Opinión
Cali, un estallido de solidaridad
Cali vuelve a estar en el centro de la historia nacional. Pero esta vez no por una protesta, una elección o una confrontación política. La ciudad fue sacudida por un terremoto que golpeó el occidente de Colombia el pasado 10 de agosto y dejó una estela de muerte, destrucción, miedo e incertidumbre. Al 20 de agosto, el balance nacional reportaba 329 personas fallecidas y 247 desaparecidas. Y, sin embargo, en medio de los escombros apareció otra Cali: la Cali de la solidaridad.
Una Cali que no espera órdenes para ayudar, que se organiza en los barrios, que lleva agua, alimentos, herramientas, sangre y medicamentos; que acompaña a las familias que buscan a sus seres queridos; que abre sus casas y sus negocios para los damnificados; que se convierte espontáneamente en brigada de auxilio, una ciudadanía que dejó de ser espectadora y comenzó a comprender que ser ciudadano también significa intervenir, organizarse y asumir responsabilidades colectivas, decidir su presente y destino, aprendiendo de los errores del pasado.
Un terremoto no pregunta por quién votó una persona. No distingue entre derecha e izquierda, entre ricos y pobres, entre quienes apoyaron al Gobierno y quienes lo enfrentaron. Por eso resulta especialmente preocupante la controversia surgida alrededor de la recepción de ayuda internacional durante las primeras horas de la emergencia.
El Gobierno del presidente Abelardo de la Espriella fue cuestionado por restringir inicialmente el ingreso de determinados equipos internacionales de rescate. México ofreció personal especializado y sus rescatistas enfrentaron dificultades para ingresar bajo los criterios establecidos por el Gobierno colombiano. Posteriormente, brigadas mexicanas lograron llegar a Cali por gestiones que permitieron superar esas restricciones, las denuncias de la ciudadanía acerca de la conducta de las brigadas israelíes se antojan más a una provocación para la mayoría de la ciudadanía caleña que a una estrategia eficaz para salvar vidas y mitigar los efectos de la catástrofe.
Los Gobiernos de De la Espriella y Alejandro Eder, alcalde de Cali, han sostenido que los criterios obedecían a razones técnicas y de certificación, y no a una exclusión política pero la controversia permanece porque en una emergencia las primeras horas pueden ser determinantes. Las llamadas primeras 72 horas constituyen una ventana crítica para encontrar sobrevivientes bajo los escombros. Y allí aparece una pregunta inevitable: ¿puede un Estado permitirse que consideraciones políticas, diplomáticas o burocráticas retrasen una mano que viene a salvar una vida?
La tragedia exige una política exterior de puertas abiertas a la solidaridad y una política interna basada en la coordinación, no en la sospecha ni en los fanatismos ideológicos
La respuesta debería ser elemental: ante una tragedia de esta magnitud, toda ayuda debe ser bienvenida, México, Chile, China, organismos internacionales y otros países ofrecieron asistencia. Colombia recibió finalmente equipos y ayuda de distintos lugares, mientras organizaciones civiles de rescate buscaron mecanismos para incorporarse a las labores, la tragedia exige una política exterior de puertas abiertas a la solidaridad y una política interna basada en la coordinación, no en la sospecha ni en los fanatismos ideológicos propios de los extremistas neoconservadores y la izquierda más recalcitrante y sectaria.
El rechazo que sectores de la ciudadanía caleña han expresado hacia el alcalde Eder durante sus recorridos por las zonas afectadas no puede ser ignorado. El mandatario fue abucheado y, en uno de los episodios, tuvo que ser retirado después de que un objeto lo impactara. También se registraron nuevos abucheos durante otro recorrido, no se puede justificar una agresión física, pero tampoco sería sensato reducir lo ocurrido a un episodio de intolerancia, existe una fractura política que viene de atrás.
En 2021, cuando entrevistamos a jóvenes caleños durante el estallido social , ya aparecía con claridad una idea: el cansancio frente a los partidos tradicionales, la frustración con las administraciones públicas y la sensación de que buena parte de la ciudadanía había decidido tomar la palabra por sí misma. Y quizás el terremoto esté demostrando algo todavía más profundo: Cali no está buscando un caudillo. Cali está buscando instituciones que respondan.
Hay una paradoja extraordinaria, en 2021 Cali fue presentada ante Colombia como una ciudad de protesta. Se hablaba de bloqueos, confrontación, Primera Línea, Puerto Resistencia, movilización juvenil y crisis institucional. Pero había otra historia que quedó oculta: la de los ciudadanos organizándose, transmitiendo información, cuidándose entre sí y reclamando el derecho a participar en las decisiones sobre su ciudad, la movilización había sido liderada por jóvenes de distintos sectores y que barrios populares como Terrón Colorado, Distrito, Puerto Resistencia y Sameco, La luna, etcétera, adquirieron un protagonismo que no tenía precedentes recientes.
Hoy esos mismos barrios, esas mismas calles y esa misma ciudadanía enfrentan otro desafío, ya no se trata de protestar contra una reforma tributaria, se trata de encontrar a quien está debajo de los escombros; ya no se trata de derribar símbolos, Se trata de levantar edificios, hogares y salvar vidas.
La organización comunitaria apareció desde las primeras horas y los equipos de emergencia continuaron buscando sobrevivientes entre estructuras colapsadas
La tragedia también ha demostrado que la capacidad de respuesta de una ciudad no depende exclusivamente de sus gobernantes, bomberos, médicos, enfermeros, voluntarios, vecinos, comerciantes, organizaciones sociales y ciudadanos anónimos han asumido tareas fundamentales en Cali, la organización comunitaria apareció desde las primeras horas y los equipos de emergencia continuaron buscando sobrevivientes entre estructuras colapsadas.
Cali se reconstruye hoy de las fracturas que deja el terremoto, pero también tiene la oportunidad de reconstruirse desde su memoria. Porque esta ciudad no solamente está levantando edificios y removiendo escombros, está recuperando el relato de aquella Cali del estallido social, de la resistencia y de la resiliencia, de una ciudadanía que aprendió a organizarse, a cuidarse y a levantar la voz cuando sintió que las instituciones no respondían. La tragedia vuelve a revelar esa capacidad colectiva de sobreponerse a la adversidad y de convertir el dolor en solidaridad. Cali no es únicamente una ciudad que resiste; es una ciudad que, una y otra vez, demuestra que sabe levantarse.
Cuando la institucionalidad falla, se demora o se muestra incapaz de responder, la sociedad organizada termina ocupando el espacio que queda vacío
Esa es la fuerza que debemos reconocer, Cali es su gente. Y cuando la institucionalidad falla, se demora o se muestra incapaz de responder, la sociedad organizada termina ocupando el espacio que queda vacío. Eso no significa que debamos reemplazar al Estado por la solidaridad ciudadana. Significa exactamente lo contrario: el Estado debe estar a la altura de la sociedad que pretende gobernar.
Por eso Cali no puede seguir dividida por la mezquindad de su dirigencia. Las fracturas que deja un terremoto pueden repararse con concreto, acero y trabajo; las fracturas sociales requieren grandeza política, diálogo y voluntad de encontrarnos como ciudad. La reconstrucción no puede ser solamente física: debe ser también moral, institucional y colectiva. Esta tragedia debería enseñarnos que, cuando Cali se une, su fuerza supera cualquier cálculo político. El verdadero desafío ahora es transformar la resistencia en esperanza, la resiliencia en proyecto de ciudad y la solidaridad en un nuevo “pacto” entre los caleños.
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