Memoria histórica
Arnau Fernández Pasalodos: “La represión franquista ejerció un tipo de violencia que se centró en la mujer”
Arnau Fernández Pasalodos (Barcelona, 1995) va de punta a punta del Estado y hace un paréntesis para atender a El Salto. Tiene once presentaciones en quince días. Lleva bajo el brazo su libro ¿Mató tu bisabuelo al mío? (Crítica, 2026) que analiza cómo el trauma, el silencio y la impunidad de los victimarios durante la guerra civil y el franquismo han llegado hasta nuestros días. Hasta los bisnietos. A partir de su experiencia personal, centrada en la búsqueda del cuerpo de su bisabuelo Manuel Sesé Mur, asesinado y hecho desaparecer durante la dictadura, hace un collage de experiencias de otras bisnietas y bisnietos que sienten un dolor profundo, en muchas ocasiones físico, al buscar a sus desaparecidos.
Historiador e investigador postdoctoral en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), hizo algo más de 50 entrevistas de muchas horas para retratar la realidad de los bisnietos y bisnietas de los represaliados. Con estas historias se pretende reivindicar una reparación que aún no se ha alcanzado y alertar de que la Ley de Memoria Democrática deposita sobre los hombros de las cuartas generaciones la responsabilidad de que se consiga, porque son los últimos familiares que pueden pedir la exhumación de fosas y recuperación de cuerpos. Con las voces de diferentes bisnietos y bisnietas construye también un relato sólido con el que intenta desbancar las teorías que hablan del golpe de estado y el posterior conflicto como una “guerra entre hermanos”. Porque las tropas franquistas aniquilaron a disidentes, los asesinatos no fueron fruto del azar, y no todos sufrieron por igual, insiste Fernández.
Arnau, te veo muy atareado ¿Qué tal están funcionando las presentaciones?
Pues se están llenando, está respondiendo bien la gente. Además, hay una cosa que me está gustando, que es que está viniendo mucha gente joven. Eso es difícil de conseguir. En las cosas de memoria y de historia normalmente el público tiene un perfil de edad elevado. Y en esta ocasión con este libro está viniendo también gente joven, así que bueno, era el objetivo y se está consiguiendo.
¿Tú no tienes la sensación de que las cosas de memoria se están poniendo de moda?
No sé si te diría de moda, pero te diría que quizá ante tanto caos y ante tanta incertidumbre, lo mismo hay gente que quiere pensar también en el pasado, porque nos dice muchas cosas del presente. Por ejemplo, mi alumnado en Granada es un alumnado que está muy interesado en trabajar memorias. Y hablando con otros profesores más mayores que yo lo perciben como cierta novedad. No quiere decir que no haya habido, obviamente, estudiantes interesados en memoria, pero sí hay un auge. No sé qué explicación hay detrás de eso, pero a mí me da la sensación de que el presente incide mucho, y ante la necesidad de analizar lo que estamos viviendo, con el auge de la extrema derecha y del fascismo, hay gente que se acerca a los espacios de memoria.
Entonces, ¿no consideras que es necesario hacer un contrarrelato de lo que se está diciendo, que la juventud es fascista, que la juventud es revisionista?
Yo, fíjate, creo que es más al revés. Creo que la generación más revisionista y más abiertamente neofranquista puede ser la de nuestros padres. Pienso en la generación nacida en los años 50, 60, quizás hasta mediados de los 70. La generación educada en la transición. Mi experiencia como profesor, y como divulgador dando muchas charlas por todo el Estado, me indica que esas tesis más revisionistas, muy casposas, provienen de estos señores tipo Pérez-Reverte, que son los grandes culpables de que haya una generación que se han educado leyendo novelas con unas tesis muy complacientes sobre la reconciliación y el relato de que todos fueron malos. Yo creo que a la gente joven la tesis de que todos fueron malos le queda incluso lejos, no termina de entenderlo.
Creo que es una cuestión más de gente mayor que son también quienes suelen comprar libros. Quienes más libros venden en las secciones de historia no somos los académicos, sino que son esos divulgadores. Yo quiero confiar en que la gente joven que se interesa por la historia tiene una mente mucho más abierta que la mayor. Quiero creer en ello. No sé si estoy sesgado por la labor de docente y por relacionarme con estudiantes muy sensibles con estos temas, pero yo te diría eso.
En el libro estableces que hay diferencias entre las bisnietas y las nietas de los represaliados en cuanto a la aproximación de sus historias familiares. ¿Cuáles son las principales?
Yo creo que sobre todo el paso del tiempo. La generación de las bisnietas se ha encargado de preguntar a las abuelas, qué le sucedió al bisabuelo o bisabuela fusilada. Y se lo han preguntado a su hijo o a su hija descendiente que quedó claramente traumatizada por toda esa experiencia y condicionada social y culturalmente durante toda su vida.
Y en la generación de los nietos de la guerra hubo un sector que sí se interesó e hizo grandes producciones culturales, en la narrativa y sobre todo en el cine. Pero luego me encuentro que en muchas casas, hablamos con los bisnietos y nos explican que sus padres nunca han preguntado en casa, porque han visto a la abuela o al abuelo tan afectado, tan en silencio, tan acongojado, tan miedoso, que da la sensación de que esos hijos de la guerra no quisieron molestar a los padres en muchas familias. Y han sido los bisnietos de la guerra, es decir, los nietos de esos descendientes directos de la violencia, los que sí que han preguntado en casa.
En el libro hacemos mucho hincapié en las fotos. Muchos bisnietos conectan con la guerra viendo las fotos de sus antepasados y preguntándole a la abuela: “Oye, abuela, ¿pero este quién es?”. Y así se habría un espacio para que la abuela dijera: “Pues este era mi padre, y lo mataron en la guerra”. Por ahí yo veo una diferencia fundamental y ha sido la relación abuela-nieta o abuelo-nieta. Porque en muchas familias, como se recoge en este libro, ha habido un salto generacional.
Somos una generación que hemos ido al psicólogo y sabemos lo que duele un trauma y ponerle nombre. La generación de nuestros padres no fue tanto al psicólogo y no ha sabido entender que sus padres, es decir, nuestros abuelos, tenían un trauma.
Yo tengo la sensación de que para nuestros padres lo que les había sucedido a sus abuelos no era reseñable y nosotras sí que lo vemos como reseñable porque vemos que se nos escapa la historia.
Eso es una reflexión que hemos hecho con muchos bisnietos para encontrar el por qué pasa eso. Y a mí me da la sensación de que la gente joven, al haber leído mucho sobre la guerra, sobre el franquismo, al conocer cómo fue la represión franquista tanto en la guerra como en la posguerra, ha conectado con ese trauma de las abuelas. Y también somos una generación joven que hemos ido al psicólogo y sabemos lo que duele un trauma y sabemos ponerle nombre a los traumas. Quizá la generación de nuestros padres no fue tanto al psicólogo por muchas cuestiones y no ha sabido entender que sus padres, es decir, nuestros abuelos, tenían un trauma. Yo pienso en mi abuela. Mi abuela tenía estrés postraumático, pero nadie en la familia se dio cuenta. Mi abuela se murió y nadie le dijo, “Ostras, Rosita, tú tienes estrés postraumático porque no has hablado nunca del pasado, te has callado siempre”.
Mi abuela era una persona abnegada, silenciosa, no quería molestar, como todas las abuelas que salen en el libro. No se metían en política, a ver si iba a haber problemas. La dictadura las moldeó así.
Otra de las cosas que quizás nos diferencian a los nietos de los biznietos es nuestro concepto de la transición. ¿Somos nosotras más críticas?
De hecho, en el libro se refleja en todos los capítulos. Las bisnietas y bisnietos de la guerra vemos la transición con muchísimo recelo, sobre todo en cuestiones de memoria. La impunidad de los verdugos de nuestros antepasados nos duele. Se murieron tranquilamente en la cama. No solo Franco se murió en la cama, la dictadura se construyó con muchos hombres, y aquí hablamos de varones sobre todo. Los bisnietos de la guerra que se reflejan en este libro son una generación que ve la transición como algo incompleto, insuficiente, negativo y perjudicial para los intereses de sus propias familias y de ellos mismos. No ha habido una reparación real para esa violencia.
También nosotras hemos podido acceder a los archivos, ¿no? Que ellos no han podido.
Exacto. De hecho, el archivo duele a nuestra generación porque hemos conocido mucha información de nuestros bisabuelos que nuestros abuelos no supieron. Y se han muerto sin que pudieran ir a aquel archivo porque el Estado no explicaba a dónde ir para buscar información de sus padres o de sus madres. El archivo es fundamental para conocer el pasado y además duele. Es curioso.
Somos la última generación en poder solicitar, por ejemplo, algo tan fundamental como una exhumación. O sea, si yo tengo hijos en algún momento, mis hijos legalmente no tendrán derecho a solicitar ayudas públicas.
Hay otra cosa a la que aludes que me parece interesante y es lo qué dice la Ley de Memoria Democrática sobre los bisnietos. ¿Cuál es el papel que nos deja esa ley?
Somos la última generación en poder solicitar, por ejemplo, algo tan fundamental como una exhumación. O sea, si yo tengo hijos en algún momento, mis hijos legalmente no tendrán derecho a solicitar ayudas públicas para exhumar cuerpos de su tatarabuelo o de su tatarabuela. Y es gravísimo, me parece una ofensa contra nuestras familias, ¿no? Y creo que es algo que hay que revisar.
Deja una responsabilidad muy grande sobre nosotras.
Claro, imagínate. Si la legislación no cambia o incluso todavía peor, entran a gobernar los que parece que van a entrar a gobernar y se van a cargar las leyes de memoria, la consecuencia va a ser que quizá tenemos muy poquito margen para poder sacarlos de las fosas, para poder hablar de ellos y ellas con el respaldo del Estado, porque obviamente vamos a seguir trabajando por recuperar su memoria y su dignidad. Pero claro, lo mismo nos encontramos una situación donde la ley no solo no nos termina de amparar muy bien en unos años, sino que directamente llegan unos que nos van a cortar toda posibilidad pública de acceder a información y a reparación. Va a ser una cosa gravísima lo que se viene, gravísimo.
Con la actual ley, aportas unos datos que son llamativos. Ya se han exhumado 9.000 cuerpos, pero solo se han identificado a 70 personas. ¿Por qué estamos tan lejos?
Pues porque la generación de nuestros abuelos, que eran los hijos de los represaliados donde el material genético era más detectable, han muerto. Hoy en día, como la familia no haya guardado ADN, ya es muy difícil, ya no solo encontrarlo, sino cuando se encuentran los restos, poder identificarlos correctamente. Sí se realizan exhumaciones, sí se están sacando muchos cuerpos, pero no hay identificaciones efectivas en general. El porcentaje es muy pequeñito porque llegamos tarde. Ahí hay que apuntar a la transición, claro…
Porque nuestra genética no sería suficiente.
Claro, cada generación que pasa pierde un 25% de material genético en relación con la anterior. Entonces, si yo quiero dar material genético para encontrar a mi bisabuelo, mi material genético ya prácticamente no vale. Valdría el de mi abuela, o quizás el de mi madre un poco, pero ya el de mi madre sería complicado. El mío ya es muy lejano para una prueba de ADN.
Los protagonistas de tu libro van más allá del dolor psicológico. Por ejemplo, Helios Garcés dice que el asesinato de su bisabuelo le produce un dolor físico. ¿Cómo se puede explicar esto?
Se puede explicar porque se siente mucho amor y mucho cariño por esos antepasados. Se siente dolor por la injusticia de que los matasen como los mataron. Se siente mucho dolor por el trauma que hablábamos antes de los abuelos y las abuelas que nunca pudieron a veces encontrar ni siquiera los restos. Mi abuela nunca supo dónde estaba enterrado su padre y murió sin saberlo.
Dolor e injusticia son dos palabras que salen todo el rato en este libro. Mucha gente que se conecta con estos temas, que es sensible a la injusticia, siente dolor físico. Y hablamos de dolor realmente físico. Y eso está muy relacionado con que estos bisnietos y bisnietas a los que yo me he acercado, y que ha sido una suerte conocerlos, es gente muy sensibilizada con las causas sociales. Ahí se mezcla el dolor, la rabia, la injusticia.
Tú hablas del telescopaje. ¿Qué es?
Pues un concepto que me explicó María Rosa Aránega, una de las bisnietas, y es básicamente la posibilidad de que haya una conexión muy fuerte con un antepasado y que lo sintamos muy vivo en el presente. Que dialoguemos internamente con él, que celebremos nuestros éxitos en la vida personal y profesional también con ellos, dándoles incluso las gracias. Es un concepto que trata de abordar cómo es posible que nos sintamos tan cerca de personas que fueron asesinadas 50 o 60 años antes de que nosotras y nosotros naciéramos. Y es muy bonito porque indica la capacidad que tiene el amor y la sensación de querer recuperar esas historias en el presente.
Además de la represión de la que estamos hablando, de los hombres que fueron fusilados y cuyo cuerpo aún no se ha encontrado, hay otro tipo de represiones que se aplicaron especialmente sobre las mujeres y de las que se ha hablado menos, como puede ser la violencia sexual. En tu libro se aborda este tema.
Hay un capítulo, el de Alba Llavina, en el que ella explica cómo su abuela a ella le cuenta, es la única persona de la familia a la que se lo cuenta, que cuando ella era pequeña iba a ver a su padre a la prisión de Almería a llevarle comida y ropa, los guardias de esa prisión la violaron siendo una niña. Ha habido abuelas que han encontrado en sus nietas el espacio seguro que no habían encontrado en generaciones mayores, como su hijo directamente, para hablar de violaciones, de violencia sexual. Volvemos al trauma. Esa señora murió sin que nadie le reconociera el trauma, sin que nadie le pudiese ayudar clínicamente, sin poder ir a un psicólogo y explicar: “Me han violado y necesito recomponer todo esto que me ocurrió de niña”. Y eso duele, imagínate enterarte de que a tu abuela la violan siendo una niña, como le ocurre a Alba. Es una cosa que te conecta todavía más con el pasado, lo sientes con más dolor, con más fuerza.
Además hay diferentes niveles en cuanto a la represión que han sufrido hombres y mujeres y en cuanto a la trascendencia que han tenido unas y otras.
La represión franquista ejerció un tipo de violencia que sobre todo se centró en la mujer. Lo sabemos perfectamente, ya no solo con las historias de las rapadas y de las violaciones sistemáticas, sino por los silencios impuestos. El silencio pesó sobre todo en la figura de las mujeres. Y se explica muy bien en este libro con la figura de las abuelas. Abuelas que no hablan, abuelas que hablan en voz bajita cuando hablan de su pasado, abuelas que van a llevar unas flores a un cementerio y se las quitan porque le dice el sepulturero que es provocar llevarle a una fosa unas flores. Ahí claramente la mujer en los años 40, 50, 60 es todavía más perjudicada que la figura del hombre por lo patriarcal y lo machista que fue el propio régimen. Y eso también conecta a las bisnietas y a los bisnietos con ese dolor, con esa sensación de injusticia de que sus abuelas fueron humilladas sistemáticamente por su pasado, pero también por su condición de mujeres.
Si queremos hacer que la memoria no muera, que generaciones próximas se sientan cerca de esto y quieran que se hable y que se recupere la dignidad, hay que llevar a nuestras generaciones jóvenes a las fosas
Y ya para finalizar, danos la clave para que esto no muera. Danos un tip. Dinos qué tenemos que hacer para que nadie se olvide de lo que ha sucedido.
La clave es educar a las generaciones jóvenes. Te voy a dar un ejemplo rápido. A los que están ahora mismo en el instituto y a los que irán al instituto en unos años, hay que llevarles a las fosas. Los adolescentes tienen que ver las fosas. Para mí es la clave. Si queremos hacer que la memoria no muera, que generaciones próximas se sientan cerca de esto y quieran que se hable y que se recupere la dignidad y que este país sea un país serio con su memoria y un país bueno en esa materia, hay que llevar a nuestras generaciones jóvenes a las fosas, a explicarles por qué existen, quiénes están enterrados, quiénes las hicieron. Y yo creo que ahí tenemos una herramienta muy poderosa para que la memoria no muera.
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