5 jul 2026 06:00

Recuerdo la fecha como si fuera la de un cumpleaños. 26 de junio. La historia de lo que ocurrió la escuché la primera vez que viajé a Argentina. Hablaban de Darío y de Maxi. Del movimiento de los piqueteros del que formaban parte. De la manifestación organizada ese día que rebosó las calles de personas organizadas desde abajo. Personas que fueron capaces de hacer temblar un suelo que, a los poderosos, les parecía más firme de lo que era. Poderosos que, justo por eso, precisamente por eso, con Eduardo Duhalde al frente del gobierno nacional, decidieron que, por primera vez, sacarían a la calle a las tres fuerzas federales para que actuaran de forma conjunta. La gendarmería, la prefectura y la policía federal se sumaron a la policía bonaerense, además de personal de inteligencia y brigadas de civil. La violencia policial y la represión estaban garantizadas.

La columna en la que iban Darío y Maxi pretendía cruzar el puente Pueyrredón para llegar a la ciudad de Buenos Aires. Pero los agentes armados no estaban dispuestos a permitirlo. Habían blindado la zona sur, habían creado una frontera para aislar geográficamente a todos los manifestantes que venían de esos barrios populares. Personas, muchas de ellas, que formaban parte de los Movimientos de Trabajadores Desocupados.

La violencia policial se desató pronto. Una violencia que incluía balas de plomo. Primero le dieron a Maxi. En el pecho y en la pierna. Pidió ayuda. En medio del revuelo y el ruido y el desorden un compañero lo ayudó a caminar tres cuadras hasta la estación de tren de Avellaneda, donde otros manifestantes habían entrado para tratar de protegerse. Mientras Maxi agonizaba en el suelo, Darío entró a la estación con dos compañeros. “Llamen a una ambulancia”, se escuchó. Varios policías con las armas en sus manos entraron también. Al verlos, la mayoría de los manifestantes que estaban allí, huyeron corriendo.

Darío no se fue. Se arrodilló junto a Maxi que estaba tumbado sobre el piso. Apenas lo conocía. Pero no se marchó. Se quedó ahí. Mientras varios policías le apuntaban con un arma. Con su mano izquierda tocaba a Maxi, que estaba tirado en el suelo frío de la estación, desangrándose. La mano derecha la levantó hacia los policías. Como queriendo que entendieran que tenían que parar, que ahí había un ser humano herido. Ese fue su gesto. Agarrar con una mano al compañero herido, como queriéndole decir “No estás solo, yo me quedo contigo”. Y, con la otra, levantada, tratando de frenar la violencia, el sinsentido, la muerte. 

Después, dispararon a Darío, por la espalda. Lo mataron también.

Ese gesto de Darío fue reproducido en carteles, murales y en plantillas que llenaron las calles. Ese gesto. Con una mano atendiendo a Maxi mientras se desangraba. Con la otra tratando de frenar la violencia. Ese gesto que visibiliza que, frente al poder asesino, siempre hay otro poder, aunque a veces parezca pequeño, casi invisible. Un poder que es imposible de detener, una voluntad que nunca se va a quebrantar, la de permanecer unidos, la de ayudar, la de despreciar al poder que excluye, asesina y trata de doblegar el empeño en revertir este orden macabro.

24 años después. El 26 de junio. Siguen celebrándose actos para que la memoria de lo que ocurrió no se borre.

La estación de tren dejó de llamarse Avellaneda. Los carteles se repintaron por personas que habían participado en las movilizaciones, le pusieron un nuevo nombre “Estación Darío y Maxi” y, un tiempo después, pasó a llamarse oficialmente “Darío Santillán y Maximiliano Kosteki”. 

Leí en un libro de Rebecca Solnit la idea de “éxito sin victoria”. Desde luego los asesinatos nunca pueden considerarse un éxito de nada, pero sí que la memoria de lo que ocurrió siga viva casi un cuarto de siglo después. Porque ese gesto de Darío sigue sirviendo para recordar dónde está la fuerza y la solidaridad de quienes se empeñan en cambiar las cosas, dónde está la frontera de lo que deberíamos permitir y lo que no. La importancia de los gestos, de las acciones.

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