Steven Forti: “Estamos en una batalla donde nos jugamos dejar de ser sistemas democráticos”

El historiador analiza las extremas derechas, las autocracias electorales y el compromiso autoritario en la actualidad.
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Kike Rincón Steven Forti (Trento, 1981) es autor de 'Democracias en Extinción' (2024) y Extremas derechas 2.0 (2021). NO CC

Es una de las personas que más está profundizando en la investigación sobre el auge, el funcionamiento y las formas de los fascismos, los nacionalismos y las extremas derechas. Steven Forti desarrolla su trabajo como profesor titular en el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador principal local del proyecto ARENAS sobre narrativas extremistas. En esta entrevista observa la expansión global de las formaciones de extrema derecha, alerta sobre la ola de desdemocratización que estamos viviendo y plantea posibles vías para la construcción de una alternativa.

¿Qué ha cambiado en la geopolítica mundial en estos cinco años desde que escribiste Extrema derecha 2.0?
Han cambiado bastantes cosas porque el libro salió en octubre de 2021, justo antes de una serie de conflictos y de acciones unilaterales por parte de algunas potencias que han revolucionado el contexto geopolítico a nivel internacional como la invasión rusa de Ucrania, el ataque de Hamás y el inicio del genocidio de los palestinos por parte de Israel, la llegada de Trump de nuevo a la presidencia de Estados Unidos con toda una serie de acciones que estamos viendo en estos días desde lo de Venezuela a una serie de intentos de anexionarse Groenlandia y ahora en estas últimas semanas la guerra en Irán. Por lo tanto, tenemos un panorama mucho más complejo. Ya antes había una serie de elementos que nos avisaban de que el orden liberal internacional que se había creado tras 1945 se había ido debilitando, pero en este último lustro es muy evidente. Ese orden, impulsado por Estados Unidos tras la Guerra Fría, se ha convertido en buena medida en un orden unilateral. En el mundo actual las relaciones geopolíticas están cambiando y existe una serie de proyectos representados por algunas grandes potencias como Estados Unidos, Israel, Rusia o China. Se trata de una época donde parece que hemos entrado en una especie de ley de la selva en la que hay países que quieren ser imperios y hacen y deshacen a su antojo considerando a algunas regiones o continentes su zona de influencia. Esta es la realidad de los últimos años. Si volvemos a cuando estaba escribiendo este libro, esto todavía no estaba tan claro.


Trump, Netanyahu, Putin, Milei, Meloni, Le Pen, Abascal, Orbán… Toda esta fenomenología política requiere una comprensión adecuada. ¿Qué rasgos comunes comparten las nuevas extremas derechas a nivel global en el siglo XXI y cómo se adaptan a cada contexto nacional?
Las extremas derechas constituyen una gran familia a nivel global. Esto no quiere decir que no haya peculiaridades. Cada extrema derecha es única e irrepetible por así decirlo porque es hija del país en el cual se origina y actúa políticamente. Ahora bien, teniendo en cuenta esto, no se puede obviar que existen unas redes transnacionales de extrema derecha y que todas estas formaciones políticas comparten unos rasgos comunes desde el punto de vista ideológico y comunicativo.

En cuanto a las referencias ideológicas, hay un nacionalismo más o menos exacerbado que tiene rasgos distintos en el continente europeo o americano. Muchas veces tiene rasgos xenófobos, por lo que entonces podemos hablar de nativismo o identitarismo. Además, se caracteriza por el antiglobalismo, que no es tanto una crítica a la globalización en sí, sino, sobre todo, al multilateralismo. También están presentes el antiprogresismo convertido en un contenedor vacío en el cual meter todo lo que no es extrema derecha, el antiintelectualismo y, evidentemente, la defensa de valores conservadores tradicionales. Esto no quiere decir que luego no haya divergencias o matices en algunos de estos ámbitos en las formaciones de extrema derecha. Por ejemplo, en la dimensión geopolítica, las posiciones económicas con Milei hablando de suprimir el Estado mientras Le Pen quiere un Estado fuerte con políticas sociales solamente para las personas francesas o el tema de los valores en el norte de Europa, Escandinavia, Países Bajos, parcialmente Francia con el giro que ha dado Le Pen en los últimos años con posiciones un poco más abiertas sobre cuestiones como el aborto, el matrimonio homosexual o cuestiones relacionadas con el género en comparación con Orbán, Meloni o Abascal. Esto demuestra cómo las extremas derechas se adaptan también a debates y a sensibilidades presentes en sus países.

La ultraderecha ha pasado en el Parlamento Europeo de tener un 3,4 % en 1999 a un 24,7 % en 2024. ¿Cuáles son las causas estructurales que explican este crecimiento electoral?
Incluso más al haber partidos de extrema derecha dentro de los populares europeos. Las causas del auge de la extrema derecha se explican no solamente a nivel europeo, sino de cada uno de estos países. En ello también pesa el contexto internacional. Creo que las causas abarcan tres grandes razones o ámbitos.

El primero es el aumento de las desigualdades en el mundo occidental. Los más ricos son cada vez más ricos, los pobres más pobres, la clase media se ha achicado, el ascensor social se ha roto y eso evidentemente crea frustración, resentimiento y una sensación de que los partidos que han estado gobernando hasta ahora no consiguen ofrecer una respuesta para solucionar aquello o incluso son vistos como responsables del aumento de estas desigualdades.

La demanda de protección y seguridad es legítima. Lo que hay que hacer es ofrecer respuestas que declinen esos miedos hacia otras cuestiones como una sanidad y educación pública de calidad

El segundo elemento es la denominada reacción cultural. Estamos viviendo en sociedades con cambios importantes respecto a la conquista de nuevos derechos como, por ejemplo, el aborto, la igualdad de género, la diversidad afectivo-sexual u otras cuestiones. Por otro lado, los flujos migratorios han aumentado por razones estructurales como las guerras, la desertificación, la pobreza y las desigualdades a nivel global entre países. Eso crea situaciones en algunos casos de recelo, temor o rechazo a los cambios que pueden darse en barrios o ciudades sobre quiénes viven ahí. La extrema derecha ha visto que puede usar este tema para exacerbar esos miedos y capitalizarlo electoralmente.

La tercera razón se relaciona con la crisis que está viviendo el modelo democrático liberal, que es principalmente una crisis de representación que se conecta con el debilitamiento de los cuerpos intermedios, los cuales deberían tener una función de correa de transmisión para canalizar las insatisfacciones o demandas de la ciudadanía. Sin embargo, los partidos, sindicatos y asociaciones de la sociedad civil son mucho más débiles que en el pasado. Basta mirar el número de personas afiliadas a los partidos políticos y su arraigo territorial. A ello hay que sumarle la desconfianza generalizada de gran parte de la población respecto a las instituciones y la atomización de la sociedad por el impacto de las nuevas tecnologías y la ideología neoliberal.

Todo esto lleva a una demanda generalizada de seguridad y protección que la extrema derecha capta muy bien. Lo que hace es declinar la inseguridad a la presencia de migrantes en las calles, la falta de protección en que ahora la gente puede cambiar de sexo y ya no se sabe lo que pasa o que los globalistas quieren imponen qué comer y no comer. La demanda de protección y seguridad es legítima por parte de la gente. Lo que hay que hacer es ofrecer respuestas que declinen esos miedos hacia otras cuestiones como, por ejemplo, una sanidad y educación pública de calidad o un ascensor social que vuelva a funcionar.

Dado su alcance, ¿consideras que nos situamos ante un cambio de época histórica?
Esa es mi hipótesis. El futuro nos lo dirá. Diría que hemos entrado en una nueva época cuyas características son todavía un punto de interrogación, pero podemos poner sobre la mesa algunos elementos que podrían ayudarnos a entender esto. Como hemos comentado, el primero es la ruptura del orden liberal global creado después de la Segunda Guerra Mundial con una fase casi neoimperialista por parte de grandes potencias que hacen y deshacen a su antojo.

El segundo elemento es la transformación del neoliberalismo. Aquí también se trata de una hipótesis, pero hace una década dábamos en el 15M por muerto al neoliberalismo. Parece que no estaba muerto, sino de parranda. Se estaba rearmando ideológicamente transformándose en algo que mantiene algunos componentes de fondo, pero que también tiene aspectos nuevos o distintos. Uno de los debates de los próximos años será si podemos seguir hablando de neoliberalismo porque, por ejemplo, hay quien dice que el proteccionismo de Trump implica un cierre de página con el neoliberalismo.

En comparación con los dos siglos pasados respecto al ideal del socialismo, la izquierda ha perdido de vista el tipo de sociedad y la idea de futuro que quiere construir

En cambio, veo otros proyectos como el de Milei, el cual en ese sentido es neoliberal a la enésima potencia y el mismo Trump y los tecnoligarcas como Musk, Thiel, Zuckerberg o Bezos que lo apoyan no están en contra de cerrar fronteras para capitales e intereses en sectores clave. No sé cómo se llamará, pero tenemos un neoliberalismo que ahora es explícitamente autoritario, mucho más agresivo que en el pasado.

El tercero es lo que se puede definir como compromiso autoritario. Paxton, historiador del fascismo, se refería hace veinte años en un libro a la colaboración incómoda pero eficaz entre el fascismo político y las élites tradicionales. Lo que me parece es que estamos yendo claramente hacia un nuevo tipo de compromiso autoritario con los acuerdos realizados entre y los tecnócratas. No es solamente un matrimonio de conveniencia, sino una alianza estratégica. Por un lado, se trata de una colaboración evidentemente incómoda porque Trump y Musk se han enviado la mierda en varias ocasiones, pero luego no han roto y siguen necesitándose; por otro, es eficaz con un plan de debilitamiento de la democracia o su sustitución con regímenes autocráticos electorales y el poder de grandes corporaciones.

Finalmente, relacionado con esto último, el último elemento es una época posdemocrática donde el riesgo es que las democracias liberales sean efectivamente sustituidas por regímenes autoritarios de nuevo cuño. Esta es una posibilidad. Que eso se convierta en el futuro que vayamos a vivir dependerá de lo que hagamos como sociedad. Existen intereses y proyectos políticos que tiran hacia ahí. Yo espero evidentemente que no.

¿Qué respuestas debe ofrecer la izquierda y cómo debe actuar en el terreno político y mediático?
Las izquierdas, entendidas en un sentido amplio, tienen que dejar de estar a la defensiva y pasar a la ofensiva. Entiendo que exista el temor a que ese proyecto autoritario se consolide, pero está llevando a una parálisis, que es lo que la extrema derecha quiere. La estrategia de Bannon de inundar la zona de mierda consiste justamente en dejarte noqueado porque ya no sabes por dónde empezar. Además, conlleva un pesimismo generalizado que está en el aire. Esa sería la victoria definitiva de la extrema derecha y lo que hay que evitar absolutamente.

La historia no está escrita. Aunque ahora pueda ser una coyuntura política complicada, se pueden dar giros importantes. El caso del reciente referéndum en Italia es un ejemplo. Eso también es importante tenerlo en cuenta porque puede haber marcado un giro no únicamente para Italia, sino también para dinámicas europeas más generales. La extrema derecha no es imbatible. Se le puede ganar, se le puede derrotar. Como diría Gramsci, debemos mantener un optimismo de la voluntad frente a un pesimismo de la razón porque la coyuntura es la que es.


Debemos hacer un diagnóstico claro de las causas por las que la extrema derecha ha tenido éxito y dar la batalla cultural porque la extrema derecha ha puesto la batalla cultural en el centro de su estrategia en las últimas décadas. Se tiene que realizar creando un horizonte de esperanza que sea una alternativa. La gente está interesada en las cosas de comer porque es fundamental, pero también en ideales. En comparación con los dos siglos pasados respecto al ideal del socialismo, la izquierda ha perdido de vista el tipo de sociedad y la idea de futuro que quiere construir.

Hungría se ha convertido realmente en un modelo para muchos conservadores en Estados Unidos, es un modelo de éxito para ellos

En el día a día vas a tener que encontrar respuestas a cuestiones mucho más concretas como qué hacer si Ndongo y Quiles te vienen a entrevistar o cómo reaccionar a los temas de debate que plantea Vox. Creo que no se trata de centrarse en en las pequeñas trifulcas cotidianas, que son importantes, sino también en entender cuál es el objetivo, dónde queremos ir y cuáles son las claves para poder conseguirlo.

Por otro lado, está la cuestión de la organización. Aunque estamos en un mundo más digitalizado, cuyo espacio forma parte de nuestra realidad y resulta fundamental democratizarlo, no se puede hacer política sin presencialidad y sin organización, lo cual comprende la participación desde redes comunitarias a movimientos sociales, sindicatos o partidos. La gente se ve y habla mucho menos entre sí en los barrios, en las calles, en los lugares donde antes había más contacto. Lo presencial es más importante para la izquierda que para la derecha.

Hace un par de años publicaste Democracias en extinción: el espectro de las autocracias electorales, donde señalas que estamos viviendo la primera gran ola de desdemocratización desde 1945. ¿Cuál es la influencia que ha tenido en las autocracias actuales la crisis económica de 2008?
Los estudios del Instituto V-Dem o Freedom in the World marcan el inicio de esta ola de desdemocratización entre los años 2005 y 2009. A partir del 2008, 2009 y 2010 este giro es muy evidente. Hay un cambio de tendencia claro. Esto constituye algo muy relevante porque nos explica un aumento de las desigualdades.

Es un momento clave con todas las políticas que siguen posteriormente, pero también con una serie de procesos que conllevan el paulatino auge de formaciones de extrema derecha, que ya en algunos países estaban arraigadas y habían tenido éxitos electorales, como en Francia, Austria o Italia. Justamente después de 2010 vemos ese crecimiento más abultado. Si bien tiene muchas otras causas, sin esa crisis difícilmente se podría entender.

El Informe sobre la Democracia que elabora anualmente el Instituto V-Dem refleja una creciente autocratización y una involución democrática, ya que se ha pasado de un 50 % de población mundial viviendo en sistemas democráticos en 2005 a un 26 % en 2025. De hecho, Estados Unidos ha dejado de ser considerada por primera vez una democracia liberal en este estudio. ¿Supone el trumpismo un punto de inflexión en la configuración global?
Ideológicamente el Trump de 2016 tenía las mismas ideas que el de ahora. La diferencia es que ahora ha vuelto con más venganza y más conocimiento de cómo funciona la maquinaria estatal, un control absoluto del Partido Republicano y, por lo general, hombres de confianza sin preparación. Para mí, su vuelta está marcando el fin de una época, de cómo esa época de la posguerra fría, que vivía ya una fase de declive, ha llegado al final.

Todo lo que está haciendo Trump, tanto desde el punto de vista geopolítico como desde el de la política interior, va en esa dirección. El Instituto V-Dem en su último informe está diciendo que el agua es transparente, pero bueno, siempre necesitamos que alguien lo confirme. Los ataques a los jueces, la puesta en cuestión de la separación de poderes, los ataques a los medios y al pluralismo informativo, su oposición a que haya organismos independientes que controlen la acción gubernamental y fortalezcan una sociedad civil libre, los recortes de derechos y libertades desde el ICE a deportaciones o lo ocurrido en Minneapolis… El plan de Trump es convertir a Estados Unidos en una autocracia electoral. El modelo es Hungría. De hecho, las relaciones entre los republicanos estadounidenses y Hungría se han reforzado muchísimo en los últimos diez años. Hungría se ha convertido realmente en un modelo para muchos conservadores en Estados Unidos, es un modelo de éxito para ellos.


¿Qué dimensión comunicativa ha adquirido la extrema derecha? ¿Se han normalizado sus marcos discursivos en el debate público?
Totalmente. Esa ha sido su primera victoria y es lo que le ha permitido tener más consenso electoral. Es decir, la extrema derecha ha entendido que, para volver a tener éxito político, necesitaba dar antes la batalla para conseguir la hegemonía cultural. El objetivo era normalizar sus ideas con el fin de, como se conoce en ciencia política, ampliar la ventana de Overton para que cosas inaceptables hace un tiempo, a fuerza de decirlas al principio con provocaciones para romper tabúes, se convirtieran en temas de debate público y fuesen consideradas como aceptables por una gran parte de la población.

La gente se movilizará por una causa que siente justa, pero es una llama que se apaga rápido si no encuentra salida

Eso ha ido normalizando a la extrema derecha. Un ejemplo de ello es la teoría del gran reemplazo, que plantea que las élites están cambiando la población europea sustituyéndola por inmigrantes. Nadie con dos dedos de frente que tuviese responsabilidades políticas, institucionales o estuviese en medios de comunicación generalistas se atrevía a decirla porque no es aceptable. Sin embargo, hoy en día podemos escucharlo en boca de Trump, Orbán, Abascal, Íker Jiménez y mucha otra gente. Resulta algo con lo que una gran parte no está de acuerdo, pero ya no es algo que te expulsa de lo aceptable en la sociedad.

Desde luego, en esto han ayudado mucho las nuevas tecnologías debido a la influencia y la facilidad con la que han podido viralizar discursos del odio. Igualmente, también hay que señalar la responsabilidad de los medios de comunicación tradicionales, que en muchos casos se han convertido en altavoces de la extrema derecha utilizando la falsa equivalencia y el clickbait.

El cuestionamiento del sistema y la rebeldía asociadas, por ejemplo a la izquierda ideológica o a movimientos como el 15M, han sufrido una apropiación. ¿Por qué se ha desplazado y ultraderechizado ese marco?
Por un lado, la extrema derecha ha entendido que, frente a una mezcla de resentimiento, frustración, rabia e insatisfacción de parte de la población, presentarse como antisistema, rebelde, transgresora y provocadora ante un establishment que no daba las suficientes respuestas o las correctas le venía bien para captar justamente esos sentimientos.

Por otra parte, hay que plantearse por qué la izquierda no lo ha conseguido. Es la pregunta del millón. Ahí hay una incapacidad respecto a qué tipo de futuro está proponiendo. Debe haber una alternativa de esperanza que sea no solamente realista, sino también irrealista en el sentido del 68 francés de pedir lo imposible porque eso despierta pasiones.

Por último, hay una cuestión que se conecta con la crisis de intermediación. Tomando como referencia el libroHyperpolitics del politólogo Anton Jäger, su tesis plantea que entre 2010 y 2025 ha habido a nivel global un número mayor que en todas las épocas pasadas de movilizaciones. De este modo, la idea es que no estamos en una época de apatía política, sino de hiperpolitización. Esta hiperpolitización tiene un problema, que es su siguiente fase de institucionalización. Ahí llegamos a la crisis de intermediación. Si no se construyen organizaciones sólidas arraigadas en el territorio y con capacidad de incidencia, la gente estará mosqueada cuando no puede más o cuando se moviliza por una causa que siente justa, pero luego es una llama que se apaga rápido si no encuentra salida.

¿Qué influencia tiene el espacio digital en la actual extrema derecha y qué papel juega en la producción y difusión de desinformación?
La extrema derecha no ha ganado por internet. Lo digo porque si no el riesgo es hacer un análisis simplista pensando que toda la culpa la tienen solamente las redes sociales. Ellos han sabido utilizar las redes sociales e internet, han entendido sus potencialidades y le han dado un empujón notable, pero Trump no ha ganado las elecciones únicamente por el escándalo por Cambridge Analytica. Ha ayudado, pero 70 millones de votos no los mueve en Facebook. Lo que han entendido es que eso les permitía mover la ventana de Overton, normalizarse, convertirse en mainstream y favorecer ese proceso de extremización que ya se estaba dando paralelamente de otras maneras.

Hay diferentes tácticas que han utilizado al respecto: la centralidad dada a las guerras culturales, la propaganda digital usando vídeos en directo en Facebook para intoxicar los debates serios que se pueden dar, la inteligencia artificial o el paso más grave para el futuro de las democracias, que es hacer análisis sustrayendo datos e informaciones puestas en las redes sociales por los ciudadanos para perfilar cada usuario en función de lo electoral y luego enviarles una propaganda personalizada. De forma diferente a lo de Cambridge Analytica, pero esto último es algo que Orbán ha hecho. Las estrategias que se pueden utilizar hoy en día son inimaginables para poder influir en las elecciones. Sin ser exagerados pensando que es la única razón, hay que verlo como algo muy importante y preocupante.


¿Cuál es tu análisis del incremento de Vox en las tres últimas elecciones autonómicas? ¿Qué perspectiva vislumbras ante las próximas elecciones generales?
Los discursos que se escuchan ahora sobre el techo electoral de Vox no tienen ningún sentido. Ni para Vox ni para ningún partido. No hay techo electoral nunca. Eso dependerá de lo que haga ese partido y de lo que hagan los demás. Parece que ahora no consigue superar el 20 %, pero dentro de un año o de cinco no se sabe. Lo mismo respecto al suelo electoral. Parece que menos del 10 % no va a tener, pero dependerá.

Vox ha conseguido capitalizar la ola de la segunda presidencia de Trump, que ha favorecido la expansión de las formaciones de extrema derecha a escala global. Ahora, el caos de Trump puede tener consecuencias negativas para estas formaciones. Por otro lado, ha conseguido capitalizar su salida de los gobiernos autonómicos hace casi dos años. La madre del cordero aquí es la crisis de identidad y la debilidad que está teniendo la derecha mainstream; los populares en España y a nivel europeo, donde no saben qué proponer. Las recetas que propone el Partido Popular en el mejor de los casos son las de los años noventa que ya no funcionan o lo que hacen es copiar y decir lo que dice la extrema derecha porque se encuentran siempre entre la espada y la pared.

Existe una lucha dentro del espacio conservador en la que Vox ha jugado bastante bien sus cartas. Ahora bien, Vox también está viviendo una crisis política interna brutal con cuestiones más personalistas, con acusaciones muy concretas sobre la posibilidad de que Abascal haya embolsado dinero a su mujer y con una división sobre el tema de Israel, donde está influido por lobbys sionistas, de lo que no me cabe ninguna duda. Veremos lo que pasa, pero formalmente a nivel de estatutos Vox no es conquistable. Con la modificación de los estatutos, Vox es un partido sin democracia interna donde quien decide es el presidente y líder máximo, que es Abascal.

¿Qué papel deberían jugar los actores institucionales, académicos y de la sociedad civil para revertir la hegemonía cultural de lo reaccionario y autoritario e incidir en el fortalecimiento del sistema democrático?
Por un lado, debemos tener en cuenta que estamos en medio de una verdadera batalla donde lo que nos jugamos no es que llegue al gobierno el centroizquierda o el centroderecha, sino dejar de ser sistemas democráticos y pasar a ser sistemas autoritarios. Lo que todo el mundo que se sienta simplemente democrático debería hacer es entender que tiene que aportar su granito de arena desde el lugar donde esté para defender, fortalecer y ampliar nuestras democracias porque la extrema derecha es un síntoma de que algo no funciona en nuestras democracias y de que han entrado en crisis.

Desde la sociedad civil se deben fortalecer programas educativos, de alfabetización digital y las redes comunitarias en nuestros barrios y ciudades. Por su parte, desde las instituciones se debe actuar también en las causas que explican el resentimiento y el descontento por parte de la gente como el aumento de las desigualdades o la ineficiencia a veces de la Administración pública. En cuanto al punto de vista académico, debemos ser conscientes de que tenemos un rol también en la sociedad. No podemos pensar solamente en que tenemos que publicar un paper que leen cuatro gatos, sino que debemos esforzarnos para participar en actividades junto a la sociedad civil y tratar de compartir nuestros conocimientos con gente que no hace investigación académica para que haya debates públicos al respecto.

Finalmente, a nivel individual creo que hay una cosa que es muy difícil de hacer, pero que es clave. Todos tenemos parte de nuestras familias o amistades que defienden posiciones de extrema derecha. Debemos intentar hablar con esa gente que piensa distinto y convencerlos de que están defendiendo posiciones que son contraproducentes para ellos mismos. Se trata de intentar añadir a cada persona a la batalla para que no acabe convencida de un proyecto autoritario y no lo acabe defendiendo. Habrá una parte a la que podremos recuperar. Resulta un trabajo complejo, pero es algo que todas las personas podemos hacer.

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