Apaches en la Rotxapea

Varias naves industriales construidas entre 1942 y 1959 en el corazón de la Rotxapea, testimonio de la lucha de clases de otra época, están amenazadas por la especulación inmobiliaria.

Rotxapea
Unas mujeres toman algo después de pintar una pancarta en este local okupado. Eugenia Indurain
Eugenia Indurain

publicado
2017-11-24 16:36:00

Varias naves industriales construidas entre 1942 y 1959 en el corazón de la Rotxapea, testimonio de la lucha de clases de otra época, están amenazadas por la especulación inmobiliaria. Hace tiempo que los talleres cerraron o se trasladaron a la periferia. De ese polígono solo sobrevive el edificio IWER —la matriz que llegó a emplear 600 trabajadoras, primero como Fábrica de Sedas y luego con la construcción de telares— gracias a su inclusión en el catálogo municipal de edificios protegidos. Un incendio en 1981 precipitó su cierre, y en este momento hay oficinas, estudios profesionales y almacenes: el capitalismo de las industrias del conocimiento, el valor añadido y la logística. A su alrededor, varios inmuebles adquiridos en sucesivos concursos de acreedores por Caja de Ahorros de Navarra (ahora Caixabank) aguardan su derribo.

Entre tanto, la historia de los locales okupados en este barrio obrero va para un cuarto de siglo largo: Lore Etxea, Matesa, Irule, Urargi son solo las experiencias más conocidas. En el último capítulo, el gigantesco local del número 28 de la calle Artica, la antigua cochera-taller de chapa, pintura y tapicería de autobuses Carser, es hoy un centro social okupado y autogestionado por una asamblea de jóvenes que cambiaron la cerradura del pabellón en septiembre del año pasado. Alumnos de instituto, electricistas, artistas, informáticas, parados, estudiantes universitarias... La mayoría es euskaldun pero también hay castellanoparlantes monolingües. La mitad son mujeres. Algunos prefieren las tareas manuales a los debates sesudos, y viceversa. No ocultan las dificultades: ya han hecho un taller para trabajar las relaciones de poder, los tonos machistas y los vaciles sexistas.

El proceso interesa más allá de los sectores juveniles: una señora mayor, despedida fulminantemente en su día, que vuelve a las instalaciones y se lleva la caja de la máquina de coser de su puesto de trabajo; responsables de la Pamplonesa que se pasan a recoger dos autobuses de su flota que La Caixa no les dejó recuperar cuando ejecutó el embargo por sorpresa, un vecino que deja el retrete que le sobra... y ocho policías nacionales, de paisano y de uniforme, que entran para husmear y dejar claro quién manda.

¿Qué hace distinto —y singularmente atractivo— a este local de 800 metros cuadrados respecto a esas bajeras que abundan y que cualquier cuadrilla de jóvenes puede alquilar por 400-500 euros mensuales? En realidad, mucha gente de los locales alquilados comparte preocupaciones e inquietudes con las activistas del gaztetxe: en un barrio popular, el ocio, la cultura, el trabajo o la vivienda se enuncian con pocas variaciones. La diferencia es que el centro social permite dar clases de italiano sin titulación oficial, compartir saberes no académicos, hacer ensayos teatrales sin salidas de emergencia, aprender a cortar con una caladora y a montar un enchufe... o comer bocadillos en una fiesta de una APYMA sin certificados de sanidad. Al principio tuvieron problemas con la basura que generaba el botellón en los alrededores cuando celebraban alguna fiesta, pero el problema ya está controlado. Prevalece el buen rollo con los pequeños comercios de los alrededores. De hecho, han acondicionado el local reciclando material de negocios que han ido cerrándose (sillas, cableado, andamios): desde estudios de diseño a un centro de formación de UGT.

El proyecto ya ha sido estigmatizado por los poderes locales, como cualquier espacio juvenil que no se somete a las lógicas del mercado. Los hechos, por el contrario, van cargándolo de razones: sede del día del barrio, infraestructura del MAK2 —los segundos encuentros estatales de “Municipalismo, autogestión y contrapoder” a los que acudieron 400 activistas de sesenta ciudades—, charlas sobre la prostitución o la guerra de Ucrania. Hay una actividad semanal de media, generalmente en martes o jueves (además del pintxo-pote de los viernes), aunque la lista de tareas pendientes no disminuye: la interculturalidad, y cooperativas de trabajo son un objetivo enunciado recurrentemente.

Es la clásica confrontación entre los dos modos de gestión del suelo urbano antagónicos. A un lado, la mirada comunitaria: con sus límites, sus problemas y su generosidad. Al otro, los hombres de negro que cuadran balances, sanean activos y aumentan plusvalías. Entre medio, los gestores urbanísticos municipales, que asignaron esa zona degradada del barrio a una junta de compensación —entidad administrativa destinada a gestionar bienes inmuebles de titularidad múltiple— cuya socia mayoritaria es La Caixa.
¿Alguien sabe cuantas casas vacías tiene La Caixa en Pamplona por las que no paga ninguna tasa municipal específica?

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