Opinión
El avance soberanista redefine el Reino Unido frente a la ola ultra inglesa
Los resultados de las elecciones celebradas en el Reino Unido el pasado 7 de mayo están siendo descritos por el comentariado británico como “históricos”. Los comicios convocaban citas electorales de dos tipos: municipales en Inglaterra, donde se elegían concejales de diferentes autoridades locales (condados, distritos o boroughs metropolitanos); y nacionales en Gales y Escocia, lo que en el sistema político español se denominarían “elecciones autonómicas”. En Inglaterra, el sistema bipartidista sufrió un seísmo político.
El partido populista de extrema derecha Reform UK, que todavía estaba en pañales en las elecciones municipales de hace cuatro años, conquistó alrededor de catorce cámaras municipales y más de 1.400 actas de concejal, tomando antiguos bastiones laboristas en el Norte, las Midlands e incluso en Londres. Al mismo tiempo, los Verdes alcanzaron los mejores resultados de su historia, arrebatando varias autoridades locales simbólicas como Hackney (también en Londres) o Norwich, una ciudad universitaria y progresista en la costa este inglesa.
Los avances en paralelo de Reform UK y de los Verdes a partir del desastre electoral de Labour (y de la regionalización en curso del Partido Conservador) revelan lo que podría describirse como un momento pos-Labour en la política británica. Las repercusiones de esta nueva “estructura de sentimiento” político apuntan en dos direcciones opuestas.
Por un lado, en un contexto en el que la izquierda dentro del laborismo fue descabezada, el Green Party se ha convertido en el refugio electoral de una clase media urbana, cosmopolita y fuertemente movilizada en torno a las cuestiones medioambientales y la solidaridad con Palestina. Donde en el pasado los Verdes habrían sido vistos como un partido monotemático y marginal, hoy capitalizan el espacio dejado por un Labour derechizado que purgó de malas maneras a su izquierda histórica. El hecho de que Jeremy Corbyn —expulsado del partido y elegido como independiente— votase él mismo por candidatos independientes ligados a la izquierda pro-Palestina refleja precisamente la fragmentación del campo progresista británico.
La campaña de difamación que la derecha organizada dentro del laborismo había desplegado contra Corbyn en 2019, basada en la correlación (todo un pilar discursivo del campo mediático británico) entre solidaridad pro-Palestina y antisemitismo, no funcionó esta semana cuando Labour intentó el mismo truco contra el líder del Green Party, Zack Polansky. Pese a la participación activa de la mayor parte de los medios británicos tradicionales en esta campaña de derribo de ultimísima hora contra los Verdes, muchos votantes parecen ya no aceptar la equivalencia entre denuncia del genocidio israelí y atribución de antisemitismo. Esto revela un cambio cultural importante dentro del electorado progresista inglés.
Por otra parte, las ganancias electorales de Reform UK no pueden comprenderse fuera de la dinámica del sistema mediático británico, profundamente moldeado por la prensa sensacionalista inclinada hacia una derecha populista que simultáneamente amplifica y remueve el campo afectivo del odio y de la excepcionalidad insularista “British”. En una coyuntura de inflación desbocada en la que la vida cotidiana parece irreconocible y en el vacío simbólico y material que dejó la desaparición programada de los viejos vínculos comunitarios de la época pre-Thatcher, Reform UK se posicionó estratégicamente como altavoz de la nostalgia. Promete devolver a los británicos la Gran Bretaña que algunos dicen recordar: cohesionada, libre de criminalidad, blanca y con trabajo duro para un grupo más selecto y bien definido. La fantasía es tan potente que incluso inmigrantes indios de primera generación en el Reino Unido apoyan a Farage.
Plaid Cymru consiguió encauzar el estupor ante la incompetencia asociada a Welsh Labour en un discurso de orgullo nacional y de ambición colectiva
Si observamos los resultados en las naciones con competencias ‘devolvidas’ (incluida la de convocar un referéndum de autodeterminación), los resultados en la Asamblea Nacional galesa, el Senedd, son ciertamente extraordinarios y señalan una profunda recomposición política. En contraste con Escocia, donde el SNP confirmó su hegemonía en Holyrood bajo el liderazgo de John Swinney —un primer ministro escocés abiertamente proindependencia que ya está hablando de un nuevo referéndum—, Plaid Cymru ha recorrido un camino más largo y accidentado hasta alcanzar, en las pasadas elecciones del 7 de mayo, la posición de partido más votado en Gales.
Una serie de apuntes sobre el contexto galés pueden ayudarnos a percibir la magnitud de esta hazaña. Gales contiene algunas de las regiones más pobres del Reino Unido, como los condados del norte, que han sido históricamente dependientes de fondos de convergencia europeos. La fuerte penetración de la ideología unionista británica canalizada por las sucursales “galesas” de los grandes medios convencionales (BBC, ITV, etc.) no puede ser neutralizada por una esfera pública nacional totalmente anémica. Durante décadas, pareció inamovible la hegemonía en Gales de los partidos estatales británicos, con un Welsh Labour prácticamente fosilizado como opción progresista en las antiguas regiones mineras del sur, profundamente marcadas por la industrialización del siglo XIX y por la migración interna que consolidó el inglés como lengua dominante de las clases trabajadoras galesas desde el inicio del siglo XX.
En los últimos años, Reform UK consiguió capitalizar el resentimiento de segmentos del electorado galés que se sienten desvalorizados: desde sectores de las clases precarizadas, muy alejadas de los circuitos institucionales de integración social como la educación o el empleo estable, hasta una pequeña burguesía que votó sí al Brexit por ver lo que ocurría. Se trata de amplísimos sectores sociales que tienen perfectamente interiorizados los ideologemas unionistas británicos, incluida la idea de que la cultura galesa (en particular la lengua) es arcaica y elitista, y de que la llamada “taffia” (el término que se usa para referirse a las élites galesoparlantes y muy bien conectadas que lograron colocarse como intelligentsia autonómica), dedica excesivos recursos públicos a políticas culturales y lingüísticas que no interesan a nadie.
Con todo, la victoria de Plaid Cymru reside precisamente en su capacidad de ofrecer otra lectura de ese mismo sentimiento de descontento. El partido consiguió encauzar el estupor ante la incompetencia asociada a Welsh Labour (visto cada vez más como una pura máquina de gestión sin imaginación política), en un discurso de orgullo nacional y de ambición colectiva. En este sentido, el triunfo de Plaid no es solo electoral, sino también cultural: la expresión del deseo de una sociedad nacional galesa —entendida como una comunidad multirracial donde la lengua y la cultura galesas forman parte de un patrimonio común— de “querer algo mejor” para sí misma.
La victoria de Plaid Cymru abre ahora un período en el que el partido tendrá que demostrar que es capaz de rehabilitar unos servicios sociales galeses muy degradados, frenar procesos de privatización y elevar la ambición de sus políticas educativas. Esto incluye afrontar la crisis de la enseñanza universitaria galesa, donde perdura un sistema de financiación pública de matrículas que (a diferencia del de Escocia) concede préstamos a jóvenes galeses para marcharse a estudiar sus carreras a Inglaterra. Una fuga de cerebros financiada con dinero público. En Inglaterra, los Verdes afrontarán un reto semejante a la hora de demostrar una capacidad de gestión municipal con sensibilidad social. Pero todo indica que van a tener bastante margen para hacerlo, pues, a juzgar por un Keir Starmer poco dispuesto a rectificar, Labour tardará todavía algún tiempo en reconectar con la clase trabajadora.
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