas plegables color verde oliva y en el cielo vuelan cazas F18, Eurofighter, Harrier y helicópteros del Ejército español que emiten sonidos ensordecedores. En los distintos muelles de la costa vigesa atracan fragatas y, en las visitas guiadas por militares con motivo de la celebración del Día de las Fuerzas Armadas, miles de niños y niñas 'desfilan' entre carros de combate y armamento como parte de su formación obligatoria.
La mayor parte de los partidos políticos del tablero gallego no solo están encantados con la fotografía, sino que llevan meses trabajando a destajo para que el desembarco de Felipe VI en Vigo sea un éxito de afluencia e impacto. Desde luego los del Gobierno de coalición español, también el que dirige la Xunta y, por supuesto, el consistorio que dirige Abel Caballero, colocado con habilidad en la bisectriz de todos los actos. La sociedad civil prepara una gran manifestación que sirva de contestación y en la que, previsiblemente, solo asistirá uno de los líderes de las grandes organizaciones políticas con capacidad de acción en la ciudad: Xabier P. Igrexas (Vigo, 1984), el candidato recién elegido por el Bloque Nacionalista Galego para intentar arrebatarle la alcaldía a Caballero en mayo de 2027.
Es extraño eso de mirar la ciudad llena de militares.
Parecen imágenes de otra época, ¿verdad? Nosotros creemos que donde deberían estar los militares, en todo caso, es en los cuarteles, y por eso lo rechazamos desde el primer momento de manera absolutamente clara y rotunda, la organización del desfile de las Fuerzas Armadas que, conviene recordar, es un día que sustituye al desfile que se hacía durante el franquismo por el Día de la Victoria. Esta ciudad cuenta con un masivo clamor social a favor de la paz, con una cultura de paz donde el «no a la guerra» no es solo un eslogan que se rescata de manera oportunista por parte de algunos, sino que forma parte de la identidad de la ciudad.
El desfile militar es un acto ultraespañolista y un derroche de recursos públicos
¿Qué lectura haces de este tipo de celebraciones?
La de un acto de exaltación militarista y ultraespañolista que, además, supone un importante derroche de recursos públicos y que ya está ocasionando evidentes perjuicios para la vecindad. Vemos cómo las instalaciones deportivas municipales son secuestradas y ocupadas militarmente, expulsando a los usuarios de los gimnasios municipales, de las pistas de atletismo, y perjudicando de manera evidente a los propios clubes que han visto reducidos sus horarios de entrenamiento. ¿Qué gana exactamente la ciudad con este acto? Porque lo que no ha querido responder hasta el momento el alcalde Abel Caballero es cuánto le va a costar a Vigo este despropósito. Un desfile militar en un contexto que desde luego es muy preocupante desde el punto de vista internacional. En un momento en el que el imperialismo está agudizando, agravando su tendencia belicista con un aumento cada vez mayor del gasto militar. Con un acto que, además, va a estar presidido por una institución anacrónica, antidemocrática y corrupta como es la monarquía española.
¿Crees que bajo actos como este —la celebración del aniversario de la Policía española el pasado año, el pleito para defender la cruz franquista del monte del Castro o la financiación pública del Sagrado Corazón de Jesús— subyace cierta estrategia orientada a captar más electores de la derecha sociológica?
Pues está claro que la mayoría absoluta de Abel Caballero se nutre de la transferencia de alrededor del 50% de las personas que en Vigo, en otras convocatorias —en las elecciones gallegas y en las generales—, cogen la papeleta del Partido Popular. Yo digo a veces a modo de broma, aunque tiene bastante de afirmación real, que el mayor activo del Partido Socialista en Vigo no es en realidad Abel Caballero. El mayor activo del PSOE en Vigo es el desastre que es el Partido Popular en esta ciudad. En ese sentido es clara la deriva confesional de un alcalde que desde luego puede presumir de ser el regidor que mayor cantidad de recursos ha transferido a la Iglesia católica y que ahora ya, de manera indisimulada, participa directamente de cuantos actos litúrgicos y procesiones públicas hay, y que tiene a bien jactarse de una relación extraordinaria con el obispado.
¿Crees que esa derechización de la institución permea el imaginario de la ciudadanía? Dicho de otro modo, ¿es Vigo ahora más de derechas que hace veinte años?
Sinceramente creo que no. Creo que el efecto más negativo en términos democráticos es la devaluación de la institucionalidad municipal. Tiene muchas vertientes; daría para hablar mucho. Desde cómo se reduce el Ayuntamiento al Gobierno, el Gobierno al alcalde, y la ciudad prácticamente se personaliza en Abel Caballero. Algo que el Partido Socialista ya sostiene de manera absolutamente desacomplejada y ridícula. Cuando escuchas al portavoz del grupo de Gobierno decir que Vigo casi no existía antes de la llegada de Abel Caballero, que cada intervención del alcalde en un pleno —unos veinticinco o treinta minutos— es una clase magistral... Es esa hipérbole permanente en la que está instalado el Partido Socialista y que ha provocado también esa devaluación institucional. Vemos a un alcalde que al mismo tiempo que inaugura una hamburguesería o una peluquería, es aclamado entre vítores en colegios privados claramente alineados con el Opus Dei, pasea en las procesiones casi como un pendón religioso y patrocina con entusiasmo un acto tan rancio y españolista como el desfile de las Fuerzas Armadas. Pero no permea, no.
Hay más de 100.000 vigueses y viguesas que no fueron a votar: la ciudad real no es la de Abel Caballero
Hay un hecho que pasa muy desapercibido en el análisis electoral y sociológico de la ciudad: su mayoría absoluta tiene menos votos que el número de viguesas y vigueses que, en las últimas elecciones municipales, no fueron a votar. Hay más de 100.000 personas que en las municipales de 2023 decidieron no acudir a las urnas. Por tanto, ese resultado no es representativo del sentir de la ciudad. Y frente a esa institucionalidad cada vez más casposa, frente a ese alcalde meme, frente a ese modelo de ciudad parque temático, existe un contraste en el Vigo real: seguimos siendo una ciudad fuertemente combativa, con un impulso movilizador muy importante, con una elevada conflictividad laboral, con una respuesta enérgica ante políticas de recortes —como vemos en sanidad pública o enseñanza pública—, con una ciudad con un compromiso radicalmente feminista, de vanguardia a nivel de Estado, que en la práctica se reivindica orgullosamente diversa en materias como la xenofobia o la LGTBfobia. El Vigo real no encaja en esta estampa triste que pretende retratar Abel Caballero.
Caballero dejó sin ejecutar 137 millones de euros. Eso son necesidades desatendidas, promesas incumplidas, anuncios que se quedan en la infografía colocada en los medios
Percibo cierta complejidad a la hora de elaborar el discurso desde la oposición —en este caso del Bloque, aunque imagino que al PP también puede pasarle— porque, con el paso de estos gobiernos tan largos, se percibe también en cierto espectro de la sociedad vigesa que la ciudad ha avanzado. ¿Cómo afrontáis ese discurso desde la oposición?
El Gobierno consiguió en buena medida instalar un relato que es en gran parte falso. Lo hace desde una posición de abuso —y solo se puede definir así— con una tendencia cada vez más clara hacia pulsiones de tipo autoritario. Cuando hablamos de abuso, hablamos del dopaje mediático con ingentes recursos públicos que permiten no solo colocar su mensaje, sino también contribuir a invisibilizar la alternativa. Lo hace también con una posición de claro abuso institucional. El principal afán de Abel Caballero fue reducir el pleno —el máximo órgano de representación democrática de la ciudad— a la mínima expresión. Sus ausencias son el síntoma más evidente: un alcalde incapaz de ejercer su función de presidir el pleno, que se ausenta en cuanto comienzan a debatirse las mociones de la oposición.
Hay una batalla de relato en la que, desde una posición de abuso, consiguió instalar una idea articulada de un falso avance en la ciudad. Porque cuando vas a la realidad material, ves hechos que pasan desapercibidos para la mayoría social: tenemos un Gobierno municipal con una mayoría absolutísima, sin ningún límite ni dependencia de nadie, que es sistemáticamente incapaz de ejecutar sus propios presupuestos. Hay un dato demoledor: en el año 2025, Abel Caballero dejó sin ejecutar 137 millones de euros. Eso son 137 millones de necesidades desatendidas, de promesas incumplidas, de anuncios que se quedan en la infografía colocada convenientemente desde el punto de vista mediático, pero que luego no se traducen en nada. No hay mejora real de los servicios públicos, muy al contrario. Lo vemos claramente en la situación del transporte. El abandono de los barrios y parroquias no se puede tapar con más rampas mecánicas ni con más primeras piedras. Y ante el principal problema social que tiene hoy la ciudad —el acceso a la vivienda—, la política de Abel Caballero es una absoluta estafa. Anuncia una empresa municipal de vivienda que no está constituida, dice que tiene en marcha 800 viviendas públicas cuando no tiene en marcha ninguna. De hecho, acaba de adjudicar la licitación para la promoción privatizada de 27 viviendas en Esturáns, que en todo caso llevarán —hablo de memoria— unos 27 meses de desarrollo; en una ciudad en la que hoy tenemos más de diez mil personas registradas como demandantes de vivienda protegida. Y hablamos del mismo Abel Caballero que en el año 2007, siendo candidato a la alcaldía, prometió promover seis mil viviendas públicas en cuatro años. No promovió ni seis mil, ni seiscientas, ni sesenta, ni seis. Ninguna. La capacidad del Gobierno municipal para instalar su relato demuestra que la propaganda funciona. Pero frente a la propaganda, frente a los anuncios, frente a ese monólogo sectario y autoritario de Abel Caballero, la ciudad real existe.
No hubo, en términos reales medibles, ningún avance en ningún ámbito. El único ámbito en que Vigo avanzó fue en la propaganda y el autobombo. Y digo esto también como vigués: en toda la etapa democrática de la ciudad nunca hubo un Gobierno municipal que dispusiera de tantos recursos públicos. Tenemos presupuestos que rondan los cuatrocientos millones de euros. Nunca teniendo tanto, un gobierno hizo tan poco.
El Ayuntamiento no es el partido. Hay una confusión evidente entre la administración y el partido que la gestiona
Esa idea que sostienes de que el Gobierno local consiguió colocar como éxito de gestión la no ejecución de buena parte del presupuesto, instaurándolo en la opinión pública como una suerte de saneamiento de las cuentas. ¿Qué papel juegan en esta labor los medios de comunicación, especialmente los locales?
Hay un imperativo democrático en esto: ningún gobierno, ninguna administración pública, debería poder utilizar los recursos públicos para imponer su discurso y, sobre todo, para imponer la falta de pluralidad. La invisibilidad, el monólogo, la ocupación de todo el espacio de debate público, la invisibilidad de los discursos alternativos: todo eso es también un síntoma de debilidad. Porque si tienes una convicción real sobre lo que haces, si crees que tu gestión de gobierno es tan excepcional como sostiene Abel Caballero a golpe de epítetos e hipérboles, no deberías tener ningún problema en someterla al debate y a la discusión pública. Yo tengo plena convicción en las propuestas del BNG y por eso nunca tengo problema en contrastarlas ni en discutirlas. Pero hay una carencia evidente: la política de comunicación del alcalde parte de una confusión, que es que el Ayuntamiento no es el partido. Hay una confusión evidente entre la administración y el partido que la gestiona, que contrasta incluso con ayuntamientos de otros signos políticos. Esa tendencia a censurar y silenciar tiene efectos evidentes. Y convergió con una perversidad: utilizar el escenario de crisis publicitaria, que mermó e impactó muy fuertemente en los medios de comunicación, para doparse con dinero público e imponer su discurso.
Lo más grave es ver a un gobierno que convierte sistemáticamente en enemigo a quien se atreve a denunciar o a visibilizar una necesidad de la ciudad; a quien coloca algo que le resulta incómodo. Se convierte automáticamente en enemigo de Vigo, porque Vigo es él. Si hay un ejemplo claro de esa tendencia totalizante —de confundir una legítima mayoría absoluta con un régimen totalizante—, es la política de hostigamiento, persecución y criminalización de los movimientos sociales. La entidad, asociación, organización sindical, colectivo, AMPA, club deportivo que se atreva a toser es directamente un elemento a batir, y para ello se utilizan todos los resortes que dispone la administración municipal, desde la política de subvenciones hasta la invisibilidad mediática. En una práctica que, sin ningún complejo, yo definiría como muy próxima a comportamientos de tipo mafioso.
Hablas de un tema muy interesante: el papel que jugó el caballerismo en la atomización de los movimientos sociales de la ciudad. ¿Ves que haya capacidad de recomposición?
La hay, pero hay muchas dificultades. El tejido asociativo también atraviesa sus propias transformaciones y enfrenta retos en algunos ámbitos. El movimiento vecinal no es el mismo que cuando yo entré en él con muy pocos años, a finales de los 90. La ciudad cambió, los barrios cambiaron, la conciencia social se expresa de maneras diferentes. También vivimos tiempos en los que, incluso desde posiciones de izquierda, no valoramos suficientemente lo mucho que se ha complejizado la vida: hoy las personas encaran procesos vitales marcados por la precariedad, la inestabilidad y jornadas irregulares; al margen del avance de los discursos del individualismo, hay, desde el punto de vista de las condiciones objetivas, dificultades reales para la participación. Y si a esas dificultades le añades un muro inaccesible que contesta con violencia institucional sin ningún mecanismo de control, la situación se complica aún más. Es lamentable que la estrategia de extorsión y criminalización tenga éxito, porque en alguna medida sí que lo tiene. Siguen existiendo movimientos sociales, organizaciones y colectivos que de manera muy valiente, casi heroica, resisten y avanzan en la reivindicación. Pero es muy complejo, porque además se tiene la percepción de que no tiene coste: que la resistencia cívica frente a un gobierno con tics autoritarios y totalizantes no lo erosiona. Yo creo que la erosión es mayor de lo que se ve, pero eso también desmoviliza.
Algo más de 56.000 personas cogieron la papeleta del Bloque en las gallegas, pero fueron 15.000 en las municipales. ¿Cuáles son las claves que manejáis de aquí a las próximas elecciones para que una buena parte de esas 56.000 personas vuelva a coger la papeleta del BNG?
Lo primero que hay que hacer —y en eso estamos haciendo un esfuerzo importante— es rebatir una tesis absolutamente falsa que se intenta inocular como factor de desmovilización: que no se puede hacer nada, o que ya está todo hecho. En ese sentido, conviene que nadie pierda de vista que, el 23 de mayo, cuando se abran las urnas, Abel Caballero va a tener exactamente el mismo número de asientos en el pleno que yo como candidato a la alcaldía por el BNG: cero. La clave es que esa cantidad importante de viguesas y vigueses que saben que la ciudad merece más de lo que se le está ofreciendo, que creen que los recursos del Ayuntamiento no son para acumularse en remanentes año tras año, concentren esas ganas de cambio en la alternativa que el BNG aspira a liderar: un proyecto de transformación en positivo, abierto, que evite que no vuelva a suceder lo que sucedió en los últimos procesos electorales, donde ningún voto que quiera cambio en la ciudad quede sin representación en el Salón de Plenos.
Percibimos que hay una parte importante de la ciudad que necesita un proyecto esperanzador, un nuevo horizonte. Ese nuevo Vigo que describimos pasa por construir una ciudad mucho más habitable y verde, con las personas en el centro; socialmente justa e igualitaria, donde se garantice el primer derecho a la ciudadanía, que es poder habitar la ciudad —lo que exige una enérgica política pública de vivienda—; que recoja el mandato de los masivos 8M con políticas feministas reales; que ponga en valor su potencial como gran eje creativo y cultural del conjunto del país; que deje de maltratar el deporte; que dé alternativas a una juventud que merece mucho más que unos pocos grandes conciertos en verano y que no debería tener que elegir entre emigración, desempleo o precariedad. Y que, frente a este hiperlocalismo ramplón, asuma el papel que le corresponde como mayor ciudad del país: liderar desde la cooperación, el diálogo y la sinergia; configurar Vigo como capital gallega de la innovación y de la tecnología; competir con conocimiento y no con bajos salarios; ser el gran nodo de la eurorregión Galicia-Norte de Portugal. Pensar Vigo en grande es pensar Galicia en grande: no una ciudad reducida a la altura del ego del alcalde de turno, sino a la altura de los más de trescientos mil viguesas y vigueses.
Somos una ciudad con universidad, pero no una ciudad universitaria, y eso también responde a las miras muy cortas que se tienen
Sobre el hiperlocalismo del que hablas. Se percibe una estrategia del PSdeG de Caballero de despojar a la ciudad de su identidad en el conjunto de Galicia: alejarse de todo lo que signifique galleguismo o movilización social, despojarla de su identidad obrera genuina y, en cambio, ocupar ese espacio con una especie de identidad quizás impostada a través de la Navidad y que ni siquiera asume la identidad católica en coherencia con su lógica. ¿Qué lectura haces sobre ese trabajo de construcción de la identidad de la ciudad por parte del caballerismo?
Lo que vemos es un gobierno que en lugar de utilizar los recursos de la ciudad para hacerla avanzar, intentó encajar la ciudad en sus muy estrechas costuras. Ese impulso adanista de que Vigo arranca en 2007, ese vaciamiento y borrado de identidad histórica y de presente: como si Vigo se pudiese resumir en dinosetos, halos y rampas. Vigo no es eso. Vigo es mucho más: es ciudad de vanguardia cultural, referencial a nivel gallego e incluso estatal y europeo; es un ejemplo potente de luchas obreras; es una ciudad que se construyó a sí misma con una enorme potencia industrial, de capacidad productiva y de generación de talento. En esta ciudad de parque temático, la universidad es un elemento absolutamente aislado, por ejemplo. Somos una ciudad con universidad, pero no una ciudad universitaria. Y eso también responde a las miras muy cortas que se tienen. El problema es reducir Vigo al Vigo de uno solo. En ese proceso de deconstrucción de la ciudad real, parece que Vigo son millones de luces LED en Navidad o ese meme viral; pero la ciudad es otra.
Somos la primera ciudad de Galicia en población y en tejido socioeconómico; la capital gallega del libro; la ciudad con los movimientos sociales más potentes del país. Todos esos elementos existen. Lo que pasa es que a algunos les resulta más cómodo políticamente enrocarse —igual que está enrocado en su sala de prensa sin periodistas— entre las paredes de su parque temático. Y nosotros decimos que no: el papel que tiene que jugar Vigo es el de ser el motor de todo un país, y no hay nada más ambicioso ni que exprese más autoestima como ciudad que eso. Por eso, frente a ese localismo ramplón —que además siempre fue un vehículo para el españolismo, porque de lo que se trata es de romper la relación de Vigo con el conjunto de Galicia—, no se puede entender la historia de Vigo, por ejemplo las huelgas históricas del 72, sin entender el eje de dignidad y combatividad que nos unía con una ciudad en el otro extremo de Galicia como era Ferrol. Huir de eso responde a ese mismo impulso. Y además hay una visión muy folclórica: el localismo de Abel Caballero tiene algo de hipergesticulación y sobreactuación por parte de alguien que no es originario de la ciudad y que, bueno, no entiende lo que en sí misma representa Vigo.
Al final, el caballerismo es una síntesis: aquel viguismo algo ramplón que en su momento podíamos simbolizar en figuras como Leri (Antonio Nieto Figueroa); la afirmación autoritaria de la ciudad que marcó parte de la alcaldía de Manolo Soto; y los elementos aparentes de esa política vacía de gesto y de simular, que definió en buena medida la breve alcaldía de Corina Porro. Sustituimos los tulipanes y la Volvo Ocean Race por ascensores monumentales y rampas, pero al final convergen en el mismo vértice. El caballerismo es esa apropiación y resignificación de culturas políticas que ya existían en la ciudad, conectando con una necesidad real de autoestima que había en Vigo —y que algunos poderes fácticos llevaban años alimentando, implorando por la llegada de un Paco Vázquez a la vigesa—.
Paco Vázquez no tenía TikTok.
Sí, Paco Vázquez con TikTok. Podríamos definirlo así. Responde a esquemas muy del pasado. Porque al final, aunque nuestro papel como oposición es fiscalizar y controlar la acción de Gobierno, el debate no queremos centrarlo ahí. Lo peor no está en lo que hace este gobierno, que admite mucha discusión; está sobre todo en lo que, pudiendo hacer, no hace. Y de cara al 23 de mayo, la clave es que las viguesas y vigueses piensen en clave de futuro: qué ciudad queremos construir a partir del Vigo que nos dejan estos veinte años de Abel Caballero.
Nosotros no vamos a competir en frivolidad ni en sobreexposición; lo que queremos poner encima de la mesa es una alternativa con rigor
¿Deberían los movimientos sociales, la política institucional, transmutarse y empezar a competir en ese terreno mediático de la farándula? ¿Pelear esos minutos de televisión, esas viralidades, construir personajes, remodelar las caras visibles para entrar a pelear en ese terreno, quizás superficial?
Contrariamente a lo que las tendencias más modernas de comunicación política podrían recomendar, yo sigo pensando que lo importante en política es el qué; el cómo sirve al qué. Lo fundamental es la propuesta y el proyecto. Hay que acertar en la manera de expresarlo, y hoy hay maneras y espacios nuevos con nuevas exigencias. Pero lo digo con toda claridad: nosotros no vamos a competir en frivolidad, ni en sobreexposición, ni en afán de viralidad vacía. Frente a la frivolidad actual, lo que queremos poner encima de la mesa es una alternativa con rigor, con propuestas, con soluciones concretas. Porque en el fondo hay una confusión entre lo que se consume y lo que se necesita. Mucha gente dice: «Esa política de comunicación viral del alcalde —intentando hacer el breakdance, lo cual dice muy bien de él por su edad y forma física— tiene mucho consumo y consigue audiencias masivas». Bien, pero ¿qué expresa exactamente ese mensaje? Que hay un señor y un gobierno que le ofrece a la ciudad eso. Y por tanto es lo único que se puede consumir: el discurso de «sois los mejores, viva Vigo», el alcalde telonero permanente de todos los conciertos, incluso por contrato.
Forma parte de una construcción comunicativa que quiere ser pantalla para desviar la atención de lo importante. Porque mientras discutimos sobre el alcalde haciendo el tonto —con todo el respeto—, no discutimos sobre los 137 millones de euros que dejó sin invertir. No hablamos de las 250 frecuencias menos de autobús que hay hoy en la ciudad. No hablamos de que se redujo el presupuesto para ayudas sociales —en una ciudad con 60.000 personas en riesgo de exclusión y pobreza— un 50% desde el año 2020, mientras se triplicaba el gasto en luces de Navidad. No hablamos de que desaparecieron más de una veintena de programas culturales. No hablamos de que hacer trámites tan básicos como acudir al padrón es una tortura por falta de personal, en un ayuntamiento con casi 400 plazas de personal municipal sin cubrir. No hablamos de los problemas reales.
Yo no concibo la política como entretenimiento. La política es un instrumento muy potente para transformar la realidad, para mejorar las condiciones de vida de la mayoría social. Puede que la solidez o el rigor vendan menos en términos de viralidad, pero yo creo que son mucho más útiles para transformar. La propuesta de Abel Caballero para la ciudad, aparte de que él continúe siendo alcalde, es difícil de contestar. Incluso siendo portavoz municipal y llevando casi ocho años en la corporación, no soy capaz de definirla: más de lo mismo, instalar un kilómetro más de rampas, quizás un segundo Halo en algún otro extremo de la ciudad. No hay más. Y la propuesta política de la candidata del Partido Popular, ¿en qué consiste exactamente? A día de hoy tampoco soy quién de explicarla. Podría discutir un proyecto; el problema es que no lo hay. Puede que tener proyecto y propuesta sea menos vistoso. Yo creo que es mucho más útil para la ciudad.
Para terminar, ¿pensáis más en tumbar este gobierno o estáis armándoos para el poscaballerismo?
El objetivo no es tumbar un gobierno; tiene un alcance mucho mayor. Lo que aspiramos es a lograr un apoyo social suficiente, sumando a muchos miles de viguesas y vigueses que no se resignan con lo que hay hoy, para convertirnos en una fuerza determinante que permita abrir un cambio de ciclo. Un nuevo tiempo histórico, una nueva etapa. Y creo que es un acto de irresponsabilidad pensar que la ciudad puede perder cuatro años más, porque ya llevamos perdidos unos cuantos, en un contexto en el que los principales problemas de la mayoría social son cada vez más graves. Hoy en Vigo tenemos siete pisos turísticos por cada vivienda disponible para alquiler residencial. Más del 50% de las viviendas que hoy se ofrecen para alquiler tienen precios por encima de los mil euros mensuales, en una ciudad en la que hay 22.000 personas con ingresos mensuales por debajo de los 625 euros. Una ciudad que destruyó empleo: solo en el ámbito industrial, alrededor de 4.000 puestos de trabajo menos de los que había en 2009. Una ciudad que sigue expulsando a su juventud hacia la emigración.
En este contexto, el reto es que ese sentir de necesidad de cambio, de pasar página, se traduzca políticamente. Y para eso lo fundamental es concentrar todo ese apoyo en un proyecto que aspira a transformar y reiniciar en positivo la ciudad. Yo no estoy dispuesto a esperar. Y lo digo también: a Abel Caballero le deseo una larga vida llena de salud para que pueda comprobar como ciudadano de a pie cómo hay un gobierno municipal que inicia un proceso de transformación y que deja atrás el modelo de ciudad de parque temático. Eso es lo que deseo: que pueda ver en vida cómo un BNG determinante es ese motor de cambio en la ciudad. Lo otro es lo que juega el Partido Popular: está claro que dan Vigo por perdido a nivel gallego, con mayor razón después de comprobar en las últimas gallegas que pueden retener la mayoría absoluta en Galicia perdiendo en Vigo.
Nosotros no ofrecemos un proyecto pensando en cuándo esto acabe. Lo que les decimos a las viguesas y vigueses es que tienen en su mano iniciar un nuevo tiempo ya. Las que confiaron en Abel Caballero sin pensar que la ciudad iba a ser reducida a un parque temático, la juventud, las personas que confiaron en el BNG o en otras fuerzas de izquierda que hoy miran al BNG con ilusión, los muchos vigueses y viguesas que no fueron a votar en las últimas municipales y que no saben si irán el 23 de mayo. Tenemos la oportunidad de no postergar el cambio que es imprescindible. Yo encaro estas elecciones con un compromiso: hacer posible lo que es necesario. Y ese cambio que necesita Vigo no puede esperar más.
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