Crisis climática
Razones para una huelga climática global: la curva de Keeling (o del miedo)

Tras casi tres décadas de conferencias de cambio climático e incumplimientos internacionales, la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera, lejos de disminuir, aumenta a un ritmo cada vez mayor.

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Unas 10.000 personas salieron a la calle en Madrid en la huelga estudiantil global el 15 de marzo. David F. Sabadell

publicado
2019-09-10 06:11

350 es un número importante, y no solo para las votaciones de un Congreso de los Diputados que tiene ese número exacto de participantes, aunque sea difícil verles a todos juntos. 350.org también es el nombre de una organización internacional que lucha por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, un grupo que decidió llamarse así porque es una cifra a la que la humanidad, al contrario de lo que ocurre actualmente, debería encaminarse a pasos agigantados si no quiere perder su casa en la Vía Láctea.

El físico y climatólogo estadounidense James Edward Hansen, exdirector del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA, publicaba en 2007 un documento en el que señalaba las 350 partes por millón (ppm) de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera como el límite de seguridad para que no se produjese lo que se conoce en climatología como un punto de inflexión, un momento en el que se rompe la estabilidad y que dará como resultado un equilibrio climático diferente.

Que la estabilidad climática está rota lo confirman innumerables datos y circunstancias: del aumento de las temperaturas medias de cualquiera de las ciudades de la península ibérica que se quiera analizar en las últimas décadas a la proliferación de huracanes en el Atlántico, con el último clase 5 —Dorian— aún reciente.

Los escenarios compartidos por la comunidad científica son claros. Escoja el titular: “Madrid tendrá el clima de Marrakech en 2050”, “La temperatura media estival ha aumentado 2,45ºC en apenas cuatro décadas en España” o “El 80% de España, en riesgo de convertirse en desierto este siglo”. Y eso si solo se mira hacia la península ibérica. Si hablamos de lugares como Kiribati, Tuvalu o Maldivas, los titulares son más del estilo: “Condenados a desaparecer: países que se hunden ante nuestros ojos”. Lamentablemente hay poco de sensacionalismo en todos ellos; solo hay que leer el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU, la entidad con más prestigio del planeta sobre la materia, acerca de la catástrofe que sería llegar a un aumento de la temperatura global de 2ºC frente a 1,5ºC.

Umbral traspasado

Las 350 ppp fueron la media anual del año que se utiliza como referencia para analizar el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI): 1990. Tres décadas antes, cuando en 1958 al científico norteamericano Charles David Keeling le dio por comenzar a registrar la concentración de este CO2 en la atmósfera desde el Observatorio de Mauna Loa (Hawai), en lo que se considera la fundación de la investigación en la moderna ciencia climática, la media anual rondaba las 315 ppm. Antes de la revolución industrial, la Tierra tenía una media cercana a los 250 ppm de CO2. Hasta finales del siglo XX, en los últimos 800.000 años nunca se había sobrepasado las 300 ppm.

En 2019, concretamente el 11 de mayo, mes en el que se registran las mayores tasas de CO2 debido a que en otoño e invierno la descomposición de plantas caducifolias hace que se emita más cantidad de este gas a la atmósfera antes de que, como comenta el coordinador de Clima y Energía de Ecologistas en Acción, Javier Andaluz, “en primavera la fotosíntesis y la captación los árboles fije carbono y vuelva a bajar la concentración de CO2”, la humanidad lograba un nuevo y peligroso récord: 415 ppm.

Así, la curva de Keeling refleja fielmente lo que las actividades humanas le han hecho a la atmósfera desde 1958: aumentar en 60 años un 31,8% la cantidad de CO2, el principal gas de efecto invernadero, en la atmósfera terrestre, un elemento clave para la biosfera.

2019, nueva alarma

El meteorólogo Eric Holthaus hacía sonar la alarma al día siguiente: “Es la primera vez en la historia de la humanidad en la que la atmósfera tiene más de 415 ppm de CO2. No solo no había ocurrido en la historia registrada, ni desde la invención de la agricultura hace 10.000 años. Tampoco desde antes de que existieran los humanos modernos hace millones de años. No conocemos un planeta así”, publicaba en su perfil de Twitter.




El Instituto Scripps de Oceanografía de la Universidad de California señala que las 415,26 ppm de aquel 11 de mayo “es el pico estacional más alto registrado en 61 años de observaciones en la cima del volcán más grande de Hawai [donde está el observatorio Mauna Loa] y el séptimo año consecutivo de fuertes aumentos globales en las concentraciones de dióxido de carbono o CO2”, siendo apenas cinco años antes, en 2014, cuando se rompió el umbral de las 400 ppm.

Pieter Tans, científico senior de la División de Monitoreo Global de la Administración Atmosférica y Oceánica Nacional (NOAA, por sus siglas en inglés) estadounidense, entidad que estudia junto al Instituto Scripps la concentración de CO2 en la atmósfera, alertaba que estas mediciones “ayudan a verificar las proyecciones del modelo climático, que, en todo caso, han subestimado el rápido ritmo del cambio climático que se observa”.

La curva de Keeling refleja fielmente lo que las actividades humanas le han hecho a la atmósfera desde 1958: aumentar en 60 años un 31,8% la cantidad de CO2
Así, los peores augurios se confirmaban en mayo y ambas instituciones firmaban un texto en el que se destaca que la tasa de aumento de concentración de CO2 en la atmósfera se está acelerando. Mientras en los años 60 en Mauna Loa se registraban aumentos anuales de aproximadamente 0,7 ppm por año, en las décadas de los 80 y 90 ya eran de 1,5-1.6 ppm por año. En la última década los científicos ya hablan de 2.2 ppm por año y tres de las cuatro incrementos anuales más grandes se han dado en los últimos cuatro años, siendo la cifra de 2018 la peor: 2,87 ppm. “Hay pruebas abundantes y concluyentes de que la aceleración es causada por el aumento de las emisiones”, dejaba claro Tans por si alguien osaba dudar del origen.

colapso de sumideros

Hay un factor que incrementa exponencialmente la concentración de CO2 en la atmósfera derivada del aumento de las emisiones por la actividad humana. “Esta aceleración tiene mucho que ver con la capacidad de absorción de los sumideros de carbono, que cada vez asumen cantidades más crecientes de gases de efecto invernadero pero que tienen la capacidad que tienen”, señala Andaluz. Es un fenómeno que califica de “círculo de la muerte”.

Como señala el experto, uno de los sumideros de carbono más importantes es el océano, que captura CO2 por su propia composición química. Sin embargo, “se está produciendo un fenómeno de acidificación y carbonatación de los mares, que están absorbiendo CO2 hasta llegar a niveles de saturación”. Según indica, “los mares ya tienen unos índices de captación de CO2 que hacen muy difícil que puedan seguir capturando al ritmo que lo hacían antes”.

Así, la combinación de aumento de emisiones y de saturación de sumideros multiplica el problema, a lo que hay que sumar la degradación ambiental de otros sumideros, como son los bosques, con factores como la deforestación, el aumento de incendios forestales y la aridización y desertificación de amplias zonas. A todo ello a hay que añadir procesos de liberación de gases de efecto invernadero, como el metano que libera la tundra al descongelarse el permafrost o la liberación de los clatratos, depósitos de metano a bajas profundidades. “Todo esto hace que el ecosistema planetario vaya a reducir su capacidad de absorción de gases de efecto invernadero”, denuncia Andaluz.

Inacción global

Desde que en 1992 se adoptase la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, una década después de que la comunidad internacional comenzase a considerar el calentamiento global como una amenaza para el planeta en la Conferencia Mundial sobre el clima de Ginebra de 1979, las medidas tomadas por los Gobiernos del mundo, lejos de conseguir una lógica disminución del CO2 en la atmósfera, han obtenido no solo el efecto contrario, sino la aceleración del mismo.

“Los datos son evidentes: tras 30 años de convenciones y 32 después de que Severn Suzuki denunciase lo mismo que Greta Thunberg, en 2018 se ha marcado un nuevo récord de emisiones”, apunta Javier Andaluz. “Naciones Unidas dice claramente que 2020 tiene que ser el punto de inflexión a partir del cual nuestras emisiones deberían reducirse un 7%”. Lejos de disminuir, en 2018 las emisiones de CO2 aumentaron un 2,7% —según Global Carbon Project—, algo que no ocurría desde 2013, principalmente por el aumento de la contaminación expulsada por China, Estados Unidos e India.

Por ello, como señala Andaluz, el motivo para la huelga climática preparada para el 27 de septiembre y convocada por decenas de grupos ecologistas de todo el globo es que, “tras un año de la publicación del informe del IPCC sobre el grado y medio, nada ha cambiado y solo nos queda a la ciudadanía, en forma de protestas pacíficas y de huelga por el clima reivindicar que 2020 se convierta en el año en el que las emisiones empezaron a reducirse a través de decisiones política y criterios individuales, sociales y culturales”.

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4 Comentarios
#39306 20:26 13/9/2019

Esta especie humana va a morir de éxito y comodidad.
Solo nos queda preparar el funeral de las futuras generaciones o enterrar antes el capitalismo canibal.

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#39216 21:34 10/9/2019

Y de qué sirve una huelga en España si los máximo emisores son USA y China?

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#39209 16:55 10/9/2019

Esa es la cuestión, papá capital manda y mientras no rompamos la burbuja de falsas y enfermizas necesidades no solventarlos nada... Yo me bajo del mundo de locos que nos desgobierna hacia el suicidio por el Dios capital

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#39202 13:02 10/9/2019

Sin superar el capitalismo no hay nada que hacer, osea que no dejemos de luchar, pero háganse a la idea de que nos vamos pal carajo seguro...

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