Quan Zhou Wu: desdibujando fronteras

Tres años después de su debut con ‘Gazpacho agridulce’, esta andaluchina sigue retratando con humor la vida de su familia. Su última novela gráfica añade un ingrediente (el racismo) y es más intima, personal y cercana.

Andaluchinas
Algunas de las viñetas del libro 'Gazpacho agridulce', de Quan Zhou Wu.

publicado
2018-06-17 06:00:00

Quan Zhou Wu nació en 1989 en un taxi de Algeciras, cuando su madre se dirigía hacia el hospital. Ya desde sus primeros minutos de vida fue una niña con hábitos viajeros y raíces movedizas. Hoy se define como una ‘andaluchina’ —gaditana de nacimiento con padres chinos— residente en Madrid, donde llegó hace 10 años.

Quan empezó a dibujar de pequeña. Le apasionaba. Combinaba sus pinturas con las horas en el restaurante chino de sus padres, en el que echaba una mano junto a sus tres hermanas. “Siempre me gustó dibujar pero lo había dado por imposible porque era poco útil. Por eso estudié diseño gráfico en lugar de Bellas Artes”, explica. Hoy, sin embargo, es autora de dos novelas gráficas y autobiográficas: Gazpacho agridulce (2015) y Andaluchinas por el mundo (2017), ambas en la editorial Astiberri. Además acaba de ilustrar El gran libro de los niños extraordinarios (Silonia), una novela infantil interactiva de Nuria Labari que acaba de salir del horno. Está, por tanto, en la cresta de su creatividad, aunque confiesa que de los lápices no se vive.

“Retomé el dibujo de casualidad. Un día, durante la comida, una amiga me propuso que hiciera un cómic sobre mi familia, mientras comentaba los choques que tenemos. Al mes ya tenía los personajes perfilados”, cuenta. Su primera viñeta vio la luz en octubre de 2013 en un blog que nació bajo el nombre Gazpacho agridulce y con subtítulo ‘Un cuento chino andaluz’. Cuatro meses después ya estaba publicando en El País digital y en 2015 nació su primera novela gráfica. “Conocí al editor en una presentación de libros y aproveché que había vuelto a pintar para ponerme en contacto con él. Escribí un email a la editorial y esa misma tarde ya había firmado el contrato”.

Su propuesta es original y parte de un punto de vista que no está contado, por eso jugó con ventaja. Esta andaluchina iba a recrear las vivencias de las segundas generaciones, esas que son cada vez más numerosas pero que han crecido sin referentes, pese a que ya hay más de 7.000 españoles con padres chinos, tal y como comenta la autora. “Mi referente cuando era pequeña era Mulán, porque Sailor Moon era rubia (ríe). Hoy ya se nos empieza a ver. Ahí está Chenta Tsai (Putochinomaricón) que es cantante, por ejemplo. Cada vez tenemos más espacio en los medios. A mí me han llamado referente, pero es una palabra que se me queda muy grande”, se sincera.

Un libro agridulce

Cuando uno abre su primera novela, se encuentra un libro divido en capítulos a modo de carta de restaurante. De entrante ofrece ‘mini-zhous al estilo andaluz’, de primero ‘familia feliz agripicante’, de segundo ‘hormigas bajan del árbol’ y de postre ‘macedonia china’. Estos capítulos encierran la vida de los Zhou y abren al lector la caja de pandora de una familia china de clase media que regenta un restaurante en un pequeño pueblo de Málaga. Pero hay vida más allá de las cuatro paredes del negocio. Los Zhou se ríen, lloran, comparten tiempo en familia, van a misa y se esfuerzan por remar todos en la misma dirección, combinando el castellano con su dialecto original. Son, en definitiva, una familia más con bastantes cosas en común con cualquier familia del país, pese a lo exótico que parecen sus orígenes.

Es también un clan tradicional procedente de una zona rural, la provincia de Zhejiang, con un fuerte arraigo de las costumbres ancestrales en las que las féminas tienen las de perder. Con el mejor vehículo posible, que es el humor, Quan desgrana la presión a la que se vió sometida su madre para conseguir al primer varón de la familia —que llegará tras tres partos— y con ello la perpetuación del apellido familiar, o el desequilibrado reparto de tareas entre la prole, compuesta por tres mujeres que limpian y hacen las tareas domésticas y el ansiado varón que pasa sus días jugando a la consola. “Personalmente creo que el humor es la mejor manera de llegar a la gente y de que piensen. Si tú a la gente le pones un drama, no va a tener tanto gancho. El humor es la mejor manera de que la gente reflexione”, apunta.

Gazpacho agridulce es también una radiografía de las amistades interraciales, la crisis de identidad de los que han nacido entre dos aguas y la tensión entre el respeto a las tradiciones chinas y la integración en la sociedad española. Vemos, de un lado, a una madre que describe su sufrida historia de cómo es criar a unas niñas españolas de corazón que no paran de darle disgustos y, de otro, a unas niñas que reivindican que el ratoncito Pérez acuda a su almohada para dejar algo de propina o que los Reyes Magos traigan algún regalo a su hogar. Ya en la adolescencia, las chicas comenzarán con los primeros flirteos con españoles para aumentar el dolor de cabeza de ‘mama Zhou’, que quiere para sus hijas a un chino “con casas y locales”.

El libro acaba con la decisión de Quan de emigrar a Madrid para estudiar diseño gráfico. Dejó así abierta la puerta a una segunda parte que tardó en llegar dos años. “Tardé dos años en publicar la segunda parte. Yo ya sabía que lo iba a hacer, de hecho el primer libro acaba donde acaba porque tenía que cortarlo en algún lado”, admite la autora que reconoce que su primera entrega es muy novel. “Casi ni leía cómics. Me tiré por un precipicio”, confiesa. En el segundo tomo se aprecia una gran mejoría en la técnica de dibujo. “No paré de dibujar durante esos dos años y se nota bastante en el uso de los colores y de los espacios. Estoy muy contenta con Andaluchinas por el mundo”.

Las hermanas se van de casa

Y así llegamos a 2017, con Andaluchinas por el mundo en las librerías. Un libro que añade otro ingrediente a la historia de las Zhou: el racismo. Cuenta la autora que, meses antes de sacar esta novela, apareció en un reportaje publicado en El País sobre las segundas generaciones que habitan en España. Un reportaje que tuvo mucha repercusión y en el que llovieron los comentarios. Algunos buenos, otros dolorosos. Uno en especial impactó a la artista: “Que nazca un hámster en un establo no le hace un caballo”. Y de algo tan negativo decidió sacar algo positivo con una perspectiva “muchísimo más íntima, personal y cercana”. La segunda entrega es la historia de Quan y de sus hermanas Fu y Qing en su despegue del nido familiar. Quan se va a Madrid (con una incursión en Inglaterra para acabar la carrera), Fu a Miami y Qing a Málaga capital. Y todas deben enfrentarse a sus retos en soledad.

“Llegué a Madrid con 18 años sola, a estudiar diseño gráfico. Las segundas generaciones somos otra cosa distinta, no necesitamos emigrar allí donde tenemos paisanos. Dominamos el idioma, te manejas perfectamente solo que tu cara es distinta”, explica. “Mis primeros días en Madrid fueron como entrar en la jungla: tienes que montar en el metro, gente que te regaña si te pones a la izquierda, mucha gente… y muy pesada, era el día de la marmota”, relata Quan mientras añade que era recurrente que todo el mundo cuestionara su acento andaluz, sus orígenes y su dominio del español “cuando lo anormal sería que no lo hablara porque soy española. No tengo acento chino ni hablando en chino, que, por cierto, no domino mucho. Con mis padres en casa hablamos en el dialecto de su región”, asegura.

Andaluchinas por el mundo arranca con los primeros días de Quan en la capital, desgranando una barrera de tópicos pesados que cansan y que a la artista le causan “pena y risa”. En las primeras páginas Quan se bautiza en la noche madrileña con una visita al popular bar El tigre. Dentro del afamado local de tapas un señor le pregunta si vende cerveza. Nuestro personaje estalla entre el enfado y la incredulidad. “Me pareció un racismo absoluto y me enfadé. Luego el chaval me pidió perdón, pero esto es solo un ejemplo”.

Mientras capea con los tópicos en la capital, la sombra de su madre y las tradiciones siguen flotando sobre su cabeza. En sus llamadas insiste en si ya ha encontrado novio, aunque cada vez arrincona más la idea de que debe ser chino. “En chino cuando casas a tu hija se dice que la ‘das a alguien’. Esta visión patriarcal perdura, tristemente, acompañada por que debes casarte antes de los 26 años. Yo ya tengo 28, así que a mi madre eso ya se le ha pasado y ya no importa que no sea chino (risas). Ahora me dice que me case, con quien sea, pero que me case”. No obstante, el libro acaba con las tres hijas solteras que, empoderadas, eligen su camino.

Tras bucear en la obra de Quan es inevitable establecer paralelismos con Persépolis, el comic autobiográfico de Marjane Satrapi que aborda la vida de una mujer nacida en Teherán en 1969 en el seno de una familia progresista que ve como, tras la revolución iraní, la llegada de una república islámica instaura un velo sobre los derechos de las mujeres. En ambos casos, salvando las distancias, se desgranan las características de una sociedad patriarcal que oprime a las protagonistas, que sienten la necesidad de plasmar sus vivencias en viñetas sin restarle humor al relato.

Preguntada por sus referentes, Quan confiesa que este paralelismo con la obra de Satrapi se lo han dicho muchas veces, “pero lo leí a posteriori”, apunta. “Yo lo hice al revés, como muchas cosas en mi vida. Empecé a leer cómics cuando publiqué”, añade. Hoy esa novela es para ella uno de los espejos donde mirarse, así como la obra de Moderna de Pueblo o la de Paula Bonet, ambas exponentes del feminismo en el mundo de la ilustración.

En el caso de Quan, a la causa feminista se le une la causa antirracista. Andaluchinas por el mundo acaba con un párrafo esclarecedor en este sentido. “Soy de las que piensan que los seres humanos no somos tan diferentes, si rascas un poco verás que mi madre china es tu madre manchega, asturiana o gallega. Que nos preocupamos de las mismas cosas, que sufrimos y nos alegramos por lo mismo. Así que solo espero que te haya gustado que nos hayamos despellejado enteras y hayas disfrutado con nuestro costumbrismo… no tan chino”. Porque el objetivo de sus viñetas no es otro que desdibujar fronteras. Y, en eso, es toda una artista.

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