Análisis
Entre la desafiliación y la espera de una nueva oportunidad: el chavismo en la Venezuela de Trump
Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela
El viraje ideológico y geopolítico derivado de la nueva situación en Venezuela tras los acontecimientos iniciados el pasado 3 de enero ha sido confirmado por el encuentro y la fotografía de la presidenta encargada Delcy Rodríguez junto con el presidente estadounidense Donald Trump. Ante un reordenamiento de tal magnitud, cabe preguntarse si estos movimientos están fracturando la base del chavismo y, por ende, abriendo las puertas a un colapso de la estabilidad interna o, si por el contrario, están confirmando su larga vida y su capacidad de adaptarse a nuevas circunstancias, por más abruptas que sean.
La naturaleza del movimiento chavista
Para responder a ello, lo primero que se debe caracterizar es la naturaleza actual del movimiento: especialmente tras la muerte de Hugo Chávez, el chavismo viró progresivamente hacia la consolidación de un núcleo duro, una suerte de “familia política” altamente cohesionada que tendió a atrincherarse a medida que enfrentaba mayor resistencia y oposición. No obstante, las dinámicas autoritarias del madurismo y su incapacidad para enfrentar la crisis económica desencadenaron un proceso sistemático de desafiliación social. El movimiento pasó de ostentar mayorías electorales aplastantes —como el 62,8 % alcanzado por Chávez en las presidenciales de 2006— a verse reducido de manera abismal. Esta condición obligó al poder gubernamental a sostenerse aprovechándose de la absurda abstención opositora de 2018 o recurriendo a la derivación autoritaria y a mecanismos de control represivo como en 2024.
Sin embargo, reducir el chavismo a su desgaste electoral sería un error analítico. Aunque hoy constituye una minoría en términos numéricos absolutos, se trata de un núcleo sólido, resistente y curtido, que ha sobrevivido a severas etapas de presión externa e interna. Aún mantiene 21 de 24 gobernaciones y más de 300 de las 365 alcaldías, así como la mayoría absoluta y aplastante de la Asamblea Nacional o Poder Legislativo.
Esto lo ha logrado no solo unificándose ante los ataques, sino manteniendo una línea de adhesión incontestable hacia su estructura de poder. El chavismo de la primera década estaba caracterizado, según diversos autores, como “salvaje”, un movimiento más fustigador e inconforme contra su propio gobierno, articulado sobre la base de una constante interpelación popular, demandas sociales desbordadas y una potente capacidad crítica interna. El chavismo superviviente del periodo post Chávez es un cuerpo político sensiblemente más pragmático y disciplinado alrededor del aparato estatal: un chavismo domesticado ante el poder político.
Tras la muerte de Hugo Chávez, el chavismo viró progresivamente hacia la consolidación de una suerte de “familia política” altamente cohesionada que tendió a atrincherarse
A pesar de la retórica y los discursos altisonantes contra el imperio y a favor del socialismo, la cohesión interna de este estamento no descansa primordialmente en la pureza ideológica, sino en el pragmatismo, la preservación de parcelas de poder y la distribución de cuotas institucionales. Es precisamente esa lógica pragmática la que hoy le permite asimilar y ejecutar un giro ideológico o discursivo de gran calado sin romperse en mil pedazos. Variados actores, algunos históricos, han salido a reclamarle al Gobierno esta nueva posición, pero son diatribas internas a las que el chavismo está más que acostumbrado.
Qué pasa con la oposición
Asimismo, existe un factor exterior que actúa como un poderoso aglutinador: la propia oposición política. La narrativa predominante de los sectores más radicales de la oposición ha insistido históricamente en la erradicación o tabula rasa del chavismo, persiguiendo incluso a aquellos actores que marcaron distancia del Gobierno en años pasados. Al no ofrecer garantías de coexistencia ni canales institucionales reales de participación para el chavismo como fuerza política futura, la oferta opositora empuja al núcleo duro a mantenerse cerrado y alineado tras la cúpula, percibiendo la cohesión como la única garantía de supervivencia.
En este marco, la imagen del encuentro Rodríguez-Trump adquiere un significado estratégico: representa, antes que nada, una victoria del chavismo frente a su enemigo político local. La escenificación desarticula la narrativa opositora al demostrar que su principal aliado histórico ha optado por la negociación directa con el poder real en Caracas.
Al no ofrecer garantías de coexistencia para el chavismo como fuerza política futura, la oferta opositora empuja al núcleo duro a mantenerse cerrado y alineado tras la cúpula
El chavismo pasa así a protagonizar el escenario de la “democracia occidental” del que la oposición se creía dueña. Ciertamente, para ello ha tenido que tragar grueso, pero la oposición no ha parado de tragar sapos. Como el animado Coyote y el Correcaminos, cada disparo no hace sino devolvérsele y explotársele en la cara. Eso no ha cambiado en nada y le permite al chavismo continuar administrando el poder nacional, regional, local así como mantener unidad en torno a las Fuerzas Armadas y policiales.
Mientras tanto, la figura de María Corina Machado luce cada vez más alejado y débil y no existe por los momentos otro liderazgo o partido lo suficientemente sólido como para disputar la estabilidad nacional que, aunque precaria, solo pareciera que puede imponer el chavismo, especialmente por su capacidad de no dividirse y aceptar los designios de su liderazgo.
Simultáneamente, dentro de este reordenamiento interno, la presidencia encargada ha comenzado a tomar medidas destinadas a desmontar ciertos excesos del aparato policial represivo que marcaron el periodo de Maduro. Así, la nueva Administración ha eliminado las alcabalas policiales —mecanismo frecuentemente asociado a vicios de extorsión y financiamiento irregular—, ha cerrado el Helicoide —una megacárcel denunciada como centro de tortura e ilegalidades— y ha soltado a cientos de presos políticos, muchos de ellos solo por manifestarse. Cabe recordar que, tras los eventos electorales de julio de 2024, la contención del descontento popular descansó en gran medida sobre los cuerpos policiales y los colectivos armados antes que sobre la Fuerza Armada, lo que dio preponderancia al elemento policial que hoy parece estar debilitado moralmente, pero con su capacidad operativa intacta.
Mientras la opción opositora represente la posibilidad de una persecución abierta o la eliminación de su espacio político, la estructura del chavismo tenderá a preservar su núcleo sólido
Restringir el peso de estos actores policiales en el imaginario gubernamental busca moderar la cara más gravosa del Estado, aunque en paralelo disminuye la autoridad —y las finanzas— con la que se había impuesto este chavismo, lo que podría indicar un debilitamiento del aparato represivo y, por lo tanto, un mayor campo de acción para las protestas populares que hoy inundan las regiones debido a los prolongados apagones.
No obstante, para los sectores que integran la base dura del chavismo, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿cuál es la alternativa? Mientras la opción opositora represente la posibilidad de una persecución abierta o la eliminación de su espacio político, la estructura del chavismo tenderá a preservar su núcleo sólido, a adaptarse pragmáticamente a las nuevas reglas del juego y a esperar nuevos escenarios geopolíticos.
Pensar el chavismo sin Trump
Todo parece indicar que los tiempos del trumpismo se están agotando. Lo que suceda en Estados Unidos en las elecciones de medio término de noviembre, o en las presidenciales de 2028 va a tener un impacto tanto en las relación de Caracas con Washington, como a lo interno del chavismo, que está esperando una oportunidad para recuperar el espacio perdido. En un escenario en el que el factor Trump salga del juego geopolítico, el chavismo y la oposición tendrán nuevamente que readaptarse a nuevas situaciones.
Un gobierno demócrata podría implicar una retirada militar sobre Venezuela y la vuelta al panorama ‘pretrump’ que podría devenir en un nuevo marco de negociación o también en el regreso de un Gobierno chavista de mano dura
Un escenario hipotético es que el chavismo duro con mayores vicios autoritarios quiera retomar su poder, con o sin Delcy Rodríguez en el Gobierno. Un gobierno demócrata podría implicar una retirada militar sobre Venezuela y la vuelta al panorama “pretrump” que podría devenir en un nuevo marco de negociación o también en el regreso de un Gobierno chavista de mano dura. Sin descartar la posibilidad de que más bien busque catalizar el proceso electoral y traer de vuelta a María Corina Machado. Ante todas estas opciones, el chavismo se sigue mostrando como una fuerza política con tremendo poder territorial y militar. A pesar de su debilidad actual, la idea de aplicar una estrategia de “tierra arrasada” parece cada vez menos posible, sobre todo si se desea estabilidad para continuar extrayendo el petróleo.
El chavismo ha recibido fuertes golpes pero su capacidad política y militar no está del todo mermada. Ante las indeterminaciones sobre el futuro de la política estadounidense, cualquier cosa podría pasar en la Venezuela actual.
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