La paradoja griega: Platón o la muerte de la filosofía

Lejos de ser el pilar inicial de la Filosofía, como la academia se empeña en repetirnos, Platón supone una profunda perversión del gesto, radicalmente materialista, con el que nace el pensamiento filosófico, dando origen a una especie de teología vergonzante que se impuso durante siglos en el pensamiento occidental.

Platón: Detalle de "La Escuela de Atenas" de Rafael
Platón, ¿enseñando el dedo a la Filosofía? (Detalle de "La Escuela de Atenas" de Rafael)
Profesor de Filosofía, Universidad de Zaragoza

publicado
2018-09-25 10:00:00

Grecia y Filosofía parecen ser dos palabras que se pronuncian al unísono y que atesoran una misma historia. Nuestra mirada, quizá cargada de eurocentrismo, ha hecho de Grecia la cuna de la Filosofía y ha querido ver en su territorio las huellas fundacionales del pensamiento racional, que, de un modo un tanto precipitado y simple, asimilamos con el discurso filosófico. Entre las diferentes hipótesis explicativas del porqué de ese surgimiento de la Filosofía en un territorio cultural, más que geográfico, tan acotado, y más allá de desafortunadas expresiones como la de “milagro griego” acuñada por Nestle, hay una que nos parece especialmente significativa y relevante: aquella que entiende que es la ausencia de una casta sacerdotal y de textos sagrados canónicos la que posibilita el libre ejercicio del pensamiento. A diferencia de otras sociedades de su entorno y época, Grecia está libre de las constricciones que la existencia de un sistema religioso institucionalizado establece sobre el pensamiento.

Y, ciertamente, el nacimiento de la Filosofía viene presidido por una acusada voluntad de inmanencia en la que el análisis de la Naturaleza, del cosmos en su conjunto, pretende ser realizado desde el interior de esa misma Naturaleza, sin necesidad de acudir a instancias transcendentes para su explicación. De hecho, la distancia que separa al mito del logos es la que existe entre una explicación transcendente de lo real, en la que la presencia de los dioses resulta fundamental para explicar cualquier acontecimiento social o natural, y otra inmanente, en la que las causas del acontecer se buscan en las propias dinámicas naturales y/o sociales.

Como he escrito en algún otro lugar, la Filosofía surge rescatando al cosmos de las garras de los dioses. En las filosofías presocráticas, la presencia y papel de las divinidades resulta muy acotada, hasta el punto de que, por ejemplo, Gustavo Bueno entiende que en el primero de los presocráticos, Tales de Mileto, podemos encontrar las huellas de un incipiente ateísmo, que luego se hará más evidente en otros pensadores griegos. Puede decirse que la inicial filosofía griega manifiesta unos acusados trazos materialistas o, por expresarlo de otro modo, que la nota específica de esa filosofía originaria es la ausencia de rasgos transcendentes religiosos. Rasgos que se empeña, más bien, en combatir.

La máquina socrático-platónica emprende, en un contexto de guerra abierta entre democracia y aristocracia, una amplia tarea de retranscendentalización del pensamiento que va a pervertir y subvertir la inicial orientación de la Filosofía y va a marcar una huella indeleble en el futuro desarrollo del pensamiento occidental
Y en eso llegó Platón. Si la Filosofía había nacido en estrecho vínculo con la polis y con su proceso de democratización, la máquina socrático-platónica emprende, en un contexto de guerra abierta entre democracia y aristocracia, una amplia tarea de retranscendentalización del pensamiento que va a pervertir y subvertir la inicial orientación de la Filosofía y va a marcar una huella indeleble en el futuro desarrollo del pensamiento occidental. En cierto modo, Platón va a corregir la anomalía griega de la mencionada ausencia de un cuerpo sacerdotal y un texto sagrado y va a convertir su filosofía en el instrumento para la hegemonía de un pensamiento sustentado en la transcendencia y de fuerte impronta aristocrática. La virulencia del momento, el final del siglo V a. de E., en plena Guerra del Peloponeso y con la aristocracia ateniense, de la que Platón formaba parte, haciendo labores quintacolumnistas en la propia Atenas en favor de la aristocrática Esparta, queda atestiguada por el juramento que pronunciaban los jóvenes aristócratas y en el que se decía textualmente: “Me enfrentaré siempre al pueblo y maquinaré contra él todos los males que pueda”. El golpe de Estado aristocrático de 411 y la ola de terror consiguiente es la deriva práctica de dicho juramento. Los jóvenes demócratas, por su parte, juraban del siguiente tenor: “Daré muerte con la palabra, la acción, el voto y con mi misma mano, si me fuera posible, a quien haya derrocado la democracia en Atenas”. No cabe duda, por tanto, del ambiente de extrema tensión política en el que se gesta el discurso platónico.

A pesar de que el pensamiento académico ha intentado, exitosamente, desvincular la posición teórica de Platón de su orientación política para, de ese modo, ocultar sus implicaciones, resulta bastante claro que el conjunto del corpus teórico platónico se sustenta en, y sustenta, una posición política fuertemente reaccionaria y antidemocrática. La cosmología platónica recogida en El Político puede ser leída como una metáfora de la evolución de la sociedad: en un principio, es el paciente modelado del demiurgo el que consigue convertir el caos en cosmos; pero la realidad, dejada a su propio proceso, desemboca de nuevo en el caos, que solo podrá ser revertido con una nueva intervención del demiurgo. No hace falta demasiada imaginación para escuchar la añoranza de los buenos viejos tiempos, y entender bajo el argumento cosmológico una argumentación netamente política en la que la aristocracia se presenta como garante de un orden social que luego será pervertido por el caos democrático y que solo la nueva intervención de la aristocracia podrá restituir. El trabajo de la transcendencia para territorializar el mundo de la inmanencia es, sin duda, una seña de identidad de la ontología platónica. Por otro lado, las similitudes que podemos encontrar en la descripción del nuevo rico en La República con el retrato homérico de Tersites en la Ilíada también apuntan en esa dirección de crítica de la democracia y del demos que atraviesa la propuesta socrático-platónica.

Durante siglos, en abierta oposición a lo que había ocurrido en los albores del pensamiento filosófico, la filosofía dominante ha consistido en la reiteración de un gesto de marcado carácter transcendente en el que la realidad material resultaba menospreciada en beneficio de, como decía Nietzsche, “trasmundos inventados”, fruto de una imaginación de evidentes tintes religiosos.
El ejercicio de retranscendentalización aplicado por Platón no solo pervierte la inicial orientación de la Filosofía, sino que condiciona su posterior desarrollo para convertirla, durante siglos, en una especie de Teología vergonzante. No se equivoca Whitehead cuando entiende la filosofía occidental como una nota a pie de página de la filosofía platónica. La filosofía dominante, cabría precisar, frente a esa corriente subterránea del materialismo de la que nos habla Althusser. Durante siglos, en abierta oposición a lo que había ocurrido en los albores del pensamiento filosófico, la filosofía dominante ha consistido en la reiteración de un gesto de marcado carácter transcendente en el que la realidad material resultaba menospreciada en beneficio de, como decía Nietzsche, “trasmundos inventados”, fruto de una imaginación de evidentes tintes religiosos. Calenturienta imaginación, que concede mayor crédito ontológico a formas inmateriales que al mundo que huellan los propios pies y que ha hecho que la reflexión filosófica haya cerrado los ojos a buena parte de la realidad para ajustarla a moldes ontológicos transcendentes.

Visto desde esta perspectiva, Platón, lejos de ser el impulso inicial del pensamiento filosófico -categoría que le hace ser comienzo obligado de toda Historia de la Filosofía, incluso de las que se nos ofertan por entregas en los quioscos- debe ser leído como un instrumento de sometimiento de la anomalía griega, de un pensar que, en sus inicios, se quiere libre de toda dimensión transcendente. Estrategia de pensamiento, sí, pero también estrategia política, en la que la inmanencia democrática es enterrada por la transcendencia aristocrática. Quizá eso, entre otras cosas, explique la desaparición durante siglos y siglos de la democracia del horizonte político y de pensamiento occidental.

Paradoja griega, por tanto, pues la geografía que ve nacer la Filosofía bajo la forma de la inmanencia y en estrecho vínculo con la política y el proceso democrático que acompaña a la ciudad, es testigo también de la victoria, teórica y política, del platonismo, que institucionaliza para los siglos venideros una forma de entender la filosofía que nada tiene que ver con esa ausencia de constricciones religiosas que habíamos apuntado como condición de posibilidad de nacimiento del discurso filosófico. ¿Acaso no podría argumentarse que Platón supone, en realidad, una primera muerte, por asesinato, de la Filosofía?

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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5 Comentarios
Didaskale 11:09 27/9/2018

Hala, ya liquidó en un artículo toda la obra de Platón, esa de la que el matemático y filósofo Whitehead escribió: "La caracterización general más segura de la tradición filosófica europea es que consiste en una serie de notas al pie a Platón."
Por cierto, sin citar ni una línea ni una palabra del propio Platón.
Es obvio que la mayoría los autores de la filosofía y de la literatura griegas provienen de la aristocracia y son antidemos. Sócrates no era aristócrata, se opuso a la oligarquía impuesta por Esparta tras la guerra del Peloponeso, y fue condenado a muerte (no sin su propia contribución) por la democracia restituida. Platón es mucho más que un nostálgico de los tiempos de la aristocracia, como el poeta Teognis o el reaccionario Pseudo Jenofonte autor de ¨La Constitución de Atenas´.

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Ukelele 22:07 26/9/2018

A quien cree que Platón fue un palomo geómetra y que eso de la "lucha de clases" es cosa de Maduro le menciono esta noticia sobre el criminal tío de Platón, Critias, que da un escolio a Esquines (trad. de J. Solana): "Una muestra del gobierno de los Treinta es ésta: muerto Critias, uno de los Treinta, grabaron sobre la tumba a Oligarquía portando una antorcha y prendiendo fuego a Democracia, es inscribieron lo siguiente: Esta tumba es de hombres valientes, que por poco tiempo lograron contener la insolencia del maldito pueblo de Atenas".

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#23535 17:26 26/9/2018

En general, los nuevos filósofos huyen también de la realidad refugiándose en el olimpo de dioses de Hollywood y Juego de tronos, por ejemplo...

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Nada en exceso 8:41 26/9/2018

El aristocratismo de Platón nada tiene que ver con la lucha de clases, digámoslo así en terminología marxista, sino con el populismo, contra el fundamentalismo democrático cuya intromisión en asuntos que no le pertenecen, banalizaba el rigor de la filosofía académica: "Nadie entre aqui que no sepa geometría" rezaba en el frontispicio de la Academia platónica.

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#23478 0:29 26/9/2018

La filosofía académica sigue presa de ese distanciamiento aristocratizante platónico.

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En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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