Opinión
Feminismo, ese ruido contagioso
Cuenta una buena compañera que en algunas zonas de Kibera, uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, Kenia, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas. El objetivo es estigmatizar la violencia dentro de las comunidades y que ese ruido, esa interrupción de la vida cotidiana, ponga el foco en la lucha contra la violencia de género.
Es probable que mientras Ayuso anunciaba la entrega de la medalla de la Comunidad de Madrid a Donald Trump “por ser faro de libertad del mundo” —Milei, Guaidó o Noboa también la han recibido— en Minneapolis, centenares de activistas se concentraran a 20 grados bajo cero para dar su mejor do de pecho e improvisar un concierto en las puertas de un hotel. Hotel donde los agentes del ICE intentan descansar tras largas jornadas de redadas y detenciones racistas. La narrativa que triangula inmigración, seguridad y delincuencia no es nueva.
La derecha y la ultraderecha llevan décadas construyendo a través de sus medios, y ahora las redes, al “enemigo común”. Un relato de tintes fascistas cargado muchas veces de islamofobia, donde los derechos de las mujeres se instrumentalizan para imponer políticas racistas. Esa es la misma derecha que se expande a nivel mundial en países como Hungría, Italia o Estados Unidos a través un profundo entramado de organizaciones y fundaciones que buscan implantar políticas públicas de control sobre los cuerpos de las mujeres, su idea de familia tradicional y alertar sobre la teoría del reemplazo o el invierno demográfico.
Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca
Lejos de Estados Unidos, el pasado verano, impulsadas por esa necesidad de ruido y probablemente por la rabia y la impotencia de estar viviendo un genocidio en directo, cinco activistas se plantaron en medio del Alt Empordà para intentar parar la vuelta ciclista. El equipo Israel Premier Tech rodaba a sus anchas legitimando así las actuaciones del estado sionista. Y lo que empezó como un pequeño alfiler cayendo al suelo terminó con convocatorias multitudinarias por todo el estado hasta que se consiguió parar varias etapas de la vuelta ciclista.
Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca, ya que sabemos el efecto de contagio que puede producir.
El 31 de enero de 2026 el ruido inundó una vez más La Cañada en una multitudinaria marcha para defender su territorio, y su “derecho a tener derechos” como expresaba la activista y vecina del barrio Houda Akrikrez en el manifiesto leído al final de la movilización.
Cañada, está amenaza de derribo y desalojo. Desde hace más de cinco años viven sin luz debido a un corte de suministro llevado a cabo por Naturgy empresa española que opera en el sector energético de México, Brasil, Argentina, Chile y Panamá, muchos calificados de narcoestados, por Ayuso.
Las feministas llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes
Este territorio del sureste de Madrid también está amenazado por el mantra del ladrillo. Madrid se ha convertido en una de las zonas más tensionadas de todo el Estado, donde la emergencia habitacional está expulsando a miles de personas. Las administraciones le han puesto una alfombra roja a los fondos de inversión transnacionales que especulan y se lucran con la vivienda, comprado bloques enteros, pero también con los servicios públicos como la sanidad o la educación. En sanidad, la gestión indirecta en la Comunidad de Madrid merma los recursos de la pública mientras que en educación el trasvase de fondos a la mal llamada concertada se realiza a través de becas o cesión de suelo público. Cañada lleva más de 30 años poniendo el foco en un modelo depredador de ciudad trasnacional que encuentra resistencias entre colectivos antirracistas, feministas, ecologistas y de defensa de los servicios públicos.
Las feministas “somos más, en todas partes”, como afirma el lema de este año de la comisión 8M del movimiento feminista de Madrid. Llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes, como en el caso Epstein. El pasado 13 de enero de 2026 dos exempleadas de Julio Iglesias presentaron ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional una denuncia formal por abusos sexuales, agresión, acoso y explotación laboral. Los hechos ocurrieron en 2021 mientras trabajaban en las residencias del artista en República Dominicana y Bahamas.
La denuncia no ha prosperado, de momento, supuestamente por cuestiones de jurisdicción, pero permite visibilizar la violencia sexual en el ámbito del trabajo de hogar. Miles de compañeras de este sector denuncian desde hace años la desprotección legal, los abusos y agresiones que sufren a diario en lugares invisibles para la sociedad: el interior de los domicilios. Sacar el empleo de hogar a las calles, a los medios de comunicación, a los juzgados, escuchar su ruido, nos obliga a hablar de las relaciones laborales racistas y patriarcales, de la impunidad de los hombres blancos y ricos en todo el mundo y en el caso del Estado español, de la Ley de Extranjería.
No menospreciemos el ruido, por pequeño que parezca. Este año en Kibera, Cañada, Palestina, Minneapolis o República Dominicana, las feministas saldremos a las calles organizadas para gritar contra el genocidio, el racismo, las violencias y sus guerras. Frente al avance del fascismo y la ultraderecha no tenemos un plan maestro, nadie lo tiene, pero sí tenemos claro que la única salida posible es la movilización y la organización, conectar las amenazas y las luchas locales que reverberan de un territorio a otro, tener una mirada internacionalista. Como decían Olga Rodríguez y Nadwa Abu-Ghazaleh recientemente en una charla sobre Palestina: “Hay que volver a confiar en la fuerza que tenemos todas juntas”.
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