De Minuesa a La Ingobernable: pulmones sociales de Madrid

Los centros sociales se encuentran en constante amenaza por un urbanismo que rompe con toda lógica de identidad de ciudad y con cualquier forma revolucionaria que vaya más allá de un juego de abstracciones.

La Ingobernable IV
Entrada de La Ingobernable Álvaro Minguito

Portavoz de IU Madrid Ciudad


publicado
2018-11-04 07:10:00

Con apenas 16 años aterricé en el centro social Minuesa. Para quienes aquello les suene lejano o ajeno, Minuesa fue una antigua imprenta y zona de viviendas situada en Ronda de Toledo cuyos dueños la llevaron a la quiebra a finales de la década de los ochenta. Es significativo que el primer encierro y okupación de las dependencias de la imprenta lo hicieran sus trabajadores y trabajadoras para defender sus empleos y para reivindicar sus indemnizaciones ante el inminente cierre.

Durante los años de okupación, donde convivieron por primera vez en la ciudad de Madrid inquilinas “legales” y okupas haciendo causa común contra la especulación del terreno; y hasta su desalojo en mayo de 1994, conocido como el más violento que se recuerda, Minuesa fue de todo: sala de conciertos, locales de ensayo de danza, música y teatro, comedor popular, gimnasio, proyectos sociales, recursos residenciales, un pulmón en el centro de una ciudad que ya empezaba a resquebrajarse expulsando a su vecindario histórico y sustituyéndolo por viviendas de lujo y turismo desmedido. Un gran terreno de ocio donde el capital campa a sus anchas y que hoy, después de más de dos décadas, conocemos como turistificación y gentrificación del centro de la ciudad.

El sistema socioeconómico actual no tiene como prioridad satisfacer las necesidades sociales de la población, sino facilitar la acumulación de capital a conglomerados empresariales en manos de unas pocas personas. Así, la vivienda deja de ser un derecho para convertirse en un sector prioritario para la inversión del capital nacional y foráneo a través de la especulación. La falta de política de vivienda adecuada continúa siendo un problema para quienes no disponen de recursos económicos suficientes para entrar en el mercado inmobiliario, agravándose la situación con la escasa inversión pública en vivienda, el elevado número de viviendas vacías, la privatización del suelo público, etc.

Nuestro derecho a la ciudad también pasa por disponer de espacios públicos sin necesidad de consumir, algo que resulta casi imposible si las plazas y las calles están ocupadas por terrazas y escasean los lugares donde poder encontrarse sin pagar, en una lógica donde la realidad de la calle y el espacio público está todo él privatizado. Si cada adoquín o cada ladrillo cuesta dinero, las vecinas y vecinos nos convertimos en meros consumidores o lo que es peor, en mercancías de cambio.

Nuestro derecho a la ciudad también pasa por disponer de espacios públicos sin necesidad de consumir, algo que resulta casi imposible en una lógica donde la realidad de la calle y el espacio público está todo él privatizado


En este escenario de urbanismo cada vez más agresivo dirigido por la economía privada, se producen auténticos campos de batalla en una ciudad como Madrid, donde se han ido mermando los espacios colectivos de socialización, porque el capital no obtiene rentabilidad económica alguna de ellos y porque son lugares de construcción de un referente en el territorio de cooperación social y apoyo mutuo.

Es en ese territorio, en el entorno más inmediato del individuo, donde la vida privada toma conciencia con la vida pública y donde se generan las interrelaciones de cualquier movimiento social, de generación de pensamiento colectivo y de construcción de bases materiales que inciden directamente en la vida cotidiana, en las relaciones de género y hasta en las distintas opciones de vivir la sexualidad, la afectividad y los cuidados.

Esas realidades territoriales, como son los centros sociales, se encuentran en constante amenaza por un urbanismo que rompe con toda lógica de identidad de ciudad y con cualquier forma revolucionaria que vaya más allá de un juego de abstracciones.

Los centros sociales se encuentran en constante amenaza por un urbanismo que rompe con toda lógica de identidad de ciudad

Hoy día el Centro Social La Ingobernable, en el corazón mismo de la capital, actúa como ese pulmón social que insufla aire a eso que hemos venido a llamar municipalismo del cambio. Simboliza desde lo territorial la construcción de identidad de ciudad y de proyecto político común que desde la institución defendemos.

La Ingobernable, ubicada en un edificio de propiedad municipal en la calle Gobernador 39, fue adjudicada en el año 2013 por el Partido Popular a Emilio Ambasz -a través de la Fundación Ambasz- sin concurrencia pública y sin canon durante 75 años, para la implantación de un museo dedicado a su persona que nunca llegó a materializarse.

Estas irregularidades le han costado al actual consistorio una indemnización de 1,4 millones de euros por rescisión del convenio aun habiendo incumplido esta fundación las obligaciones que se derivan del mismo. Ahora, la mayor parte de ese edificio se va a ceder por el Ayuntamiento para la instalación de la Biblioteca de Mujeres.

Caer en una guerra cultural contra la ubicación de la biblioteca en ese edificio desvirtúa el sentido máximo de lo que significa la necesidad de un espacio generador de acervo común, de lo que se viene reivindicando como dotaciones sociales y de lo que se supone una reciprocidad entre quienes participan de un proyecto o comparten un modelo de existencia. En ese propio modelo de existencia, deberían convivir la literatura de mujeres y el trabajo de colectivos sociales como interlocutores legítimos en una ciudad que, desde Minuesa a La Ingobernable, ha reivindicado que no está en venta.

Los centros sociales no son solo contrapoder, sino que son capaces de disputar poder para detraerlo y llevarlo a ese común

Y es que Minuesa y La Ingobernable son algunos de esos espacios físicos y temporales en esta ciudad arrancados al capital, estructuras políticas antagónicas a las dominantes capaces de dar una dimensión práctica que garantiza la identificación de las decisiones con los intereses colectivos. Las prácticas capitalistas hacen del interés individual el fundamento de la vida social y nosotras combatimos eso, no porque cambiemos el totalitarismo de mercado por el totalitarismo comunitario, sino porque construimos espacios comunitarios que nos permiten compartir un modelo deseable para la vida en común. Por eso los centros sociales no son solo contrapoder, sino que son capaces de disputar poder para detraerlo y llevarlo a ese común. De ahí que siempre les sean incómodos al sistema.

Frente a esas nuevas formas de quiebra del territorio común, de esa bolsa que ahoga al pulmón social, habrá que seguir generando otros modos de espacios autónomos, una suerte de zonas temporales al estilo de las que proponía Hakim Bey, quien sostiene que la revolución alcanza una cierta permanencia mientras que la revuelta es temporal porque, como las fiestas, no pueden ocurrir todos los días y por eso son extraordinarias, porque dan forma y sentido a la totalidad de nuestras vidas.

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