Opinión
Crónica emocional desde la concentración en el Congreso
“A mí esto me parece...”. No sé cómo acaba la frase, que es la primera que escucho mientras me acerco a la Puerta del Sol al salir del metro. Creo que acaba “mal”. O sea, que a la mujer que la ha pronunciado no le gusta la acampada. No acaba la frase como yo la acabaría.
A mí esto me parece: ¿Importante? ¿Necesario? ¿Emocionante? ¿Justo? O: ¿Un ejemplo de organización colectiva? ¿Una inyección de energía para los movimientos sociales? ¿Un punto de inflexión para todas?
No es el 15M, pero podrían valer los mismos adjetivos, las mismas valoraciones. Un grupo de la acampada se mueve hacia el Congreso. Hay muchísimos antidisturbios y la zona está completamente acordonada, vallada. Recuerdo una foto que anda por casa: una mano con las uñas pintadas de rojo, se antepone al casco de un antidisturbios junto a una calle como esta, a unos pocos metros de aquí. Era 2012: Rodea el Congreso.
Busco a las personas que cierran el bloque de protesta. Son dos amigas, pero solo una quiere hablar conmigo. Paga, con su novio, 1.100 euros de alquiler en Lavapiés, me cuenta. Estudia y trabaja. Tiene 29 años y, junto a su grupo de amigas, ha puesto una tienda en la plaza y hace turnos para estar presente. Dice que es de las más “mayores” de la acampada. Se llama María.
Enero, lona, Sofía, Xuan y Miriam son más jóvenes que María y su amiga: 20, 21. Pertenecen todes a Fridays for Future. Me dicen que en las tiendas hay gente aún más joven para la que la acampada está siendo la primera experiencia de organización colectiva. Les pregunto por qué a un chico de 17 años le debería importar el precio del alquiler. Porque está pensando en independizarse, porque se tiene que cambiar de casa cuando a su madre le suben 500 euros el alquiler, porque desahucian a sus amigues. Claro.
Dentro del Congreso se habla de todo esto. No sé en qué tono, qué más da, las decretos no salen y, de todas formas, dicen los colectivos por la vivienda, serían parches. De todas formas, se mantendrán las movilizaciones de este fin de semana. Hay que ir hacia la huelga general, se dice.
Delante, junto a las vallas, se canta: “Gobierne quien gobierne, la vivienda se defiende”. Y: “Hace falta ya una huelga de alquileres, hace falta ya una huelga general”, “Los caseros nos roban el sueño”. Y: “Así, así, ni un paso atrás, o con las inquilinas o contra el capital”, “Los grandes tenedores, a los contenedores”, “Gobierno progresista, cómplice rentista”. Carmen canta su chotis del ladrillo, las portavoces del Sindicato de Inquilinas atienden a los medios como pueden, tres chicos de negro se niegan a hablar conmigo, no les gusta la prensa, entiéndenos, comentan, en primera del plural.
Un poco más atrás, sí me hablan Jorge y Daniel. 26 y 27 años. El derecho a la vivienda los ha sacado a la calle aunque no participan activamente en ningún colectivo, ni llevan ninguna bandera, ni se han colocado tras ninguna pancarta. También empiezan usando primera del plural, un plural más grande: “Somos personas de clase trabajadora, normales, que creemos que la vivienda no debe ser para especular porque es un bien básico”. Para especular, dice, ya tienen un montón de cosas. Pero, ¿alguien se imagina que se pudiera hacer acopio de agua para especular con ella? Pues esto es lo mismo, razona. Ellos no están acampados, pero van por las tardes, a apoyar. A Daniel, que no salía a la calle desde su época de estudiante, esto sí le ha sacado: “La situación es insostenible”.
Carmen, jubilada, sujeta una pancarta de pensionistas. Tiene 68 años y el tema de la vivienda solucionado. Pero aquí está, como ha estado en la manifestación del pasado sábado, como estará también mañana. Las pensiones son muy bajas, dice, pero hoy está aquí para apoyar las reivindicaciones de la acampada. De las acampadas.
Cuando salgo de la concentración, veo a un chico que busca apoyo para mantener la acampada: está en su mejor momento y hay que aprovechar está fuerza para, la acampada se queda hasta que tenga fecha la huelga general, dice. Ya no está María cerrando el grupo de unas mil personas que espera a que se voten —que esperan a que se rechacen— los decretos.
María pertenece a un partido, me ha dicho hace un rato. Eso lo ha dicho diferente, como más bajito, con la voz menos llena. Pese a la sensación de victoria por haber logrado mover la conversación de un país (”los inversores son los invasores", se corea), la sensación de que los decretos son un parche es generalizada. Por eso, para María, nombrar a su partido ahora, aquí, a unos pocos metros del Congreso, no es fácil. Me pregunto cómo acabaría María la frase “a mí, los partidos de izquierda me parecen...”. Pero ya es tarde para preguntar, se ha ido.
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