Opinión
Kimberli era una mujer trans: cuando la realidad desmonta el discurso transnegacionista

La reacción pública al feminicidio cometido por Andrés Roché muestra los límites de los discursos que intentan expulsar a las mujeres trans del análisis feminista de la violencia de género.

El feminicidio de Kimberli en Figueres ha abierto varios debates al mismo tiempo. El primero tiene que ver con la violencia institucional y con cómo un hombre pudo asesinar a su expareja después de haber sido detenido varias veces en menos de 48 horas por quebrantar una orden de alejamiento. Existían denuncias previas, medidas judiciales y antecedentes recientes. Y aun así quedó en libertad horas antes del asesinato. Pero alrededor del caso ha aparecido también otra cuestión relevante: Kimberli era una mujer trans y, durante varios días, ese dato apenas formó parte de la conversación pública.

La situación genera una contradicción interesante. Por un lado, el caso fue leído desde el primer momento como violencia machista. Nadie cuestionó públicamente que Kimberli fuera una mujer ni que el agresor reprodujera patrones de violencia de género ya presentes en relaciones anteriores con otras mujeres. En un contexto marcado por el auge de discursos transnegacionistas que intentan expulsar a las mujeres trans de la categoría mujer, eso resulta significativo.

Pero, al mismo tiempo, la ausencia de esa información también abre otro debate: hasta qué punto invisibilizar que Kimberli era una mujer trans termina borrando una realidad material evidente, y es que las mujeres trans también están expuestas a la violencia machista.

Aquí conviene hacer una aclaración importante. Durante los primeros días comenzó a difundirse el nombre de “Erika”. Sin embargo, ese no era su nombre. Según distintas informaciones publicadas posteriormente, Kimberli era el nombre con el que vivía y se identificaba socialmente, su nombre. “Erika” fue una feminización de su deadname obtenida a partir de registros administrativos donde todavía figuraba su nombre anterior.

Esto no es un detalle menor. Los registros institucionales siguen funcionando muchas veces como mecanismos de validación identitaria incluso cuando contradicen la realidad social y vital de las personas trans. Y en este caso eso produjo una situación paradójica: gran parte de la conversación pública reconocía el asesinato como violencia machista mientras, al mismo tiempo, nombraba incorrectamente a la víctima.

Para determinados sectores transnegacionistas, el reconocimiento de las mujeres trans como mujeres altera automáticamente el marco desde el que interpretan la violencia

Con el paso de los días, además, comenzaron a aparecer reacciones distintas entre divulgadoras y perfiles que habían hablado inicialmente del caso sin saber que Kimberli era trans. Algunas se retractaron o eliminaron publicaciones. Otras dejaron simplemente de mencionarlo. Y ahí aparece uno de los elementos más relevantes de toda esta discusión: para determinados sectores transnegacionistas, el reconocimiento de las mujeres trans como mujeres altera automáticamente el marco desde el que interpretan la violencia. Sin embargo, este caso parece señalar precisamente lo contrario.

Porque lo relevante aquí no es únicamente la identidad individual de Kimberli, sino las lógicas de violencia que atraviesan el caso. Y esas lógicas encajan plenamente dentro de los patrones que conocemos sobre violencia machista: control, violencia previa, reincidencia, quebrantamiento de medidas judiciales, sensación de posesión sobre la pareja y escalada de violencia hasta el asesinato.

De hecho, según las informaciones publicadas, el agresor ya había ejercido violencia previamente contra otras parejas mujeres. Es decir, no estamos ante una violencia excepcional o difícil de clasificar, sino ante una continuidad bastante reconocible dentro de las dinámicas de violencia de género.

Y precisamente ahí es donde este caso resulta especialmente útil para pensar cómo opera el patriarcado.

La violencia machista no actúa únicamente sobre una definición biológica cerrada de mujer. Actúa también sobre posiciones sociales feminizadas

La violencia machista no actúa únicamente sobre una definición biológica cerrada de mujer. Actúa también sobre posiciones sociales feminizadas, sobre cuerpos leídos socialmente desde la feminidad y sobre trayectorias vitales atravesadas por relaciones de subordinación frente a la masculinidad.

Por eso resulta insuficiente explicar la violencia patriarcal exclusivamente desde el sexo biológico. Porque entonces resulta difícil entender por qué muchas mujeres trans sufren formas de violencia extremadamente similares a las que sufren muchas mujeres cis, especialmente dentro de relaciones de pareja o en contextos de dominación masculina.

Esto no significa afirmar que todas las experiencias sean idénticas. Existen violencias específicas, experiencias diferentes y condiciones materiales distintas. Pero sí parece existir un núcleo común relacionado con la feminización social y con la posición que determinados cuerpos ocupan dentro del orden patriarcal.

Parte de la teoría feminista y queer lleva décadas trabajando precisamente esta cuestión. Judith Butler ha analizado cómo el género funciona también como una regulación social sostenida mediante normas, reconocimiento y castigo. Y Julia Serano ha desarrollado cómo muchas agresiones hacia mujeres trans combinan transfobia y misoginia precisamente porque esas mujeres son leídas socialmente desde la feminidad.

Algo parecido puede observarse en muchos relatos de hombres trans que describen cambios drásticos en su posición social a medida que empiezan a ser leídos públicamente como hombres. Cambia la autoridad que se les presupone, cambia la percepción de vulnerabilidad y cambia también la manera en que son tratados en el espacio público. Es decir, cambia la posición social desde la que el entorno interpreta su cuerpo.

Todo esto permite entender mejor por qué reconocer que Kimberli era una mujer trans no debilita el análisis feminista de la violencia machista. Más bien amplía la capacidad de comprender cómo funciona realmente la violencia patriarcal y sobre qué cuerpos se ejerce.

Porque el problema no es únicamente qué cuerpos nacen bajo una determinada clasificación biológica. El problema es también qué cuerpos son colocados socialmente en posiciones feminizadas y, por tanto, expuestos a formas concretas de control, dominación y violencia.

Y, precisamente por eso, las mujeres trans no quedan fuera del análisis de la violencia machista, sino que están atravesadas por esas mismas lógicas de dominación y violencia.

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