Análisis
Trump, Europa y la democracia
Centre Delàs d’Estudis per la Pau
En el concepto tiempo el futuro no existe, el presente tampoco y solo existe el pasado. Esta aseveración me sirve para valorar el pasado de Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial y que, de forma abrupta, en la actualidad, ha dado un vuelco radical de la mano de Donald Trump. Tanto, que a la mayoría de los analistas en relaciones internacionales los ha cogido con el pie cambiado, hasta el extremo de no saber discernir hacia dónde nos dirigen las élites políticas de eso que llamamos mundo.
En la vieja Europa, con todas las limitaciones y errores que se han cometido desde aquel final que destruyó de punta a punta todo el continente, los que sobrevivieron a partir de 1945 en la Europa occidental construyeron una sociedad basada en los valores heredados de la Ilustración y de la Revolución francesa. Este proceso se llevó a cabo mediante un pacto entre la derecha (la democracia cristiana) y la izquierda (la socialdemocracia y los partidos comunistas), aunque estos últimos con fuertes contradicciones, pues eran dependientes de los designios de la URSS. Este espacio europeo, con todas las críticas que se le quieran hacer, fue capaz de construir un espacio de libertades y derechos humanos que, aunque deficientes, ofrecieron un cierto bienestar a la población.
En ese tránsito, para impedir que la guerra volviera al suelo europeo, se puso en construcción un proyecto de paz que a través de diversas fases fructificó en la actual Unión Europea. Un proyecto que, a pesar de los errores cometidos por haberse sometido a Estados Unidos y a su brazo armado de la OTAN, a pesar del manifiesto déficit democrático de sus instituciones, supo poner en marcha un proyecto económico que, aunque capitalista y por tanto desigual, ofreció a la mayoría de la población democracia y derechos sociales que, aunque limitados, facilitaron una coexistencia pacífica en el viejo continente.
Europa debería escoger su propio camino fuera de la tutela de EEUU, abandonando, en primer lugar, la OTAN
Insisto en que toda esa construcción europea estuvo llena de lagunas: minorías de población marginadas; una política exterior neocolonial; una economía mal distribuida y depredadora de recursos. Por lo tanto, no exenta de críticas, pues no era ideal. Pero lo substancial es que la mayoría de la población europea estaba satisfecha, ya que se había hecho posible un desarrollo y abrió esperanzas de un futuro mejor.
Pero las sucesivas crisis que el capitalismo atravesó: globalización, crisis financiera de 2008, inflación en muchos países, cambio climático (por la desaforada extracción de recursos energéticos y minerales) provocaron un aumento de la desafección de las clases populares hacia los gobiernos al ver retroceder sus capacidades de subsistencia, parte de las cuales hicieron caso a los cantos de sirena de líderes nacionalistas de extrema derecha con discursos excluyentes, xenófobos, homófobos y patriarcales, que despreciaban la democracia y acusaban a los estados que la defendían de malbaratar recursos en sistemas sociales ineficientes. Estos grupos alcanzaron el poder en algunos Estados y tienen su máxima expresión en la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos.
Trump ha dejado al mundo occidental descolocado y, de manera especial, a Europa, pues hasta ayer mismo consideraba a EEUU su gran aliado y ahora despierta viendo como Trump amenaza todos los valores que Europa defendía. Desprecia el orden internacional representado por Naciones Unidas y todas sus agencias, el derecho internacional, la regulación del comercio, la soberanía de los Estados y de sus pueblos y las relaciones internacionales.
Una Europa que asiste desconcertada a cómo Trump pacta con Vladimir Putin el reparto de Ucrania; cómo hace lo mismo en Gaza, pactando una paz con quien ha cometido un genocidio y que somete al pueblo palestino a una ocupación; que bombardea Siria, Yemen, Nigeria, una central nuclear en Irán… Y lo remata, con un bombardeo en Venezuela, secuestrando a su presidente Nicolás Maduro, a quien acusa de narcotraficante, con el propósito de adueñarse del petróleo venezolano. Una descripción de hechos que están refrendados por la reciente Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de la Casa Blanca, donde se describe que el continente americano es su espacio de seguridad y que se impondrá por la fuerza. Una ESN donde se manifiesta el desprecio hacia Europa como aliado y la ve como un rival desleal. Una ESN que rechaza el multilateralismo y declara que EEUU es la única gran potencia capaz de imponer mediante el uso de la fuerza la paz en el mundo.
Ante el peligro de esos partidos neofascistas, los partidos democráticos, deberían crear un frente común que agrupara a todas las fuerzas de izquierdas y democráticas para defender el estado de derecho
Una ESN que Trump aplica de manera explícita anunciando que va a apropiarse de Groenlandia, por considerar que los recursos minerales y energéticos de esa isla son de vital importancia para EEUU. Un territorio bajo jurisdicción de Dinamarca que, para mayor inri, es un país miembro de la OTAN, organización militar liderada por EEUU. Un deseo de apropiación de otros países que ya expresó con respecto a Panamá y su canal, y a Canadá para que se uniera a EEUU.
Ante hechos de esa envergadura que rompen las reglas que tan costosamente se han ido construyendo en el orden internacional, Europa debería reaccionar, aunque, desconcertada, calla. Europa debería escoger su propio camino fuera de la tutela de EEUU, abandonando, en primer lugar, la OTAN, un organismo que lidera EEUU y, por tanto, inservible y perjudicial para la seguridad de Europa. Debería volver a reanudar el camino iniciado tras la Segunda Guerra Mundial poniendo de nuevo en marcha los valores republicanos que hicieron de Europa un referente en democracia, valores que defendían los derechos humanos, las libertades y el bienestar social de la ciudadanía. Una Europa que debería buscar y hacer un frente común con aquellos otros países de en otros continentes con políticas similares. Un frente democrático con el que oponerse a la transnacional de extrema derecha de innegables tintes neofascistas que pretenden crear estados fortaleza autoritarios y que tienen en Donald Trump a su líder.
Esa misma receta debería servir para los países con democracias que se ven amenazados por el auge de partidos de extrema derecha. Ante el peligro de esos partidos neofascistas, los partidos democráticos, deberían crear un frente común que agrupara a todas las fuerzas de izquierdas y democráticas para defender el estado de derecho e impedir la llegada a los gobiernos de esas fuerzas reaccionarias que pretenden, como hace su líder Trump, desmantelar el estado de servicios sociales y destruir la democracia.
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