Pensamiento
Basta que lo digas tú

Quien haya tenido varios hermanos o hermanas, sabrá que se produce una distribución de roles que condicionan esas relaciones tan estrechas. En el resto de ámbitos sociales, aceptamos o rechazamos ideas dependiendo del rol que ocupe en nuestra visión del mundo aquella persona que la dice.

Ascenso Vox

publicado
2019-04-23 06:20

Esta reflexión nace a partir de una nimia discusión familiar que demuestra lo absurdo y caprichoso de la condición humana. Y que, escudado en que no me conocéis personalmente (aunque podéis rastrear mi perfil en el infalible buscador), procedo a realizar.

No hay que pensar demasiado para darse cuenta de lo básicos, manipulables y manipuladores (al mismo tiempo) que somos los seres humanos. Construimos nuestra identidad y nuestro credo más íntimo en base a los encuentros personales (malos o buenos) que hayamos tenido en nuestra vida. La primera esfera de conformación y confirmación de esa personalidad que nos acompañará toda la vida, y que será el filtro según el cual juzgaremos a los demás, es la familia. Quien haya tenido varios hermanos o hermanas, sabrá que se produce una distribución de roles que condicionan esas relaciones tan estrechas. Desde la posición previa de liderazgo de la primogenitura, hasta la asignación de los papeles de rebeldía o gracia para contar chistes, la familia condiciona las relaciones que tendremos con el resto de la sociedad. 

Cuando la armonía familiar reina, no hay mayor problema y todo funciona como lo haría un equipo bien avenido. Pero el ser humano busca diferenciarse, destacar entre el marasmo, rebelarse ante la invasión de su intimidad, y huye de aceptar las decisiones, ideas o consejos de quien le ha privado de una ración de pastel más. La economía (familiar o mundial) son habas contadas y lo que unos reciben de más es en detrimento de otros que soportan la privación y la explotación.

Las injusticias pueden afrontarse de muchas maneras según sea el carácter heredado y conformado a lo largo de las peripecias vitales. Habrá quien huya, quien luche contra el poder, quien negocie hábilmente o se una cobardemente al opresor. Y ya desde la familia, según de quien vengan las recomendaciones, ideas o imposiciones, las aceptaremos con mejor o peor grado.

En todos los ámbitos sociales —desde la familia al trabajo, pasando por el amor o la política— basta que una buena idea, sugerencia o rectificación de una mala praxis venga de determinada persona o institución para que nos opongamos

Así, en todos los ámbitos sociales —desde la familia al trabajo, pasando por el amor o la política— basta que una buena idea, sugerencia o rectificación de una mala praxis venga de determinada persona o institución que nos caiga mal para que nos opongamos con terquedad y obstinación llegando, en casos extremos, a la ruptura de relaciones o la violencia.

O al contrario. Basta que una idea absurda la diga nuestro artista preferido para que la aceptemos con simpatía como posibilidad. Pero si esa mismísima idea la pronuncia el antipático vecino del quinto, la rechazaremos desde la visceralidad y el capricho de tener mala o buena relación con esa persona, de que nos caiga bien o mal, de que sea gordo o fume, de que ayer nos haya negado o no el saludo.

De esta manera, los líderes políticos aprovechan su ascendencia sobre su electorado fiel para imponerles proyectos y normas que pueden ser directa y objetivamente perjudiciales para esas mismas personas fieles a un ideario conformado en creencias, memoria o tradiciones diversas. De ahí que haya obreros que voten a la derecha, porque ponen por delante de sus derechos laborales su identidad nacional. Incluso gravísimas conculcaciones de sus derechos o contra su salud pueden ser aceptadas simplemente porque vienen de la infalibilidad de un sumo sacerdote, o del líder supremo, o del pariente muy querido.

Sí, amigas, funcionamos con filias y fobias que pueden estar fundadas en una mínima mala palabra, un gesto nimio a partir de los cuales construimos ideologías y visiones del mundo que pretendemos imponer a los demás con persuasión o fuerza. Lejos de la razón, entregados al instinto o al gregarismo, confeccionamos listas negras que se extienden como una mancha de petróleo en el agua y que contamina nuestras relaciones con el prejuicio de que aquella persona fue encerrada en un psiquiátrico, la cárcel, o tiene una procedencia o color de piel diferente al nuestro. Necesitamos ser mejores que los demás, reparar injusticias y agravios que no conocíamos al nacer, o aceptamos lo que la mayoría circundante ha aceptado históricamente; quizá nos rebelamos contra ello porque la acracia late en nuestras venas.

En fin, lastima que, si habéis llegado a leer hasta aquí, hayáis experimentado una sensación de tiempo perdido y me pongáis en vuestra lista de prescindibles u odiados. Es el riesgo de intentar racionalizar (con limitaciones y prejuicios) y publicar (con el deseo de compartir) esta reflexión.

Me voy a dar un paseo. Suerte y gracias.

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