Análisis
La precariedad académica y el dilema del ayudante doctor

Presentarse a plazas de profesorado en la universidad no responde solo a la búsqueda racional de la excelencia, sino al miedo a la precariedad. Ese miedo desplaza nuestras preferencias, moldea el carácter y acaba transformando nuestras decisiones.
Recursos PAU Universidad Complutense - 9
Facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid. David F. Sabadell

Conseguir trabajar en la universidad parece un sueño inalcanzable. Cada vez que se abre una convocatoria de plazas de ayudante doctor (contrato inicial de profesorado de hasta seis años) escucho el mismo mantra: hay que presentarse a todo. Aparece en conversaciones de pasillo, en reuniones informales, en consejos de colegas con más experiencia y en mensajes dirigidos a quienes intentan abrirse camino en la carrera académica y científica. No importa demasiado si la plaza encaja con tu línea de investigación. No importa si el departamento apenas tiene relación con tus intereses. O si la ciudad en la que se encuentra no forma parte de ningún proyecto de vida imaginable para ti. Lo importante es no dejar pasar tales oportunidades, ya que estas plazas son oasis laborales que te refugian frente a la precariedad.

El resultado entonces es una situación en la que las decisiones dejan de orientarse principalmente por los propios proyectos intelectuales o vitales y pasan a estar guiadas por la necesidad de mantener abiertas todas las opciones posibles. Y todo por miedo.

Tal vez la pregunta no sea quién tiene la culpa. Tal vez la pregunta sea por qué hemos aceptado un sistema universitario en el que la inseguridad se ha vuelto tan normal

Miedo a quedarse fuera. Miedo a que la siguiente convocatoria tarde años en llegar. Miedo a acumular otro contrato temporal. Miedo a descubrir que, después de una década o más de formación, publicaciones, estancias y evaluaciones, la estabilidad sigue siendo una promesa lejana.

No señalo esto como una mera crítica moral individualizante. En un mercado académico cada vez más competitivo, ampliar el número de solicitudes parece una decisión perfectamente razonable. Si las oportunidades son escasas, ¿por qué limitarse a aquellas plazas que realmente encajan con los propios intereses?

Sin embargo, cuanto más observo esta dinámica, más llego a la conclusión de que encierra una paradoja. Lo que parece una decisión racional e incluso óptima para cada individuo, luego puede acabar produciendo un resultado peor para todos.

La teoría de juegos ofrece una imagen útil para entenderlo. El ejemplo más conocido es el “dilema del prisionero”. Dos personas, actuando de forma racional y buscando proteger sus propios intereses, terminan alcanzando un resultado peor que el que habrían conseguido cooperando. No porque sean malas personas ni porque quieran perjudicar a nadie. Simplemente porque las reglas del juego les empujan en esa dirección.

Algo parecido ocurre en los concursos públicos de empleo en la universidad.

Imaginemos un sistema en el que las personas se presentaran principalmente a aquellas plazas que realmente desean. Los departamentos recibirían candidaturas más alineadas con sus grupos y proyectos. Los candidatos participarían en espacios donde existe un interés mutuo real. Las preferencias de unos y otros podrían expresarse de forma más transparente. Y las plazas de ayudante doctor dejarían de ser simples refugios transitorios para convertirse en auténticos proyectos de pertenencia académica.

Pero ese sistema ideal no es el que predomina en nuestro país ni en muchos otros sistemas universitarios marcados por la incertidumbre laboral, la competitividad y la estresante presión continua por acumular méritos.

Cada candidato sabe que los demás están ampliando sus solicitudes. Y si los demás se presentan a todo mientras uno decide restringirse a las plazas que verdaderamente le interesan, el riesgo de quedarse sin trabajo aumenta considerablemente. La consecuencia es una especie de convocatoria que muere de éxito: atrae tantas candidaturas que termina dificultando el encuentro entre proyectos académicos e intereses personales, erosionando la posibilidad de construir comunidades universitarias estables y genuinamente vocacionales.

Todos pagan para enviar más solicitudes de las que les gustaría enviar. Todas las convocatorias reciben más solicitudes, exigiendo un mayor esfuerzo al comité evaluador. Todos dedican más tiempo a procesos de selección. Todos perciben una competencia cada vez más intensa. Y, paradójicamente, se vuelve más difícil que las personas acaben en los lugares donde realmente desean desarrollar su carrera.

El fenómeno produce además efectos secundarios poco discutidos. No es raro encontrar aspirantes que ya ocupan una plaza de ayudante doctor y que continúan presentándose a otras convocatorias de plazas equivalentes porque la que obtuvieron no coincide con sus preferencias reales. Si consiguen una nueva plaza, entonces la anterior que disfrutaban queda vacante y los departamentos deben reorganizar de nuevo su planificación docente e investigadora. El resultado es una rotación que genera costes organizativos y desperdicia recursos públicos en un sector que precisamente se caracteriza por su insuficiente financiación.

La principal responsabilidad recae sobre un sistema que ha normalizado la precariedad como forma de organización del trabajo universitario y científico

Lo curioso de todo esto es que nadie necesita actuar de forma deshonesta para que emerja este problema. No hace falta oportunismo ni mala fe. Basta con que cada individuo responda de manera razonable a un contexto de incertidumbre, precariedad y competitividad, donde el sacrificio y el esfuerzo, bajo el eslogan del mérito, se presentan como los garantes del éxito. Sin embargo, para lograr el sello del reconocimiento académico no siempre basta con acumular una carrera de méritos individuales.

Por eso resulta insuficiente explicar el fenómeno del creciente número de aspirantes en puestos académicos únicamente en términos de responsabilidad individual. La principal responsabilidad recae sobre un sistema que ha normalizado la precariedad como forma de organización del trabajo universitario y científico.

Durante años se nos ha dicho que la competencia produce excelencia. Pero rara vez se habla de los costes humanos de esa competencia permanente. La precariedad no solo afecta a los salarios o a la estabilidad contractual. También transforma la forma en que nos relacionamos con los demás y con nuestro propio trabajo.

Un entorno estable favorece la cooperación. Un entorno incierto favorece la desconfianza. Esta es la relación causal que se nos suele ofrecer, como si la estabilidad y la predictibilidad (o su ausencia) fueran las condiciones sistémicas que explican suficientemente muchos de los problemas sociales que vivimos. Pero es importante no dejar de analizar los fenómenos desde el ángulo inverso: donde son las actitudes humanas las que pueden transformar los entornos. Así que yo añadiría que mientras la desconfianza favorece entornos inestables la cooperación conduce a espacios más amables y seguros.

Cuando el futuro es imprevisible y precario, rechazar una oportunidad se convierte en una suerte de lujo. Elegir solo según las propias convicciones lejos de percibirse como una respuesta coherente, suele interpretarse como una muestra de comodidad o falta de ambición. Y así, progresivamente, la supervivencia económica y el miedo van desplazando gradualmente a la vocación.

Todo esto, lejos de ser un asunto únicamente económico o institucional, es también una cuestión ética. No porque pueda reducirse a las decisiones de individuos aislados, sino porque la precariedad moldea el carácter de quienes la padecen y, con ello, el comportamiento social.

La ética suele abordarse como un problema de normas o consecuencias. ¿Qué debemos hacer? ¿Qué resultados producen nuestras acciones? Pero existe otra tradición, la ética de las virtudes, que plantea una pregunta diferente: ¿qué tipo de personas estamos llegando a ser al actuar así, en este caso, alentadas por el miedo?

Desde esta perspectiva, el problema moral no se resuelve condenando a quienes se presentan a plazas que no les entusiasman. No creo que la solución sea simplemente exigir heroísmo moral a quienes intentan construir una vida en condiciones cada vez más precarias.

El problema más profundo no sea que muchas personas se presenten a plazas que no desean especialmente. El problema es que hemos construido un clima en el que hacerlo parece la opción más racional

Lo que conviene preguntarnos es qué tipo de carácter favorecen unas instituciones que convierten la prudencia en miedo, la flexibilidad en disponibilidad permanente, la colaboración en una estrategia ingenua, el cuidado en un privilegio y la vocación en una apuesta cada vez más costosa. Deberíamos preocuparnos por las condiciones estructurales que permiten o impiden desarrollar las virtudes tanto personales como profesionales. La precariedad académica no solo genera incertidumbre laboral, sino que también moldea caracteres.

Por eso quizá el problema más profundo no sea que muchas personas se presenten a plazas que no desean especialmente. El problema es que hemos construido un clima social e institucional en el que hacerlo parece la opción más racional. Y cuando una institución convierte el miedo en una estrategia razonable, no estamos simplemente ante un desacierto individual. Estamos ante una forma de organización que dificulta que las personas puedan orientar sus vidas de acuerdo con aquello que realmente consideran valioso y donde pueden sentir que florecen como seres humanos. Me atrevo a decir que esta sería la verdadera excelencia que tanto se nombra en los criterios pero sigue adoleciendo de ambigüedad.

Tal vez la pregunta no sea quién tiene la culpa. Tal vez la pregunta sea por qué hemos aceptado un sistema universitario en el que la inseguridad se ha vuelto tan normal que incluso nuestras decisiones más íntimas aparecen dictadas por ella.

Salud mental
Entre la vocación investigadora y la salud mental: hablemos de las prácticas abusivas en la academia
Gran parte de la academia que conocemos hoy en día se ha construido sobre prácticas que podríamos definir como abuso académico, que nacen de posiciones de poder con miras a alcanzar un productivismo acelerado y exagerado.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...