Economía
Diego Isabel La Moneda: “La descentralización es buena para los territorios que sufren despoblación”
Diego Isabel La Moneda, emprendedor social palentino y cofundador del Foro NESI (Nueva Economía e Innovación Social), lleva años impulsando la transición hacia un modelo económico más justo y colaborativo que ponga a las personas y al planeta en el centro. Frente a un sistema que perpetúa la desigualdad, el autor y experto en innovación política reflexiona en esta entrevista con El Salto sobre los retos de territorios periféricos como Extremadura, afectados por un “colonialismo interior” que extrae recursos sin revertir la riqueza. A lo largo de la conversación, explora vías de acción concretas: desde una radical descentralización económica y el diseño de “territorios de 45 minutos” en el medio rural, hasta fórmulas para frenar la especulación de la vivienda y el poder transformador de un municipalismo independiente para superar el statu quo.
Desde el Foro NESI lleváis años hablando de “Nuevas Economías” y de humanizar la empresa. Sin embargo, a veces estas iniciativas son asimiladas por el gran capital sin cambiar la raíz de la desigualdad. ¿Es posible llegar a un “consenso” real sobre un nuevo modelo económico con las mismas corporaciones transnacionales y fondos de inversión que basan su rentabilidad en precarizar el trabajo y especular con los recursos básicos?
Está claro que vivimos una época en la que muchas grandes empresas han aplicado el greenwashing y el socialwashing, haciendo que conceptos como la “sostenibilidad” se queden vacíos. Por eso, necesitamos desarrollar nuevas narrativas de las que ciertos poderes no puedan apropiarse. Lo primero es llegar a un consenso sobre la necesidad de una Nueva Economía en la que las personas y el planeta estén en el centro de toda actividad económica(producción, consumo y políticas públicas). Esto solo puede ocurrir si somos capaces de llegar a un consenso amplio que evidencie que el actual modelo capitalista no ha sido capaz de acabar con las desigualdades que nos rodean (de hecho, incrementa muchas de ellas) y, además, nos ha traído nuevos problemas como la crisis climática o la superación de varios límites planetarios.
El problema es que cuando se critica al capitalismo, directamente te ubican en el otro extremo, el socialismo o el comunismo. Esta es una limitación mental que nos mantiene atrapados entre dos modelos que solo tienen una cosa en común: ninguno ha funcionado bien. Toca superar esta dicotomía y apostar por nuevas fórmulas. Tenemos que arriesgar, probar cosas nuevas, equivocarnos y rectificar hasta que seamos capaces de construir esa Nueva Economía más justa, democrática y orientada al bien común.
Precisamente, sobre esas tensiones sociales, has afirmado en alguna entrevista que “la polarización voluntaria impide la búsqueda de consensos”. Sin embargo, la polarización política no es un ente abstracto ni un simple problema de formas; a menudo es la respuesta a una violencia económica estructural. Además, no podemos obviar que esta polarización es también consecuencia directa de la implantación de la ultraderecha y de sus estrategias para capitalizar el malestar social. En este contexto, ¿cómo se le exige “consenso” y rebaja de tono a quienes están sufriendo un deterioro real de sus condiciones materiales de vida? ¿No corremos el riesgo de que la llamada al consenso sea, en el fondo, una exigencia de paz social para no incomodar al statu quo?
Diversidad y extremos ideológicos siempre los ha habido y seguirán existiendo. Hay que diferenciar entre tener ideas diferentes y polarizar. En física, cuando tienes dos polos opuestos cada uno intenta atraer todo hacia su lugar y ambos polos consiguen que no quede nada fuera de sus respectivos campos de atracción. Esto es lo que estamos viviendo ahora; dos bloques que obligan a cada persona a elegir bando para todo. Esto limita la libertad de pensamiento y opinión de la gente, empobrece nuestra sociedad y pone en riesgo nuestra democracia. Pensar que “los tuyos” siempre tienen razón y que “los otros” siempre están equivocados” es de una simpleza alarmante.
Además, hay que saber diferenciar entre polarización ideológica y polarización afectiva. Ahora mismo, la primera está afectando a la segunda, es decir, el statu quo político, falto de ideas para solucionar los problemas de la gente, se dedica a alimentar la crispación y, con su violencia verbal y corporal, alimenta el enfrentamiento entre las personas. Como evidencia de esto el Atlas de la Polarización en España realizado por More in Common refleja datos preocupantes, como que un 14% de los españoles ha roto amistades o relaciones familiares por motivos políticos en el último año.
La diversidad debe servir para alimentar un debate sano, no para enfrentarnos violentamente. En este país ya sabemos a dónde pueden conducir determinadas dinámicas de confrontación. Y lo más preocupante es que ambos extremos cada vez usan más términos bélicos en sus arengas a los suyos.
Esa violencia económica estructural de la que hablamos se manifiesta de forma muy evidente en la geografía. Hablemos de la reforma del modelo territorial. En territorios periféricos como Extremadura sufrimos una especie de “colonialismo interior”: generamos la energía y los recursos, pero la industria, el talento y la riqueza se concentran en otras Comunidades. ¿Cómo se revierte esta dinámica estructural? ¿Basta con apelar a la “innovación social” o hace falta una intervención estatal fuerte y una fiscalidad asimétrica que penalice la concentración de riqueza en determinados territorios?
Hace falta movilización social que exija esa intervención estatal para acabar con las desigualdades. Y una de las mayores desigualdades de este país de la que apenas se habla es la que indicas, la territorial. El acceso a servicios básicos, como la sanidad o la educación, y las oportunidades de tener un empleo de calidad dependen del “código postal” en el que naces. Desde Foro NESI apostamos claramente por un radical proceso de descentralización económica y laboral. No tiene sentido seguir concentrando actividad económica y, por lo tanto, laboral en las grandes ciudades y las costas turísticas. Con este modelo pierden todas las personas. Las que viven en esa España periférica que se despobla, las que habitan lo que llamamos la “España Abarrotada”, grandes ciudades que cada vez se asemejan más a macrogranjas humanas que a lugares habitables, y también las que viven en lo que denominamos la “España Olvidada”, esas ciudades pequeñas e intermedias, capitales de provincias y cabeceras de comarca, que son las verdaderas vertebradoras del territorio y de las que nadie se acuerda.
Por eso, una de las mayores innovaciones sociales que podemos hacer es descentralizar la economía. Dicho de otra manera, ahora que en lugares como Madrid les gusta hablar mucho de las “libertades que tienen”, debemos trabajar para que cada persona tenga la libertad de vivir donde quiera en los diferentes momentos de su vida. Esa libertad hoy no existe. Quienes quieren quedarse en sus pueblos se ven obligados a emigrar a grandes ciudades en búsqueda de trabajos acordes a sus perfiles. Y muchas personas que viven en esa “España Abarrotada” y querrían regresar o mudarse a territorios más pequeños no pueden por lo mismo, por la falta de oportunidades laborales diversas y de calidad.
Además, lo que dices es totalmente cierto. La España del interior, Extremadura, las dos Castillas, Aragón…, sufre ese “colonialismo interior” al que apuntas. Producimos lo más básico para la vida de las personas y para ser un país resiliente: energía y alimentos, pero nadie lo valora. Es más, la fiscalidad que genera el consumo energético de las personas que habitan las grandes ciudades, ¿dónde se queda? En esas grandes ciudades y sus comunidades autónomas; no revierte en quienes producen. De este modo, se genera un bucle que atenta contra la sostenibilidad: quienes consumen más energía generan más ingresos por ello.
Una de las caras más visibles de esa asimetría territorial es el acceso a la vivienda. La crisis habitacional se suele leer en clave de las grandes áreas metropolitanas, pero en la “España Vaciada” vivimos una paradoja sangrienta: tenemos pueblos llenos de casas vacías y, al mismo tiempo, es imposible encontrar un alquiler asequible para fijar población, por no hablar de la especulación de los pisos turísticos en los cascos históricos de las ciudades. ¿Qué herramientas reales crees que pueden garantizar la vivienda en las provincias periféricas más allá de las lógicas del libre mercado?
Aquí la innovación pasa por imitar y adaptar a nuestra realidad lo que ya funciona en otros países. Por ejemplo, en Europa el caso de Viena es el principal referente. Han conseguido que cerca del 60% de los habitantes vivan en viviendas subvencionadas o de alquiler regulado; cerca del 25% de todo el parque residencial de la ciudad es vivienda municipal pública (propiedad directa del Ayuntamiento) y otro 20-25% corresponde a cooperativas y asociaciones sin ánimo de lucro que reciben apoyo público y tienen alquileres regulados. Es decir, alrededor de la mitad del parque residencial de Viena está fuera de la lógica especulativa tradicional.
Esto sería trasladable a España en general y a los territorios rurales en particular. En concreto, además de Austria, en muchos otros países se promueven las “Housing Associations”, lo que en español se denomina “proveedores sociales de vivienda”. Esto incluye a organizaciones del tercer sector, cooperativas de vivienda y otras soluciones sociales cuyo punto en común es que la propiedad de la vivienda es de quien la habita o de organizaciones sociales que garantizan la asequibilidad para los colectivos más vulnerables y que, en caso de tener beneficios, los reinvierten íntegramente en el correcto mantenimiento de esas viviendas.
En España el colectivo Alivas —al que apoyamos desde Foro NESI y la iniciativa VIVA, en la que más de treinta organizaciones promovemos una Vivienda Innovadora, Verde y Accesible— ha presentado un borrador de Proyecto de Ley para reconocer a estos proveedores de vivienda social e impulsar mecanismos fiscales y de ayudas que favorezcan estas iniciativas frente a los grandes tenedores que sólo priorizan el lucro y generan la actual situación de crisis habitacional.
Desde espacios como el Foro NESI se proponen grandes cambios de paradigma global, pero históricamente una de las vías más aterrizadas para la transformación sociopolítica ha sido el municipalismo, un camino que usted conoce de primera mano. Teniendo en cuenta las limitaciones de los ayuntamientos, ¿qué capacidad transformadora real tiene hoy un partido local frente a desafíos estructurales gigantescos que tenemos por delante?
Más de la que suele creerse. Los grandes cambios empiezan casi siempre en el ámbito local, porque es donde se pueden ensayar soluciones innovadoras y demostrar que funcionan.
Los Ayuntamientos son la administración más cercana a las personas, con muchas competencias pero con muy pocos recursos propios. Además, los municipios más pequeños tienen aún menos independencia de actuación, dependiendo de las Diputaciones provinciales que, en muchos casos, actúan más como señores feudales que dan dinero a aquellos alcaldes más “fieles” que como entidades al servicio de las personas. Esto solo puede revertirse si la propia ciudadanía se agrupa, crea partidos o agrupaciones de electores y toma el poder municipal y, a partir de ahí, escala a Diputaciones y otros niveles. Esto ya está ocurriendo. La Unión Municipalista agrupa a más de 300 de estos partidos independientes en toda España y muchos de ellos gobiernan con éxito en sus municipios. Por ejemplo, en La Línea de la Concepción, un municipio de un tamaño considerable, Juan Franco es el alcalde más votado de España con el 76% de los votos. Este es un ejemplo de cambiar las cosas desde abajo.
A partir de aquí, queda mucho camino por recorrer, porque la polarización hace que la gente siga “votando a la contra” a un partido tradicional de derecha para que no salga la izquierda o viceversa. De nuevo, aquí la clave es que las personas cambiemos de mentalidad, porque los poderes políticos y económicos rara vez cambian por iniciativa propia.
Si para cambiar de verdad el modelo económico hace falta confrontar con intereses muy poderosos, ¿cree que el cambio transformador puede venir realmente de la mano de partidos minoritarios cuando, a veces, acaban convirtiéndose en la muleta de los partidos tradicionales y de las mismas políticas neoliberales de siempre?
Como dijo Albert Einstein, “demencia es esperar resultados diferentes mientras sigues haciendo lo mismo”. Los partidos tradicionales ya han demostrado su incapacidad para resolver los grandes retos a los que nos enfrentamos, la crisis de la vivienda, la crisis climática o las crecientes desigualdades. ¿Son partidos locales liderados por personas comprometidas con sus territorios la solución? Pues no puedo saberlo al 100%, pero sí que se que es algo diferente. Los que creemos en los procesos “desde abajo hacia arriba” frente al actual poder político y económico que va “desde arriba hacia abajo”, pensamos que hay que probar iniciativas nuevas que nazcan desde los territorios. A partir de ahí, agruparse y hacerse fuertes a otros niveles, provincial, autonómico y nacional.
Por supuesto, si algunas de estas iniciativas acaban imitando las lógicas de los partidos tradicionales (nula democracia interna, mirar por el interés del partido y no por el de las personas y, como consecuencia de ello, una nula voluntad de acordar con otros partidos políticas que beneficien a la ciudadanía), entonces nada cambiará. Los partidos tradicionales ya han demostrado enormes dificultades para resolver algunos de los grandes retos a los que nos enfrentamos, como la crisis de la vivienda, la crisis climática o las crecientes desigualdades.
Ahora bien, la pregunta es pertinente. Es cierto que algunos partidos minoritarios han acabado actuando como simples apoyos de los grandes partidos y, cuando eso ocurre, dejan de ser herramientas de transformación para convertirse en parte de la dinámica que decían querer cambiar. Ese riesgo existe y no debemos ignorarlo.
¿Son los partidos locales liderados por personas comprometidas con sus territorios la solución? No puedo afirmarlo con total certeza, pero sí sé que representan algo diferente. Los que creemos en los procesos que nacen desde abajo pensamos que muchas de las respuestas a los problemas actuales no van a surgir de las estructuras tradicionales de poder, sino de iniciativas que se construyan desde los territorios, conectadas con las necesidades reales de las personas.
A partir de ahí, esas iniciativas deben agruparse y fortalecerse en otros niveles, provincial, autonómico y nacional. Pero hay una condición imprescindible: no reproducir los mismos errores que criticamos. Si estas nuevas fuerzas acaban imitando las lógicas de los partidos tradicionales, con escasa democracia interna, priorizando los intereses de la organización sobre los de la ciudadanía o renunciando a dialogar y alcanzar acuerdos útiles para las personas, entonces nada cambiará.
La clave no es ser un partido pequeño o grande. La clave es mantener la independencia suficiente para poner el interés general por encima de los intereses partidistas y tener la capacidad de llegar a acuerdos que mejoren la vida de la gente sin renunciar a los principios propios.
Usted es un gran defensor del urbanismo de proximidad y las “ciudades de 15 minutos”. Yo soy emeritense, y pienso mucho en los extremeños y extremeñas que tienen que hacer 100 kilómetros en coche para ir, por ejemplo, a un especialista médico: ¿Cómo se aterriza ese modelo urbano en territorios inmensos donde el Estado ha ido retirando paulatinamente los servicios públicos más básicos?
Soy un claro defensor de utilizar la proximidad como pilar del desarrollo territorial, tanto en grandes ciudades como en pequeños pueblos. Si alguien tiene que recorrer 100 kilómetros para ver a un especialista, el problema no es que el modelo de proximidad haya fracasado; es que nunca se ha aplicado. Esto no es inventar nada nuevo, no es más que defender el modelo de ciudades y pueblos mediterráneos que hemos tenido en la península hasta hace apenas un siglo. Los núcleos de población los fueron diseñando las personas, creando el trabajo, los servicios y los espacios de encuentro y ocio cerca de sus hogares. Ahora hemos “importado” un modelo por el cual en un lugar se reside, en otro se trabaja y en otro se encuentran el comercio y el ocio. ¿La consecuencia? La necesidad de utilizar el coche para casi todo.
En el ámbito urbano, ciudades como París han recuperado ese concepto de proximidad a través del modelo de la “Ciudad de los 15 minutos”. En el ámbito rural, desde Foro NESI hace años cocreamos una guía para crear “Territorios de 45 minutos”, de forma que nunca se supere ese tiempo para acceder a un servicio básico, algo muy alejado de la realidad actual.
Este último año desde la Estrategia de Reto Demográfico del MITECO han empezado a hablar de “Territorios 30 minutos”, con esta misma idea, lo cual suena a buena noticia. Eso sí, para que sea realidad el recuperar muchos servicios básicos que se ha ido perdiendo, hay que seguir defendiendo la igualdad de derechos de las personas que viven en lugares menos habitados y alejados y, en paralelo, trabajar por descentralizar la economía y que no todo el mundo se vea obligado a emigrar a las grandes ciudades.
A modo de cierre, y mirando a 10 o 15 años vista: Nancy Fraser viene advirtiendo de las consecuencias del “capitalismo caníbal”, un sistema estructuralmente programado para devorar las bases sociales y ecológicas que lo sostienen. En territorios periféricos como Extremadura, este canibalismo es nuestra realidad material cotidiana: se nos empuja a un escenario donde parece que solo podemos elegir entre la despoblación total o convertirnos en simples reservas de extracción energética y turística. Desde su empeño por imaginar nuevas economías: ¿Cómo se construye una alternativa real que garantice una vida digna en nuestros pueblos sin caer en el optimismo ingenuo o los eslóganes vacíos? ¿Es optimista?
Ser optimista sirve para visualizar la realidad que quieres materializar, pero sin acción radical, esa que ataca a la raíz de los problemas, el optimismo no sirve para nada. Eso sí, el pesimismo tampoco sirve para cambiar las realidades. A partir de ahí, la situación de Extremadura, al igual que otras regiones (yo soy de Palencia, una provincia también abandonada) es crítica pero, sorprendentemente, la población sigue votando a los partidos tradicionales que mantienen al actual sistema económico que margina a estos territorios y que siguen centralizando la economía en las grandes ciudades.
¿Qué hacer? Hay que trabajar a todos los niveles y, aunque eso no es fácil, es imprescindible. Primero, debe ser la gente de los territorios marginados la que se movilice y deje de apoyar a los mismos que la marginan. Se necesita activismo político en todos los frentes, tanto con nuevas iniciativas políticas desde abajo hacia arriba como desde el activismo a realizar desde las organizaciones y movimientos sociales.
En segundo lugar, hay que transmitir el mensaje de que la descentralización no solo ayuda a los territorios que sufren la despoblación, también es buena para esa “España Abarrotada” donde la vida cada vez es más insostenible, con el estrés, la contaminación y la imposibilidad de acceder a una vivienda digna para la mayoría de la población. De este modo, la ciudadanía se dará cuenta de que con el actual modelo económico y territorial todas las personas salimos perdiendo. Y solo a través de la búsqueda de un equilibrio territorial, mediante una estrategia nacional de descentralización, podremos mejorar la vida de las personas tanto en el medio rural como en las ciudades intermedias y grandes urbes.
Por otro lado, en relación con el modelo económico, hay que dejar claro que necesitamos innovar y superar el capitalismo. No va de apostar por modelos que tampoco han funcionado, como el comunismo o el socialismo, sino de ser capaces de creer, arriesgar e innovar con nuevas soluciones. Personalmente creo que la Nueva Economía será la suma de las mejores propuestas de modelos como la economía social y solidaria, la economía regenerativa o la inversión de impacto, entre otros. Pero todas estas propuestas necesitan dos cambios radicales: Cambiar el objetivo de la economía, desde la maximización de beneficios (PIB en países, cuenta de resultados en empresas y cuenta bancaria a nivel individual) hacia el bien común como objetivo. El segundo, alineado con el primero, cambiar los indicadores y desarrollar nuevos indicadores de éxito vinculados al impacto social y medioambiental de cualquier actividad económica, tanto la producción como el consumo.
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