Los primeros seis meses de Kast en Chile: del gobierno de emergencia a la batalla cultural

La imagen de gobierno serio y profesional que desde el inicio quiso proyectar el ultraderechista José Ignacio Kast se desvaneció al poco de comenzar el mandato.
José Antonio Kast, presidente de Chile.
En Nueva York, el Presidente José Antonio Kast encabezó la Reunión de Alto Nivel del Compromiso Regional de Santiago, junto a representantes de países sudamericanos, para avanzar en acciones coordinadas frente a la delincuencia organizada transnacional. / Gobierno de Chile
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@jaimebgl.bsky.social
29 sep 2026 06:00

Este mes se cumplieron los primeros seis meses de José Antonio Kast al frente del ejecutivo chileno. El primer presidente de ultraderecha desde la vuelta de la democracia tiene de momento un balance modesto, sobre todo por las expectativas que había generado durante su campaña. Kast se alejó de la batalla cultural y prometió que, aunque sus convicciones siguieran intactas, no se centraría en estos temas sino en los grandes problemas del país: la seguridad y la economía. 

Con este halo de “estadista” y un ambiente social que parecía empujar a su favor, su ejecutivo echó a andar un camino que parecía preparado para que tuviera un buen primer año. Si se proyectaba cierta sensación de austeridad y seriedad a la hora de gobernar y se mejoraban algo las cifras, la ciudadanía respondería favorablemente. Así lo había mostrado en las urnas depositando más de siete millones de votos en un candidato cuyo único eje de campaña había sido prometer “un gobierno de emergencia” centrado en la economía y la seguridad. 

Sin embargo, Kast no supo aprovechar la oportunidad y nada de esto se ha cumplido en su primera mitad de año en el Palacio de La Moneda. La imagen de gobierno serio y profesional que desde el inicio se quiso proyectar se desvaneció al poco de comenzar el mandato. Varias elecciones cuestionables dentro de su equipo, entre ellas la de la portavoz del gobierno, llevaron al cambio de gabinete más rápido de la historia de la democracia, apenas dos meses después de haber asumido el cargo. A las dos ministras sustituidas en este cambio, se les suman más de 35 altos cargos que han renunciado a lo largo de estos seis meses por motivos tan variados como no tener la formación requerida para el puesto, dar positivo en un test de drogas, o polémicas por declaraciones en redes sociales o desempeños profesionales previos a aceptar el cargo. 

Con este halo de “estadista” y un ambiente social que parecía empujar a su favor, su ejecutivo echó a andar un camino que parecía preparado para que tuviera un buen primer año. Pero no fue así

Un baile de sillas que ha tirado por la borda el discurso sobre la rectitud y la profesionalidad con el que Kast llegó a La Moneda. Si una de las principales acusaciones al Gobierno de Boric era la de parecer un Gobierno ‘en prácticas’, sin experiencia ni bagaje suficiente para hacer frente a las responsabilidades del cargo, el de Kast de momento se parece más al de su predecesor que al Gobierno maduro y experimentado que prometió. 

Además de estas cuestiones de imagen, el ejecutivo también ha pinchado en los dos grandes temas que venía a solucionar. La economía está aún más estancada que con el Gobierno de Boric, al que Kast criticaba por crecer a un 2%. A comienzos de mes, el Banco Central recortó las previsiones para este año y la economía chilena crecerá entre un 0,75% y un 0,25%. Las cifras de desempleo también empeoran las de su predecesor, rozando el 10% y el millón de desempleados según las últimas previsiones.

En seguridad tampoco se han alcanzado las expectativas, y aunque en las últimas semanas el Gobierno comenzó una guerra de cifras para mostrar todos sus logros, la percepción de la ciudadanía chilena es que no se ha producido el cambio drástico que Kast prometió. Es cierto que algunos números han mejorado, pero también lo hicieron durante el mandato de Boric, donde se redujeron los homicidios por cada mil habitantes varios años consecutivos, lo que no impidió que el gobierno pagara en las urnas por no haber hecho lo suficiente en materia de seguridad. 

Ninguno de los grandes planes de Kast sale bien, y ni las múltiples medidas anunciadas en seguridad ni la gran reforma tributaria aprobada en el mes de julio han producido los efectos esperados

De momento, ninguno de los grandes planes de Kast sale bien, y ni las múltiples medidas anunciadas en seguridad ni la gran reforma tributaria aprobada en el mes de julio han producido los efectos esperados. Lo que sí han conseguido son determinados cambios a nivel social y cultural que ya se han hecho presentes y marcan una notable diferencia respecto a gobiernos previos. 

Además de tratar de recortar el sistema de gratuidad universitaria y anular más de 40 decretos de protección al medioambiente del gobierno Boric, se han llevado a cabo otras medidas en el plano simbólico como la no adhesión a la Declaración de derechos LGBTI de la Organización de Estados Americanos (OEA), la retirada de los programas de educación sexual de las escuelas o una mayor presencia de la religión, con la vuelta de las misas a la capilla católica que alberga el Palacio de La Moneda, que marcan claramente una diferencia respecto a gobiernos conservadores previos. Probablemente el más importante de todos estos movimientos sea que por primera vez desde el fin de la dictadura de Pinochet el gobierno no ha conmemorado el 11 de septiembre, fecha del golpe de Estado militar contra el gobierno de Salvador Allende. 

Kast está siendo más efectivo es en aquellos temas que prometió dejar en un segundo plano (los culturales y simbólicos) mientras naufraga en sus dos grandes prioridades: la economía y la seguridad

Una política de gestos que reafirma el apoyo entre los suyos, genera aún más rechazo en los adversarios, y pertenece a ese universo conocido como batalla cultural que el propio Kast prometió aparcar para ocuparse de lo verdaderamente importante. Es bastante paradójico que donde Kast está siendo más efectivo es en aquellos temas que prometió dejar en un segundo plano mientras naufraga en sus dos grandes prioridades. 

Y es que, por mucho que Kast sea menos histriónico que la mayoría de sus aliados y se haya jactado en muchas ocasiones de ser un líder serio e institucional, su agenda de ultraderecha sigue presente. Esta se hace notar tanto en materias sociales como a nivel internacional, donde se ha acercado a la administración de Donald Trump y ha tenido una presencia destacada en el llamado “Foro de Madrid”, una convención que reúne a las principales ultraderechas del mundo y que este año tuvo lugar en Santiago de Chile. 

Kast no será un Milei, con quien de hecho ha tenido fricciones diplomáticas por cuestiones relativas al estrecho de Magallanes, pero sí es un Meloni. Y aunque no vaya a derribar de un día para otro el andamiaje institucional de Chile, sí trabaja para conservadurizar el país, revertir algunos de los avances logrados en los últimos años y, sobre todo, diferenciarse de sus adversarios de centroderecha para convertirse en la principal fuerza conservadora del país. 

Un nuevo escenario político en Chile

Otro de los datos que más se han destacado en los medios estas últimas semanas son las bajas cifras de aprobación de Kast, que comenzó con casi un 60% y hoy se encuentra en un 34% según el último barómetro de Cadem. Si ponemos la mirada larga, estos números muestran algo más profundo que el bajo desempeño de Kast y nos indican un cambio de escenario en Chile. 

Históricamente, las presidencias chilenas se habían caracterizado por un “efecto valle”. Un inicio con altas cifras de aprobación que caen en el segundo y el tercer año y vuelven a subir en el cuarto una vez que el presidente se convierte en un presidente saliente que no competirá en la siguiente elección — Chile no permite la reelección en dos mandatos consecutivos. Sin embargo, este fenómeno ha cambiado en los últimos periodos presidenciales. Piñera nunca consiguió remontar el estallido social y terminó sus cuatro años con las cifras más bajas que ningún presidente ha cosechado, y con Boric se registró otro fenómeno que parece haber llegado para quedarse: ya no existen las lunas de miel. A los dos meses de llegar al poder, las cifras de apoyo de Boric se habían desplomado a cerca de un 30%, algo muy parecido a lo que le ha ocurrido a Kast. 

Apenas dos meses de asumir el cargo, Kast ya tenía mayor desaprobación que aprobación, a pesar de haber ganado la elección con un 58% de votos, y seis meses más tarde se encuentra en un 34%. Un porcentaje parecido al que Boric cayó rápidamente y que consiguió mantener durante toda la legislatura. 

La gran pregunta es qué pasará ahora con Kast. No hay que descartar la opción de que el Gobierno se derrumbe y siga cayendo su apoyo, o que remonte su popularidad. Pero un escenario que podría darse es que el presidente siga una trayectoria parecida a la de Boric y mantenga sus apoyos estables en torno a ese tercio toda la legislatura. 

Por mucho que Kast sea menos histriónico que la mayoría de sus aliados y se haya jactado en muchas ocasiones de ser un líder serio e institucional, su agenda de ultraderecha sigue presente

La consolidación de este escenario de tercios, donde el tercio que apoyaba al presidente Boric y el que apoya hoy a Kast se mantienen estables y otro tercio del electorado no está contento con ninguno, puede tener profundas implicaciones para Chile. Del bipartidismo donde las dos grandes coaliciones, la Concertación y la centroderecha, se turnaban el poder, estaríamos pasando a un escenario mucho más volátil donde aumentan las posibilidades de que surjan otros candidatos outsiders con programas antipolíticos y reaccionarios. Una época en la que candidatos como Kaiser o Parisi tienen un terreno fértil para obtener votos, más aún en un escenario de voto obligatorio, donde se han incorporado varios millones de electores que no acudían a las urnas cuando el voto era voluntario. 

Existía la duda de si el Gobierno de Kast, con bajadas de impuestos y mano dura, sería capaz de volverse hegemónico en este nuevo escenario, donde los temas que más le interesan a la derecha son los más importantes para la mayoría del electorado. Pero parece que de momento no lo está consiguiendo, y más de la mitad de la población rechaza su gobierno. Si Kast sigue naufragando en economía y seguridad, probablemente no conseguirá aumentar su apoyo por encima de ese tercio más leal al que puede contentar con las medidas relativas a la batalla cultural. Quien quiera marcar una época en Chile deberá hacer frente a estos temas que desde hace tiempo permanecen como las principales prioridades de los chilenos.

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