La nuclear y el cambio climático, no solo una cuestión de CO2

En este artículo se desgrana la razón por la que la energía nuclear no es una alternativa para combatir el cambio climático. Su dependencia de la minería de uranio, las emisiones asociaciadas a la construcción de centrales y la condena milenaria a gestionar unos residuos peligrosos son aspectos claves que la industria del sector pretende esconder para mantener sus beneficios. Buscan mantener asimismo un oligopolio energético con pingües beneficios para ellos y terribles costes para la mayoría. 

Ilustración cambio climático
Ilustración de El Teto
Coordinador de Clima y Energía de Ecologistas en Acción

publicado
2018-07-09 08:54:00

Es sorprendente cómo los pronucleares intentan apropiarse del discurso contra el cambio climático. Ante la inevitable aceptación del fin de los combustibles fósiles y con ello el cierre de las grandes centrales de carbón, gas y petróleo en las próximas décadas, la única forma de seguir concentrando producción energética que mantenga la estructura del oligopolio energético es a través de las grandes centrales hidraúlicas y la energía nuclear. Así, en esta nueva corriente de lavado verde que lleva a empresas como Gas Natural a renegar de su nombre, parece que presentar la energía nuclear como una solución a largo plazo contra el cambio climático es clave para perpetuar su modelo de negocio.

Esta realidad encuentra los guiños cómplices de una comunidad de políticos y políticas que siempre han visto con buenos ojos las soluciones milagrosas. Ante el problema que la humanidad está causando, parece que es mejor buscar las soluciones en milagros tecnológicos que apelar a atajar las malas conductas que nos han traído a la situación actual. Una complicidad compartida con numerosos académicos que abrazan estas posturas pronucleares, pero ante la enorme urgencia del cambio climático no podemos asumir como soluciones tecnologías aquellas que nos traen enormes problemas durante miles de años cuando ya existen tecnologías viables.

Sovacool, Beerten, Warner and Gabin o van Leeuwen son apellidos que con bastante probabilidad no sean conocidos por el lector. Sin embargo, todos ellos se han adentrado en la cuestión de cuál es el impacto climático que tiene el ciclo nuclear. Como ha sucedido en numerosas ocasiones, las industrias nucleares han intentado evitar este debate. Una actitud que se perpetúa ya que, como reconocen todos esos estudios, independientemente de su signo pro o anti nuclear, muchos de los datos acerca del ciclo nuclear no son accesibles.

La única forma de seguir concentrando producción energética que mantenga la estructura del oligopolio energético es a través de las grandes centrales hidraúlicas y la energía nuclear.

Al descender a los estudios se hace más evidente cómo la afirmación de que las nucleares no emiten gases de efecto invernadero es falsa, ya que procesos como la minería del uranio, la fabricación del combustible, la construcción de la central, su mantenimiento, el desmantelamiento y el tratamiento de los residuos nucleares son actividades emisoras de estos gases. Este es un esquema demasiado complejo que hace necesario recurrir a modelos y a la extrapolación de datos. Es necesario además optar por marcos hipotéticos en cálculos tan clave como la gestión de los residuos, para la que aún no existe consenso, o el valor que se le concede a los efectos negativos de la radiactividad y la posibilidad de accidentes, cuya huella ecológica es difícilmente cuantificable. Es en esa selección de marcos donde penetran soluciones tecnooptimistas no probadas, donde se evita la integración de los costes asociados a la nuclear o de no considerar el coste de un accidente nuclear.

La disparidad en resultados es enorme. Por ejemplo, Benjamin K. Sovacool habla de valores de 1,4 a 288 gramos de CO2 equivalente por Kilovatio hora (gCO2e/kWh). Estima el estudio un valor medio de 66grCO2e/kWh, lo que supone, al compararlo con los datos de Penht, el doble de emisiones que la solar fotovoltaica o casi 6 veces más respecto a la eólica, aunque lejos de las emisiones de centrales de carbón y gas, que se sitúan entre 7 y 16 veces más que la nuclear.
En este análisis numérico pasan desapercibidas cuestiones metodológicas muy relevantes. Una de esas cuestiones es el reduccionismo con el que se plantea el análisis de ciclo de vida de la nuclear, especialmente en la construcción donde se recurre en los estudios a una cuantificación de emisiones general, a través de grandes parámetros como los kilos de materiales utilizados, independientemente de la forma en la que se producen, ensamblan y gestionan esos materiales. Sin embargo, los análisis sobre las renovables son mucho más detallados. A través de análisis de ciclo de vida se evalúan todos los procesos relacionados con la fabricación de los mismos. Esta diferencia metodológica beneficia enormemente la huella de carbono de la nuclear ya que, como indican algunos estudios, faltan datos de importantes emisiones como los compuestos fluorados asociados al ciclo nuclear que son enormes generadores de cambio climático.

Otro hecho que se obvia es que estos datos se basan en centrales construidas y amortizadas, en las que precisamente la suposición del prolongamiento de vida de muchas de ellas por encima de su diseño consigue, además de incrementar el riesgo de un accidente, reducir esa huella de carbono nuclear. Tampoco se puede obviar que, a diferencia de las renovables, la tecnología con la que se instalaron es insustituible y las mejoras tecnológicas tienen poca capacidad para implementarse sobre los sistemas ya instalados. Al contrario, la renovable cada día es más eficiente y barata, lo que ha originado que hasta el propio sector nuclear haya admitido en el último informe nuclear mundial que las renovables han ganado la batalla a la energía nuclear. Que mientras estas crezcan, el mundo nuclear empezará a descender hasta su plena desaparición en las próximas décadas.

Las mismas organizaciones que defienden el cierre nuclear y de los combustibles fósiles señalan como salida un auténtico sistema 100% renovable y descentralizado. La nuclear no es una energía renovable: depende del uranio, un mineral que se está agotando. De hecho, a medida que el uranio se agota y las concentraciones de minerales son menores, se incrementan las emisiones asociadas a la energía nuclear. Así, según van Leeuwen, con concentraciones del 0,13% de uranio las emisiones son de 84 -130 gCO2/kWh, mientras que con concentraciones de 0,05% ascienden a 98-144 gCO2/kWh.

La nuclear es una forma de producción energética centralizada que vierte ingentes cantidades de energía a la red eléctrica de forma constante. De hecho, es considerada como inflexible, ya que no es posible su desconexión cuando no sea necesario su funcionamiento. Un hecho que hace que la producción energética renovable tenga que desecharse. Un ejemplo es cómo el 15 de abril de 2012 se desconectaron durante 6 horas más de 1500MW de eólica y algunas centrales solares. Eliminar esta continua presencia de energía nuclear en el mix energético es clave para continuar con el despliegue de energía renovable ya que, de no desaparecer, serán los propietarios nucleares quienes tengan prioridad en comercializar su energía.

Ante el problema que la humanidad está causando parece que es mejor buscar las soluciones en milagros tecnológicos que apelar a atajar las malas conductas que nos han traído a la situación actual.

Esta continuidad del parque nuclear es una pieza clave para que las grandes empresas del oligopolio energético sigan marcando los precios de la electricidad y tomando decisiones energéticas que afectan a toda la ciudadanía. Aunque son continuos los avisos de ENRESA sobre la insuficiencia de fondos para el tratamiento de los residuos radiactivos, los beneficios caídos del cielo siguen siendo recibidos por las empresas propietarias de las centrales.

En resumen, la energía nuclear no es una solución contra el cambio climático, no solo porque sus emisiones son al menos el doble que otras tecnologías renovables, sino porque además pueden excluir la entrada de las energías renovables en el mix eléctrico. Siguen fortaleciendo un sistema energético y tarifario que va en la línea opuesta a la transición renovable. El cierre de las centrales nucleares según vayan expirando sus permisos es una oportunidad de oro, junto al cierre de carbón, para impulsar la reducción neta del consumo energético y el despliegue de renovables en sistemas de autoconsumo. La única razón para mantener las centrales nucleares es para seguir garantizando los beneficios caídos del cielo de las empresas del oligopolio energético, su capacidad para marcar los precios y las políticas energéticas, unas actitudes que ya han demostrado ser un problema climático proponiendo, instigando o apoyando medidas como el impuesto al sol. Por ello sabemos que ha llegado la hora de jubilar a la energía nuclear.

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