Cinco miradas del activismo de los cuidados

Algunas llegaron hace más de una década, otras aterrizaron este año. Ellas son cinco de las mujeres que, con su esfuerzo, están consiguiendo cambiar las condiciones laborales del sector de los cuidados.

María Elena Cruz
En el vuelo de Honduras, María Elena Cruz a España pasó de trabajar por los derechos de las mujeres a quedarse sin ellos. Desde que se alió con otras mujeres, es menos vulnerable y sabe que su trabajo es crucial. David Fernández

María Elena Cruz, Rafaela Pimentel, Yamileth Rozas, Afroza Raham y Jamileth Chavarría son algunos de los nombres propios que hay detrás de la profunda transformación que ha sufrido el sector del trabajo doméstico en los últimos años en España. Trabajan en el cuidado de mayores y pequeños, limpian hogares, acompañan enfermos, cocinan, hacen la compra, juegan, educan y acompañan pero sus derechos valen menos que los de cualquier otro trabajador o trabajadora. En los últimos diez años su activismo no solo ha dignificado y hecho visible el empleo doméstico, sino que ha transformado también el aspecto laboral.

MARÍA ELENA cruz

Limpiaba un chalet de cuatro plantas y, cuando acababa, agotada, pasaba a cuidar de los niños. Algunos días su jornada, que empezaba temprano por la mañana, no había acabado a medianoche.

Una vez, tras estar dos meses sin trabajo, le ofrecieron un empleo fuera de España, que aceptó. Allí trabajó dos meses hasta que le dijeron que “no daba la talla” y se negaron a pagarle 18 días de trabajo por “estar en el periodo de prueba”. En su trabajo como interna, salía un sábado a las cinco de la tarde y tenía que regresar a las 21h del domingo. Ese era su descanso semanal.

María Elena Cruz llegó de San Pedro Sula, Honduras, hace casi diez años. Allí su experiencia laboral pasaba por trabajar como empleada del Centro de Derechos de las Mujeres, que investiga sobre enfermedades de las maquiladoras, imparte talleres de violencia de género y trabaja en empoderar a otras mujeres. En el trayecto que separa San Pedro Sula de Madrid, María Elena se quedó sin derechos. Hasta 2015.

“En 2015 conozco la asociación Senda de Cuidados y desde entonces mis condiciones han sido otras”, explica. Este proyecto, que lucha por la dignificación de los cuidados y del empleo del hogar, informa a las empleadas y media con los empleadores para garantizar unas condiciones dignas de trabajo.
Trabajar con enfermos de esclerosis múltiple o alzheimer o acompañar a enfermos de cáncer en hospitales son desde entonces sus tareas. Para María Elena, el empleo doméstico suple muchas veces carencias personales. “Damos cariño, damos amor, damos educación… a veces estamos con niños que no ven a sus padres en todo el día, y yo he jugado con los hijos de mis empleadores casi más que con mis dos hijas”, dice. “Por las de ayer, por las de hoy y por las del mañana, tengo la esperanza de que el próximo curso se ratifique el Convenio 189 de la OIT y, a la vez, que en los Presupuestos Generales del Estado de septiembre se derogue la enmienda 6777, y por lo menos sepamos que tenemos un lugar en el territorio español”. 

El curso que empieza se presenta decisivo para las activistas del empleo doméstico y de los cuidados. La ratificación del Convenio 189 y la enmienda que menciona María Elena son dos de los puntos en la agenda de los colectivos de empleadas domésticas. Uno, el Convenio sobre el trabajo digno para las trabajadoras y los trabajadores domésticos, aprobado por la Organización Internacional del Trabajo en 2011, reconoce los derechos de las empleadas domésticas como trabajadoras de primer orden. Ha sido ratificado ya por 25 países, solo cinco europeos, y España no es uno de ellos. La otra es una enmienda a los Presupuestos Generales del Estado (PGE) introducida por el PP que posterga hasta 2024 la prometida equiparación de derechos de empleadas de hogar con el régimen general de la Seguridad Social.

Rafaela Pimentel
Rafaela Pimentel llegó en los 90 y poco después empezó a reunirse con mujeres migrantes y feministas en reuniones que serían la semilla de Territorio Doméstico. David Fernández

RAFAELA PIMENTEL

Rafaela Pimentel pone en valor el camino que han recorrido las empleadas domésticas en la búsqueda por el reconocimiento de derechos. Un camino largo que empezó en 1985, cuando un Real Decreto introduce una regulación del trabajo doméstico que el Estatuto de los Trabajadores, aprobado en 1980, había dejado en la sombra. Se trata, sin embargo, de una regulación bastante particular y que, de alguna manera, preserva todos los prejuicios anteriores sobre la informalidad de estos trabajos, al no exigir contrato por escrito y considerar a las empleadas en un Régimen Especial de la Seguridad Social.

En los años 90, algo empieza a moverse. “En el 96 algunas mujeres de movimientos feministas y trabajadoras domésticas empezamos a juntarnos en Vallecas”, explica Rafaela. Sus preocupaciones eran aún más urgentes entonces y tenían que ver con su situación administrativa en España, pero Rafaela señala estos encuentros como la semilla de la que germinó, diez años más tarde, Territorio Doméstico, un colectivo que agrupa a mujeres, muchas migrantes, algunas empleadas domésticas, que pone en valor el trabajo de cuidados.

En los 90, “las mujeres que llegábamos lo único que encontrábamos era empleo de hogar”, dice. “Para mí fueron momentos duros porque yo estaba en lucha por otros derechos en República Dominicana y, cuando vengo aquí, me da un poco de bajón”.

“Entonces muchas españolas que venían de los pueblos a trabajar acá pudieron presionar para hacer el Real Decreto”, reconoce Rafaela. A partir de ahí, la cada vez mayor presencia de las trabajadoras migrantes, al tiempo que las autóctonas entran en el mercado laboral reglado, genera una nueva situación que cristaliza en 2011.

Ese año se aprueba el Real Decreto 1620/2011, que regula la relación laboral del servicio del hogar familiar. Obligatoriedad de recoger las condiciones acordadas en un contrato escrito. Descansos reglados de 12 horas entre jornadas o el respeto a la intimidad son algunos de los aspectos que incluye este decreto, que a la vez deja fuera otros aspectos cruciales como el derecho a una prestación por desempleo.

Al mismo tiempo, en julio de 2011 la Organización Internacional del Trabajo crea el Convenio 189, que entra en vigor un año después. Sin embargo, queda a la voluntad de los países miembro el adoptarlo, en primer lugar y, en segundo lugar, el hacerlo efectivo. “Hay buenas perspectivas para lo del 189, pero estamos alerta porque no queremos que se hagan la foto y ya está: queremos que se firme y que se actúe, y eso va a ser una gran pelea y va a necesitar que estemos en la calle”, explica Rafaela.

Esta dominicana de origen fue una de las que en 2012 asistió a una reunión de empleadas de hogar en Turín, Italia. Allí se enteraron de que el Gobierno del Partido Popular no iba a ratificar el C189 y comenzó la idea de formar una plataforma que tuviera como objetivo, ya en España, el conseguir por todos los medios posibles la ratificación por parte del Gobierno español. Así nació el Grupo Turín, formado por entidades, colectivos y personas que desde diferentes ámbitos y perspectivas habían venido trabajando por la dignificación del sector denominado “Empleo del hogar y los cuidados”.

El grupo ha tenido una vida bastante activa en estos años con movilizaciones, alianzas con otros colectivos, pequeños sindicatos y asociaciones, así como diversas iniciativas parlamentarias, mociones a favor en múltiples ayuntamientos y la organización del primer encuentro de empleadas de hogar en el Estado español.

¿Qué supone este convenio? El texto viene a ser un marco normativo que reconoce el derecho de las empleadas domésticas a horas de descanso diarias y semanales, derecho a un salario mínimo y a elegir el lugar donde viven y pasan sus vacaciones. En resumen, se trata de propiciar unas condiciones —con respaldo internacional— equiparables a las de cualquier otra persona asalariada. El C189 tiene un importante carácter simbólico, aunque el gran peso estará en las garantías que el Gobierno español procure para incluir plenamente el trabajo de cuidado en el Régimen General sin remilgos.

Pero la lucha de las empleadas domésticas no gira solamente en torno a la regularización y equiparación de su trabajo. “La principal aportación de nuestra lucha ha sido el que nosotras reconozcamos que este trabajo es importante y que lo que estamos haciendo tiene valor; nos costó mucho porque de toda la vida te meten en la cabeza que no vale nada, entonces, si no tienes derechos, tampoco pasa nada”, dice Rafaela.

Yamileth Rojas
Yamileth Rojas ha llegado este año desde Venezuela y se dedica a cuidar de una persona mayor mientras logra tramitar su solicitud de asilo y homologar su título de médica. David Fernández

YAMILETH ROJAS

Aterrizó en Madrid en abril de este año. Médica de formación y con familiares en España, fue casi directa del avión que la trajo de Venezuela a Territorio Doméstico. Un amigo de un familiar que trabaja en una oficina de empleo le habló de ellas.

Yamileth buscaba información sobre la mejor forma de introducirse en el trabajo doméstico. “Como médico estás muy ligado al paciente, a sus necesidades… me interesaba el trabajo doméstico porque tiene que ver con lo que yo hago, que es impartir cuidados”, explica.

En una situación de vulnerabilidad como la suya —sin papeles y con una solicitud de asilo pendiente de respuesta—, decidió pensar en cuáles son sus fortalezas y llegó a una conclusión: “Mi fortaleza es esta, el cuidado, la prevención… la cura; yo lo enfoco así”.

En Venezuela, Yamileth trabajaba desde su ámbito, el sanitario, en la defensa de un sistema que pueda ofrecer a todas las personas la atención que merecen. En eso confluye su trabajo con el de Territorio Doméstico: “Ha sido enriquecedor encontrarme con este colectivo y me interesan mucho sus causas, creo que a todos nos interesa lo que es lo justo y, si en este lado del continente tenemos un poco más de tiempo la humanidad en la organización como sociedad y lo político-social, pienso que junto con ellas tenemos que aprovecharlo”.

Un total de 637.700 personas trabajan en el empleo doméstico en España, y casi la totalidad son mujeres —concretamente el 96% del colectivo—. Lo hacen por una media de 350 euros al mes en empleos a tiempo parcial, pero solamente 420.288 están dadas de alta, según datos de la Encuesta de Población Activa. Además, se trata de un gremio con una fuerte presencia migrante, ya que el 42% de estas trabajadoras tiene nacionalidad extranjera. Con la crisis, muchas mujeres españolas volvieron a los trabajos domésticos para completar jornadas parciales o compensar con el paro, y sin embargo no son tan visibles.

“Antes esto era un empleo obligado y se ha peleado que no es un trabajo esclavizante sino que permite que otras personas desarrollen otros trabajos, es como ayudarse”, dice Yamileth, que asegura que seguirá en Territorio Doméstico si sus planes salen como ella quiere y consigue trabajar como médica en España.

Afroza Raham
Afroza Raham llegó de Bangladesh y su trabajo es el sustento económico de su familia. En la sesión de fotos, nos enseña algunos gestos de dhaliwood, la danza que practica su hija. David Fernández

AFROZA RAHAM

“Sin una asociación no puedes cambiar las cosas, ¿cómo luchar? ¿cómo cambiar?”, dice Afroza Raham. Esta mujer de Bangladesh —que no deja de sonreír cuando cuenta que ha vivido situaciones muy duras en los últimos años— trabaja como empleada doméstica, es traductora en la Junta Municipal de su distrito (habla bangla, hindú, urdu, inglés y español), trabaja como mediadora intercultural en los servicios sociales comunitarios del mismo distrito, a la vez que pertenece a la Red intercomunitaria de Lavapiés. Los fines de semana, trabaja como interna en una casa.

Llegó a España en 2006 buscando solucionar una difícil situación económica y familiar después de que su marido enfermara gravemente y le fuera imposible sostener un negocio con el que, dice Afroza, llevaban una buena vida.

“Yo viajaba mucho y estaba contenta, pero enferma mi marido y a partir de ahí tuvimos muchos problemas, muchos gastos, perdemos el negocio”, explica. Llegó sola a España. Dice que fue la primera mujer de su comunidad que lo hizo —explica que lo habitual es que migre el cabeza de familia y luego venga el resto por reagrupación—. En 2014 logra traer a su marido, que sigue enfermo, y a una de sus hijas.

En 2008 conoce a Pepa, una monja que ha dado la cara por ella en varias ocasiones —“es como una hermana, ha cambiado mi vida”— y a Territorio Doméstico. Estudió Ciencias Políticas en su país, un título que aquí no le reconocen.

Afroza se desahoga contando algunas de las situaciones de abuso de poder que ha sufrido en su trabajo en el empleo doméstico. Como la vez que una empleadora la despidió de su trabajo en la casa en la que trabajaba como interna un lunes, cuando ella salía solo los fines de semana y pedía favores a conocidos para pasar una noche fuera de su lugar de residencia habitual.

Tras firmar el despido, llamó a Pepa. El caso acabó yendo a juicio y la empleadora le pagó una indemnización. “Ahora sé que tengo que poner no conforme si me despiden”, apunta.

O aquella vez que una mujer se negó a pagarle después de un mes trabajando para ella y tras haberle rebajado de 10 a 9 euros el salario por hora. “Soy una mujer luchadora, mi familia depende de mí económicamente y es muy duro, mi marido sigue teniendo muchos problemas de salud”, explica. Por eso es parte activa de Territorio Doméstico: “Quiero cambiar muchas leyes”.

Los espacios de organización que las trabajadoras de los cuidados han formado en estos años han servido no solo para ganar en derechos sino para empoderarse anímica y emocionalmente. Son lugares de apoyo mutuo, de autocuidado, acompañamiento, pero también de creatividad y celebración. Los saberes de todas, tan diversos y de tantos lugares, se comparten e intercambian desinteresadamente en cada uno de sus encuentros.

En sus actos reivindicativos los elementos performático y festivo son muy habituales. Con ellos han ganado visibilidad mediática e incidencia política en los últimos años, algo casi imposible para un sector atomizado y menospreciado, ya que se desarrolla en el espacio de ‘lo privado’, y por lo tanto organizarse lleva el doble y triple de esfuerzo.

En años recientes, la camareras de piso y las empleadas de hogar son los colectivos que más han puesto en cuestión al sistema de cuidados. Son dos de los sectores vitales de la economía —aunque esta nos las incluya en su justa dimensión— de este país: el turismo y los cuidados. Y, a pesar de que estos trabajos sostienen en gran medida la vida de los demás, están entre los peor remunerados y valorados.

Jamilet Chavarria
Jamileth Chavarría participó en la asociación de mujeres en la Revolución Sandinista, pero pronto se hizo disidente al ver que el poder tras la revolución se volvía a repartir entre hombres. David Fernández

JAMILETH CHAVARRÍA

Jamileth Chavarría es empleada doméstica pero, sobre todo, es bruja migrante. Cuando se convierte en ese personaje, invoca a las santas y las ancestras para reivindicar sus derechos, como hacía en el programa de radio Palabra de Mujer, en Paiwas. De Nicaragua, su país de origen, al que mira hoy con preocupación, se trajo una mochila de militancias: “Vengo de historias de militancia desde muy joven”, explica. “Crecí con mi madre mientras trabajaba y militaba en las organizaciones de mujeres feministas o de AMLAE, que era la asociación de mujeres en la Revolución Sandinista”. Pero en los 90 se hizo disidente del frente para irse con el movimiento autónomo de mujeres. Ahí vio “que las revoluciones no son para nosotras, sino para unos señores que, cuando se terminó la guerra, se quedaron con el poder y mandaron a las mujeres de vuelta a la cocina”.

En Paiwas, su lugar de origen, trabajó en la Casa de la Mujer, primero como voluntaria tres años y luego en el área de Educación de Género y lucha contra la violencia intrafamiliar, “como llaman allá a la violencia machista”, aclara. Es allí donde empezó a ser ‘bruja’. En el programa de radio Palabra de Mujer “hacíamos La Bruja Mensajera, primero como sátira, para cuestionar todo, la casa, la cama, la calle, el partido; luego nos la llevamos de teatrillo al pueblo para desaprender aprendiendo otras cosas”, explica. “Tener un medio de comunicación en manos de mujeres feministas sería darnos la oportunidad de desarrollo porque, si no, todo es un cuento, dibujado bonito, pero no para nosotras”, concluye.

Jamileth decide migrar en 2011 y enseguida se encuentra a otras ‘brujas’: “No he aprendido a vivir lejos de las mujeres, tengo esa cosa que me nace de ir a andar en masa, y, si voy a una manifestación, voy como un acto terapéutico, para quitarme ese peso que nos achacan todos los días”.

Al llegar buscó grupos de mujeres y ahí entra en contacto con Territorio Doméstico. Su primer trabajo fue de interna. Cuidaba a un hombre de 93 años. Pese a que es muy crítica con el trabajo de interna, cuenta que “me dolía dejarlo, yo no sé si producto de esas soledades paralelas, tanto la mía como migrante como la del abuelo”.

Ahí tuvo mucho tiempo para estar consigo misma, leyó mucho: Stieg Larsson —“me sentía como una Salander interna”—, El poder de la palabra, material de teatro del oprimido. Pese a ese tiempo que conseguía dedicarse a sí misma, afirma que “te das cuenta de que ningún tiempo del que se está ahí adentro es de nosotras”.

Como ejemplo de este no poseer el tiempo, cuenta entre risas que una vez se estaba masturbando con un vibrador y la llamó el abuelo: “Cuando volví ya no tenía pilas ni podía ir a comprarlas, siempre lo hago chiste para que no me vengan diciendo de las bellezas del trabajo de interna, porque rompe derechos”, dice tajante.

Como frutos del activismo de las empleadas domésticas destaca que “estamos, creo, muy cerca de que se ratifique el C189, aunque luego los gobiernos pueden ratificarlo y no aplicarlo; y el Congreso Internacional fue un gran paso”. Jamileth se refiere al primer Congreso de Empleadas de Hogar, realizado en octubre de 2016, en Madrid, gracias a la iniciativa del Grupo Turín con el apoyo del Ayuntamiento, haciendo un gran esfuerzo para que fueran las empleadas de hogar y los cuidados las más representadas. Allí se dieron cita cerca de 270 personas durante tres días, más de la mitad eran trabajadoras domésticas. El encuentro ha dado impulso a una organización más amplia a nivel estatal y se espera un segundo congreso, de hecho ya trabajan en ello, para el 2019. Desde el Grupo Turín se tiene previsto una serie de talleres por varios territorios que desembocará en una reunión de colectivos y asociaciones para octubre de este año.

Para Jamileth la dignificación del empleo doméstico no es su única lucha: la Ley de Extranjería y el movimiento LGTB están también en sus militancias. “Soy feminista, y una feminista es antirracista, anticapitalista, antipatriarcal y lucha por los derechos LGTB. Dentro de la diversidad sumamos. Soy bisexual, estoy en este planeta, todas las luchas por el bienestar social me interesan”.

Además, ha participado en la creación de una cooperativa, La Comala, que desde hace unos meses funciona ya prestando servicios de cuidados del hogar, así como facilitando talleres sobre derechos sexuales y reproductivos, “porque creemos que necesitamos recuperar el cuerpo”.

Las creación de cooperativas de trabajo entre estas mujeres también ha surgido como alternativa a la precarización de los trabajos domésticos. Algunas se han constituido para garantizar una mejor relación con empleadores y superar así las negociaciones individuales en la que, normalmente, la empleada lleva las de perder por no tener garantías ni testigos.

Según Jamileth, “las que no están aliadas están peor que nosotras”. Y después nos canta una letanía que se queda flotando en la sala, como un murmullo para recordar a la redacción de El Salto cuáles deben ser las prioridades de su agenda informativa de este curso que empieza.

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1 Comentario
Marce Montanaro 14:31 20/9/2018

Mujeres, grandes, muy grandes. Gracias por su voz.

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