África
Sani Ladan: “Hoy vemos un panafricanismo más horizontal y menos institucional, más difícil de controlar”
Pareciera que Sani Ladan (1994, Camerún) tiene como misión en la vida educar a las personas sobre el continente africano. Graduado en Relaciones Internacionales y Educación Social, este activista antirracista tiene ya una larga trayectoria en la que un amplio conocimiento de las complejas realidades del continente, confluye con una voluntad de divulgación ambiciosa. Como si Ladan cargara sobre sus hombros la responsabilidad de ayudar a nuestra sociedad a superar la vergonzosa ignorancia colonial que le aqueja respecto a todo lo que tiene que ver con el continente africano: su larga y plural historia, sus inabarcables expresiones culturales, o la memoria de sus resistencias.
En El Latir de un continente. Civilizaciones, resistencias y esperanzas de una África Eterna (Plaza y Janés, 2026), Ladan se afana en llevar al lector o la lectora por un recorrido en el que se mezclan imperios, artistas, espiritualidades, líderes revolucionarios, tropas coloniales, mujeres que cambiaron la historia, panafricanismo y afrobeat, saqueos y sueños de emancipación, entre muchas otras paradas. Todo ello con una cadencia que facilita el tránsito, y al mismo tiempo abre el apetito de saber más de un continente del que siempre supimos demasiado poco. No es la primera vez que Ladan usa su pluma al servicio de acercar realidades para ayudar a entenderlas, en su celebrada primera novela, La luna está en Duala y mi destino en el Conocimiento, (Plaza y Janés, 2023), explora las migraciones y a la injusticia colonial a través de su propia experiencia.
Hay un afán enciclopédico en tu libro, como si quisieras contar todo lo que se pueda contar de África en el espacio que tienes. ¿Por qué era necesario un libro así y por qué se llama El latir de un continente?
Sí, hay un afán enciclopédico, y es completamente deliberado. Durante demasiado tiempo, cuando se ha hablado de África en un solo libro, se ha hecho para condensarla en una serie de ideas que son las de un continente pobre, en guerra, sin historia propia antes de que llegara Europa. En este caso quería exactamente lo contrario: un libro que abarcara mucho, no para demostrarle nada a nadie, sino para que todas las personas con intereses en África supiera que ese “mucho” existe, que hay materia de sobra —civilizaciones, resistencias, pensamiento político, espiritualidad, arte, ciencia— para llenar no uno, sino decenas de volúmenes. Cuantos más temas metía dentro, más evidente se hacía lo poco que sabíamos, lo mucho que se había ocultado deliberadamente.
En cuanto al título, es algo que nace de esa misma pulsión, porque un latido no se detiene, no es un episodio cerrado del pasado, yo lo entiendo como una señal de vida presente. África no ha dejado de latir nunca, aunque la historiografía oficial se haya empeñado durante siglos en contarla como si estuviera muerta, como si estuviera congelada en postales de sabana y hambruna. Necesitábamos un título que llevara esa idea de pulso continuo, de continente que respira y se transforma, frente al relato de continente estático e inmóvil que hemos heredado sin cuestionarlo casi nunca.
Hubo noches en las que cerraba el ordenador pensando que estaba condenado a hacerle una injusticia al continente solo por el hecho de intentar abarcarlo
No me imagino a un europeo intentando condensar el “latir” de Europa en un solo volumen, ¿llegaste a sentirte abrumado con la tarea? ¿a pensar que era imposible contar todo lo que querías contar en un libro?
Totalmente, y creo que tu comparación es correcta. A nadie se le ocurriría intentar meter toda Europa —su historia, sus más de cuarenta países, sus lenguas, sus culturas tan distintas entre Portugal y Finlandia— en un solo tomo. Y sin embargo con África se hace constantemente, como si fuera una unidad homogénea y no 55 países, miles de lenguas y experiencias históricas radicalmente distintas entre sí. Ese doble rasero, aunque lo sabía de antemano de forma teórica, lo sentí en carne propia mientras escribía.
Hubo momentos, sobre todo al principio del proceso, en que sentí un vértigo real. Cada tema que abría me llevaba a otros diez que merecían, cada uno, su propio libro: empezaba investigando el Imperio de Ghana y terminaba tres días después leyendo sobre las rutas comerciales transaharianas, la metalurgia local, las lenguas mandé... Hubo noches en las que cerraba el ordenador pensando que estaba condenado a hacerle una injusticia al continente solo por el hecho de intentar abarcarlo, que cualquier síntesis sería, por definición, una traición a la complejidad real.
Lo que me permitió seguir adelante fue cambiar la pregunta que me hacía. Dejé de preguntarme “¿cómo cuento toda África?”, pregunta imposible, casi arrogante desde mi punto de vista, y empecé a preguntarme “¿cómo abro suficientes puertas para que quien lea este libro entienda que detrás de cada capítulo hay un universo entero por descubrir?”. Ese cambio de enfoque es lo que me permitió aceptar, con mucha humildad, que el libro no iba a cerrar ningún debate, solo iba a abrir caminos y sembrar preguntas. Y con eso me bastaba.
Y sin embargo has hecho un panorama muy rico y holístico: ¿cuál ha sido tu criterio para hablar de las cosas que hablas, y qué te apena haber dejado afuera?
Esta pregunta toca, para mí, uno de los mayores desafíos de todo el proceso de escritura. Después de mucho tiempo leyendo, haciendo revisión de literatura académica y no académica, e investigando por mi cuenta, me encontré con tantísimos temas posibles que necesitaba establecer un criterio claro, o me habría perdido por completo en la inmensidad del material. Y ese criterio se construyó, básicamente, sobre dos ejes.
El primero fue huir deliberadamente de los temas mainstream. Cosas que ya existen, y son necesarias, como sobre Mandela, sobre el apartheid, sobre la trata transatlántica en su versión más conocida. Yo quería ir a buscar precisamente lo que quizás casi nadie cuenta en un libro de divulgación en español: el Reino de Kush y los faraones negros, Axum, la dinastía Bamoun en Camerún, Bir Tawil, la masacre de Thiaroye. Temas que incluso un lector con interés genuino en África probablemente desconoce, y que sin embargo son absolutamente centrales para entender el continente.
El segundo eje, y este me exigió muchísimo más trabajo del que esperaba, fue hacer un verdadero ejercicio de excavación y arqueología histórica para recuperar a las mujeres que contribuyeron a esta historia y que fueron olvidadas o deliberadamente invisibilizadas. No quería, bajo ningún concepto, escribir un libro donde las mujeres aparecieran como nota al margen de las gestas de los grandes hombres, que es como habitualmente se cuenta la historia en general y la africana también. Por eso están Nzinga Mbande, Kimpa Vita, la reina Amina de Zazzau, Lalla Fatma N'Soumer, Funmilayo Ransome-Kuti, las mujeres igbo que se enfrentaron al colonialismo británico en Nigeria. Encontrarlas, muchas veces, significó bucear en fuentes secundarias, en referencias casi perdidas o mencionadas de pasada, porque la historiografía oficial simplemente no las registró con el mismo cuidado, ni les dedicó el mismo espacio, que a sus contrapartes masculinas.
Por último, son muchos temas los que me apenó dejar fuera del libro, y te digo con total honestidad que hay noches en que todavía pienso en ello. Podría haber escrito un libro entero solo sobre mujeres invisibilizadas de la historia africana, otro entero sobre los reinos precoloniales que apenas pude mencionar de pasada, otro sobre la diáspora contemporánea y sus nuevas formas de organización. Este libro es, más que una respuesta cerrada, una invitación a que otras personas, investigadoras, lectoras, quizás yo mismo en un futuro próximo, sigan cavando donde yo no pude llegar.
Reconocer que cientos de miles de africanos murieron defendiendo los intereses de las mismas potencias coloniales que los sometían obliga a mirar de frente una enorme contradicción moral
Entre toda la historia olvidada de África, resulta bastante significativo que se haya borrado el papel de las personas africanas en las guerras mundiales al servicio de las colonias, ¿a qué crees que se debe ese olvido y qué cambia recuperar la memoria de esa traición?
Ese olvido no es casual, es funcional, porque reconocer que cientos de miles de africanos lucharon y murieron defendiendo los intereses de las mismas potencias coloniales que los sometían y explotaban obliga a mirar de frente una enorme contradicción moral. Porque nos llevaría a preguntarnos ¿cómo podían las potencias europeas pedirles a los africanos que lucharan por la libertad y la democracia en las trincheras de Europa, mientras les negaban esos mismos derechos básicos en sus propias tierras? Es mucho más cómodo, para el relato oficial, borrar esa pregunta incómoda que responderla con honestidad.
Además, esos soldados llamados tirailleurs sénégalais desplegados en Verdún y el Somme, los askari reclutados en el África oriental alemana, los cientos de miles movilizados por Gran Bretaña en el norte de África y Birmania, volvieron a sus países con una conciencia política completamente nueva, forjada en las trincheras y alimentada por la contradicción que acabo de describir. Esa conciencia política de posguerra fue determinante para el surgimiento posterior de los movimientos de descolonización en toda África.
El episodio más brutal y más silenciado de todos ocurrió en 1944 en Thiaroye, Senegal, como contamos en el libro, cuando el propio ejército colonial francés masacró a los veteranos que simplemente exigían el pago de los sueldos que se les debían y el reconocimiento de sus derechos como excombatientes. Ese acto dejó al desnudo la traición última de una guerra que se libró en nombre de la libertad mientras se negaba sistemáticamente la dignidad a quienes habían luchado, sangrado y muerto por ella. Por eso decimos siempre que recordar sucesos como el de Thiaroye, recordar a los tirailleurs, es una cuestión elemental de justicia y de honestidad que tenemos que hacer. Y además nos ayuda a entender de dónde nace realmente la determinación con la que después las generaciones siguientes lucharon por la independencia de sus países.
Cuando hablas de los grandes nombres del panafricanisco emerge esta cuestión de la unidad como única condición de posibilidad de una independencia real. ¿Qué queda de este planteamiento? ¿lees indicios de un nuevo panafricanismo?
La idea que atraviesa el pensamiento panafricanista desde Nkrumah hasta hoy es que la fragmentación en decenas de Estados pequeños es, precisamente, la principal herramienta con la que el poder colonial primero, y el neocolonial después, ha seguido operando en África: 55 países fragmentados son mucho más fáciles de presionar, endeudar y explotar por separado de lo que lo sería un continente unido, con una moneda común, un mercado común, con una política exterior común y una capacidad de negociación conjunta. Nkrumah lo decía en su obra Africa Must Unite: solo la unidad podía proteger al continente de la explotación extranjera.
Lo que queda de ese planteamiento es, sobre todo, su vigencia dolorosa. Seguimos, prácticamente sin cambios, en el mismo debate que enfrentó a Nkrumah con Houphouët-Boigny, o Senghor, respectivamente primeros presidentes de Costa de Marfil y Senegal, hace más de sesenta años: entre quienes soñaban con unos Estados Unidos de África y quienes priorizaban la soberanía nacional inmediata y los lazos bilaterales con las antiguas metrópolis. La Unión Africana, heredera de aquella Organización de la Unidad Africana, sigue atrapada en buena medida en esas mismas tensiones.
En cuanto a indicios de un nuevo panafricanismo, creo que ya de por sí es un movimiento muy dinámico que ha sabido adaptarse, reinventarse según los contextos. Hoy por ejemplo vemos consolidarse más una visión que no viene principalmente de las instituciones continentales, que siguen limitadas por la financiación externa y las divisiones internas, sino de abajo: de la juventud africana y de la diáspora que se organiza en redes horizontales, en espacios de militancias, en colectivos culturales, en movimientos digitales que reclaman una unidad que ya no depende de que los jefes de Estado se pongan de acuerdo primero. Es un panafricanismo que, a pesar de sus propios desafíos, es más horizontal, menos institucional y, precisamente por eso es mucho más difícil de controlar o de frenar desde arriba.
Que hoy buena parte de los movimientos que dicen defender la transformación social apenas miren hacia África es una forma de provincianismo político que no se reconoce a sí mismo como tal
La historia de África también es global, con países de fuera del continente aliándose con los líderes panafricanos, con movimientos de independencia como el argelino o el Burkina Faso de Sankara, marcando el camino. ¿Qué implica que los movimientos emancipadores del mundo, quienes dicen defender la transformación, no parezcan mirar ya a África, como si no hubiese nada que aprender?
Esto es algo que me duele especialmente, y lo digo sin medias tintas. Hubo un tiempo en que Argel, por ejemplo, era, literalmente, la capital de las revoluciones del mundo, refugio y punto de encuentro de movimientos de liberación de tres continentes; momentos también en que Thomas Sankara en Burkina Faso inspiraba directamente a movimientos anticoloniales y antiimperialistas en América Latina y en Asia. Había una auténtica internacional de los pueblos oprimidos que se miraba, se citaba y se alimentaba mutuamente, en un diálogo político real, no solo simbólico.
Que hoy buena parte de los movimientos que dicen defender la transformación social apenas miren hacia África, salvo para hablar de ella en términos de ayuda humanitaria, catástrofe climática o crisis migratoria, es, en el fondo, una forma de provincianismo político que no se reconoce a sí mismo como tal. Se ha aceptado, sin decirlo abiertamente, una jerarquía implícita de qué luchas importan y merecen estudio, y cuáles son secundarias o folclóricas. Y eso empobrece a todo el mundo por igual: se pierde la oportunidad real de aprender de experiencias de resistencia, de organización comunitaria, de pensamiento político descolonial que en África llevan siglo y medio desarrollándose y perfeccionándose, muchas veces en condiciones bastante más extremas que las que enfrentan hoy esos mismos movimientos que ya no miran hacia allí.
Abordas un tema que encuentro fascinante que es la tensión, pero también las sinergias entre diáspora y continente. Están los casos de Sierra Leona o Liberia como choque entre una población que viene de la diáspora y los pueblos que habitan el territorio, pero también existe la construcción de ideología y resistencia que conecta a la diáspora con los movimientos independentistas de los países. ¿Por qué es clave esta doble mirada sobre diáspora y continente, tensiones y alianzas?
Sierra Leona y Liberia son, para mí, los ejemplos más crudos de esta tensión estructural: dos proyectos de “regreso a casa” impulsados desde fuera, por abolicionistas británicos en un caso, por la American Colonization Society estadounidense en el otro, que chocaron de frente, casi desde el primer día, con las comunidades que ya habitaban esas tierras. Los colonos que llegaban a Freetown o a Monrovia traían consigo la idea sincera de la libertad, pero también, sin quererlo del todo, lógicas de propiedad, de jerarquía y de poder heredadas de la propia sociedad que los había esclavizado. Eso generó fricciones reales, a veces violentas, con los pueblos temne, mende o los distintos pueblos autóctonos de Liberia, que no eran una tierra vacía esperando ser poblada, sino territorios con sus propias estructuras sociales y políticas plenamente vigentes.
Pero esa misma diáspora que en ocasiones chocó de manera dolorosa con el territorio africano fue también la que sembró, generación tras generación, las ideas fundacionales del panafricanismo. Martin Delany, Alexander Crummell, Audley Moore, Amy Aswood Garvey, Edward Blyden, W.E.B. Du Bois, Marcus Garvey: todos ellos y ellas pensaban desde fuera del continente, muchas veces sin haber pisado nunca África, y sin embargo su pensamiento terminó alimentando directamente las luchas de independencia dentro del continente, desde el Congreso de Manchester de 1945 hasta Accra en 1958.
Esa doble mirada es clave porque nos obliga a abandonar de una vez una idea demasiado simple de “los de dentro” y “los de fuera”. La diáspora y el continente se han necesitado, se han tensionado, se han malentendido y se han transformado mutuamente durante más de dos siglos, y ese diálogo, con todas sus fricciones históricas incluidas, que no hay que esconder ni edulcorar, sigue absolutamente vivo hoy, también en mi propia experiencia personal donde al final nunca me presento como alguien de la diáspora por haberme criado prácticamente en el continente, pero que muchos me ven como tal.
Me interesa esta idea de la ancestralidad para buscar nuevos futuros, de una forma y otra le dedicas varios capítulos a esta idea. ¿Por qué es importante?
Le dedico varios capítulos del libro al tema de la ancestralidad porque creo firmemente que no se puede construir un futuro digno para África sin recuperar antes, con seriedad, la relación con su propia memoria y su propio conocimiento acumulado durante milenios. Durante siglos se nos ha enseñado, dentro y fuera del continente, que el saber que realmente cuenta, el saber válido y serio, viene de fuera, de Europa, de Occidente concretamente, y que lo africano es, en el mejor de los casos, folclore bonito, tradición pintoresca, pero nunca conocimiento riguroso o sistema de pensamiento con entidad propia.
Recuperar la ancestralidad, los griots como guardianes vivos de la palabra y la memoria colectiva, la aritmética africana anterior a Euclides, la medicina tradicional y sus curanderos, la ingeniería hidráulica desarrollada colectivamente en el Sahel, los calendarios y la astronomía nilótica, no es, en absoluto, un ejercicio de nostalgia romántica hacia un pasado idealizado. Para mí es una forma de reafirmar, con datos y con rigor histórico, que existían y existen sistemas de conocimiento africanos con validez plena y propia, y que ese conocimiento constituye una base legítima y sólida desde la cual imaginar el futuro del continente, no un capítulo cerrado y superado del pasado que solo merece una vitrina de museo.
No se puede construir un futuro digno para África sin recuperar antes, con seriedad, la relación con su propia memoria y su propio conocimiento acumulado durante milenios
En este marco, en un mundo obsesionado con el hiperpresente, tú hablas de la ancestralidad y la memoria como resistencia, pero también como una forma de justicia intergeneracional. ¿Podrías explicar estas ideas?
Vivimos, como sociedad global, obsesionados con el ahora, con lo inmediato, con el último titular o la última tendencia, y esa obsesión con el hiperpresente es, en el fondo, otra forma sutil de despojo. Si no recordamos con precisión de dónde venimos, se vuelve mucho más fácil que ciertas violencias se repitan sin que nadie las reconozca como tales, o que se nos convenza, poco a poco, de que fenómenos como la pobreza estructural, la dependencia económica o la fragmentación política del continente son condiciones naturales o inevitables, y no el resultado directo de decisiones históricas concretas tomadas por actores concretos. Por eso insisto tanto en la memoria como forma de resistencia, cuando recuerdo Thiaroye con nombre y apellidos, cuando recuerdo el caso de Sarah Baartman, o el saqueo sistemático del patrimonio cultural africano que hoy sigue expuesto en museos europeos, es una forma de negarse activamente a que esa violencia histórica quede sin nombre, sin responsables y sin consecuencias.
Y hablo específicamente de justicia intergeneracional porque esa memoria que reivindico no es solo para nosotros, es una herencia que le debemos, con toda la responsabilidad que eso implica, a quienes vienen después. Si mi generación no hace el trabajo de nombrar, investigar rigurosamente y transmitir con claridad lo que realmente ocurrió, se lo estamos negando por adelantado a generaciones futuras, que crecerán, como crecimos muchos de nosotros, sin las herramientas necesarias para entender por qué el mundo está construido exactamente como está construido hoy. Honrar a quienes nos precedieron en la lucha y, al mismo tiempo, dejar un camino de memoria clara y accesible a quienes vienen después es, para mí, la esencia misma de la justicia intergeneracional.
RELACIONADO
Dedicas un último capítulo a las culturas, frente a esta idea de cultura/arte africano como algo exótico, homogéneo y estático en el tiempo ¿por qué es importante reivindicar las culturas, el arte, como un fenómeno plural, cotidiano, dinámico y con contenido político?
El hecho de cerrar el libro con las culturas es a propósito, porque es quizás el terreno donde el estereotipo está más arraigado y resulta más difícil de desmontar esa idea de un “arte africano” homogéneo, atemporal, casi como una pieza de museo etnográfico que no cambia ni dialoga verdaderamente con el presente. Nada más lejos de la realidad que he intentado documentar en el libro. La tela wax, hoy símbolo indiscutible de identidad africana en todo el mundo, tiene detrás una historia de comercio global fascinante y llena de contradicciones; el afrobeat y el highlife que nacieron como ritmos de resistencia política explícita, no como simple entretenimiento; el cine africano también ha recorrido un camino que va desde el cine militante de los años de la independencia hasta producciones contemporáneas que hoy compiten y ganan en los principales festivales internacionales.
Reivindicar la cultura africana como plural, como cotidiana y profundamente política es, sobre todo, una forma de negarse a que siga siendo reducida a souvenir turístico o a mera “inspiración” estética para creadores de fuera del continente. Es una cultura viva, hecha día a día por 55 países, miles de lenguas y comunidades que crean, que transforman, discuten y disputan sentido constantemente, sin pedir permiso a nadie. Y en cada una de esas expresiones culturales hay, siempre, aunque no se nombre explícitamente como tal, una postura política de fondo: decidir qué se canta, qué se teje, qué se graba, qué historia se cuenta y desde qué mirada, es también decidir qué relato se construye sobre uno mismo. Y esa es exactamente la misma pelea que atraviesa todo el libro de principio a fin: la dignidad de contarnos a nosotros mismos, con nuestra propia voz, sin intermediarios que decidan por nosotros qué merece ser recordado.
África
Patrick Mbeko: “El panafricanismo hoy debe ir más allá de la cuestión africana, la causa debe de ser la causa de los pueblos”
El periodista e investigador Patrick Mbeko, experto en conflictos y geopolítica africana, es autor de varios libros sobre el continente. Hace unas semanas conversó con El Salto sobre panafricanismo, colonialismo, conflicto y la necesidad de cambiar el relato sobre África.
Pensamiento
‘Cómo Europa subdesarrolló a África’: leer a Walter Rodney hoy
Literatura
Un salvaje entre los tiradores senegaleses que lucharon en la Gran Guerra
David Diop ha presentado en España Hermanos de alma, una novela que transcurre en la Primera Guerra Mundial y que narra un fragmento de la historia de un soldado de los llamados tiradores senegaleses.
Burkina Faso
“La descolonización mental es la que precede a las otras descolonizaciones”
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!