El Atlético de Madrid y Apollo: cuando el capital de la ocupación israelí entra en el fútbol español

La llegada de Apollo al Atlético de Madrid como accionista mayoritario vincula al club con un ecosistema económico señalado por organismos internacionales por su implicación en graves violaciones del derecho internacional.
Atlético
El consejero delegado del Atlético de Madrid Miguel Ángel Gil y el presidente del equipo, Enrique Cerezo, posan junto a Robert Givone, socio de Apollo y cogestor de Apollo Sports Capital. Foto: Atlético de Madrid.
15 feb 2026 06:00

El 10 de noviembre de 2025, el Atlético de Madrid anunció oficialmente la entrada de Apollo Sports Capital, la rama deportiva del fondo estadounidense Apollo Global Management, como nuevo accionista mayoritario del club. La operación, avanzada previamente por Reuters y Financial Times, prevé que Apollo controle en torno al 55% del capital de la sociedad anónima deportiva madrileña, en una valoración que supera los dos mil millones de euros. 

El acuerdo, pendiente aún de algunas aprobaciones regulatorias, marca un punto de inflexión en la historia reciente de la entidad rojiblanca. Pero también significa que el club pasa a estar en manos de un fondo cuyas redes financieras y filantrópicas se entrelazan con la arquitectura que sostiene el apartheid israelí contra la población palestina y una ofensiva militar sobre Gaza que órganos de Naciones Unidas han calificado como genocidio.

Quantum: el primer aviso, pero no el único

El vínculo del Atleti con capital procedente de Israel no empieza ahora. Entre 2017 y 2018, Idan Ofer, uno de los empresarios más influyentes del país, adquirió casi un tercio del club a través de Quantum Pacific. Su nombre aparecía ligado a industrias con usos de fósforo blanco, denuncias de impacto ambiental en Catalunya y un historial empresarial íntimamente relacionado con el aparato económico israelí. En aquel momento, el club no abrió debate alguno. Pero ahora el silencio pesa más, porque lo que llega con Apollo no es un empresario, sino un sistema.

Antes de la entrada de Idan Ofer, el Atleti ya había trazado una red de relaciones con actores israelíes. Durante siete temporadas (2015-2022), el equipo lució en el frontal de su camiseta a Plus500, empresa de trading fundada en Israel y señalada por campañas internacionales de derechos humanos por su relación con el entramado económico del Estado israelí. 

En 2018, el Atlético inauguró una academia oficial en Be’er Sheva junto al Hapoel Be’er Sheva FC, vigente campeón de Israel. El proyecto, presentado públicamente por Miguel Ángel Gil Marín, consejero delegado de la entidad madrileña, e Idan Ofer, trasladaba la metodología rojiblanca al sur del país y formaba parte de la estrategia internacional del club.

En 2019, el Atleti viajó para disputar un partido amistoso contra el Beitar Jerusalem, considerado el equipo más racista del fútbol israelí, marcado por una negativa histórica a fichar jugadores árabes y por la violencia de su grupo ultra La Familia. Mantiene vínculos estrechos con el Likud y con figuras como Benjamin Netanyahu, que lo ha usado reiteradamente como plataforma política. Poco antes del partido, el club modificó su nombre oficial para llamarse Beitar Trump Jerusalem en reconocimiento hacia el presidente estadounidense por trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Pese a la petición formal de la Federación Palestina de Fútbol para que el encuentro fuera cancelado, el partido se jugó.

Esta secuencia de patrocinios, entrada de capital, academias y partidos amistosos con clubes denunciados por racismo dibuja un patrón claro: el Atlético de Madrid ya estaba integrado en redes económicas e institucionales asociadas al Estado israelí antes de la llegada de Apollo. Lo que ocurre ahora no es un giro repentino, sino la culminación de una trayectoria.

La arquitectura financiera del apartheid

Informes exhaustivos de organizaciones como Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la israelí B’Tselem describen desde hace años un mismo fenómeno: Israel impone un sistema de apartheid sobre la población palestina, sostenido no solo por leyes y fuerza militar, sino también por dinero.

Ese capital financia infraestructuras exclusivas para colonos, asegura hipotecas en asentamientos ilegales, respalda empresas que operan sobre tierras expropiadas y alimenta tecnologías que vigilan, clasifican y controlan la vida de millones de personas. En ese contexto aparecen entidades como Phoenix Holdings y Viola Group, con las que Apollo mantiene importantes relaciones económicas.

Phoenix Holdings es una de las mayores aseguradoras israelíes y ha sido señalada por Who Profits y AFSC Investigate por su participación en proyectos ubicados en asentamientos ilegales y por la propiedad de activos como el Ramot Mall, un centro comercial construido en Jerusalén Este sobre tierras palestinas confiscadas. Lo que desde la lógica financiera se presenta como inversión inmobiliaria, sobre el terreno se traduce en procesos de expulsión y fragmentación territorial: demoliciones de viviendas, restricciones de movimiento y ampliación de infraestructuras colonas bajo control militar. Cada dólar que Phoenix destina a estos proyectos se traduce, en la práctica, en otra capa de desposesión sobre la vida palestina.

En septiembre de 2023, Phoenix y Apollo anunciaron un acuerdo para el despliegue y coinversión de activos corporativos y de clientes, basado en una estructura permanente que permitirá a Phoenix participar en inversiones de hasta dos mil millones de dólares como socio estratégico de Apollo en Israel.

Por su parte, Viola Group es uno de los principales fondos tecnológicos de Israel y concentra su inversión en inteligencia artificial, análisis de datos y software, sectores identificados por organizaciones de derechos humanos como infraestructura central del control y la vigilancia sobre la población palestina. Estas tecnologías (reconocimiento facial, bases de datos biométricas y sistemas algorítmicos de clasificación) han sido documentadas por Amnistía Internacional y otras organizaciones como herramientas utilizadas para restringir la movilidad, perfilar a la población palestina y gestionar su vida cotidiana bajo ocupación, especialmente en checkpoints y zonas militarizadas.

A través de esta posición estructural, Viola actúa como canalizador clave de capital hacia un modelo de ocupación cada vez más automatizado. Esta función se extiende también a su brazo financiero, Viola Credit, implicado en la financiación de proyectos económicos en territorios afectados por políticas de desposesión, como el desierto del Naqab, donde comunidades beduinas palestinas sufren confiscaciones de tierras y expulsiones forzosas. En septiembre de 2024, Viola Credit y Cadma Capital, una filial de Apollo, crearon una joint venture [asociación empresarial temporal] con capacidad de financiamiento de hasta 500 millones de dólares para ejecutar transacciones de préstamos basados ​​en activos originadas y administradas por Viola Credit.

Este entramado conecta directamente, además, con la nueva propiedad mayoritaria del Atlético de Madrid. Uno de los principales accionistas de Apollo es el fondo de inversión BlackRock, que también se sienta en la junta directiva de Palantir Technologies, empresa que ha firmado acuerdos estratégicos con el Ministerio de Defensa israelí para desplegar plataformas de análisis masivo de datos e inteligencia artificial en operaciones militares. Su tecnología ha sido señalada por expertos de la ONU y organizaciones de derechos humanos como parte de la economía que posibilita el apartheid y el control armado sobre la población palestina.

Cuando el poder deja de ser abstracto

En el centro de la operación de compra del Atlético de Madrid figura Marc Rowan, cofundador, CEO y presidente de Apollo Global Management, máximo responsable ejecutivo del fondo que ha pasado a ser accionista mayoritario de la sociedad anónima deportiva con sede en la capital de España. Rowan, también donante destacado en la campaña presidencial de Donald Trump en 2024, dirige activamente Apollo y concentra hoy su poder político, financiero y reputacional.

Ese poder se proyecta de forma explícita en el ámbito pro-Israel. Rowan preside la junta de la UJA-Federation of New York, uno de los principales nodos del sionismo institucional en Estados Unidos, que declara un presupuesto anual de 249,7 millones de dólares y un patrimonio superior a los 1.200 millones. Desde 2023, su Israel Emergency Fund ha movilizado más de 320 millones de dólares, canalizados hacia apoyo institucional, comunitario, paramédico y logístico para Israel durante su ofensiva militar en Gaza. Rowan forma parte también de la junta directiva de Darca Schools, una red educativa que opera en zonas militarizadas o limítrofes, con un presupuesto anual superior a los 60 millones de dólares, alineada con la política educativa del Estado israelí.

Desde esta posición, Rowan ha ejercido presión directa sobre universidades estadounidenses para reprimir expresiones de solidaridad con Palestina, demostrando que su influencia no es solo económica, sino también disciplinaria. A ello se suma una contradicción grave en materia de transparencia: pese a negar durante años cualquier relación, documentos recientes revelan contactos y correos directos con Jeffrey Epstein sobre asuntos financieros internos de Apollo.

A diferencia de Rowan, Leon Black y Josh Harris, cofundadores históricos de Apollo Global Management, ya no desempeñan un rol activo en la gestión del fondo. Black abandonó todos sus cargos ejecutivos en 2021 tras el escándalo por sus pagos a Epstein, aunque conserva una participación accionarial relevante. Por su parte, Harris dejó la gestión diaria ese mismo año y terminó desvinculándose operativamente de Apollo en 2022 para centrarse en sus propios proyectos financieros y deportivos.

Ambos han estado, sin embargo, estrechamente vinculados al ecosistema filantrópico pro-Israel. Como ha recogido Mondoweiss a partir de registros fiscales, Black ha sido donante de Birthright Israel, el programa que financia viajes de jóvenes judíos de la diáspora a Israel y cumple un papel clave en la normalización internacional del Estado israelí, así como de Friends of the Israel Defense Forces. Esta última es una organización estadounidense que recauda fondos para el bienestar, formación y apoyo social de soldados del ejército israelí, actuando como canal civil de financiación complementaria para una fuerza armada acusada de crímenes de guerra por organismos internacionales.

Harris no aparece de forma tan visible en los registros de Birthright Israel o Friends of the Israel Defense Forces, pero ha canalizado financiación hacia programas en Israel estrechamente vinculados al entramado estatal y militar. A través de su estructura filantrópica ha respaldado iniciativas que operan en coordinación con instituciones israelíes y que incluyen formación de liderazgo juvenil con proyección premilitar, además de participar en campañas privadas de recaudación de fondos para Israel tras el 7 de octubre.

La participación de Marc Rowan en el contexto del genocidio en Gaza no es la de un invitado de paso, sino la de un actor central en la convergencia entre capital financiero, lobby proisraelí y la gestión del llamado “día después” en Gaza —figura en la autodenominada Junta de Paz de Trump para la Franja—, dotando a la llegada de Apollo al Atlético de Madrid de un significado inequívocamente político y extradeportivo.

Un vacío regulatorio cómodo para el capital

La entrada de Apollo en el Atlético de Madrid se produce en un contexto donde ni LaLiga, ni el Consejo Superior de Deportes, ni la legislación deportiva española contemplan filtros éticos sobre el origen del capital que adquiere clubes profesionales y sociedades anónimas deportivas. El examen se limita a criterios de solvencia económica y transparencia societaria, sin evaluar vínculos con violaciones de derechos humanos o participación en economías asociadas a crímenes internacionales.

Mientras el Gobierno español denuncia públicamente la gravedad de los crímenes cometidos en Gaza y debate sobre el embargo de armas y la responsabilidad internacional, el fútbol permanece ajeno a cualquier escrutinio ético del capital que lo financia.

El Atlético de Madrid no es un club cualquiera dentro del fútbol español. Sectores de su base social se han construido históricamente alrededor de una identidad popular y politizada, con presencia activa en movimientos sociales madrileños y una sensibilidad visible hacia la causa palestina en el espacio público, universitario y deportivo.

La llegada de Apollo sitúa al Atleti en una contradicción profunda: el club pasa a estar controlado por un fondo financiera y políticamente integrado en estructuras que sostienen la ocupación israelí, mientras parte de su afición ha condenado públicamente los crímenes cometidos en Gaza por Israel.

En un fútbol cada vez más sometido al poder financiero, los clubes han perdido casi todas las palancas para decidir su rumbo. Pero hay algo que aún pueden elegir: con qué capital quieren asociar su nombre. La entrada de Apollo no es neutral. Es una decisión que vincula al Atlético de Madrid con un ecosistema económico señalado por organismos internacionales por su implicación en graves violaciones del derecho internacional.

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