Chipre, la isla que lucha por recuperar la memoria pendiente

En Chipre, isla dividida entre chipriotas de lengua turca y chipriotas de lengua griega, los esfuerzos por parte de la población para convivir y recuperar el pasado son mayúsculos.
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Turquía mantiene en la isla un contingente de 35.000 soldados. Giacomo Sini
Nicosia, Chipre.
21 jun 2026 06:00

Los manteles inmaculados reflejan la luz del sol que entra por las ventanas. En una de las mesas hay flores en un jarrón, único adorno en esta sala que parece suspendida en el tiempo. “Aquí entregamos a las familias los restos de sus seres queridos”, dice Bruce Koepke mientras abre lentamente la puerta.

Koepke trabaja para Naciones Unidas y es secretario del Comité sobre Personas Desaparecidas en Chipre (CMP), una organización bicomunitaria que se ocupa de la búsqueda de personas desaparecidas durante los episodios de violencia que ensangrentaron la isla, primero entre 1963 y 1964 y luego en 1974.

La importancia de seguir buscando para preservar la memoria

La isla de Chipre está dividida de facto en dos entidades desde la guerra de 1974: la República de Chipre, parte de la Unión Europea (UE), en la que se habla principalmente el dialecto greco-chipriota; y la República Turca del Norte de Chipre, proclamada unilateralmente en 1983, en su mayor parte turcoparlante, reconocida solo por Turquía, que mantiene en la isla un contingente de 35.000 soldados. Por esto, el CMP está compuesto por tres miembros: un representante de la comunidad chipriota en lengua griega, otro de la comunidad chipriota en lengua turca y un tercer miembro elegido por el Comité Internacional de la Cruz Roja y designado por el Secretario General de la ONU. La sala contigua a la sala principal del compound que alberga el laboratorio antropológico del CMP se utiliza para reuniones y encuentros, y cuenta con filas de sofás dispuestos simétricamente a lo largo de las paredes. “El personal de las Naciones Unidas solo desempeña una función de mediación”, explica Koepke mientras se sienta en uno de los sofás azules. “Hay 110 chipriotas que trabajan para el Comité, la mitad forma parte de la comunidad turco-chipriota; y la otra mitad pertenece a la comunidad greco-chipriota. La fuerza motriz del CMP son las familias que ejercen presión”. 

La cuestión de las personas desaparecidas es uno de los asuntos humanitarios aún pendientes en la isla, ya que todavía hay muchas familias que piden saber qué les ha ocurrido a sus seres queridos. “El Comité fue creado en 1981 por los líderes de las dos comunidades —continúa Bruce—, pero no comenzó a funcionar hasta 2006, cuando finalmente se llegó a un acuerdo”. Desde entonces, se han identificado 1.058 personas desaparecidas, de entre las 1.713 cuyos restos han sido encontrados. 762 son greco-chipriotas y 296 son turco-chipriotas. Son poco más de la mitad de las 2.002 personas que, según una lista acordada por las dos comunidades, estaban desaparecidas. La actividad del CMP, detalla Koepke, “se compone de cinco fases diferentes: la investigación a partir de testimonios e información, la excavación arqueológica, el análisis antropológico, la identificación mediante ADN y, por último, la devolución de los restos a las familias”. 

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Trabajo sobre terreno de búsqueda de restos de desaparecidos. Dario Antonelli

La dificultad para reconstruir recuerdos precisos

Dentro del recinto de los cascos azules, en la zona del antiguo aeropuerto internacional de Nicosia, los laboratorios antropológicos se encuentran en unas estructuras prefabricadas al otro lado de la plaza. Sobre las mesas del laboratorio antropológico yacen figuras compuestas: son los huesos de un grupo de personas. Junto a cada uno de ellos se encuentran cuidadosamente recogidos ropa y accesorios. Parte de una camisa, una hebilla de metal. Están dentro de un paquete de plástico transparente.

“Es impresionante entrar aquí. Pueden imaginarse cómo debe ser para alguien que tiene un familiar desaparecido”, dice İstenç Engin, coordinadora del laboratorio. “En estos momentos estamos analizando los restos de 39 individuos. En primer lugar hay que averiguar si fueron víctimas de los eventos producidos entre 1963 y 1964, o de los posteriores, en 1974. Para ellos, enviamos muestras de ADN a los laboratorios, que nos proporcionan datos genéticos que procesamos aquí, y solicitamos posibles análisis adicionales”. Engin explica que “las muestras de ADN recogidas de los huesos o los dientes del individuo que se va a identificar se comparan con muestras de referencia de familiares que se conservan en los laboratorios; uno en el norte y otro en el sur de la isla”. En la segunda sala del laboratorio se analizan los fragmentos más pequeños encontrados.

Theodora Eleftheriou es antropóloga forense y también coordinadora del laboratorio. “El relato de las familias es muy importante —explica— para conocer las condiciones físicas de su ser querido desaparecido; por ejemplo, si tenía una prótesis o había sufrido alguna lesión, ya que todos estos detalles pueden aportar pistas importantes”. Sin embargo, las dificultades no son pocas. “El tiempo transcurrido desde los hechos es un problema —dice Eleftheriou— ya que hay mayor dificultad para reconstruir recuerdos precisos. Puede que no se encuentre la documentación sanitaria de la época o pueden haberse producido fenómenos ambientales que hayan comprometido la conservación de los restos, entre otros”. También por estas razones, asegura, “el proceso de identificación casi nunca es lineal, y un mismo caso puede reabrirse varias veces a lo largo de los años”. 

Sobre una mesa hay dispuestos ordenadamente numerosos fragmentos pequeños. “Estos pertenecen al menos a dos personas”, comenta la antropóloga. En este caso, los análisis han confirmado lo que los testimonios ya habían explicado: que dos cuerpos habían sido enterrados alrededor de 1974. Pero Eleftheriou recuerda que en situaciones como esta es difícil obtener una identificación. Cuando hay certeza de una coincidencia y se tiene una correspondencia genética que hace segura la identificación, el CMP se pone en contacto con la familia a través de sus psicólogos. La familia tiene acceso a toda la documentación de la investigación y el CMP puede encargarse, además de la devolución de los restos del familiar desaparecido, de una ceremonia fúnebre si así se solicita. El cierre del procedimiento no significa, sin embargo y en muchos casos, el fin del dolor de las familias.

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Laboratorio antropológico del CMP. Giacomo Sini

Cuando el tiempo juega en contra

Las casas bajas y el minarete de Göçeri se ven justo más allá de la colina, con las montañas de Pentadaktylos al fondo. Se levanta una nube de polvo cuando el brazo de la retroexcavadora deja caer la tierra y las piedras. “Por ahora no hemos encontrado nada, llevamos una semana trabajando”, explica Erşen Kadıoğlu, arqueólogo del CMP, frente a una zanja de medio metro de profundidad. “Estamos llevando a cabo una prueba según el método estratigráfico y hemos llegado a la capa de 1974”, añade. Aún hoy hay testimonios en los que trabaja el equipo de investigación del CMP, a partir de los cuales se pueden iniciar nuevas excavaciones. 

“En este momento hay ocho yacimientos, siete en el norte y uno en el sur”, dice Andreas Christou, coordinador de campo del CMP. “En este caso partimos del testimonio de un chipriota de lengua turca que dijo haber visto, poco después de 1974, cómo enterraban unos cadáveres en este campo, cerca de un olivo”, precisa. Irene Papadopoulou, también arqueóloga del CMP, explica que trabajan a diez metros del olivo y que, si encuentran restos, se ampliará la zona de investigación. Kadıoğlu trabaja en el CMP desde 2006. “Cuando comenzamos las excavaciones, hace casi veinte años, la situación no era tan tranquila”, dice mientras, a sus espaldas, la pala sigue removiendo tierra. Había desconfianza hacia el trabajo de investigación realizado por el CMP, lo que a veces generaba tensiones, hasta el punto de que “la zona de excavación se vallaba para impedir que desde fuera se viera lo que hacíamos dentro”, cuenta el arqueólogo.

Con el paso de los años, la situación se ha normalizado, pero no siempre es fácil llevar a cabo las excavaciones. “A veces pueden estar en zonas inaccesibles —recuerda Papadopoulou— como el verano pasado, cuando tuvimos que subir a pie al monte el equipo y los materiales, además del agua”. Pero las dificultades actuales están relacionadas, sobre todo, con cómo ha cambiado el territorio en más de 50 años: “La urbanización es uno de los mayores obstáculos, porque muchas zonas que antes eran campo ahora forman parte de la ciudad; donde antes había puntos de referencia como árboles o rocas, ahora hay casas y carreteras. Esto dificulta el reconocimiento de los lugares descritos por los testimonios”, valora la arqueóloga. Por lo tanto, se cruzan informaciones variadas, postales, fotografías y mapas topográficos para comprender cómo ha cambiado la fisonomía de un lugar, con el fin de identificar aquellos elementos que pueden ayudar a identificar el sitio en el que iniciar la búsqueda. “Piensa que, con el tiempo, hemos demolido edificios para llevar a cabo excavaciones y hemos encontrado restos humanos en los cimientos de las casas, debajo de las piscinas”, destaca Christou. 

Además, los lugares también pueden modificarse debido a fenómenos naturales, como deslizamientos de tierra o inundaciones, que pueden desplazar total o parcialmente los restos de las personas o modificar sus condiciones de conservación. Para hacer frente a estas dificultades, los y las arqueólogas del CMP trabajan en colaboración con el equipo de investigación del CMP.

Convivir para colaborar, entender el pasado y el presente y sanar

Es la hora de la pausa y todo el equipo se acerca al espacio libre entre las camionetas, siguiendo el aroma que sale de la cafetera aún en el fuego. “¿Quieres un souztzoukos? Los hace mi padre en casa”, dice Papadopoulou con una sonrisa, colocando sobre la mesa de campaña un recipiente lleno de dulces de mosto de uva y almendra.

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Istenç Engin, antropóloga chipriota y coordinadora del laboratorio antropológico del CMP. Giacomo Sini

Kadıoğlu se sienta y sorbe el café. “Cuando empecé, éramos unos desconocidos, ahora somos amigos”. Le importa mucho el carácter bicomunitario de este trabajo, que ha sido fundamental en su experiencia. “Antes era muy difícil entrar en contacto y que hubiese relación entre los chipriotas de habla turca y los de habla griega, pero aquí esto ha sido posible”. Ahora las cosas son diferentes, al menos en parte: “Para las generaciones más jóvenes es diferente, afortunadamente, y el encuentro es mucho más normal —asegura Erşen—, pero no siempre es así, depende del lugar y del contexto social en el que vivas”.

Según Papadopoulou, este trabajo tiene una función fundamental en la isla, y subraya que es importante “ante todo, para las familias. Porque es una tortura no saber dónde están tus seres queridos; pero también para la sociedad, porque así se puede cerrar el tema de las personas desaparecidas y es más fácil llegar a una solución”, concluye.

Una isla que busca la convivencia

En los últimos meses, el debate público en Chipre ha vuelto a centrarse en la cuestión de la unificación, pero hay quienes, independientemente de la coyuntura política, practican a diario la paz y la convivencia. El 12 de noviembre de 2025 se celebró en las salas del Ledra Palace una rueda de prensa oficial del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. En esa ocasión, Aleem Siddique, portavoz de la UNFICYP, la misión de mantenimiento de la paz en Chipre, presente en la isla desde 1964, habló de un “nuevo ambiente” en el que podrían reanudarse las negociaciones políticas.

En octubre, los chipriotas de habla turca eligieron a su presidente. En este país —reconocido solo por Turquía— gran parte de la población nunca ha dejado de esperar la reunificación de la isla. La elección de Tufan Erhürman, político del Partido Republicano, es vista con esperanza por quienes aspiran a una solución federal para la isla, dividida de facto desde 1974.

Parece claro que, aunque Erhürman es representante del partido político opuesto al de su predecesor Tatar, cercano a Erdoğan, deberá seguir las indicaciones que le lleguen desde Turquía. No es, sin embargo, una situación nueva para los chipriotas, acostumbrados a negociaciones fluctuantes a lo largo de décadas.

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Muro en la Línea Verde en Nicosia, la zona desmilitarizada que divide Chipre en dos partes. Giacomo Sini

Androulla Shati nació en el pueblo de Dali, en el distrito de Nicosia, donde los chipriotas de habla turca convivían con los de habla griega, como era habitual en gran parte de la isla antes de los conflictos que azotaron el territorio entre 1962 y 1974. Había un pequeño barrio turco en el pueblo, pero las comunidades no vivían separadas. “Había unas diez casas —cuenta Shati—, algunos chipriotas de lengua turca vivían al norte del río Yialias, pero los demás chipriotas en lengua turca vivían junto a nosotros”. Su casa estaba entre una iglesia y una mezquita. “Cuando era pequeña, me tumbaba en la cama y escuchaba el canto del imán. En aquella época no había altavoces y cantaban en las cuatro direcciones, desplazándose de un lado a otro del minarete. Yo intentaba adivinar, por el sonido de su voz, en qué punto del minarete se encontraba, para luego asomarme a la ventana y ver si había acertado. Jugaba así sola”, recuerda.

Su madre y su padre trabajaban en el campo y cada mañana la dejaban al cuidado de una amiga turca, Hesba. “Hesba tenía cinco hijos, y el más pequeño tenía mi edad, se llamaba Suleyman, pero nosotros le llamábamos Sully. Jugábamos juntos, hablábamos y corríamos por todas partes. Para mí era muy natural estar con los chipriotas de habla turca”. Pero luego hubo un fuerte aumento de la violencia. “La EOKA [Organización Nacional de Combatientes Chipriotas] comenzó a actuar —cuenta— y también empezaron las acciones de la guerrilla contra los británicos. Al mismo tiempo, llegaban armas desde Turquía para la TMT [Organización de Resistencia Turca]”.

“De esta forma se impuso la separación. La TMT mató a su propia gente porque tenía relaciones con nosotros, mientras que a nosotros nos mataba la EOKA acusándonos de ser traidores, cómplices de los británicos. Muchos comunistas y representantes de la izquierda fueron asesinados por la EOKA, ¡al final mataron a más comunistas que británicos!”, exclama.

Şöhret Mitsadalı tiene 55 años y forma parte de CYPRUS, una asociación bi-comunitaria de danza y música folclórica que busca poner en valor los elementos comunes de la tradición cultural chipriota. La música que se baila en el sur y en el norte es casi la misma. Cuenta que se unió a la asociación porque cree firmemente en la reunificación de la isla. “Ahora tengo esperanza, porque hemos cambiado de presidente —dice con un profundo suspiro— y este cree en una solución federal, en que las personas puedan vivir juntas. ¡Creo que puede hacerlo! ¡Quizás volvamos a vivir juntos. Quizás dentro de cinco años haya vuelto a perder la esperanza, pero ahora está empezando algo nuevo, ¡eso es lo importante!”.

Su infancia, como la de todos los chipriotas de su generación, estuvo marcada por los trágicos acontecimientos de 1974 . “No puedo recordar cómo era antes —lamenta—, tenía cuatro años cuando tuvimos que abandonar Lárnaca, la ciudad donde nací”. Con su familia, huyó a Famagosta y luego se mudó a la parte norte de Nicosia. Pero aun así, cuando se presenta, asegura que es de Lárnaca. Ahora intenta volver allí siempre que puede: “Tengo muchos amigos y amigas allí, y me encanta pasear por la ciudad”. A quienes le preguntan si viene “del otro lado”, responde que “la isla es una sola”.

El pasado 11 de diciembre, los dos líderes chipriotas, el recién elegido Erhürman y el presidente Christodoulides, se reunieron para debatir nuevos acuerdos sobre la producción de productos típicos, la apertura de nuevos puntos de acceso entre las dos zonas de la isla y el suministro de agua. La reunión tuvo lugar en el mismo compound del CMP, y el balance del encuentro se puede calificar como positivo. Esto no es algo banal en una isla como Chipre; también el hecho de que la reunión se llevase a cabo en un lugar tan simbólico como el CMP, donde se trabaja por la memoria y su reconocimiento, es algo altamente significativo. 

“¿Quizás algún día nuestros líderes se decidan? ¿Conseguirán encontrar una solución?”, pregunta Mitsadalı en voz alta. “Nosotros ya la hemos encontrado, aprendiendo a convivir; pero son ellos quienes deben resolver el asunto de una vez por todas”, concluye.

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