Opinión
Tres décadas después, la memoria sigue en disputa en la antigua Yugoslavia
Desde hace más de veinte días, decenas de personas —a veces incluso cientos— se agrupan cada noche a las puertas de la sede del gobierno de Kosovo, en el centro de Pristina. El escenario con las fotografías de los cuatro comandantes del Ejército de Liberación Kosovar (UÇK, por sus siglas en albanés) sigue en pie tras ellos, y los cánticos en defensa de la guerrilla se siguen escuchando a través de las calles de la capital.
Estas manifestaciones de apoyo al UÇK surgieron hace unas semanas como protesta a las condenas que el Tribunal Especializado para Kosovo imponía a estos ex-líderes por crímenes de guerra: 25 años para Hashim Thaçi; también 25 para Jakup Krasniqi; 18 para Kadri Veseli; y 13 para Rexhep Selimi.
Para entender la reacción albanokosovar a la sentencia —y que ha llevado al Parlamento de este país a aprobar una reforma para limitar el alcance de este tribunal— hay que remontarse a 1989, cuando el Gobierno del serbio Slobodan Milošević comenzó a desmontar el amplio régimen de autonomía de Kosovo, establecido por la Constitución yugoslava de 1974. A partir de entonces, la discriminación contra la población albanesa en su propia provincia se convirtió en una constante: despidos masivos en los lugares de trabajo, segregación en las escuelas, cancelación de actividades culturales en lengua albanesa, cierre de medios de comunicación y persecución y encarcelamiento de periodistas, entre otros.
A ello se sumó, a partir de 1998, una campaña de violencia y expulsión contra la población albanokosovar por parte de las fuerzas de la República Federal de Yugoslavia y Serbia, crímenes ya documentados por la Fiscalía del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY). Así, la guerra de Kosovo enfrentó a las fuerzas serbias con el Ejército de Liberación Kosovar (UÇK), una guerrilla de mayoría albanokosovar que combatía por la independencia de Kosovo y contra la represión ejercida por las fuerzas serbias.
Ese contexto explica porqué el UÇK ocupa un lugar central en la memoria de buena parte de la población albanokosovar y, más ampliamente, entre las comunidades albanesas de Albania, Macedonia del Norte, Montenegro y la diáspora: como la fuerza de resistencia que combatió la represión serbia y contribuyó a la liberación de Kosovo.
El tribunal subrayó que el proceso se refería a la responsabilidad de los cuatro acusados y no a la legitimidad de la independencia de Kosovo ni a la del UÇK como movimiento
El historiador Marko Prelec ha comparado las reacciones en Kosovo con las que provocaron en Croacia los procesos del TPIY contra algunos de sus generales. En ambos casos, escribe, se trata de países que “lucharon contra Serbia/Yugoslavia por su independencia, ganaron y después tuvieron que responder ante los tribunales por los crímenes cometidos durante el camino”.
No obstante, esta realidad —porque el UÇK nacía como resistencia al asedio serbio— no quita que algunos de sus miembros también fueran responsables de crímenes contra civiles y personas consideradas colaboradoras o enemigas de la guerrilla. El tribunal, de hecho, subrayó que el proceso se refería a la responsabilidad de los cuatro acusados y no a la legitimidad de la independencia de Kosovo ni a la del UÇK como movimiento.
Las fronteras de la memoria
Mientras en Kosovo esa condena se percibe como injusta y excesiva, al otro lado de la frontera, se la considera insuficiente. El actual presidente serbio, Aleksandar Vučić, aseguró tras el veredicto que el hecho de que los cuatro hubieran sido absueltos de los cargos de crímenes contra la humanidad demostraba que el tribunal no había llegado a juzgar los delitos que, a su juicio, constituían las acusaciones más graves contra el UÇK. “Puede haber sentencias vinculantes o no vinculantes, da igual: los serbios siempre serán criminales y todos los demás liberadores y héroes”, afirmó.
El contraste se hace aún más evidente teniendo en cuenta que apenas nueve días antes de la sentencia, el 7 de septiembre, Ratko Mladić —comandante serbio condenado a cadena perpetua por genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad— fue enterrado en Belgrado con honores militares, ante miles de personas y con la presencia de varios miembros del Gobierno serbio y dirigentes de Republika Srpska.
La coincidencia temporal ilustra hasta qué punto las memorias colectivas de la guerra se contradicen a cada lado de la frontera. En palabras de Nataša Kandić, fundadora del Humanitarian Law Center y una de las principales figuras de la documentación de los crímenes de las guerras yugoslavas: “En Kosovo, la absolución de los cargos de crímenes contra la humanidad se está interpretando como una confirmación judicial de que el UÇK no llevó a cabo una campaña contra la población civil serbia. En Serbia, mientras tanto, se ignora casi por completo el hecho de que más de 100.000 serbios permanecieron en Kosovo y continúan viviendo allí hoy”. Así, en los Balcanes Occidentales, todos son víctimas y victimarios, todos son culpables a la vez que todos son héroes; esto depende del lado de la frontera en el que estés.
La comparación apunta a una tensión que atraviesa buena parte de las guerras yugoslavas: cómo reconocer los crímenes cometidos por quienes son considerados héroes nacionales sin convertir ese reconocimiento en una negación de la legitimidad de la propia lucha. La paradoja es que un tribunal puede establecer responsabilidades penales individuales sin conseguir modificar la narrativa colectiva sobre una guerra. Y cuando una sociedad ha convertido a determinados combatientes en símbolos de su independencia, la condena de esos individuos puede percibirse como una condena de la propia lucha.
La victoria electoral del partido de Dodik en la Asamblea de Republika Srpska en las elecciones del 4 de octubre, confirman que estas narrativas siguen teniendo un importante peso político
Kandić señala que “sin excepción, las narrativas políticas sobre las guerras de los años 90 siguen siendo dominantes en todos los países de la antigua Yugoslavia. Son las llamadas verdades nacionales sobre las víctimas y la defensa heroica, en las que no hay lugar para las víctimas de los demás”. Este nacionalismo no solo interpreta el pasado, también lo convierte en una herramienta de movilización política. La victoria electoral del partido de Milorad Dodik en la Asamblea de Republika Srpska y la de su aliada Željka Cvijanović en la carrera por el escaño serbobosnio de la Presidencia tripartita, en las pasadas elecciones del 4 de octubre, confirman que estas narrativas siguen teniendo un importante peso político.
La influencia que tiene este ultranacionalismo queda patente, además, cuando antes de las elecciones, dos estrategas vinculados a la campaña de Donald Trump viajaron a Republika Srpska para asesorar a sus autoridades. El líder serbobosnio agradeció públicamente el respaldo del presidente estadounidense.
Dodik, inhabilitado para ejercer cargos públicos tras ser condenado por desobedecer las decisiones del alto representante internacional, niega el genocidio de Srebrenica y ha reivindicado como héroe de guerra a Ratko Mladić, condenado a cadena perpetua por genocidio y crímenes de guerra y contra la humanidad. También calificó la condena a los líderes del UÇK de “caricatura de justicia” y sostuvo que servía para relativizar los crímenes contra los serbios y “amnistiar el terrorismo del UÇK”.
Esta lógica sigue atravesando las antiguas repúblicas yugoslavas; porque aunque reconocer a las víctimas propias no implica negar las de los demás, las élites políticas de la región siguen utilizando el sufrimiento de sus comunidades para alimentar relatos nacionales que silencian los crímenes cometidos en su nombre. Así, las reacciones a ambos lados de la frontera muestran cómo, casi tres décadas después, las guerras yugoslavas siguen librándose también en el terreno de la memoria mediante relatos nacionales.
Cómo se construyen estas narrativas
Un estudio de Rodoljub Jovanović y Ángela Bermúdez sobre jóvenes serbios nacidos durante o después de las guerras de los años noventa encontró que sus relatos seguían reproduciendo patrones de memoria colectiva construidos alrededor de la victimización del propio grupo, la deslegitimación del otro y la justificación de los objetivos propios. Los investigadores identificaron además lo que denominan “silencios estratégicos”: acontecimientos que desaparecen del relato, especialmente aquellos relacionados con la violencia cometida por el propio grupo o con las experiencias de sus víctimas. En el caso concreto de Kosovo, los investigadores señalan que entre los jóvenes serbios entrevistados la guerra aparece a menudo reducida a los bombardeos de la OTAN, mientras otros acontecimientos anteriores a marzo de 1999 quedan fuera de sus relatos.
La memoria no se transmite únicamente a través de discursos políticos, también lo hace mediante la familia, los medios de comunicación, los productos culturales y los libros de texto. Como señalan Jovanović y Bermúdez, “determinados recuerdos, creencias, emociones y actitudes sobre el conflicto se transmiten a través de distintos medios dentro de la sociedad, contribuyendo así a mantener la cultura del conflicto”.
Kandić sostiene que las élites políticas disponen de sistemas de propaganda muy desarrollados y ejercen control sobre buena parte de los medios de comunicación. A pesar de los esfuerzos críticos para combatir la negación y el silencio, las narrativas políticas que limitan la solidaridad y la compasión hacia todas las víctimas siguen prevaleciendo.
Por su parte, el sociólogo Veljko Vujačić ha señalado que para entender la movilización nacionalista en la antigua Yugoslavia no basta con observar las decisiones de las élites políticas: también hay que atender a las narrativas, símbolos y mitos construidos alrededor de la identidad nacional y al significado que estos adquieren dentro de cada sociedad.
El mismo Dodik, durante la campaña electoral, llegó a declarar que Bosnia y Herzegovina estaba “muerta” y que era un país imposible, mientras defendía la separación de Republika Srpska. El rechazo a la existencia del Estado bosnio se convirtió así en una consigna electoral, demostrando cómo el nacionalismo sigue alimentándose de las divisiones heredadas de la guerra.
Algo que se observa no solo en las movilizaciones de estas semanas en Pristina, sino también en las celebraciones nacionales, donde abundan las banderas del UÇK y los menores vestidos con uniformes de la guerrilla. De igual manera que un solo paseo por Belgrado observando los grafitis de la ciudad permite observar la glorificación de los que para ellos son héroes de guerra.
Casi tres décadas después del final de las guerras yugoslavas, las narrativas sobre ellas siguen repitiendo el mantra nacionalista de cada una de sus partes. “En mi opinión, la comunidad académica ha fracasado. En lugar de desarrollar el pensamiento crítico, las universidades enseñan cada vez más a los estudiantes habilidades comerciales que les permitan ganar dinero […] la propaganda y las políticas oficiales de memoria, producidas por las élites políticas, continúan la guerra por otros medios”.
En la antigua Yugoslavia ninguna de las sentencias de La Haya ha cerrado la discusión sobre el pasado. Al contrario, las reacciones que siguen generando evidencian hasta qué punto la memoria de la guerra sigue construyéndose de manera distinta a cada lado de la frontera. La sentencia es la misma. La memoria que la recibe, no.
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