Opinión
La retórica de salvar a las mujeres musulmanas

Durante décadas, la situación de las mujeres musulmanas ha sido presentada como una prueba moral que justificaría intervenciones políticas o militares. El bombardeo de una escuela de niñas en Minab obliga a mirar de frente la paradoja de ese discurso.
Una escuela primaria en Minab, en la provincia de Hormozgan, en el sur de Irán, fue bombardeada por EEUU e Israel. Al menos 85 niñas murieron.
Una escuela de primaria en Minab, al sur de Irán, fue bombardeada por EEUU e Israel. Al menos 85 niñas murieron.

El 28 de febrero de 2026 una escuela primaria femenina en Minab, en el sur de Irán, fue alcanzada por un misil en el contexto de una serie de bombardeos vinculados a operaciones militares de Estados Unidos e Israel contra el país. Las autoridades iraníes han afirmado que 148 personas murieron y 95 resultaron heridas, la mayoría niñas que se encontraban en clase en el momento del impacto. La cifra no ha podido verificarse de forma independiente, aunque medios internacionales han confirmado imágenes del edificio destruido y de las labores de rescate posteriores. La escuela, Shajareh Tayyebeh, albergaba en ese momento a decenas de alumnas de primaria.

Los gobiernos implicados han ofrecido respuestas previsibles: Washington afirma que está investigando los reportes sobre víctimas civiles y fuentes israelíes han negado haber llevado a cabo operaciones en ese punto concreto. Como ocurre con frecuencia en contextos de guerra, los hechos, la autoría y las cifras quedan envueltos en disputas informativas.

Más allá de esas disputas, lo ocurrido plantea una contradicción difícil de ignorar. En las últimas décadas, parte del discurso político occidental —especialmente desde sectores conservadores y de extrema derecha, aunque también asumido en ocasiones en debates más amplios— ha insistido en presentar la situación de las mujeres musulmanas como un problema moral que exigiría intervención externa. La opresión de las mujeres en sociedades musulmanas aparece así como argumento recurrente en discursos sobre seguridad, migración o política internacional.

Sin embargo, cuando la violencia vinculada a esos mismos conflictos recae precisamente sobre mujeres y niñas musulmanas, ese lenguaje protector rara vez altera el funcionamiento de las alianzas militares o las estrategias geopolíticas en curso.

El mismo ecosistema político y mediático que afirma hablar en nombre de las mujeres musulmanas convive sin fricción con dinámicas que las exponen a una violencia extrema

Minab obliga a mirar una paradoja que rara vez se formula de forma explícita: el mismo ecosistema político y mediático que afirma hablar en nombre de las mujeres musulmanas convive sin fricción con dinámicas que las exponen a una violencia extrema. La “preocupación” por su libertad aparece con nitidez cuando sirve para marcar civilizatoriamente al enemigo; desaparece cuando esas mujeres —o sus hijas— quedan bajo el radio de acción de las potencias que se presentan como garantes del orden. Lo que permanece estable no es la protección, sino la capacidad de seguir: investigar sin consecuencias, negar sin coste, continuar sin interrupción.

Si el discurso de salvarlas puede coexistir con Minab, quizá convenga tratarlo como lo que es: una tecnología de legitimación.

La teórica poscolonial Gayatri Chakravorty Spivak formuló una de las críticas más influyentes sobre esta narrativa en su ensayo Can the Subaltern Speak? (1988). Analizando debates coloniales británicos sobre India, Spivak resumió un patrón recurrente con una frase que se ha convertido en referencia obligada en los estudios poscoloniales: “Whitemen saving brown women from brown men

La frase describe un mecanismo político e ideológico: el uso de la situación de las mujeres en sociedades colonizadas o no occidentales como argumento moral para justificar intervenciones externas. No se trataba de negar la existencia de patriarcado o violencia de género en esos contextos, sino de señalar cómo esas realidades eran utilizadas por el poder colonial para legitimarse a sí mismo como agente civilizador.

Ese esquema no desapareció con el final del colonialismo formal. En las últimas décadas ha reaparecido en distintos discursos políticos sobre Oriente Medio y el islam. La antropóloga Lila Abu-Lughod lo analizó en su influyente artículo Do Muslim Women Really Need Saving? Anthropological Reflections on Cultural Relativism and Its Others (2002), publicado en American Anthropologist y posteriormente ampliado en su libro Do Muslim Women Need Saving? (2013).

Abu-Lughod examina críticamente la narrativa occidental que presenta a las mujeres musulmanas como víctimas pasivas que necesitan ser rescatadas desde fuera. Su argumento no consiste en negar las formas de desigualdad que muchas mujeres pueden experimentar, sino en cuestionar cómo esas realidades se convierten con frecuencia en argumentos morales dentro de agendas geopolíticas más amplias.

En su análisis muestra cómo el burka fue rápidamente transformado en un símbolo universal de opresión femenina durante la intervención en Afganistán, ignorando que el significado del velo varía según contextos sociales, religiosos y políticos, y que muchas mujeres lo utilizan también como forma de pertenencia o negociación de su presencia en el espacio público. Reducir esas experiencias a un único símbolo —advierte— simplifica realidades complejas y borra la agencia de las propias mujeres. Al mismo tiempo, señala que la retórica de “salvar a las mujeres musulmanas” puede funcionar como una forma contemporánea de feminismo colonial, al legitimar intervenciones externas mientras se ignoran las condiciones políticas y económicas que también configuran sus vidas.

Desde entonces, ese mismo patrón aparece con frecuencia en el debate público europeo y norteamericano. Las mujeres musulmanas son presentadas de manera recurrente como víctimas paradigmáticas de sociedades patriarcales, y su situación se utiliza para discutir políticas migratorias, prohibiciones del velo o supuestos choques culturales entre islam y derechos de las mujeres.

Lo que señalan muchas autoras feministas poscoloniales es que ese discurso tiene un problema estructural: tiende a hablar sobre las mujeres musulmanas sin hablar con ellas. En lugar de reconocer su agencia política, las convierte en figuras simbólicas dentro de narrativas occidentales sobre civilización, modernidad o emancipación.

Esta crítica no se dirige únicamente a la derecha o a discursos abiertamente islamófobos. También interpela a sectores progresistas y a ciertos feminismos occidentales que, aun partiendo de preocupaciones legítimas, reproducen una lógica paternalista: la idea de que las mujeres musulmanas necesitan ser rescatadas desde fuera de sus propias sociedades.

El problema no es únicamente teórico. Tiene consecuencias políticas.

Cuando las mujeres musulmanas aparecen en el discurso público occidental principalmente como víctimas que necesitan ser salvadas, su imagen puede integrarse con facilidad en proyectos muy distintos: desde agendas securitarias hasta intervenciones militares. Pero esa centralidad simbólica tiende a desaparecer cuando los daños que sufren están relacionados con las dinámicas de poder global en las que participan también las potencias occidentales.

El caso de Minab resulta incómodo precisamente por eso.

Si las cifras difundidas por las autoridades iraníes se aproximan a la realidad, el ataque habría provocado la muerte de más de un centenar de niñas en una escuela. Y, sin embargo, el episodio se inserta rápidamente en la lógica habitual de los conflictos contemporáneos: investigaciones en curso, versiones contradictorias y debates técnicos que rara vez alteran el curso de las decisiones políticas.

Nada de esto es excepcional en términos geopolíticos. Pero sí revela la fragilidad de un discurso moral que se desmorona cuando se enfrenta a los efectos concretos de la guerra.

Cualquier análisis crítico del poder internacional debería empezar por preguntarse quién habla en nombre de las mujeres y para qué

Porque si el argumento para intervenir era la defensa de las mujeres musulmanas, el hecho de que esas mismas mujeres —o sus hijas— puedan morir bajo esa misma arquitectura de poder debería ser, al menos, políticamente perturbador.

Y sin embargo, rara vez lo es.

Quizá por eso la advertencia formulada por Spivak hace décadas sigue siendo pertinente: cualquier análisis crítico del poder internacional debería empezar por preguntarse quién habla en nombre de las mujeres y para qué.

Porque cuando el discurso de “salvarlas” puede coexistir con la muerte de niñas en una escuela, la pregunta deja de ser retórica.

Feminismos
A propósito de salvajadas¸ izquierdas racistas y feminismos blancos
Rufián afirmó hace unos días que el burka es una “salvajada”. Una “animalada”. ¿Qué ocurre cuando un representante público, desde la izquierda, califica así una práctica cultural y profundamente racializada y estigmatizada?
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...