La irrenunciable libertad de los tripulantes del barco Amistad

Varios cientos de personas de la tribu mende se rebelaron contra su destino y tomaron el barco Amistad en 1839. Un juicio en Estados Unidos les devolvería su libertad.

La Amistad
Imagen de la época que recrea el motín de los mende contra el capitán del Amistad.

publicado
2017-10-23 12:18:00

“Por lo menos hace menos calor que en casa”, bromeaba Sengbe Pieh con sus compañeros de cautiverio en New Haven (Connecticut, Estados Unidos) en el verano de 1839. Procuraba mantener el buen humor, pese a la incertidumbre del futuro. Pocos meses antes, junto con otros cientos de miembros de la tribu mende, en el oeste africano, este granjero que cultivaba arroz, casado y con tres hijos, había sido secuestrado por traficantes de esclavos y embarcado en el navío portugués Tecora con destino a La Habana. Como la importación de esclavos en Cuba era ilegal, aunque no la esclavitud, desde allí tuvieron que andar descalzos en plena noche hasta llegar a ese barco llamado Amistad, propiedad del traficante nacido en Ibiza Ramón Ferrer. Éste no parecía haber reparado en la considerable dosis de humor negro al traducir Friendship, el nombre original del transporte construido en Baltimore.

Se enteraron de que ese medio centenar de personas, entre ellos tres niñas y un niño, tenían como destino la hoy ciudad de Camagüey. Su futuro estaba escrito y se desarrollaría en las plantaciones de azúcar cubanas, en aquel entonces dominio español.

El drama africano

Se enfrentaban a una vida de trabajo sin fin ni remuneración en un lugar desconocido para ellos y a un océano de distancia de su hogar. Simple propiedad de José Ruiz y Pedro Montes, los españoles que compraron sus vidas en La Habana. Sus hijos y e hijas, de tenerlos, también serían esclavos. Una vida que compartirían con los millones de africanos (60, según las estimaciones más elevadas) que entre los siglos XV y XIX fueron esclavizados.

Muchos de ellos, en una realidad poco conocida, con destino a las metrópolis. Por ejemplo, ciudades como Lisboa o grandes ciudades andaluzas llegaron a contar con un 10% de población esclava. La mayor parte, sin embargo, acabó como mano de obra en las colonias: se calcula que casi la mitad de los esclavos africanos cruzaron el océano atlántico, aunque muchos se quedaron por el camino, para trabajar en las posesiones americanas.

Al cuarto día de travesía los esclavos, tras tomar los machetes transportados para trabajar en las plantaciones, se hicieron con el barco

Es por ello que la esclavitud es ampliamente considerada como uno de los principales motores del desarrollo económico europeo, lo que Karl Marx ilustraba de esta forma: “...la conversión de África en una madriguera para la caza comercial de pieles-negras señaló el halagüeño amanecer de la era de la producción capitalista”. A su vez, el proceso tuvo desastrosos resultados para las posibilidades del continente africano.

Reescribiendo el futuro

Pero Pieh y los demás tripulantes a la fuerza del Amistad no estaban por la labor de seguir su futuro marcado. El barco no estaba equipado convenientemente para el esclavismo y los esclavos tenían mayores posibilidades. Al cuarto día de travesía los esclavos, tras apoderarse de los machetes transportados para trabajar en las plantaciones, se hicieron con el barco, con dos bajas mortales en sus filas. El capitán Ferrer y un cocinero que se regodeaba en restregarles a los esclavos cómo iba a ser su futuro también perdieron la vida.

Los africanos, ahora dueños de la situación, obligaron a Ruiz y a Montes a poner rumbo de vuelta a África. Poco duchos en navegación, los amotinados no se dieron cuenta de que los dos españoles habían virado y poco después se dirigían a Estados Unidos, esperando cruzarse con otra embarcación que les permitiera recuperar el negocio. Frente a la costa de Nueva York, el barco militar estadounidense Washington, comandado por el teniente Thomas R. Gedney, los detuvo, acusados de motín y asesinato. Nueva York ya no era esclavista, pero sí Connecticut, y por eso Gedney, con la intención de quedarse con el barco y sus tripulantes, decidió tomar tierra allí.

“Saldremos de esta, otra vez”, animaba Pieh, erigido en el representante informal, a sus compañeros de fatigas. Ahora no sólo esos negreros españoles reclamaban su propiedad: también peleaba por ella el teniente estadounidense y la Corona española, que defendía su derecho al ser el barco español y haberse producido los hechos en sus aguas. A su favor, las leyes, que habían prohibido el comercio de esclavos años atrás. Concretamente, en Estados Unidos la ley se había aprobado en 1808. Para los africanos solían ser papel mojado, ya que el tráfico negrero, ahora ilegal, seguía en pleno auge como ellos habían comprobado, pero ante un tribunal era distinto.

Ganaron el juicio, celebrado el 7 de enero 1840. Con el apoyo del movimiento abolicionista, que les consiguió intérpretes del mende al inglés, y pese a que tenían frente a ellos incluso al presidente de Estados Unidos, Martin Van Buren, quien prefería no buscar problemas con España y no quería arriesgarse a que los esclavos del país se ilusionaran. Por orden del presidente, la sentencia fue recurrida, pero el Tribunal Supremo la refrendó el 9 de marzo de 1841: los amotinados “no eran esclavos, sino secuestrados”.

Gracias a múltiples apoyos económicos, los 39 que quedaban vivos harían ahora el viaje de vuelta a la libertad, aquel que nunca pudieron hacer otros 60 millones de africanos. En 1842, Pieh sonreía al ver dibujarse en el horizonte la costa de la hoy Sierra Leona.

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