Feminismos
“La parte más complicada para muchas feministas es asumir que somos profundamente adultocéntricas”
Pamela Palenciano lleva más de dos décadas entrando en institutos para hablar con adolescentes sobre violencia machista, relaciones afectivas y desigualdad. Esa experiencia, primero sobre los escenarios con No solo duelen los golpes y ahora también en las aulas y los espacios educativos, desemboca en No me des la chapa. Feminismo para adolescentes (Nube de Tinta, 2026). El libro parte de una idea sencilla: el feminismo no puede convertirse en otra charla moralizante si quiere seguir siendo una herramienta útil para quienes están construyendo su forma de mirar el mundo.
Palenciano propone un diálogo con adolescentes, pero nuestra conversación pronto se desplaza hacia otra cuestión. ¿Qué ocurre cuando son los propios adultos quienes necesitan revisar el lugar desde el que hablan? A lo largo de la entrevista aparecen el adultocentrismo, la relación del feminismo con los chicos, el auge de la manosfera o la dificultad para disputar un malestar juvenil que hoy otros discursos están sabiendo capitalizar. En lugar de defender certezas, Pamela reivindica la autocrítica como una condición necesaria para seguir construyendo un feminismo capaz de interpelar a las nuevas generaciones.
Leyendo No me des la chapa tenía la sensación de que la pregunta ya no es solo cómo acercar el feminismo a las adolescencias, sino qué necesita revisar el propio feminismo para volver a ser una propuesta emancipadora frente a un malestar que hoy están capitalizando otros discursos. ¿Es desde ahí desde donde escribes este libro?
La parte más complicada para muchas feministas de mi generación es asumir que somos profundamente adultocéntricas. Y la que diga que no, probablemente sea la que más lo sea. Esto no me lo invento yo. bell hooks ya hablaba de ello en El feminismo es para todo el mundo. Cuando empecé a pensar el adultocentrismo y a reconocer el mío, incluso con mis propios hijos, entendí que por ahí tenía que empezar este libro.
Me di cuenta de que yo también había contribuido a endurecer algunas posiciones. Y claro que me arrepiento. Evolucionar también significa reconocer que te has equivocado
Yo me acordaba de mí con quince años y de las chapas que me daban los adultos. Eran infumables. Cuanto más me decían “vete por ahí”, más ganas tenía de ir en dirección contraria. Si ahora llego como feminista a un aula diciendo “no seáis celosos”, “no controléis a vuestras novias”, el chaval puede pensar: “Pues ahora lo voy a hacer peor”. Ahí me di cuenta de que yo también había contribuido a endurecer algunas posiciones. Y claro que me arrepiento. Evolucionar también significa reconocer que te has equivocado. Ahora toca reparar.
Creo que, si revisamos nuestro adultocentrismo, el feminismo puede volver a conectar con ellos. De verdad creo que les va a gustar. Porque el feminismo también puede ofrecerles una forma más libre de vivir.
Durante años has entrado en las aulas con una mirada muy centrada en detectar el machismo de los chicos. ¿En qué momento empezaste a pensar que había que entender menos qué hacían ellos y más qué estaba ocurriendo a su alrededor?
Ese cambio de mirada te abre un horizonte enorme. También tiene sus riesgos, porque puedes caer en una posición salvadora o victimizarlos, pero sobre todo abre una compasión muy profunda. Cuando escribía el libro empecé a recordar mi propia adolescencia. No solo la relación de la que llevo tantos años hablando, sino cómo me miraba el mundo adulto. Mi generación tenía un horizonte que hoy muchos chicos y chicas no tienen: estudiar, ir a la universidad, vivir mejor que tus padres... Pero hay algo que sí compartimos: la sensación de que los adultos te dicen constantemente cómo tienes que ser.
Cambiar la pregunta transforma el vínculo. En el uno a uno se nota muchísimo, pero también cuando tienes delante a 400 adolescentes. En el libro aparece Lale, un personaje ficticio con el que fantaseo incluso con poder sentarme algún día a comer un bocadillo y pedirle perdón de manera simbólica. Porque muchas personas adultas me dejaron huella cuando yo era adolescente. No eran mis padres; eran profes, educadores o gente que supo hablarme desde otro lugar. Me hicieron sentir escuchada y me inspiraron a ser mejor persona.
La adolescencia nos confronta porque nos pone un espejo delante. Los cambios emocionales, las contradicciones, el vivir tan pegados al presente
La adolescencia nos confronta porque nos pone un espejo delante. Los cambios emocionales, las contradicciones, el vivir tan pegados al presente... Todo eso nos incomoda porque nosotros también lo sentimos, solo que hemos aprendido a disimularlo. Si no reconocemos eso, el adolescente acaba molestándonos precisamente porque nos recuerda una parte de nosotros mismos que preferimos mantener bajo control.
A mí me pasa una cosa curiosa: disfruto muchísimo trabajando con adolescentes. Son las personas que más presentes están en el aquí y ahora. Cambian de opinión, prueban identidades, se contradicen. Y lejos de desesperarme, eso me parece una maravilla. Creo que esa presencia es una de las cosas más vivas que tienen.
Durante mucho tiempo la urgencia han sido ellas, y esa urgencia era indiscutible. Pero mientras construíamos para las chicas un relato de protección, reconocimiento y emancipación, ¿crees que a los chicos los hemos interpelado sobre todo desde aquello que debían revisar, desmontar o dejar de ser? ¿Qué espacio ha dejado eso para otros relatos?
Durante mucho tiempo estábamos esperando que aparecieran hombres que hicieran ese trabajo. ¿Te acuerdas de cuando en los institutos separábamos a chicos y chicas? Las chicas se iban con la feminista y los chicos con el especialista en masculinidades. Pero ¿cuántos referentes de masculinidades hay realmente en este país? Muy pocos.
Yo empecé a pensar que, si llevaba tantos años interpretando a Antonio en el escenario, quizá también podía acercarme a ellos desde ahí. No porque crea que esa sea la única manera, sino porque entendí que no podía seguir esperando a que otros ocuparan ese espacio.
No me arrepiento del trabajo que hemos hecho con las chicas, porque era urgente y sigue siéndolo. Lo que me da coraje es no haber generado antes una conversación feminista sobre cómo relacionarnos también con los chicos
No me arrepiento del trabajo que hemos hecho con las chicas, porque era urgente y sigue siéndolo. Lo que me da coraje es no haber generado antes una conversación feminista sobre cómo relacionarnos también con los chicos. Y cuando planteo esa autocrítica muchas veces se interpreta como si estuviera culpando al feminismo. No es eso.
A mí precisamente lo que me enamoró del feminismo fue que nunca fue un movimiento dogmático. Siempre ha tenido capacidad para revisarse, para discutir consigo mismo, para sostener posiciones distintas. La autocrítica no debilita un movimiento; al contrario, lo mantiene vivo.
Yo ya no quiero esperar más. Si otros compañeros quieren trabajar con los chicos, estupendo. Pero si no lo hacen, nosotras también podemos hacerlo. Quien quiera seguir centrando su trabajo exclusivamente en las mujeres, perfecto. Pero dejemos también espacio para quienes creemos que el feminismo tiene mucho que decirles a los adolescentes.
Además, hay algo que me preocupa especialmente. Cuando hablamos de hombres adultos puedo entender que alguien diga: “Ahora mismo la prioridad son las mujeres”. Pero cuando hablamos de chicos de quince o dieciséis años estamos hablando de menores. No podemos mirar hacia otro lado como si ya estuvieran definitivamente colocados en el lugar del agresor. Ahí creo que necesitamos hacer una autocrítica importante.
La manosfera ofrece a muchos adolescentes una promesa de éxito, reconocimiento y pertenencia, aunque esa promesa sea profundamente tramposa. ¿Qué crees que han sabido ofrecer esos referentes que no hemos sabido ofrecer desde otros espacios? ¿Y cuál podría ser la promesa feminista para un chico de dieciséis años?
Lo que hacen muy bien es ofrecer respuestas simples a problemas muy complejos. Ahí tienen una enorme ventaja. Simplifican el mundo, señalan un culpable y prometen una solución inmediata. Yo intento hacer justo lo contrario: poner palabras sencillas a problemas complejos. Hablar de manera que pueda entenderme tanto una vecina como una catedrática, sin renunciar a la complejidad.
Pero también hago otro ejercicio. Me pongo en la piel de un chaval de dieciséis años. Si me ponen delante un vídeo de uno de esos referentes de la manosfera y, al lado, una charla feminista tradicional, entiendo perfectamente por qué puede sentirse más atraído por el primero. Lo entiendo de verdad. Y precisamente por eso creo que tenemos que revisar nuestras estrategias.
El feminismo también puede ofrecer algo muy atractivo: una forma de vivir con más libertad y menos miedo. Puede decirle a un chico que no tiene que convertirse ni en un macho alfa ni en un “pagafantas”; que puede construir su propia manera de ser hombre, respetar a las mujeres, disfrutar del deporte, tener amigos, enamorarse y vivir todo eso sin la presión constante de demostrar su masculinidad.
Yo cada vez tengo más claro que hay que acercarse a los lugares donde ellos ya están. No esperar a que vengan al feminismo, sino entrar en sus espacios
Tenemos que encontrar un lenguaje que les resulte cercano. No se trata de prohibirles ver esos contenidos, sino de analizarlos con ellos. Ver juntos un vídeo de la manosfera y preguntarnos qué está prometiendo realmente, por qué resulta seductor y qué consecuencias tiene. Si queremos disputar ese espacio, primero tenemos que entender por qué les atrae.
Yo cada vez tengo más claro que hay que acercarse a los lugares donde ellos ya están. No esperar a que vengan al feminismo, sino entrar en sus espacios, hablar su lenguaje y abrir conversaciones desde ahí. Si queremos que nos escuchen, tendremos que estar donde ellos están.
Hay algo paradójico en intentar enseñar a un adolescente a reconocer estructuras de dominación mientras ignoramos la relación de poder más inmediata que atraviesa su vida: la que mantiene con las personas adultas. ¿Qué produce políticamente crecer escuchando que tu generación es un problema?
Produce desesperanza. Produce pensar: “Pues mejor me drogo, me evado y que le den a esta gente adulta que no para de decirme lo que hago mal”. Cuando todo el tiempo te señalan, acabas sintiendo que el problema eres tú.
Por eso creo que el feminismo también puede ayudar a cuestionar esa relación de poder entre personas adultas y adolescentes. Igual que hablamos de otras desigualdades, podemos hablar también del adultocentrismo.
A mí me ayuda mucho explicarlo con un ejemplo. Durante muchos años viví en El Salvador y todavía hoy, cuando compañeras salvadoreñas me señalan mis privilegios como mujer blanca, hay momentos en los que siento que me están atacando a mí, aunque racionalmente sepa que están cuestionando una posición de privilegio. Ahí entiendo mejor lo que puede sentir un chico cuando escucha determinadas críticas al machismo y las vive como un ataque personal.
Con los adolescentes funciona muy bien establecer ese paralelismo. Les pregunto qué sienten cuando un adulto les dice constantemente lo que tienen que hacer, cuando les resta importancia a lo que les pasa o decide por ellos. Lo entienden enseguida. Y entonces les digo: esa misma sensación de que no te escuchan o de que minimizan tu experiencia es muy parecida a la que viven muchas mujeres cuando un hombre les dice que están exagerando o que no es para tanto. En ese momento aparece una comprensión distinta. Ya no están pensando en una teoría abstracta, sino en una relación de poder que conocen perfectamente porque la viven todos los días.
Intento colocarme en el lugar desde el que a mí me habría gustado que me hablaran cuando tenía su edad. Eso no es algo que me saliera de manera natural. Lo he aprendido, sobre todo, gracias al teatro
Y hay otra cosa importante: si no revisamos esa relación, la acabaremos reproduciendo. Quien hoy está siendo tratado desde el adultocentrismo puede terminar ejerciéndolo mañana con quienes vengan detrás. Por eso creo que es una conversación política tan importante.
En el libro hay una idea que aparece una y otra vez: “Yo también me equivoco”. También escribes sobre preguntas que no supiste responder o conversaciones que harías de otra manera hoy. ¿Cuánto tiene que ver esa disposición a reconocer tus propios errores con la forma en que consigues acercarte a los adolescentes?
Muchísimo. En realidad intento colocarme en el lugar desde el que a mí me habría gustado que me hablaran cuando tenía su edad. Eso no es algo que me saliera de manera natural. Lo he aprendido, sobre todo, gracias al teatro. El teatro documental te obliga a ponerte en la piel de personas muy distintas a ti, incluso de alguien que ha hecho cosas terribles. No para justificar lo que hace, sino para comprender desde dónde actúa. Ese ejercicio de empatía cambia completamente tu forma de mirar.
Antes de entrar en un aula siempre intento hacerme la misma pregunta: si yo estuviera sentada entre esos cuatrocientos adolescentes, ¿cómo me gustaría que me hablaran? Esa pregunta cambia la relación. También me lo han enseñado mis hijos. Sobre todo mi hija. Ahora que tiene casi veintiún años veo cómo muchas de las conversaciones difíciles que tuvimos y muchos de mis errores también nos han permitido llegar al lugar en el que estamos hoy. Ella me ha hecho entender que equivocarse también puede ser una oportunidad para construir vínculo y crecer.
Creo que reconocer mis errores me acerca mucho más a los adolescentes que presentarme como alguien que ya lo sabe todo. Cuando les digo: “Yo también la cago”, la distancia se acorta. Creo que ahí está una de las claves para poder encontrarnos de verdad.
A veces parece que la adultez se presenta ante los adolescentes como un lugar de llegada: ya sabrás quién eres, ya tendrás certezas, ya se te pasará este desconcierto. Pero muchos adultos seguimos viviendo con incertidumbre, con miedo y sin saber muy bien qué hacer con nuestras vidas. ¿Cuánto de la distancia que existe entre la adultez y la adolescencia se sostiene sobre esa ficción de una seguridad adulta que en realidad tampoco tenemos?
Muchísimo. Cuando les decimos que nosotras también vivimos con incertidumbre, que seguimos teniendo miedo, que no sabemos siempre qué hacer con nuestra vida o que también sentimos que el mundo puede venirse abajo, de repente aparece una cercanía muy distinta. En muchas cosas somos mucho más parecidas a las personas adolescentes de lo que nos gusta reconocer.
La diferencia es que las personas adultas hemos aprendido a disimular. Si en una hora siento diez emociones distintas, probablemente no las muestre todas. Tengo herramientas para contenerlas. Pero, si una persona adolescente me preguntara qué estoy sintiendo de verdad, seguramente le respondería que un montón de cosas. En eso nos parecemos mucho más de lo que creemos.
Las personas adultas dejamos de vivir muchas experiencias como si fueran la primera vez y, con eso, vamos perdiendo una cualidad que me parece fundamental: la curiosidad
Esa cercanía no elimina la autoridad, pero sí la transforma. La autoridad no debería consistir en colocarte por encima de la otra persona, sino en poner tu experiencia a su servicio mientras reconoces que ella también tiene algo que enseñarte.
El problema empieza cuando damos demasiadas cosas por hechas. Las personas adultas dejamos de vivir muchas experiencias como si fueran la primera vez y, con eso, vamos perdiendo una cualidad que me parece fundamental: la curiosidad. Las niñas, los niños y las personas adolescentes la tienen muy viva. Todo es nuevo para ellas, todo merece ser explorado.
Creo que esa curiosidad también puede entrenarse. Igual que entrenamos un músculo, podemos volver a ejercitar la capacidad de sorprendernos, de escuchar y de estar presentes. Para mí ahí está la clave. Las personas adolescentes viven mucho más en el aquí y en el ahora. Las personas adultas tenemos que hacer el esfuerzo de recuperar esa presencia. Y, cuando eso ocurre, el vínculo cambia por completo.
Fotogalería
Adolescentes: una mirada atenta
Río Arriba
Nuria Alabao | Incels, gymbros y criptobros: así fabrica la ultraderecha a sus nuevos “guerreros”
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!