Editorial
Desobediencia civil: la experimentación colectiva continúa

Dejando de lado a quienes, por miopía política o por ignorancia, no creen ni desean los cambios fuera de la legalidad, lo sucedido en Catalunya es motivo de reflexión para quienes apostamos por esta herramienta de transformación social.


Imágenes del 1-0 (II)
Manifestantes por el derecho a decidir en una escuela de Barcelona el 1-0. Jone Arzoz

publicado
2017-12-22 17:37

La cuestión catalana, el procés, ha puesto encima de la mesa el debate en relación a la legitimidad y potencialidad de la desobediencia civil. Dejando de lado a quienes, por miopía política o por ignorancia, no creen ni desean los cambios fuera de la legalidad, lo sucedido en Catalunya es motivo de reflexión para quienes apostamos por esta herramienta de transformación social.

La consulta ha sido un acto de desobediencia civil de dimensiones inusualmente colosales. Es cierto que ha coexistido en el tiempo con discursos de cargos institucionales que se han esforzado por desvincularse del perfil desobediente. Ello es contradictorio con la tradición de esta metodología, una de cuyos rasgos esenciales es la reivindicación inequívoca de la ilegalidad. Y, lógicamente, esta cuestión es una de las que ha abierto más debates y fisuras. Ahora bien, la realidad es a veces demasiado rica en matices para los amantes de las literalidades y los catecismos. De hecho, discusiones de este tipo han atravesado históricamente las prácticas desobedientes que, no hay que olvidar, tienen mucho de experimentación colectiva. Tiempo habrá para los estudios profundos pero, sin duda, esta es ya una experiencia de obligada referencia en los debates sobre este modo de lucha.

Por otra parte, esta manera de hacer ha atravesado 2017 intensamente. Las detenciones de activistas que ayudaban a migrantes a sortear las barreras fronterizas en Grecia, las acciones contra la fabricación y tráfico de armas en Madrid (Feria HOMSEC), o la sanción al bombero que se negó a colaborar en el embarque de armas con destino a Oriente Medio desde Bilbao fueron solo la avanzadilla de protestas masivas en todo el planeta en las que el desafío a la ley ha sido la norma. El Rif (demanda de derechos sociales básicos), Murcia (derecho a la ciudad), Alemania (invasiones pacíficas para paralizar explotaciones de minería del carbón), o Catalunya (referéndum prohibido), han sido testigo de ello. Todas estas resistencias activas multitudinarias se han sostenido sobre la asunción pública de responsabilidades, la apuesta por la acción directa no violenta, y la reflexión dinámica y colectiva sobre cómo de afrontar la represión.

En este sentido, el documento previo a los asaltos a las minas de la iniciativa Ende–Gelände en Alemania, o los talleres y entrenamientos de En Peu de Pau, en Catalunya, han sido decisivos para situar la protesta colectiva en marcos paritarios, intergeneracionales e integradores. No hay recetas mágicas, pero son el debate y la resistencia en esas coordenadas las que mejor ayudarán a construir redes que serán imprescindibles para defender otros derechos de cara al futuro. Y, de paso, a profundizar en dinámicas organizativas mas democráticas.

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