Opinión
Venezuela en la ONU, entre el velo de los símbolos y la elocuencia de las palabras
Politóloga y autora del libro Venezuela. Más allá de mentiras y mitos
El pasado 22 de septiembre dejó una fotografía para la Historia: Donald Trump y Delcy Rodríguez se reunían en el hotel Palace de Nueva York casi nueve meses después de que el Gobierno de Estados Unidos de América (EEUU) secuestrara al presidente Nicolás Maduro con una operación especial que bombardeó Caracas provocando más de 100 muertos, entre ellos 32 cubanos miembros del círculo de seguridad de Maduro.
Las imágenes de Rodríguez sonriendo junto a Trump a poco más de 15 kilómetros de la prisión donde Maduro y su esposa, Cilia Flores, se encuentran encarcelados desde el 3 de enero de 2026, levantaron polvareda a izquierda y derecha, así como innumerables interpretaciones, incluyendo análisis de la simbología de sus gestos y la comunicación no verbal. El puño izquierdo cerrado de Delcy Rodríguez y su gesto haciendo una “v” con el revés de la mano derecha se interpretaron como un mensaje de resistencia.
Ya antes de la foto, las actuales autoridades venezolanas quisieron hacer uso de los símbolos. Delcy Rodríguez aterrizó en EEUU con una chaqueta en la que llevaba estampada la imagen de Mafalda para transmitir la idea de que llegaba a la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) emulando la actitud irreverente del icono del cómic. El espíritu de Chávez estaba representado, además, en una bufanda roja que vestía la presidenta encargada y que el mandatario también se ponía en sus visitas al extranjero.
Desde la cuenta oficial de la Asamblea Nacional en Instagram se publicaron imágenes resumiendo, con la sintaxis básica de la inteligencia artificial, el objetivo del mensaje: la presidenta encargada, como Mafalda, defendía que otro mundo es posible, “hablaba sin hablar” y mostraba orgullo de la cultura sudamericana. Su ropa se convertía en una “jugada maestra” del soft power. Esta idea fue replicada en varias cuentas de la propaganda no oficial. Por si fuera poco, la imagen de una Delcy-Mafalda fue utilizada para explicar al pueblo chavista los logros de su visita a la ONU que incluía reuniones bilaterales con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
La construcción de una imagen de rebeldía a través de los gestos no pudo contrarrestar la idea preexistente, y persistente, de la sumisión de las actuales autoridades venezolanas a la administración de Donald Trump
Es evidente que cuando los símbolos tienen la suficiente potencialidad para hablar por sí mismos, con un mensaje inequívoco y coherente, no hace falta explicarlos. La necesidad de aclararlos y de centrar la campaña comunicacional en las formas, y no en el fondo, aparecía, pues, como un control de daños dirigido a apaciguar el impacto simbólico, aún mayor, de la fotografía que vendría con Trump. Pero la construcción de una imagen de rebeldía a través de los gestos no pudo contrarrestar la idea preexistente, y persistente, de la sumisión de las actuales autoridades venezolanas a la administración de Donald Trump que se escenificó en Nueva York. Una idea que se confirmó cuando Delcy Rodríguez se subió a la tarima de la AGNU el 23 de septiembre.
El discurso de Delcy Rodríguez en la ONU: las palabras por encima de los símbolos
El discurso de Delcy Rodríguez en la ONU, el primero leído por un jefe de Estado venezolano desde que Nicolás Maduro pisara el mismo estrado por última vez en 2018, disipó muchas dudas sobre el rumbo que está tomando la República Bolivariana de Venezuela. Primero, por lo que no dijo. Rodríguez no hizo ninguna mención directa a Nicolás Maduro, a Cilia Flores, a Hugo Chávez o al chavismo. El bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente venezolano fueron calificados, junto a los terremotos de junio, como “grandes y dolorosas pruebas” que, en el caso de los ataques de EEUU, tendría su origen en el “estrangulamiento de la política interna y la confrontación agudizada con Estados Unidos de América”. La tradicional denuncia de las injerencias imperialistas de EEUU que había caracterizado las intervenciones de Venezuela en este marco desapareció producto del cambio en la relación bilateral.
Segundo, por lo que sí dijo. Los agradecimientos a Donald Trump “por su disposición a retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación con Venezuela” fueron un puñetazo en el estómago para las bases chavistas, pero no sorprenden a quien haya seguido el nuevo momento de la política entre ambos países. Las autoridades al cargo de Venezuela han apostado por aprovechar el pragmatismo de Trump, que por encima del cambio de régimen quiere hacerse con el control petrolero y expulsar a los competidores extracontinentales, a fin de iniciar una nueva etapa “win win” para ambos Estados, como lo expresó hace meses el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez.
La tradicional denuncia de las injerencias imperialistas de EEUU que había caracterizado las intervenciones de Venezuela en este marco desapareció producto del cambio en la relación bilateral
Sin embargo, esta nueva etapa está determinada por los intereses de EEUU como súper potencia imperialista que, ahora mismo, controla de facto la agenda política venezolana en un plan de tres fases (estabilización, reconstrucción y transición democrática) dirigido personalmente por Marco Rubio, la cara más ideológica de la administración Trump. Por eso, Delcy Rodríguez, a diferencia de Mafalda, habló en la ONU haciendo suyo el vocabulario del poder y poniendo en primer lugar los temas centrales que marcan los intereses de la política exterior de EEUU en América Latina y el Caribe: “el relacionamiento energético, la promoción de seguridad, la lucha contra el crimen transnacional y la cooperación económica”. Eso sí, añadiendo “en beneficio de ambos pueblos y de nuestro continente”. Un beneficio mutuo que, como la Historia y la actualidad se encargan de demostrar, nunca ha sido tal.
El llamamiento que hizo Delcy Rodríguez a “reconstruir y sostener relaciones de respeto e igualdad” con EEUU choca con una realidad donde la negociación diplomática está llevando al regreso de Venezuela a los mercados y organismos financieros internacionales tutelada por EEUU. Un país que está realizando un expolio de los recursos venezolanos en beneficio de sus empresas, que va dosificando el levantamiento de las más de mil medidas coercitivas unilaterales a cuentagotas y que confía a las actuales autoridades venezolanas la tarea de facilitar el marco legal que favorezca las condiciones de entrada de las inversiones estadounidenses.
¿Del repliegue táctico a la apuesta estratégica?
Los dirigentes venezolanos han argumentado que se encuentran en un “repliegue táctico” ante la asimetría de fuerzas, la incapacidad de combatir militarmente al principal Ejército mundial y la voluntad de no derramar más sangre del pueblo. Además de la intervención militar del 3 de enero, precedida por la Operación Lanza del Sur que ejecutó extrajudicialmente a decenas de pescadores en nombre de la supuesta lucha contra el narcotráfico que supuestamente amparaba al Gobierno venezolano, según EEUU, hay que tener en cuenta que la capitulación de Venezuela se ha trabajado durante años a través de una guerra multifactorial que ha tenido en la asfixia y el aislamiento económico sus ejes centrales. Sin entender cómo se ha llevado al país a este punto límite, en una estrategia estadounidense de “máxima presión”, sostenida y espoleada por la mayoría de la oposición venezolana, no se puede entender la respuesta pragmática del actual liderazgo venezolano y de los sectores del chavismo que le apoyan.
Sin embargo, las palabras de Delcy Rodríguez se adentraron en un terreno en el que parece abrazar las lecturas que presentan a la Revolución Bolivariana igualmente responsable de una situación política actual caracterizada por el “extremismo y la intolerancia”. Un “país dividido en trincheras” que debe superarse para ir hacia un “nuevo tiempo político” que toma forma de “transición democrática”. Con frases que hacen un guiño a la Transición española, Rodríguez afirmó que su vía no es la ruptura sino “la transformación conducida con firmeza desde las propias instituciones” donde “la legalidad puede ser el camino hacia una legalidad mejor”, evocando el famoso “de la ley a la ley” de Torcuato Fernández-Miranda que inspiró en España la Ley para la Reforma Política que acabó desmontando las estructuras del Estado franquista a través de las propias instituciones del régimen.
Los dirigentes venezolanos han argumentado que se encuentran en un “repliegue táctico” ante la asimetría de fuerzas, la incapacidad de combatir militarmente al principal Ejército mundial
Pero hacer paralelismos con una dictadura y hablar de “transición democrática” en el caso de Venezuela es problemático porque implica asumir que antes no había democracia. De hecho, el discurso de Delcy Rodríguez en la ONU, defendiendo su “responsabilidad histórica” para conducir a Venezuela hacia “una etapa de democracia plena, reconocida por su propio pueblo y por el mundo” significa adoptar la versión opositora de negación de la naturaleza y legitimidad democrática de la V República que se inició cuando Hugo Chávez llegó a la presidencia y sometió a votación una nueva constitución en 1999. Además, supone obviar que todo proceso revolucionario desencadena fuerzas contrarrevolucionarias que, a través de golpes de Estado, saboteos, magnicidios, guerra económica y de propaganda, etc., harán todo lo posible para poner fin a la posibilidad de cambios a favor de los pueblos. Este supuesto posicionamiento intermedio es una toma de partido ideológico con consecuencias políticas.
Más que un ejercicio útil de autocrítica de los errores del proceso bolivariano, el discurso de Rodríguez, con la omnipresente idea de construcción del “renacer de Venezuela”, puede interpretarse como una impugnación total al chavismo y a la propia Revolución Bolivariana. Un párrafo no leído por la presidenta encargada, pero presente en la versión escrita del discurso que se encuentra en la página de la ONU, decía: “Hay momentos en la historia de los pueblos en los que la tragedia, paradójicamente, se convierte en el punto de quiebre hacia algo nuevo. No porque el dolor sea deseable, sino porque nos obliga a mirar de frente lo esencial y a dejar atrás lo que ya no nos sirve. Venezuela vive hoy uno de esos momentos”. El repliegue táctico se convierte, entonces, en una oportunidad para la apuesta estratégica: salvar la República sacrificando la Revolución.
El discurso de Rodríguez, con la omnipresente idea de construcción del “renacer de Venezuela”, puede interpretarse como una impugnación total al chavismo y a la propia Revolución Bolivariana
La anterior afirmación puede sonar categórica pero el “renacer de la República”, la llamada a una “República nueva, plural, profundamente espiritual y en paz consigo misma”, la apuesta por una “transición democrática” y el enfoque prioritario en una agenda pragmática de mejora del bienestar económico del golpeado pueblo venezolano, dejando en segundo plano las coordenadas ideológicas y trastocando las alianzas geopolíticas construidas por la Revolución Bolivariana bajo Hugo Chávez y Nicolás Maduro, plantean profundos interrogantes sobre el futuro del proceso revolucionario dentro de esta nueva República.
Que hasta ahora no hayan sido necesarios cambios constitucionales para llevar a cabo las transformaciones de este nuevo momento no exime el debate político sobre si se puede avanzar en una agenda que modifica la naturaleza del proceso sin cambiar el nombre de la República. Una idea que, de hecho, ya están planteando los viejos políticos de Acción Democrática, con su propuesta de abrir un debate nacional por la VI República. La actual condición de protectorado y el secuestro del Estado venezolano por parte de EEUU provocarán, tarde o temprano, una pérdida del margen de acción de los sectores revolucionarios que quieren seguir construyendo en paralelo el proyecto del Estado comunal.
Los símbolos quizás se podrán mantener durante este impasse en el que la administración Trump ha decidido soltar la mano a María Corina Machado para obtener del liderazgo chavista los recursos que necesita, pero es incierto hasta qué punto se podrán sostener también cuando acabe la “transformación democrática”. Sea como fuere, cuando lo que se quiere transmitir con los símbolos está lejano de la realidad que dibujan las palabras y muestran los hechos, la resistencia reducida a símbolos provoca disonancias que son un retroceso para el proceso revolucionario venezolano y para las luchas que inspiró en los pueblos del mundo. Mafalda es un referente para todos estos pueblos insurrectos, pero no sabemos todavía cómo pasará a la Historia Delcy Rodríguez.
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