Opinión
Mar de fondo

No sé si la muerte por pena está descrita científicamente, pero la gente de Camelle cuenta que murió de tristeza unas semanas después de que todo se inundara de chapapote.
Galeria aniversario Prestige - 8
Jóvenes voluntarios limpiando chapapote tras la catástrofe del petrolero 'Prestige'. Juan Carlos Rojas
19 jul 2026 06:00 | Actualizado: 19 jul 2026 08:46

La historia hablaba de un hombre que, según contaban, había muerto de pena cuando el Prestige inundó de petróleo el trozo de costa en el que vivía. No sé si la muerte por pena está descrita científicamente, pero la gente de Camelle, el pueblo gallego en el que vivió desde que a los 25 años llegó de Alemania, cuenta que murió de tristeza unas semanas después de que todo se inundara de chapapote. Dicen que no pudo soportar que ese pedazo de costa al final del espigón del pueblo fuera destrozado por culpa de los humanos. Un lugar que él había convertido en un museo al aire libre en el que hacía esculturas con las piedras y las cosas que traía el mar.

Manfred Gnädinger, al que todo el mundo en el pueblo llamaba Man, había convertido en su hogar una pequeña casa de unos seis metros cuadrados que había pintado por fuera con círculos de colores. Vivía consumiendo apenas nada, sintiéndose profundamente unido a ese trozo de naturaleza, integrado como una parte más de ese ecosistema.

Del museo al aire libre queda poco, se fue destruyendo con el tiempo, pero en el pueblo hicieron otro museo donde está recogida parte de su obra. En una de las vitrinas hay 2.481 pequeñas libretas, del tamaño de una mano. De esas que tienen la espiral por el lado corto del rectángulo y están llenas de hojas cuadriculadas. Están todas numeradas. De la primera a la última. Su contenido no está expuesto pero cuentan que, cada vez que alguien llegaba a esa parte de la costa a ver el museo al aire libre, él les daba una libreta para que anotasen o dibujasen sensaciones o ideas que les producía estar en ese lugar. Luego las recogía y las iba entregando a la siguiente persona que llegaba hasta que todas las hojas estaban llenas. Las primeras son de 1978. Las últimas de 2002, cuando el hundimiento del Prestige lo llenó todo de fuel.

Dicen que lo que no se nombra a menudo no se ve

Man le hizo una portada a cada una de esas pequeñas libretas. En el museo se pueden ver algunas. En 2.481 portadas caben muchas posibilidades. Dibujos acompañados de frases escritas en alemán. Fotos en las que sale él con gente que lo visitó. Pequeños círculos hechos con una máquina taladradora. Gotas de pintura que parecen caer de forma aleatoria sobre el cartón. Círculos superpuestos. Un trozo de sobre con un sello pegado a modo de collage. Dibujos en blanco y negro y dibujos con colores. Fotos de sus esculturas. Fotos de él en la puerta de su casa. La número mil tiene pegado un billete de mil pesetas. Pequeños collages. Más círculos que aparecen por todas partes. Dibujos de niños o niñas. Hay una envuelta con esmero en papel de estraza. Por algo que probablemente solo él supiera quiso diferenciarla del resto.

Es difícil no tener ganas de mirar lo que contienen. Saber qué escribían las personas que pasaban por allí en esas hojas cuadriculadas que luego Man guardaba con un cuidado meticuloso.

Dicen que lo que no se nombra a menudo no se ve. Pasa con los pájaros, quizás los has visto mil veces pero hasta que no te aprendes los nombres no sabes cuántas especies distintas conviven en tus lugares cotidianos.

Dicen que el primer paso para comprometerte con el cuidado de los ecosistemas y de la vida (más allá de la humana) es tener un vínculo emocional con el entorno

Quizás eso ocurría con las personas que anotaban y dibujaban cosas en esas libretas. Quizás Man les invitaba a conectarse con ese lugar, a observarlo, a sentirlo, a quererlo. Quizás le parecía importante que, por un rato, se parasen a mirar ese trozo de naturaleza. Que nombraran ese lugar con palabras y dibujos. Que se vincularan con ese trozo de costa que, veinticuatro años después de que se llenara de una masa viscosa que lo ahogó todo, ha vuelto a abrir espacio a la vida.

Dicen que el primer paso para comprometerte con el cuidado de los ecosistemas y de la vida (más allá de la humana) es tener un vínculo emocional con el entorno. Quién sabe si esas libretas están impregnadas de ese vínculo. Quién sabe si a ese vínculo que es el comienzo del cuidado le pasa como al mar de fondo (esos movimientos de agua profundos que no se ven en superficie pero que pueden llegar a sitios muy distantes de donde se generaron), si se diseminó por lugares que quedan lejos de ese pedazo de Costa da Morte que fue para Man mucho más que un hogar.

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