Galicia
PP y Celta exhiben su sintonía con la visita de Feijóo al ‘pelotazo’ de la ciudad deportiva que él mismo apuntaló
Además de la derrotada celulosa de Altri, otro de los grandes proyectos que Alberto Núñez Feijóo dejó inconcluso antes de emigrar a Madrid fue la Cidade Deportiva del Celta de Vigo, también llamada Afouteza o Celta 360, según el momento histórico y la estrategia de marketing de la familia Mouriño, propietaria del club. Primero, de Carlos Mouriño, multimillonario empresario que incluso llegó a ser apoderado del PP y ferviente defensor de la Xunta de Feijóo. Ahora, de su hija Marián, especialista en marketing que ha sabido lavarle la pátina derechista que bañaba cualquier estrategia que tuviera que ver con la directiva del principal equipo de fútbol de Galicia. Aunque la empresa sea la misma y el dinero salga del mismo sitio: un imperio gasolinero en México.
Pero el pasado domingo, algo se le escapó de su control a la heredera. La alcaldesa de Mos y pilar del PP en el sur de Galicia, Nidia Arévalo, organizó junto al expresidente del equipo, Carlos Mouriño, y la constructora San José, “una visita muy especial”: la del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, sin que ni estos ni aquellos hayan aclarado públicamente en calidad de representante de qué institución acudía. De hecho, tanto el PP español, como el Celta, la constructora y hasta el propio Feijóo decidieron no hacer pública la visita en sus canales oficiales. Solamente Arévalo, punta de lanza política del proyecto, alardeó del encuentro en sus perfiles sociales.
La imagen tiene, además, un valor simbólico. No es la primera vez que Feijóo acude a las instalaciones del Celta en Mos. En noviembre de 2020, todavía como presidente de la Xunta, participó junto a Carlos Mouriño en la inauguración de la Cidade Deportiva Afouteza. Lo hizo en plena pandemia y pese a que sobre aquellas obras ya pesaban dudas sobre su encaje urbanístico y la legalidad de las licencias concedidas por el Concello de Mos. La justicia acabaría cuestionando posteriormente parte de aquella tramitación.
Aquel proyecto era, sin embargo, mucho mayor que los campos de fútbol que finalmente se construyeron. El plan original pretendía ocupar cerca de un millón de metros cuadrados de monte comunal de Tameiga y levantar, junto a la ciudad deportiva, un gran centro comercial que debía servir de motor financiero de la operación. La comunidad de montes, formada por unas 420 familias y propietaria de más de 90 hectáreas, se negó desde el principio a entregar su territorio.
La resistencia vecinal desbarató buena parte de los planes de la propiedad del Celta. Tras siete años de conflicto, movilizaciones, procedimientos judiciales y episodios de tensión con las fuerzas de seguridad, la comunidad de montes de Tameiga consiguió que el club renunciara a ocupar la mayor parte del terreno inicialmente previsto. El proyecto que ahora pretende impulsar el Celta afecta a una superficie radicalmente inferior: alrededor de 5.000 metros cuadrados del ámbito que llegó a contemplar el proyecto original.
La batalla no fue sencilla. Cuando Mouriño presentó públicamente sus planes, la operación parecía plantearse como un hecho consumado. El club confiaba en que el peso social del Celta y el respaldo de las instituciones bastarían para vencer las resistencias. El proyecto fue presentado con una potente carga emocional, apelando al celtismo y a la cantera, mientras la comunidad de montes denunciaba que nadie había negociado previamente con ella el futuro de su territorio.
El conflicto tenía una dimensión que iba mucho más allá del fútbol. En Galicia, los montes vecinales en mano común constituyen una forma excepcional de propiedad colectiva. Más de 700.000 hectáreas están gestionadas por unas 2.800 comunidades, según los datos de la propia Xunta. En Tameiga, esa propiedad se ha utilizado durante décadas para desarrollar proyectos decididos por la asamblea de comuneros y comuneras, con criterios sociales, ambientales y económicos propios.
Ese modelo chocaba frontalmente con la concepción empresarial del territorio que representaba el proyecto del Celta. Lo que para la comunidad era un recurso común, para la empresa era una reserva de suelo susceptible de incorporarse a una operación inmobiliaria y deportiva. El centro comercial proyectado inicialmente, gestionado por un fondo de inversión, era la pieza destinada a generar los recursos económicos para sostener la transformación del monte.
La oposición de Tameiga consiguió finalmente cambiar los términos de la operación. Pero el acuerdo alcanzado entre la comunidad y el Celta no significó la desaparición del proyecto. El club renunció a buena parte de la superficie que pretendía ocupar y los comuneros y comuneras abandonaron su estrategia de movilización y litigio. A cambio, el proyecto deportivo y empresarial pudo continuar.
En paralelo, la Xunta avanzaba en la construcción del marco administrativo que permitiría al Celta acelerar su nueva apuesta. El proyecto, rebautizado como Galicia Sports 360, fue tramitado como Proxecto de Interese Autonómico. La solicitud llegó a la Xunta en marzo de 2022, cuando Feijóo todavía era presidente, aunque la declaración formal de interés autonómico se produjo ya en noviembre de ese año, con Alfonso Rueda al frente del Gobierno gallego. La aprobación definitiva del PIA llegaría en 2025.
La figura del Proxecto de Interese Autonómico no es un mero gesto político. Permite a la Administración autonómica intervenir en la ordenación territorial de proyectos considerados estratégicos y otorga a sus determinaciones un peso superior al del planeamiento municipal cuando existe contradicción. En la práctica, proporciona al proyecto una vía administrativa privilegiada frente a la que tendría una operación ordinaria.
Es ahí donde la visita de Feijóo adquiere una dimensión política que trasciende la fotografía. El expresidente no fue quien declaró finalmente el PIA ni quien aprobó su versión definitiva. Pero sí fue el presidente de la Xunta durante buena parte de la etapa en la que se gestó la operación, cuando el Celta comenzó a negociar y tramitar el proyecto que acabaría transformándose en Galicia Sports 360.
Y antes de eso ya había puesto su respaldo institucional al proyecto. En 2020, Feijóo inauguró personalmente Afouteza junto a Mouriño. En aquel acto, ambos plantaron un carballo acompañado de una placa que hablaba del “firme compromiso” del Celta con el medio ambiente. El gesto resultaba especialmente paradójico porque, mientras el club celebraba su nueva ciudad deportiva, en el monte vecino de Tameiga comenzaba una batalla que acabaría reduciendo de forma drástica la dimensión territorial del proyecto.
La historia también muestra hasta qué punto la frontera entre poder económico, poder político y fútbol puede hacerse difusa en Galicia. Mouriño mantuvo durante años una relación pública y estrecha con el Partido Popular. Feijóo y el empresario compartieron actos políticos y el expresidente del Celta llegó a ejercer como apoderado del PP en las elecciones gallegas de 2024. La alcaldesa de Mos, Nidia Arévalo, ha sido a su vez una de las principales defensoras institucionales del proyecto.
Frente a esa alianza, Tameiga planteó otra manera de entender el territorio. La comunidad dejó de vender hace más de dos décadas sus árboles a las grandes empresas de la madera y comenzó a gestionar directamente parte de la biomasa para sus vecinos y vecinas. Su proyecto incluye sistemas de calefacción con biomasa, una apuesta por la comunidad energética y una estructura de decisión basada en la asamblea.
También ha convertido los recursos del monte en espacios de utilidad social y cultural. El centro social As Pedriñas alberga La Rebullón, una sala cultural que acoge residencias artísticas, talleres y actividades vinculadas especialmente a la cultura gallega. Allí donde el proyecto empresarial imaginaba un gran centro comercial, la comunidad ha construido una infraestructura colectiva.
La disputa, por tanto, no se limita a decidir dónde puede entrenar el Celta. Es un conflicto entre dos modelos de relación con el territorio. Uno entiende el suelo como una oportunidad de inversión y crecimiento empresarial; el otro lo considera un patrimonio común cuya gestión debe responder a las necesidades de quienes lo habitan.
La comunidad de Tameiga consiguió frenar el proyecto inicial, pero no detuvo completamente la expansión del Celta. El club ha logrado conservar una parte de su apuesta y cuenta con el respaldo de las instituciones para desarrollarla. Lo que sí cambió fue la escala de la operación: de un megaproyecto que amenazaba con ocupar cerca de un millón de metros cuadrados de monte a una intervención mucho más limitada.
Por eso la fotografía de Feijóo en Mos tiene algo de regreso al lugar de origen. El dirigente que inauguró Afouteza en 2020 vuelve ahora a unas instalaciones nacidas de aquella operación y reducidas por la resistencia de una comunidad de montes que se negó a aceptar que su territorio estuviera destinado de antemano a convertirse en un negocio. En medio, una alianza política y empresarial que ha sobrevivido al cambio de presidente de la Xunta, de dueño del Celta y hasta del nombre del proyecto.
Galicia
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