Historia
Un glaciar y dos mujeres en dos tiempos
Esta breve novela articula con sensibilidad dos temporalidades distintas y dos experiencias femeninas que se reflejan mutuamente en el espacio del glaciar, ese territorio sublime y amenazado que aparece aquí como una de las metáforas más poderosas de la fragilidad contemporánea.
El relato parte de una premisa sencilla: dos mujeres, Irma y Annina, recorren el mismo sendero alpino con décadas de diferencia. Sin embargo, su experiencia no podría ser más distinta. Entre ellas se abre el abismo del tiempo, de la crisis climática y también de la transformación subjetiva del modo en que los seres humanos habitan el mundo. Allí donde Irma contempló un glaciar monumental, blanco y majestuoso, Annina encuentra un cuerpo de hielo enfermo, erosionado, acuoso, que se derrite lentamente ante sus ojos. El descubrimiento fortuito del cadáver de Irma —desaparecida hace más de cincuenta años— funciona como detonante narrativo, pero también como símbolo: el cuerpo humano y el cuerpo del glaciar aparecen unidos por la misma lógica de descomposición y de pérdida.
Uno de los grandes aciertos del relato reside precisamente en esa capacidad para convertir la naturaleza en un personaje vivo. El glaciar no es un mero decorado ni una presencia pintoresca destinada a embellecer la narración, sino el núcleo emocional y filosófico de la obra. Marianne Künzle escribe el paisaje con una intensidad casi táctil: el sonido del agua filtrándose bajo el hielo, la textura mineral de las rocas, el silencio de la montaña, el eco del viento. Todo ello construye una experiencia sensorial envolvente que recuerda ciertas tradiciones centroeuropeas de escritura de la naturaleza, pero actualizadas desde una conciencia ecológica rabiosamente contemporánea.
El glaciar. Blanco, brillante conjuga intimismo y amor ecológico, una combinación difícil. No se trata de un texto ecologista en el sentido militante ya que la autora no moraliza ni convierte el relato en un manifiesto explícito sobre el cambio climático. Lo que hace es mostrar cómo la degradación del paisaje transforma también la experiencia humana del tiempo, de la memoria y de la identidad. El glaciar que desaparece no es solamente una pérdida geográfica; es la desaparición de una forma de belleza, de una experiencia de lo sublime y de una relación específica con el mundo natural.
¿Un relato ecológico?
La blancura del glaciar adquiere un carácter casi mítico. El subtítulo mismo —Blanco, brillante— remite a una luminosidad hipnótica, a una pureza fría que fascina y amenaza al mismo tiempo. Hay algo profundamente ambiguo en esa belleza helada: atrae precisamente porque parece eterna, inmóvil, ajena al desgaste del tiempo. Pero quien lo lea sabe desde el comienzo que esa permanencia es ilusoria. El glaciar se está derritiendo. Lo que parecía eterno es perecedero. Y esa conciencia impregna todo el relato de una melancolía constante.
No se trata de un texto ecologista en el sentido militante ya que la autora no moraliza ni convierte el relato en un manifiesto explícito sobre el cambio climático. Lo que hace es mostrar cómo la degradación del paisaje transforma también la experiencia humana del tiempo, de la memoria y de la identidad.
La autora trabaja muy bien esa tensión entre permanencia y desaparición. Algunos elementos del paisaje permanecen idénticos —una roca, una bifurcación del camino, la línea de las montañas— mientras todo lo demás cambia dramáticamente. Esa persistencia parcial del entorno crea una sensación inquietante: el mundo sigue siendo reconocible, pero ya no es el mismo. El glaciar funciona así como archivo del tiempo y como prueba material de la transformación climática. Lo que antes era un coloso blanco hoy gotea, se rompe y se reduce. La naturaleza deja de parecer invulnerable. Irma y Annina no son simplemente dos personajes paralelos: representan dos formas distintas de relación con el mundo natural. Irma pertenece todavía a un tiempo en el que el glaciar podía experimentarse como una presencia casi absoluta, inmensa y estable. Annina, en cambio, hereda un paisaje ya amenazado, marcado por la conciencia de la pérdida. Esa diferencia modifica radicalmente su percepción del entorno. El glaciar deja de ser únicamente un objeto de admiración para convertirse en evidencia de una catástrofe lenta.
Hay en el libro una reflexión muy sutil sobre la memoria ecológica. Los seres humanos recordamos lugares que ya no existen exactamente como los conocimos. El cambio climático ha introducido una dimensión inédita en nuestra relación con el paisaje: ahora incluso las montañas parecen mortales. Los glaciares, que durante siglos simbolizaron la permanencia geológica, se han convertido en emblemas de vulnerabilidad. Künzle capta esa inversión simbólica: el glaciar ya no es únicamente una maravilla natural; es también un testimonio de desaparición.
El relato adquiere una resonancia política sin abandonar nunca el terreno de lo poético. La autora no necesita introducir datos científicos ni discursos explícitos para transmitir la gravedad del deshielo. Basta la transformación física del paisaje. Basta escuchar el agua que gotea donde antes había silencio helado. Esa economía narrativa resulta especialmente poderosa porque obliga al lector a experimentar emocionalmente la pérdida en lugar de simplemente comprenderla racionalmente.
El cambio climático ha introducido una dimensión inédita en nuestra relación con el paisaje: ahora incluso las montañas parecen mortales.
Otro aspecto destacable es la dimensión casi fantasmática del texto. El cadáver de Irma emerge del hielo como si el glaciar devolviera aquello que había conservado durante décadas. Existe aquí una inversión inquietante de la función tradicional del glaciar como espacio de preservación. El hielo ya no conserva; expulsa. A medida que se derrite, libera restos humanos, memorias y vestigios del pasado. El glaciar se convierte en un archivo involuntario que la crisis climática obliga a abrir. Ese motivo posee una enorme fuerza simbólica. El pasado enterrado reaparece porque el mundo físico está cambiando. La naturaleza deja de ocultar y comienza a revelar. Así, el hallazgo de Irma no solo conecta las historias de las dos mujeres, sino que subraya la relación íntima entre memoria y paisaje. La montaña guarda huellas humanas, pero también las devuelve cuando sus equilibrios se alteran.
Un mismo silencio blanco para dos tiempos de mujeres
El relato destaca igualmente por su tratamiento del silencio. En muchos momentos, el verdadero protagonista parece ser aquello que no se dice. Los espacios vacíos, las pausas y la contemplación adquieren un peso fundamental. Künzle confía en la capacidad evocadora de la imagen y del ambiente. El lector percibe el aislamiento de la montaña, la pequeñez humana frente a la inmensidad mineral y la fragilidad de la vida en un entorno hostil. Esa experiencia de vulnerabilidad atraviesa toda la obra.
Puede leerse también El glaciar. Blanco, brillante como una reflexión sobre el privilegio de la contemplación. El glaciar aparece descrito como un territorio mágico y excepcional, accesible solo a unos pocos y durante un tiempo limitado. Existe en ello una dimensión casi sagrada. Contemplar el glaciar equivale a presenciar una belleza irrepetible, destinada a desaparecer. El relato captura muy bien esa sensación contemporánea de asistir al final de algo: no solo el fin de un paisaje específico, sino el fin de una determinada relación entre humanidad y naturaleza. Desde esa perspectiva la obra dialoga con una sensibilidad ecológica cada vez más presente en la literatura contemporánea, pero lo hace desde una perspectiva profundamente literaria y no ensayística. Künzle entiende que la crisis climática no afecta únicamente al medio ambiente; transforma también nuestra imaginación. Cambian las metáforas disponibles, cambian los símbolos y cambia incluso la experiencia estética del paisaje. El glaciar ya no puede ser contemplado inocentemente. Su belleza está atravesada por la conciencia de su desaparición.
La experiencia de Irma y Annina es distinta: está marcada por las condiciones históricas que definieron la experiencia femenina en cada época. Irma pertenece a una generación de mujeres que todavía habitaba un mundo tradicional y rígido, donde la relación con la naturaleza y con el propio deseo de libertad estaba condicionada por estructuras sociales profundamente conservadoras. Annina, en cambio, hereda las conquistas —y también las contradicciones— de las luchas feministas contemporáneas: puede recorrer la montaña desde una autonomía distinta, con una conciencia más explícita de sí misma y de su lugar en el mundo. Sin embargo, Künzle evita convertir esa diferencia en una oposición simplista. Lo que emerge entre ambas es una continuidad sensible de la experiencia femenina, una forma de reconocimiento que atraviesa generaciones y revela cómo las mujeres, incluso en contextos históricos distintos, han debido construir su vínculo con el territorio, el cuerpo y la libertad en medio de múltiples formas de fragilidad y resistencia.
La crisis climática no afecta únicamente al medio ambiente; transforma también nuestra imaginación. Cambian las metáforas disponibles, cambian los símbolos y cambia incluso la experiencia estética del paisaje
Mención aparte merece la forma en que la autora construye la experiencia femenina del espacio natural. Históricamente, la literatura de montaña ha estado dominada por narrativas masculinas de conquista, exploración o desafío físico. Künzle propone algo muy distinto: una relación más contemplativa, emocional y sensorial con el paisaje alpino. La montaña no es aquí un territorio a conquistar, sino un espacio de escucha y de transformación interior.
La conexión entre Irma y Annina posee además una dimensión temporal muy rica. Aunque separadas por décadas, ambas mujeres parecen dialogar silenciosamente a través del paisaje. El glaciar funciona como punto de encuentro entre vidas que nunca coincidieron en el tiempo. Esa estructura refuerza la idea de continuidad humana frente a la mutabilidad de la naturaleza y, paradójicamente, frente a su propia desaparición.
La prosa de Marianne Künzle destaca por su precisión visual. Muchos fragmentos poseen una cualidad casi cinematográfica. El lector puede imaginar perfectamente la luz sobre la nieve, las grietas del hielo, la humedad de las rocas o el sonido del agua subterránea. Esa capacidad descriptiva nunca resulta ornamental: cada detalle contribuye a construir la atmósfera de fragilidad y desaparición que domina el relato. En cierto modo, pertenece a esa categoría de obras breves pero densas, donde cada imagen parece cargada de resonancias simbólicas. La montaña es un escenario físico concreto, pero también un espacio mental y emocional. El glaciar representa simultáneamente belleza, memoria, muerte y transformación. Esa multiplicidad simbólica enriquece enormemente la lectura.
El glaciar. Blanco, brillante es, en definitiva, un relato breve delicado y poderoso que combina contemplación, intimismo y conciencia ecológica con una notable sutileza literaria. Marianne Künzle consigue transformar el glaciar en una metáfora de la belleza perecedera y de la fragilidad contemporánea. Su libro habla de la desaparición del hielo, pero también de la desaparición de ciertas formas de mirar el mundo. A través de una escritura contenida y profundamente evocadora, la autora construye una elegía silenciosa por un paisaje que se extingue ante nuestros ojos.
La literatura de montaña ha estado dominada por narrativas masculinas de conquista, exploración o desafío físico. Künzle propone una relación más contemplativa, emocional y sensorial con el paisaje alpino. La montaña no es aquí un territorio a conquistar, sino un espacio de escucha y de transformación interior.
En tiempos en que la literatura sobre la crisis climática corre el riesgo de caer en el alarmismo superficial, Künzle demuestra que la ficción puede abordar el desastre ecológico desde la sensibilidad, la atmósfera y los afectos. El resultado es una obra breve pero intensa, capaz de dejar la sensación inquietante de haber contemplado algo extraordinario y frágil: una belleza helada destinada a desaparecer.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!