Cambio climático
Antxon Olabe: “El ecologismo y el feminismo serán las luchas llamadas a transformar la sociedad en el siglo XXI”

Mano derecha de la ministra encargada de hacer la transición ecológica, Antxon Olabe llevaba tiempo esperando un despertar colectivo de la juventud en la lucha contra el cambio climático. Ahora que se está produciendo, lo aplaude sin reparos.

Antxon Olabe, en la puerta del Ministerio para la Transición Ecológica
Antxon Olabe, en la puerta del Ministerio para la Transición Ecológica. Álvaro Minguito

publicado
2019-03-15 11:35:00

Este viernes 15 de marzo, 1.769 ciudades de 112 países vivirán concentraciones en el marco de una huelga mundial de jóvenes por el clima, inspirados por el gesto de Greta Thunberg, una adolescente sueca que un día decidió hacer huelga para reivindicar un futuro que el cambio climático le negaba. “Por fin”, fue lo primero que pensó Antxon Olabe cuando oyó hablar por primera vez de este movimiento, conocido como Fridays For Future, “Viernes por el futuro”.

Este economista ambiental, una de las voces más reputadas sobre el cambio climático en España, autor de un libro y decenas de artículos sobre el tema y asesor de la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, llevaba tiempo esperando un despertar colectivo de los más jóvenes en esta lucha que marcará nuestro siglo. Mientras los jóvenes se organizaban, Olabe trabajaba en otra esfera, elaborando, junto a otros miembros del gabinete de la ministra, el Plan Nacional de Energía y Clima, que marcará la estrategia de España respecto a la emergencia climática durante los próximos decenios.

En tu libro Crisis climática-ambiental, la hora de la responsabilidad analizas las distintas amenazas a la estabilidad de la biosfera, desde la pérdida de biodiversidad a la escasez de agua dulce. Sin embargo, sitúas el cambio climático como la amenaza más urgente. ¿Por qué?
Es la más urgente porque el cambio climático tiene una elevada probabilidad de adentrarse en una espiral de retroalimentación. No es un problema lineal, no sigue una línea recta, sino que hay toda una serie de efectos de retroalimentación en cascada, algunos de los cuales ya se están activando. Traspasado un determinado umbral de seguridad, que la ciencia sitúa en torno a los 2 grados centígrados de incremento de la temperatura, esos efectos entrarían en una especie de bola de nieve descendiendo una ladera.

Por ejemplo, a medida que desaparece el hielo del Ártico y de los glaciares de las montañas, se refleja muchísima menos luz solar que llega a la Tierra, porque el color blanco del hielo devuelve a la atmósfera aproximadamente el 90% del calor. Al no existir esas capas de hielo, ese calor queda absorbido por la Tierra o por el océano, que se calientan más, y por lo tanto entramos en un efecto de retroalimentación. A medida que desaparecen los hielos del Ártico, por ejemplo, no solo se deja de devolver esa luz a la atmósfera, sino que se liberan un montón de gases de metano y CO2 atrapados en las tundras, en el permafrost, tierras heladas desde hace decenas de miles de años.

Por esto, el cambio climático es un problema extraordinariamente urgente e importante. Si traspasamos ese umbral, nos adentramos en un territorio ignoto desde que somos una civilización humana. El problema, y no metáfora, podría escaparse de nuestro control. Es una dinámica que no sería de la noche a la mañana, pero iría cogiendo vida propia, y podríamos, en 50 o 100 años, adentrarnos en una situación climática directamente catastrófica. Si se diera un aumento de 3,5-4 grados, la civilización humana tendría serias dificultades para sobrevivir.

Con todo esto, enfrentamos un problema al que no estamos acostumbrados como especie humana, cuyas causas conectan con la base misma del sistema energético y económico mundial, las energías fósiles. Hay unas inercias en el sistema muy poderosas, y reconducirlas es como virar un enorme transatlántico, con una gran inercia, y tenemos que hacer un giro en relativamente poco tiempo. No es fácil.

¿Por qué es importante el límite de los 2 grados de aumento de la temperatura global por encima de los niveles preindustriales, como indicó el Acuerdo de París, para frenar los peores efectos del cambio climático?
Para que nos hagamos una idea de lo que significa 2 grados, 5 grados es lo que diferencia la época actual de cuando había tres kilómetros de hielo sobre Londres en la última glaciación. En los últimos 11.600 años, que es cuando hemos desarrollado los seres humanos las civilizaciones, el periodo del Holoceno, la temperatura media no ha variado por encima de los 2 grados. El Holoceno se ha caracterizado sobre todo por una gran estabilidad climática. Y en ese entorno favorable es donde el Homo sapiens ha desarrollado las civilizaciones y hemos florecido como especie. Pasar de este incremento supondría que la dinámica del clima se iría autorreforzando por esos mecanismos.

El cambio climático ya está generando un montón de impactos sobre las sociedades humanas y sobre el resto de la biosfera, pero la ciencia considera que, dentro de ese margen, todavía no nos adentraríamos en un cambio climático catastrófico e irreversible. Incluso ahora ya hay cosas irreversibles, como el calentamiento que han experimentado los océanos: el 90% del incremento del calor que ha conocido la Tierra desde la revolución industrial está en los océanos. Ese calor, en una escala humana, ya va a durar miles de años, no va a desaparecer aunque terminemos las emisiones. También ocurre con los cambios en los arrecifes de coral, que por encima de 1-1,5 grados de aumento de la temperatura del océano ya se empiezan a morir, y que en buena medida son irreversibles.

El verano pasado tuvo muchísimo impacto un documento en el que algunos de los científicos más importantes del mundo insistían en este efecto en cascada, que se puede activar incluso por encima de 1,5 grados, y alertaban para que seamos muy rigurosos. Los hielos congelados en Groenlandia, por encima de un umbral de 2,5–3 grados, entran en un proceso irreversible de degradación que va a ocurrir a lo largo de cientos de años, pero que ya no tiene vuelta atrás. Solo el hielo acumulado en Groenlandia significaría una subida del nivel del mar de siete metros en todo el mundo. Tal vez al cabo de mil años, pero son procesos que hay que evitar para preservar nuestra civilización.

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La importancia de factores locales, como un cambio de gobierno en Estados Unidos o el modelo de crecimiento elegido por India pueden dar al traste con el compromiso de los dos grados. ¿Cómo hacer para que el problema climático sea prioritario en cualquier fuerza política?
Es una pregunta muy importante. En Occidente, hay una diferencia sustancial entre la experiencia de los últimos 30 años en EE UU y en Europa. En Europa, afortunadamente, en los últimos 30 años ha habido un consenso entre las grandes fuerzas políticas del continente, apoyado por la comunidad científica y la sociedad civil organizada, en el que, salvo sectores totalmente marginales, nadie ha cuestionado la ciencia del cambio climático.

El caso de EE UU, tristemente, es muy distinto. En conexión con las famosas “guerras culturales” e identitarias, un sector de la población que se posiciona cercano al partido republicano y al Tea Party ha hecho del cambio climático un elemento de identidad contra el cual definirse. Precisamente como se consideran en contra del gran gobierno, de las Naciones Unidas, de que EE UU pierda soberanía en los acuerdos internacionales, en ese paquete meten el cambio climático como si fuese no una cosa de la ciencia, más allá de izquierdas y derechas, sino una cosa de los liberales que gobiernan Washington y de las élites de Nueva York. Entonces han tenido éxito en empaquetar el problema como si fuese algo ideológico y cultural, y la gente que se considera conservadora dice: “El cambio climático es una cosa de los liberales”.

En ese sentido, en EE UU se rompió el consenso hace 25 años ya sobre el cambio climático. La última vez que hubo un acuerdo bipartidista importante sobre el cambio climático fue en 1994, con Bush padre. Una parte de la comunidad científica y la sociedad civil organizada está muy comprometida con el cambio climático, pero depende de quien gobierne la Casa Blanca. Pasamos de un Obama totalmente comprometido a un energúmeno como Trump que se ríe del cambio climático.

¿Y en países no occidentales, como China o India?
En China han ocurrido varias cosas muy interesantes. Entre 1990 y 2012 el país conoce su enorme despegue económico e industrial basado totalmente en el carbón. En una economía como la china, con 1.300 millones de personas, eso hizo que las emisiones de gases de efecto invernadero del mundo aumentasen de manera drástica. En los últimos seis años se han dado cuenta de varias cosas estratégicas: primero, que el país arrastra un problema de contaminación y de la calidad del aire en sus ciudades gravísimo, lo que ha generado miles de protestas por problemas de salud.

Lo segundo es que han hecho tres evaluaciones científicas sobre el impacto del cambio climático en la propia China y sobre qué podían esperar a mediados y finales del siglo XXI. Los resultados fueron muy alarmantes: escasez de agua y un aumento del nivel del mar que podría afectar a las ciudades más importantes económicamente.

Además, China vio que si se pone al frente de la transición energética con las energías renovables, hay un enorme mercado en el mundo. Ahí vieron un factor también diplomático: en el siglo XXI China no podía ser solo una nación preocupada por la exportación de sus productos si quería tener reconocimiento al nivel que merece ser la segunda economía mundial. Tenía que aparecer cara a los países del sur como un país preocupado por el cambio climático. Estos factores provocaron el giro de timón de los últimos seis años: ahora hay políticas climáticas y de transición energética muy ambiciosas y es, junto con la Unión Europea, el otro gran centro mundial donde hay un compromiso claro.

En algunos escritos he hablado de la creación de un núcleo de responsabilidad estratégica sobre el clima pensando en Europa y China, herederos de dos grandes civilizaciones. Hay que recuperar un sentido de responsabilidad conectando con eso, porque sin China y sin Europa no hay manera de solucionar el cambio climático. El gran reto de los próximos años es que sean capaces de atraer de manera clara y contundente a la otra gran potencia emergente, India, para generar un núcleo de responsabilidad al que se unirán otros actores internacionales.

El caso de India es más contradictorio. Por un lado, tiene la tentación de reproducir el modelo chino de desarrollo económico basado en el carbón. Por otro lado, se encuentra con que no le están financiando los desarrollos de carbón, porque la financiación internacional es cada vez más reacia a financiar proyectos contaminantes, y además India se ha dado cuenta que tiene un potencial de renovables, sobre todo, con la solar fotovoltaica, gigantesco. Podría abastecer a los 600 millones de campesinos sin fácil acceso a la electricidad.

India ha sido una de las potencias después de la cumbre de París que han liderado el impulso a las renovables. Por un lado, quiere el carbón porque es lo más fácil, mientras que por el otro quiere desarrollar las renovables, y ahí es donde tenemos que ayudar desde Europa y los bancos de desarrollo, porque si India se mete en un desarrollo de carbón masivo como lo hizo China, el tema tiene muy difícil solución.

En la civilización occidental se ha vivido una separación radical entre la civilización y la naturaleza desde tiempos de Descartes. ¿Es necesario un cambio ontológico en cómo entendemos la naturaleza?
Lo más importante para reconducir el cambio climático es retirar las energías fósiles del sistema: el carbón primero, luego el petróleo y finalmente el gas. Las energías fósiles representan 7 de cada 10 toneladas de gases de efecto invernadero en el mundo. Ahora bien, esa es la solución técnica. Para que encontremos la fuerza para llevar a cabo los cambios, necesitamos unos valores que alimenten esa transformación de nuestra civilización.

Tenemos que aprender de los errores de los últimos siglos: habernos ido desconectando de manera ontológica de la naturaleza. Nunca hemos dejado de ser criaturas biológicas, pero hemos perdido ese sentimiento de formar parte de algo. Veíamos los problemas que generábamos en la Tierra como algo ajeno, como si fuera una finca de la que disponíamos a nuestro antojo para nuestro propio bienestar.

En los últimos 50 años, la Tierra nos está recordando que esos problemas se vuelven contra nosotros y tenemos que despertar a la realidad de que nuestro bienestar y de la tierra de la que formamos parte van de la mano. No podemos crear sociedades humanas que vivan bien en un entorno degradado, con un clima degradado, es imposible.

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Los grandes teóricos de la posmodernidad afirmaron que los grandes relatos habían muerto y ya no eran posibles. ¿Hace falta volver a un gran relato como humanidad?
Estoy convencido de que sí. Creo que ese gran relato que es la historia del Homo sapiens en la Tierra no está escrito, el relato de nuestro drama. Y tiene que surgir de una nueva conciencia de los límites ecológicos de la Tierra, de nuestra participación en ella. Esa tarea va a corresponder a vuestra generación.

¿Crees que hay riesgo de que el discurso del cambio climático basado en la superpoblación humana nos lleve a ideas extincionistas, como la esterilización?
Yo sigo este debate desde hace 30 años y no se han planteado estas ideas. Lo que sí nos vamos a plantear son temas de seguridad, sobre todo, por migraciones masivas de muchos millones y decenas de millones de personas, especialmente, en África y Oriente Medio. Estados enteros van a estar al borde del colapso. El clima, y alguna gente no se da cuenta, afecta a la supervivencia humana, el acceso al agua, a los alimentos y a tierras fértiles.

Ahora mismo, en el Cuerno de África, millones de personas se están desplazando por sequías extremas. Estas situaciones las vamos a vivir incluso aunque haya una respuesta coordinada a nivel global, que yo creo que se va a dar después del Acuerdo de París. Los eventos climáticos extremos no retroceden y se van a unir con la superpoblación y la lucha por los recursos en casos de estrés climático, lo que provocará situaciones muy duras.

En tu libro apuntas que el cambio climático ya es la causa de conflictos en marcha como el de Yemen o Siria, por la lucha por el agua que provoca. ¿Los conflictos del futuro ya están aquí?
Delante de nuestros ojos. En Siria un millón de personas abandonaron los campos por la sequía más importante de los últimos 500 años. Cuando llegaron a las ciudades terminaron de desestabilizar una situación que ya era límite, lo que junto a una dictadura que no tenía mecanismos para integrar a la sociedad, se convirtió en una de las chispas que desembocó en la guerra civil.

Y esta guerra, que trajo un millón y medio de refugiados a Europa, mira el problema político que ha generado: el ascenso de la extrema derecha, la creación de gobiernos xenófobos, el Brexit como respuesta a la inmigración. Es un ejemplo de lo que puede ocurrir, por eso los próximos 10 o 15 años son cruciales.

¿Cómo ves el movimiento iniciado por Greta Thunberg, los Fridays for Future y la huelga por el clima que se va a dar este viernes a nivel global?
Me parece extraordinariamente positivo. Literalmente lo primero que pensé fue “cuánto habéis tardado”, porque conociendo lo que ya conocemos de este problema yo hubiese esperado una respuesta de la juventud incluso antes. En cualquier caso, es emocionante que el gesto de una única persona reverbere y toque las conciencias de miles de personas de su generación, más que miles de artículos, charlas y conferencias. Me parecería importantísimo que la gente en institutos y universidades hiciesen de esto una causa como ha sido el feminismo, las dos grandes luchas políticas y culturales del siglo XXI llamadas a transformar nuestra sociedad. El ecologismo se tiene que transformar en una protesta ciudadana y los jóvenes son la clave.

Hace 15 años escribí un artículo, “Carta a mi hija”, un alegato a la gente joven diciendo “si no lo hacéis vosotros no lo va a hacer nadie”. La sociedad necesita que los jóvenes remuevan las cosas y está ocurriendo.

¿Crees que medidas como el Green New Deal propuesto en EE UU por, entre otros, la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, son soluciones contra el cambio climático?
Me parece un concepto extraordinario, que está moviendo el debate político en un país donde la propia palabra socialismo era un tabú. La sociedad se ha convertido en tan inigualitaria y la depauperización de las clases medias ha sido tan brutal, que aparece una respuesta. El New Deal en EE UU se asocia a un hecho positivo en su historia y ponerle el calificativo Green conecta dos grandes agendas, la del cambio climático y la de la igualdad. Además, que esté personalizado por líderes jóvenes es muy inspirador.

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¿Es posible conciliar ideas de crecimiento y generación de empleo con la lucha contra el cambio climático, como hacen el Green New Deal y el Plan Nacional de Energía y Clima presentado por España a la Comisión Europea? ¿No son estas ideas las que nos han llevado hasta aquí?
El plan que hemos preparado se basaba en dos ideas. La primera, que España tiene que dar un paso al frente en responsabilidad sobre el cambio climático, por ser la decimotercera economía mundial y por la influencia que tenemos en Europa y Latinoamérica.

La segunda es que la gran transformación de la energía para descarbonizar el sistema es una gran oportunidad económica y de empleo para España. En 2030 se pueden generar en torno a 350.000 empleos natos, muchos en la industria o la construcción. Además, con el cambio del mix energético vamos a ahorrar al no importar tanto petróleo y carbón, manteniendo recursos que ahora se van fuera. Se perderán unos pocos empleos en la industria del carbón y nucleares y a cambio se crearán mil veces más.

Pero desde el punto de vista ambiental el debate del crecimiento no está bien planteado. Para la calidad de la biosfera, no interesa tanto la magnitud del PIB o cuánto crece la economía, sino el impacto del desarrollo económico sobre los ecosistemas o la calidad del aire. Hemos vivido situaciones en las que ocurría una caída brutal del PIB, por ejemplo, cuando colapsó la URSS, y aumentaban muchísimo los impactos ambientales.

Por otro lado, en Europa en estos últimos 25 años la economía ha crecido el 53% en términos reales y se han reducido el 23% de emisiones de gases de efecto invernadero. El debate entonces es cómo desacoplar el desarrollo económico de los impactos sobre la naturaleza y la biosfera. No tiene nada que ver un crecimiento del 3% del PIB conseguido a base de usar carbón, petróleo y gas, que a través de renovables, solar, biomasa….

En ese debate lo que implícitamente hay es una sensación de que tenemos que salir de la cultura del cuanto más mejor. Una cosa es que nos eduquemos a nosotros mismos y a la sociedad en una cierta sobriedad, no pensar que la felicidad está en acumular objetos, viajes y cosas, y otra cosa es que mezclemos conceptos económicos con impactos ambientales: podemos tener desarrollo económico y al mismo tiempo minimizar los impactos ambientales.

¿Qué medidas estrella tiene el Plan?
Conseguir el objetivo de reducir al menos el 20% de las emisiones totales respecto a 1990, algo muy ambicioso, supone sacar una de cada tres toneladas de CO2 equivalente de las que emitimos en 12 años. Eso solo es posible, primero, descarbonizando el sector eléctrico.

Pero era necesario avanzar de manera importante en el transporte y la movilidad, que genera una parte importante de las emisiones totales, la mayoría como resultado de los viajes que hacen cada día a sus trabajos millones de personas. Se trata de los hábitos de movilidad.

Ahí está una medida a la que yo le tengo particular querencia: las ciudades de más de 50.000 habitantes en España, a partir de 2023, tendrán que establecer zonas en las que el acceso de los vehículos más emisores y contaminantes esté cada vez más restringida. Con esto, si lo hacemos bien y los ayuntamientos se implican como lo ha hecho Madrid, podríamos retirar el 35% de los pasajeros/km que se hace cada año en España en vehículos convencionales.

Pasaríamos a modelos de movilidad basados en transporte público o en modos no emisores como caminar, patín, tranvía eléctrico… De hecho, si en el plan aparece una disminución importante de las importaciones de petróleo, es en gran medida debido a que esta medida nos va a permitir disminuir mucho el consumo petróleo y por tanto las emisiones de gases de efecto invernadero.

Me gusta también porque implica la participación de las ciudades, no solo del gobierno. Cada ciudad debe estudiar qué área puede delimitar, poner transporte público y mejorar el que ya tenga. Y en ese sentido también tiene mayor implicación de la ciudadanía.

También hay medidas impopulares como la restricción a los vehículos diésel.
Esa medida ha quedado formulada como lo hace la Comisión Europea en su documento de la estrategia 2050. En 2040 los vehículos que se vendan o matriculen serán de 0 emisiones, no hablamos de una tecnología o de otra: si tú eres capaz de no emitir con un diésel, que no lo vas a ser, nadie te va a decir que no.

No tenemos ningún problema con ninguna tecnología, lo tenemos con las emisiones de gases, quien sea capaz de resolverlo bienvenido sea, pero como gobierno nos toca velar por el cambio climático.

¿Qué recorrido puede tener el plan si después de las elecciones del 28 de abril sale otro gobierno de las urnas?
Este es un plan que nos pide Europa. Nosotros y el resto de estados miembros hemos enviado un borrador del plan. La Comisión los analiza, los integra, ve en qué nivel de ambición está cada plan y a partir de ahí hace las consideraciones oportunas a cada estado miembro. Es un borrador, si hay un cambio de gobierno tiene toda la legitimidad para valorarlo, pero si quiere hacer un cambio importante lo tendrá que justificar con los agentes económicos y sociales de España, que lo han recibido muy bien, y con la Comisión Europea, que también está contenta con un plan ambicioso como este.

¿Estamos a tiempo de no traspasar los 2ºC de aumento de la temperatura?
Estamos a tiempo pero hay que esprintar mucho. Realmente ni la gente ni los responsables políticos son plenamente conscientes de la enorme inercia en la que estamos instalados y la dificultad de transformar el sistema energético mundial de manera tan profunda y tan acelerada como hay que hacerlo en los próximos 15, 20 o 30 años. Es un reto formidable. La comunidad científica dice que sí que tenemos margen de maniobra pero hay que poner toda la carne en el asador.

Europa lo está haciendo muy bien, pero representamos el 9% de las emisiones y no podemos tomar las decisiones por India o EE UU. Como han dicho los últimos secretarios generales de la ONU, el cambio climático es el problema que va a definir estos tiempos. El día de mañana se valorará esta época de la historia humana por cómo fuimos capaces o no de resolver este problema.

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7 Comentarios
#31756 18:51 16/3/2019

Qué empacho siempre con el feminismo en la boca, agggs, ganas me den de votar a vox

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#31811 23:39 17/3/2019

A los más que les preocupa el movimiento feminista es a los maltratadores. Si no, a qué tanto miedo

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#31785 15:15 17/3/2019

Vota a Vox. Pero no te quejes cuando quiten derechos laborales y sociales.

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#31732 15:15 16/3/2019

No sé si el Green New Deal es lo mejor.
Pero Trump y los neofascistas son lo peor.

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#31758 19:55 16/3/2019

Ha dicho fascista, chupito

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#31701 22:24 15/3/2019

El green new deal es un lavado de cara del neoliberalismo. La 4 RI una tomadura de pelo. No hay cambio sostenible mientras no se ataque la idea religiosa del progreso y el crecimiento y este señor no lo hace... Un brindis al sol tecnoptimista

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Kynikos 21:07 15/3/2019

Da gusto leer a este señor. Necesitamos más gente sensata en las instituciones. Pienso leer su libro.

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